ARTÍCULO

Irlanda: conflicto y modernidad

Mondadori, Barcelona, 1998
Trad. de Miguel Martínez Lage
Península, Barcelona, 1998
Trad. de María Isabel Butler de Foley
Maeva, Madrid, 1998
Prólogo y comentarios por José Antonio Jáuregui
 

Hace ya casi veinte años viví en la República de Irlanda durante dos cursos como lector de español. Ya entonces –y desde entonces– el país ejerció sobre mí una cierta fascinación. A comienzos de los ochenta constituían todavía una tierra y unas gentes relativamente lejanas dentro de Europa. Sentían, sin embargo, unos vínculos especiales con España. El ser ambos víctimas de los vestigios del imperialismo británico, por Gibraltar y el Ulster. El catolicismo, allí impregnando todavía la vida diaria, aquí ya bastante descafeinado. La relación con los pescadores, ya sólo gallegos en aquella época, porque los vascos que describiera Ignacio Aldecoa en Gran Sol se habían retirado. También nos unía el supuesto auxilio que los irlandeses habían prestado en su día a los náufragos de la Armada Invencible, aunque en realidad los persiguieran hasta la muerte. En el Oeste –que es la Irlanda auténtica para el nacionalismo, como Castilla era la verdadera España para la generación del 98– había Spanish Arches o pizzerías llamada The Galleon que evocaban esas cosas. Pero poco más. La realidad era que las relaciones habían perdido pulso mucho tiempo atrás. La República, por otra parte, estaba al margen de las corrientes culturales europeas y muy retrasada tecnológica y socialmente.

Hoy el país ha sufrido un cambio radical. Entonces ya era miembro de la Comunidad Económica Europea y España todavía no. El Gobierno estaba iniciando una política de bonificaciones fiscales a las empresas extranjeras que se establecían en el país que ha llevado a multinacionales como Microsoft y otras muchas a tener su sede europea allí. Y esto, unido a los fondos comunitarios, ha llevado a una prosperidad económica que contrasta vivamente con la imagen tradicional.

A la República se superponía la cuestión del Norte. En general, un tema cubierto de indiferencia, del que no se hablaba. Sin embargo, el final de los setenta y los comienzos de los ochenta fueron uno de los momentos de mayor virulencia del conflicto y los medios de comunicación no pudieron permanecer ajenos a ello. Por entonces tuvo lugar la huelga de hambre en los H-block (bloque en forma de H) de la prisión de Maze en que se encontraban los presos del IRA que se negaban a vestir uniforme carcelario. Desnudos, envueltos tan sólo por unas mantas y entre sus propios excrementos, Bobby Sands y algunos de sus compañeros llevaron su protesta hasta la muerte en una actitud a la que no era ajena la tradición nacionalista. El alcalde de Cork, Terence MacSweney, había fallecido en la cárcel de Brixton (Londres) el 25 de octubre de 1920 tras una huelga de hambre de setenta y tres días.

Oficialmente, la Constitución republicana de 1937 consideraba el Norte territorio irlandés. Para muchos ingleses, por el contrario, el Ulster era tan británico como Finchley, en expresión de la primer ministro Margaret Thatcher (Finchley era su distrito electoral). Sobre el conjunto del territorio se asentaba una población dividida en un sesenta por ciento de protestantes –mayoritariamente presbiterianos de origen escocés y miembros de la Iglesia de Irlanda, además de otras confesiones– y un cuarenta por ciento de católicos. En dos condados la mayoría era claramente protestante, mientras en los otros cuatro había un equilibrio mayor y zonas de clara mayoría católica. La población de la República era abrumadoramente católica. La tasa de crecimiento de la población católica era –y es– mayor que la de los protestantes, por lo que en un futuro no muy lejano cabe pensar incluso en una inversión de las cifras. Los protestantes ocupaban en general los puestos más altos en la escala social y la mayoría de los cargos de representación política, hasta la irrupción, a finales de los sesenta, de personajes como Bernadette (Devlin) McAliskey, diputada en Westminster. Sin embargo, la administración de la provincia se ejercía directamente desde Londres desde comienzos de los setenta.

En el esquema político norirlandés existen unos partidos unionistas-lealistas y otros nacionalistas y/o republicanos, con una amplia gama de matices que van de la moderación al extremismo. A veces se adjetivan como socialistas o progresistas, al margen de su signo nacionalista o lealista. La divisoria de la sociología política británica (conservadores/laboristas) no opera en el Ulster, donde los grandes partidos no presentan candidatos.

