ARTÍCULO

El canon de C. S. Lewis

Península, Barcelona, 1997
Trad. de Carlos Manzano
184 págs.
 

Con bastante retraso, como suele suceder, aparece esta obra en nuestras librerías; el título que se le ha dado en la traducción me parece desmesurado y erróneo, porque la obra no es un panorama ni una suma, y porque sólo toca de pasada las obras del Renacimiento; pero, sobre todo, porque oculta la verdadera finalidad del libro, que no es otra que la de reivindicar la imagen del mundo elaborada en la Edad Media, intención transparente en el título inglés, The Discarded Image, lo que explica el tono polémico que aflora a veces y se hace explícito en el prefacio y el epílogo.

El tono y la construcción del libro corresponden a su origen, una serie de conferencias, que supongo públicas, pronunciadas en Oxford. La idea común a la serie es comunicar a los oyentes los valores del pensamiento medieval, de la imagen del mundo; y, eventualmente, resaltar la importancia que determinadas concepciones, símbolos, imágenes, etc., han tenido en la literatura inglesa posterior. En cierto modo, estamos ante una apología de la Edad Media, en la que el autor intenta atraer e interesar a los lectores por un mundo olvidado, cuando no despreciado. Todo lo cual –el origen del texto y su finalidad– lleva a que la obra se lea con agrado y con provecho tanto por los aficionados a estos asuntos como por los especialistas, porque está llena de ese buen sentido, de esa fluidez de ideas que parece caracterizar la erudición británica en cualquier campo. Al mismo tiempo, el autor cultiva con tino la ironía, cuenta anécdotas y detalles curiosos, datos significativos, etc., elementos que contribuyen en buena medida a lograr una obra de amenísima lectura.

Es probable que la claridad, la fluidez, sea el resultado, no sólo y no tanto de una sólida armadura objetiva, como de unas creencias profundamente arraigadas en el autor, seguras e indudables. Como en el caso de Gombrich, por citar otro maestro, la ideología y el gusto (artístico o literario) no se discuten, como tampoco se cuestionan la cultura ni la civilización recibidas. De esta manera, frente a la constante inseguridad de la crítica hispánica moderna, donde la duda es la constante, los herederos del humanismo británico o germánico, no vacilan ni titubean, porque cuentan con unos puntos de partida sólidos, con un canon respecto al cual es posible medir y juzgar cualquier cosa..., en la seguridad de que todo lo que no concuerda con esa tradición, o no está en ella, no sólo no interesa, sino que además no existe. Sin duda, aceptados esos parámetros como punto de partida, lo que se obtiene son obras admirables por su claridad y orden, por la organización y coherencia, por su racionalidad.

En este sentido, C. S. Lewis selecciona unos materiales específicos a fin de establecer las bases de las creencias y del sistema de pensamiento clásico. Los autores y obras así escogidos son el Somnium Scipionis, Lucano, Estacio, Claudiano y el De Deo Socratis de Apuleyo. A continuación, se ocupa de lo que llama «período germinativo», es decir, la frontera entre el mundo clásico y el mundo cristiano, en lo que utiliza a Calcidio, Macrobio, el SeudoDionisio y Boecio. Esta base permite describir a continuación la visión antigua del mundo físico, la concepción del hombre y sus relaciones recíprocas, las artes liberales, etc. Como es obvio, la elección de las bases es arbitraria, pues lo mismo podría haber elegido otros autores, Lactancio puede valer como ejemplo; no obstante, reprochar esto al autor tendría poco sentido, porque lo seleccionado es, en efecto, representativo de la época, y porque, dado el carácter enciclopédico o sincrético de estas y otras obras del período, tanto valen unas como otras a la hora de ilustrar un pensamiento global. Lo que sí me parece pertinente es que la selección de obras y autores se haya hecho con la clara intención de valorar esa época como un momento especialmente luminoso que funcionaría, no como frontera, sino como puente entre el mundo clásico y el Renacimiento, teoría que es núcleo y tesis de la obra de Lewis. Tesis, por otra parte, inexpugnable: quien utilice como base el ambiguo y luminoso Somnium Scipionis no obtendrá otro resultado, si se maneja bien.

