ARTÍCULO

En las ruinas de la forma

 

«Es imposible ver el mundo desde el centro, tan sólo es posible verlo atravesándolo en todas direcciones». Con esta sugestiva frase acaba la profesora Anna Maria Guasch su narración de lo que ha sucedido en las artes plásticas desde 1968 hasta mediados de los años noventa. Es esta una tarea muy difícil, sin duda, como lo prueba el que nadie haya logrado entre nosotros escribir un libro similar desde que Simón Marchán publicara, en 1972, Del arte objetual al arte deconcepto. Este vacío historiográfico resulta sorprendente dada la proliferación actual de críticos, comisarios y profesores de arte contemporáneo. Gente, en suma, que ha producido una enorme masa de literatura artística, de notable calidad en ocasiones, pero nunca obras de conjunto que permitieran situar en una perspectiva global las corrientes y figuras artísticas de las últimas décadas. Esta es una de las razones por las que debemos saludar con alborozo a El arte último del siglo XX. La creación artística reciente ha sido muy abundante, y los acontecimientos, poco filtrados e insuficientemente consensuados, están demasiado próximos a nosotros como para percibirlos de un modo global. Necesitamos guías fiables que nos orienten. El libro de la profesora Guasch satisface esta necesidad, y lo hace sobrepasando con mucho las expectativas que abrigábamos quienes conocíamos desde hace años su proyecto intelectual. Todo lo que el mundillo del arte considera representativo o digno de mención aparece en este denso relato social e ideológicamente contextualizado. Ahora bien, esta es una época en la que muchas tendencias se solapan en el tiempo, abundan los artistas de difícil clasificación (practican lo que podemos llamar un «nomadismo creativo») y, además, casi todos ellos continúan todavía hoy con sus trabajos. Para soslayar estos y otros problemas se ha optado aquí por un armazón conceptual basado en la segmentación de la época en cinco períodos cronológicos; dentro de ellos se examinan las tendencias y figuras, aún a sabiendas de que muchas de esas pulsiones creativas han seguido activas con posterioridad. Así es como cada parte del libro aspira a considerarse como una especie de «etapa» en la historia del arte reciente. Se insinúa, en conjunto, un relato global subyacente que podríamos resumir del modo siguiente:

En una primera fase, entre 1968 y 1975, la antiforma de algunos escultores, y distintas manifestaciones de arte procesual, como el earth art o la corporalidad extremada del accionismo vienés, sugieren una aspiración hacia la desmaterialización de la obra de arte; eso culminaría, de alguna manera, con Beuys y el arte conceptual. Entre 1975 y 1979 se describe «el retorno y la reafirmación de la pintura», incluyendo episodios como el fotorrealismo, el trabajo de Supports-surfaces y la pintura norteamericana de los años setenta. Esta etapa parece preparar el terreno a la siguiente fase, de 1980 a 1985, que ocupa mayor extensión pues se le dedican dos partes del libro que están consagradas, respectivamente, a «la posmodernidad cálida», en Europa y en Estados Unidos; destacan aquí los capítulos del neoexpresionismo alemán, la transvanguardia italiana y el «arte español en la era del entusiasmo»; los equivalentes norteamericanos de estas cosas serían el apropiacionismo pictórico, el neoexpresionismo y el arte del graffiti. La pasión de esa etapa, con tanta vehemencia pictórica, habría provocado la reacción de una «posmodernidad fría en Europa y Estados Unidos», con numerosos «neos» (como el neogeo, el neoconceptual o el neobarroco); una consideración especial merece el vídeo arte y el arte digital. La sexta parte, de 1985 a 1995, ofrece una «mirada múltiple a la realidad», describiéndose el nuevo activismo artístico-político, el arte del cuerpo y las repercusiones creativas de las preocupaciones por el género, las minorías étnicas y los grupos sociales marginados.

El ciclo se cierra, justificándose el subtítulo del libro como una especie de eco argumental del precedente heroico de Simón Marchán. Si en Del arte objetual al arte deconcepto se contaba la historia de una progresiva desmaterialización, aquí parece que se habla de un deseo de ir más allá de la forma. Los últimos treinta años del siglo XX , viene a decirnos Guasch, habrían visto caminar a los creadores desde las ruinas del formalismo hasta el corazón mismo de lo político. El arte último no se podría describir fácilmente en términos de «estilo», pero como tampoco es adecuado atenerse sólo a sus estrategias políticas, resultaría imprescindible atravesarlo «en todas direcciones», como ya hemos visto que propone nuestra autora. Era inevitable, no obstante, que su aproximación se hiciera desde algunas atalayas privilegiadas: una de ellas es la atención cuidadosa a las exposiciones donde se han manifestado las distintas tendencias o direcciones de un arte que «emerge» de esta manera (no conviene olvidar que Guasch es una especialista en la cuestión, autora de un libro decisivo como El arte del sigloXXensus exposiciones. 1945-1995 [Akal, Barcelona, 1997]); otra torre de observación privilegiada es la teoría crítica, prestándose mucho espacio a las justificaciones intelectuales coetáneas a cada episodio creativo. Por eso este libro es también (quizá sin pretenderlo) una guía de críticos europeos y (especialmente) norteamericanos. Si alguien lo lee completo, incluyendo las numerosas notas a pie de página, obtendrá una visión panorámica del pensamiento artístico contemporáneo, con personajes recurrentes como Crimp, Buchloh, Krauss o Hal Foster, a los cuales acompaña una cohorte impresionante y heterogénea de pensadores (Lacan, Foucault, Benjamin, Lyotard, Baudrillard, Kristeva, etc.). Hace bien la profesora Guasch en meterlos en el relato: esos textos forman parte del arte, lo acompañan, son poéticos en sentido estricto. Nos hallamos, por lo tanto, ante algo más que un mero manual. Este libro nos informa pero nos invita a reflexionar. Resuelve problemas y suscita dudas. Yo me siento algo perplejo, por ejemplo, ante la descripción de tantas posmodernidades artísticas (calientes y frías, objetuales e inmateriales, subjetivas y políticamente comprometidas), y sigo preguntándome si no sería mejor manejar la noción de posmodernidad con mayor cautela, reservándola sólo, tal vez, para una fase concreta de la historia del arte y de la arquitectura del siglo XX (finales de los años setenta y primera mitad de los ochenta). Me parece detectar también una cierta propensión a adoptar la teoría idealista del reflejo, como si el arte fuese una consecuencia de los discursos teóricos, y no un ámbito relativamente autónomo que se intenta explicar o justificar, muchas veces a posteriori, con argumentos críticos más o menos cogidos por los pelos.

Pero nada de ello empaña el gran valor intelectual del libro. Los esfuerzos por poner en claro y describir con rigor e inteligencia la selva creativa contemporánea han debido ser enormes. El resultado nos parece globalmente convincente. Será difícil soslayar en el futuro semejante puesta a punto. El arte último del siglo XX aparece, pues, como una obra de referencia fundamental en los albores del siglo que acaba de comenzar.

01/03/2001

 
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