La proporción católicos/protestantes no se corresponde exactamente con la proporción de partidarios de la unión/separación de Gran Bretaña. Hay, en general, una mayoría más amplia a favor de la unión que la que daría el traslado mimético de los porcentajes religiosos. Las elecciones de 25 de junio de 1998 para la nueva Asamblea de Irlanda del Norte dieron una muy ajustada victoria en primera preferencia de voto al SDLP (Social and Democratic Labour Party), liderado por el reciente premio Nobel John Hume. Un partido nacionalista moderado ganaba las elecciones en Irlanda del Norte por primera vez en la historia. El UUP (Ulster Unionist Party), dirigido por el copremiado David Trimble, alcanzó el segundo lugar, mientras el Democratic Unionist Party (DUP) de Ian Paisley, contrario al Acuerdo de Paz, quedaba en tercer lugar. El Sinn Fein, con el 17,63 por 100 del voto –la cifra más alta de su historia reciente– ocupaba el cuarto lugar. Los unionistas aparecían además fragmentados en varios partidos pequeños que alcanzaron entre todos ellos diez escaños.

Los nacionalistas obtuvieron en 1918 el 75 por 100 de los votos en el territorio de la actual República de Irlanda, mientras que los unionistas alcanzaban el 75 por 100 en el territorio de una Irlanda del Norte industrializada –en Belfast se construyó el Titanic– y muy pujante económicamente entonces frente a una República de población mayoritariamente campesina y economía muy débil. Los norirlandeses temían convertirse en una minoría en una sociedad hipercatólica –no de Home Rule, sino de Rome Rule sería tildado el régimen del sur– y favorecedora de una cultura gaélica muy minoritaria, ruralista y en retroceso. Incluso en 1973, con motivo de su incorporación a la Comunidad Económica Europea, la República de Irlanda intentaría imponer, sin éxito práctico, el irlandés como una de las lenguas oficiales del Mercado Común.

En 1920 se produjo la partición. De los ocho condados del Ulster histórico, seis se constituyeron con un parlamento propio que decidió mantenerse bajo la corona británica. Se estableció un estado protestante que consideraba prácticamente traidores a los católicos. Los partidos republicanos como el Sinn Fein se negaban a participar en una institución que no reconocían. La situación hoy –sólo aparentemente paradójica– es que el Sinn Fein a duras penas consigue un diputado en la República mientras que tiene Irlanda: conflicto y modernidad casi el 18 por 100 del voto en el Norte. La llama del nacionalismo permanece viva donde todavía no ha triunfado, mientras languidece en el sur.

El acuerdo de paz es el resultado de un proceso largo, en el que han participado los diez partidos más votados en las elecciones de 25 de junio de 1998 y los gobiernos británico e irlandés. Se articula en tres ejes: (I, Instituciones democráticas de Irlanda del Norte; II, Consejo ministerial Norte-Sur; III, Consejo británico-irlandés). Incluye modificaciones constitucionales en la República –que renuncia a la soberanía sobre el Norte– y en Gran Bretaña, que deroga una ley de 1920 que reclamaba su jurisdicción sobre toda Irlanda. Se establece la posibilidad de referéndums en Irlanda del Norte en un futuro para determinar si prefiere mantenerse vinculada al Reino Unido o fusionarse con la República. Se constituye una Asamblea de 108 miembros cuyas decisiones importantes necesitan el apoyo de representantes de las distintas comunidades. Los cargos del ejecutivo guardarán la proporción con relación a la composición de la Asamblea. Se crea un consejo ministerial NorteSur para colaborar en materias como planificación del transporte, protección del medio ambiente, turismo, sanidad animal, seguridad social y programas europeos. Por último, se crea también un consejo británico-irlandés con participación, además de Gran Bretaña y la República, de Irlanda del Norte, Escocia, Gales, la isla de Man y las islas del Canal.

El acuerdo de paz, conocido también como Acuerdo del Viernes Santo, crea los mecanismos necesarios para la liberación de prisioneros pertenecientes a organizaciones paramilitares que hayan adoptado un alto el fuego total e inequívoco. El proceso de liberación habrá de concluir en un plazo de dos años. El acuerdo fue aprobado en dos referéndums separados en el Norte y la República el 22 de mayo. En el Norte el resultado fue de 71,12 por 100 a favor y 28,88 en contra. El «sí» fue apoyado sobre todo por los nacionalistas, mientras que el «no» obtuvo el respaldo parcial de los unionistas. En la República, el resultado fue del 94,39 por 100 a favor del «sí».

