ARTÍCULO

Sangre, lodo y capital

 


El capitalismo nace chapoteando sangre y lodo, de la cabeza a los pies. Tal es la descripción de Karl Marx en el primer libro de El capital, al final de esas páginas extraordinarias del capítulo 24. En este breve folleto, escrito ciento treinta años después, Joaquín Estefanía insiste en que, a pesar de todo, el capitalismo sigue siendo el problema.

Es a pesar de todo porque, como es obvio, tanto la presión teórica como la evidencia empírica han obligado a un replanteamiento de la doctrina socialista. Deben admitir que el comunismo resultó un espanto, pero han pasado a alegar que tras su colapso nos acosa ahora la «globalización», el último espantajo que agitan los socialistas contra el mercado. La integración de la economía mundial según Estefanía es la causa última del paro, el hambre y el desastre ecológico. El comercio en el mercado, que ha sido históricamente una de las claves del crecimiento económico, resulta un mal, que hay que vigilar y controlar.

Uno de los publicistas más influyentes de la izquierda, Joaquín Estefanía, ilustra en estas páginas la zozobra y el desconcierto del socialismo, que ha visto no sólo derrumbarse el muro de Berlín, sino también crujir el paraíso europeo del Welfare State, este invento presuntamente progresista y solidario que condena a millones de trabajadores al paro y a millones de contribuyentes al agotamiento.

Al capitalismo se le canta «ni contigo ni sin ti». El principal cambio doctrinal de la izquierda contemporánea estriba en la gradual aceptación del capitalismo, pero a la vez se conserva el recelo frente al mercado. ¿Cómo se sale de esta contradicción? Redescubriendo a Stuart Mill y defendiendo el mercado... pero. Es decir, el mercado está bien (a regañadientes), pero hay que corregirlo por medio de Estado benefactor. Sí al capitalismo para producir, pero no para distribuir. Y entre la globalización amenazante desde el exterior y la distribución «solidaria» en el interior, el capitalismo debe ser mantenido en libertad vigilada.

La dura realidad es que precisamente ese Estado benefactor está en crisis. El socialismo no sabe con qué reemplazarlo y se aferra a él como a un clavo ardiendo. Busca con desesperación los fallos del capitalismo, se obsesiona con la desigualdad, y cree que sólo pueden criticar al socialismo unos fanáticos partidarios del «pensamiento único».

Para pensamiento único el de los socialistas, que con Joaquín Estefanía proclaman invariablemente que el capitalismo era y es (y será) siempre el culpable.

01/05/1997

 
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