Por ello, y dado el carácter general del libro, no sería difícil cebarse en las ausencias, errores de detalle, etc., críticas que, a la postre, podrían resultar más eruditas que significativas, aunque en algunos casos muestren y demuestren la parcial orientación de la obra. Sea, por ejemplo, un caso marginal, la configuración de la Tierra, aquí, Lewis señala una y otra vez que los medievales, siguiendo a los clásicos, sabían muy bien que la Tierra es redonda, no plana, e incluso entendían muy bien la posición y existencia de los antípodas, etc. Sin embargo, seguían creyendo –como los antiguos– en la existencia de una zona tórrida, inhabitable, que dividía la esfera en dos zonas; contra esta última y errada creencia, señala el autor, escribió George Best A True Discourse en 1578 (pág. 31), es decir, en unos años en los que los marinos portugueses y españoles estaban hartos de cruzar la zona tórrida, habían dado la vuelta a la esfera y, desde el siglo XV , habían sentado la inexistencia de dicha zona y levantado con ello una nueva imago mundi, pero de esto Lewis no hace ni mención. Es un ejemplo, creo que claro, de cómo determinados datos son absolutamente ignorados. Ese es un ejemplo de detalle, pero muy significativo, de una manera de proceder: en general, Lewis prescinde casi radicalmente de los Padres de la Iglesia, sólo hace alguna referencia de pasada a los neoplatónicos e ignora a los estoicos. Así, Lewis señala que Calcidio no parece cristiano porque «como testigos de los beneficios que nosotros, los mortales, hemos recibido de los demonios buenos cita a "todos los griegos, latinos y bárbaros". Esto contrasta profundamente con la idea de san Agustín de que todos los demonios del paganismo eran malos» (pág. 46). Ahora bien, la integración en el cristianismo de los elementos clásicos ya la habían realizado los Padres apologistas o apostólicos, de manera que lo que se produce a partir de san Agustín es la separación o el distanciamiento entre esos dos mundos: el cristianismo arroja lastre. Es la señalada una afirmación que se corresponde con otra que funciona en sentido contrario; me refiero ahora a la afirmación de que Boecio, cuando predica la vuelta de las almas a Dios «está más próximo al Timeo que a las Escrituras» (pág. 67), lo que no tiene duda, pero quizá cabría advertir que la caída y la vuelta al mundo divino se había cristianizado ya gracias a Orígenes, pues no se puede olvidar que Orígenes y Plotino son ambos discípulos de Ammonio de Saccas; la adaptación del platonismo se consolida de manera definitiva con san Agustín, y ahí se mantiene como corriente viva (y un tanto panteísta) sea en los canónigos agustinos de san Víctor, sea en fray Luis de León, por poner un caso próximo. Y en cuanto al valor de la fama (págs. 67 y ss.), también sorprende la ausencia de san Agustín, que marcará la doctrina en toda la Edad Media, por lo menos.

Probablemente, la ausencia de los Padres, lo mismo que la de los mistéricos y la del platonismo barroco, se deba a que Lewis está empeñado en hacer de la Edad Media una época clásica y, por encima de todo, clara y positiva, frente a la barbarie que se suele achacar a los llamados siglos oscuros. Bien entendido que –para Lewis y la escuela a la que pertenece– clásico es sólo Platón y Tulio, como para los humanistas italianos del XV ; al menos eso parece deducirse de la eliminación de Aristóteles y de la Stoa, en bloque, incluso en aquellos casos en los que no cabe más remedio que citarla, sea en las opiniones sobre el suicidio, sea en la visión del hombre como centinela o explorador, de clara raigambre senequista. De esta manera, presencias y ausencias, bien elegidas y dosificadas, llevan a afirmaciones generales como ésta: «El hombre medieval era un organizador, un codificador, un constructor de sistemas» (pág. 17), lo que también sin duda es cierto, como lo es que los hombres de esa época están empeñados en un trabajo universalizador: «Hay que armonizar todas las contradicciones aparentes. Hay que construir un modelo que lo abarque todo sin conflicto y la única forma de conseguirlo será la de volverlo intrincado, la de procurar una unidad mediante una multiplicidad, perfectamente ordenada» (pág. 18). Pero también hay otras direcciones y movimientos, como la que se manifiesta en el Sic et non de Abelardo, obra en la que se enfrentan las contradicciones de los textos sagrados, pero no se da la solución ni la síntesis; la Edad Media también es la época del aristotelismo nominalista, filosofía que arruina los intentos de organizar u ordenar el mundo objetivo; y es, en fin, la época del Contemptumundi de Inocencio III, donde la dignidad clásica del hombre queda reducida a la nada.

A la vista de lo señalado, se advierte un excesivo optimismo en la presentación de la época estudiada (págs. 143 y ss.), lo cual significa que el autor resalta los elementos positivos, los que coinciden con los suyos y, eventualmente, con los de su auditorio. Tal sucede, por ejemplo, con la noche estrellada como fuente de sosiego, de conocimiento y de impulso ascensional, olvidando que esa misma noche es también tiempo de horror y espanto, como testimonian los cantos litúrgicos, por ejemplo. Es cierto que el autor parece contar con que todos los elementos negativos están bien presentes en la cabeza del común de sus oyentes o lectores, y son lo único que tienen respecto a la edad intermedia y oscura, de manera que su discurso busca equilibrar las cosas, compensar la deformación, etc. Esto podía ser necesario en los años cincuenta, pero creo que hoy los juicios son menos tendenciosos; pero si lo son, es gracias a trabajos como el de Lewis.

01/03/1998

 
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