Irlanda había tenido ya una buena presencia en la edición española en los años veinte. Se tradujo La tragedia de Irlanda, de Darrel Figgis y Erskine Childers (Seix-Barral, 1921), y Dámaso Alonso –para la ocasión bajo el seudónimo de Alfonso Donado– publicó una versión del Retrato del artista adolescente de Joyce (Biblioteca Nueva, 1926). Destaca de esta época el volumen de Ricardo Baeza La isla de los santos. Itinerario en Irlanda (Renacimiento, 1930). Se trata de una recopilación de las crónicas publicadas en el periódico El Sol a raíz de un viaje entre septiembre y noviembre de 1920. Su mera reedición resultaría más ilustrativa sobre el problema que algunos de los volúmenes que vamos a comentar. Seamus Deane (Derry, 1940) es el ganador del Guardian 1996 Fiction Prize con Reading in the Dark, traducido ahora al español. Profesor de literatura en Dublín (University College) y Estados Unidos, hasta esta obra sólo había publicado crítica literaria y poesía. Leer a oscuras es un relato minucioso, muy intenso, repleto de emociones y de un rigor formal extremo. Bello de principio a fin y con una progresión argumental y psicológica bien calculada.

Deane nos transmite la experiencia de una infancia católica en el Derry de los años cuarenta y cincuenta. Evoca sus episodios más memorables en primera persona, a modo de autobiografía de unos años decisivos. Reúne así las piezas dispersas de la vida de un niño que se convierte súbita y traumáticamente en adulto hasta darles sentido. Y esto ocurre a cuenta de las revelaciones e intuiciones sobre su historia familiar.

El mundo del protagonista se divide entre el suburbio urbano de Derry y los colindantes campos abiertos de Donegal, ya en la República, donde están sus raíces: «Por aquella parte vivían docenas de parientes de mi madre, todos parlanchines, y unos cuantos parientes de mi padre, todos silenciosos, sin trato entre sí, y menos con nosotros, encerrados en alguna granja llena de libros, de vigas, de disputas» (pág. 67). El libro muestra la capacidad del autor para la parodia y el humor (Clase de matemáticas, págs. 112 y siguientes). También para reflejar el desgarramiento y la tragedia de una familia atravesada por un error del abuelo materno del niño protagonista. Un error que costó la vida a un hermano de su padre, sentenciado equivocadamente a muerte por soplón. Mientras el abuelo muere lentamente, envían al niño para que le acompañe en su agonía. Y allí descubre que sólo su madre lo sabe todo y se niega a darlo a conocer porque estaba enamorada del verdadero traidor, que huyó a Estados Unidos y del que nunca más se supo.

Leer a oscuras pone de manifiesto la división profunda y radical entre las dos comunidades norirlandesas. El aparato policial aparece casi como exclusivo de los protestantes. Los católicos arreglan sus problemas por sí mismos, tal como ha hecho el IRA en ocasiones, «ajusticiando» a traficantes de drogas u otras personas asociales. Recurrir a la policía, como hace en un momento de debilidad el protagonista adolescente, supone el ostracismo y la sospecha de que se es un «soplón». La Iglesia es la mediadora y defensora de los católicos ante las autoridades.

La generación de Deane conoce todavía la instauración de la República, la partición y la guerra civil a través del testimonio directo de sus mayores y va a ser a la vez la primera protagonista de las troubles que comenzaron a finales de los sesenta. Es una generación cuya adolescencia estuvo marcada por el silencio y la rabia contenida. Es también una generación-puente que vive un proceso de integración: el niño protagonista será el primero de su familia en alcanzar un título universitario.

Pero es una generación que ha vivido desarraigada en su propio territorio por la formación de un estado protestante sectario y ha teñido de leyenda las historias de sus antepasados inmediatos y las ha entremezclado con los mitos gaélicos hasta constituir un mundo personal. En este sentido, Leer a oscuras se aproxima en algunos momentos al llamado «realismo mágico» de la literatura en español.

Los libros de viajes tienen en Irlanda una larga tradición, hasta el extremo de que The Voyage of Saint Brendan –traducido por José Manuel Álvarez Flórez y publicado por Anaya & Mario Muchnick en su colección Anábasis en 1996– es uno de los textos fundacionales de su literatura. Colm Tóibín (Enniscorthy, 1955) se ha atrevido con uno particularmente difícil: el que discurre por la frontera entre el Norte y la República. Es un viaje que se propone realizar a pie.

Tóibín es un escritor profesional que en pocos años ha publicado una colección notable de novelas, ensayos y libros de viaje. Están traducidos al español El brezo en llamas y La señal de la cruz: viaje al fondo del catolicismo europeo (Anaya & Mario Muchnick, 1994 y 1996). No traducidos, The South y Homage to Barcelona (1990) y The Story of the Night (1996). Colabora regularmente en la prensa irlandesa.

Una primera observación que hay que hacer, y que merma muy sensiblemente el valor y la oportunidad de Mala sangre, peregrinación a lo largo de la frontera irlandesa, es que la publicación original del libro es de 1987, entonces bajo el título de Walking along the Border. Por tanto, todas las referencias y valoraciones del acuerdo anglo-irlandés que hay en Mala sangre se refieren al firmado en Hillsborough en noviembre de 1985 por los primeros ministros Garret Fitzgerald y Margaret Thatcher, que el actual deroga expresamente. Doce años, en una situación tan dinámica como la del Ulster y la República, son mucho tiempo. El libro debería haberse actualizado o, al menos, incluir una nota sobre la fecha real del viaje y el texto. La traducción española está realizada sobre una edición de 1994.

En segundo lugar, un libro como Mala sangre, precisa de un mapa que no existe en la edición española. Un viaje por lugares como Belleek, Belturbet, Clontibret o Annaghamkerrrig no es tan familiar al lector español como un Madrid-Toledo y unas indicaciones mínimas del itinerario hubieran venido bien. Lo más divertido del caso es que entre los «agradecimientos» figura uno a un tal «Aidan Dunne, que dibujó el mapa». ¡Dios mío, cuánto me hubiera gustado conocerlo mientras leía el libro!

Mala sangre es un relato lineal y descriptivo, de una sencillez extrema, de la ruta realizada por Tóibín. Recoge situaciones, experiencias y opiniones en un afán por explicar la sinrazón de la frontera, al mismo tiempo que nos hace entender sus causas, históricas, políticas, económicas o religiosas. En definitiva, resalta su absurdo: el Norte y el Sur son la misma gente, los mismos nombres, las mismas pulsiones, las mismas clases sociales. Y no tienen por qué estar divididos.

La frontera significa contrabando y significa retirada y refugio para los paramilitares, al tiempo que vía de acceso a su base logística. Por eso está ahora llena de barras de hierro, bloques de hormigón, carreteras cortadas y comisarías de policía fortificadas. Sin embargo, el autor se las ingenia para pasar una y otra vez de la República al Ulster y del Ulster a la República sin grandes problemas. Tal vez la mejor lección del libro sea que los hombres y las mujeres, la solidaridad y la amistad, están por encima de diferencias políticas, religiosas y administrativas. Uno de los escenarios más chocantes y significativos es una casa que tiene el dormitorio en un lado y el salón en otro.

Tóibín practica una sociología histórica y minimalista. Desde la feria de contratación de campesinos/as de Strabane en 1938 hasta el Fleadh Ceoil (festival musical celta) de Ballyshannon de 1986, todos los eventos locales pasan por su tamiz. Habla con todo el mundo, aunque con una inclinación más marcada por poetas, escritores y artistas. Describe en el capítulo diez («La carretera a Darkley») su visita a una familia de la vieja nobleza rural protestante. Pero él es esencialmente un sureño católico que peregrina al santuario de Lough Derg como se hace desde la Edad Media sin por ello ahorrar críticas a la República.

Mala sangre es indudablemente la obra de un magnífico conocedor de la realidad irlandesa que se mueve por ella como pez en el agua. Se subrayan en el libro la importancia tanto de la música popular como de los deportes gaélicos en el mundo nacionalista. Aparece también el boxeo, que también refleja Deane en Leer a oscuras (pág. 165). En líneas generales, da una visión un poco periférica, ruralista y humana del conflicto, sin entrar en los núcleos urbanos de Derry y Belfast, escenario de las grandes manifestaciones sociales y sede de la industria y la Administración. Pero ello no le resta en absoluto interés al libro.

Debo decir, por último, que la traducción de Mala sangre, realizada por María Isabel Butler de Foley –traductora habitual de Tóibín al español– tiene párrafos buenos, regulares y hasta mediocres. Una de las frases más intransitables, sin embargo, es la que se encuentra en la página 73: «Nos sentamos en el tejado del barco y charlamos relajadamente». ¡Qué difícil debe ser charlar relajadamente «en el tejado» de un barco!

José Antonio Jáuregui es profesor de antropología, autor de varios libros de éxito y colaborador habitual en la prensa. Un prólogo suyo de diecinueve páginas y una «breve historia de Irlanda» acompañan el texto del Acuerdo de Pascua en traducción española. El título del volumen, pretendidamente humorístico, es O'jalá.

El prólogo de Jáuregui habla poco de Irlanda y mucho de las religiones y la «teopolítica» como fenómeno universal. Hay en él un cierto didactismo y una visión antropológico-histórica de las rivalidades y los conflictos políticos y religiosos. Son palabras bienintencionadas, pero que no aportan mucho al conocimiento o la clarificación del problema.

Para compensar ese déficit, se ha incluido en O'jalá una «breve historia de Irlanda» facilitada por la embajada de la República en Madrid. Sin que el texto tenga que ser tachado automáticamente de sesgado por ello, la fuente resulta cuanto menos sorprendente. La cuestión histórica es, por razones obvias, muy delicada: una omisión, la interpretación de un hecho cambian el sentido de un texto. Y algo de eso hay en esta «breve historia».

Por citar un ejemplo, los celtas invadieron la isla en el siglo V antes de Cristo, pero no llegaron a conquistar el Ulster hasta el siglo V después de Cristo. Los llamados Cruthins, la población autóctona, emigraron entonces a Escocia, donde se integraron con la población de las lowlands o tierras bajas. Los unionistas actuales reconocen sus raíces en estos remotos antepasados que volvieron a la isla mil años después, en el siglo XVI . Se consideran, por tanto, con tanto o más derecho que los descendientes de los celtas a ser irlandeses. De hecho, cuando «regresaron» en el siglo XVI hablaban un gaélico muy similar al irlandés. Nada de esto se dice en la «breve historia» en la medida en que los nacionalistas consideran este punto de vista ridículo.

Esta «breve historia» resulta informativa, sobre todo con relación a los precedentes inmediatos del Acuerdo de Pascua. La traducción del acuerdo en sí mismo, por otra parte, es correcta, salvo por lo que hace al mantenimiento en irlandés –supongo que por razones meramente simbólicas; menos de un uno por cien de la población de la República lo utiliza como lengua cotidiana– de los artículos que cambian en la Constitución como consecuencia del acuerdo. En cualquier caso, la lectura de estos textos oficiales siempre resulta farragosa. Tal vez para reparar sus errores en la edición de Mala sangre, Península ha publicado después del verano el primer libro de autor español dedicado íntegramente al conflicto irlandés y su solución. Se trata de El modelo irlandés, historia secreta de un proceso de paz, de Íñigo Gurruchaga.

Gurruchaga es corresponsal del periódico vasco El Correo en Londres, pero muestra un conocimiento profundo y de primera mano de la cuestión irlandesa. Precisamente, uno de los problemas de la información sobre la isla en la prensa española es el de la falta de corresponsales permanentes en Dublín o Belfast. Ello hace que los corresponsales londinenses se desplacen eventualmente y para ocasiones significativas. Sin embargo, sus conocimientos principales son de la vida política británica y sólo muy lateralmente se ocupan de lo irlandés.

El modelo irlandés constituye un buen trabajo de reconstrucción del largo proceso que ha llevado al Acuerdo del Viernes Santo. La impresión más optimista que puede sacarse de su lectura es que la máquina de la paz ha trabajado al menos tanto como la de la guerra en el caso irlandés. Las raíces de la paz son profundas. Gurruchaga describe el proceso hacia la paz desde el lado británico, el lado irlandés y, sobre todo, desde el mismo foco del conflicto, el Ulster. Maneja con soltura una más que buena documentación periodística y la literatura reciente sobre el tema.

El libro demuestra que los que han trabajado durante muchos años en favor de la paz han sido los gobiernos conservadores, aunque el tanto del acuerdo se lo haya apuntado finalmente el ejecutivo laborista de Tony Blair. Mientras en la República había una cierta inestabilidad política, con primeros ministros sucesivos (Charles Haughey, Garret Fitzgerald, John Bruton, Bertie Ahern), en Gran Bretaña imperaban Margaret Thatcher y luego John Major. En el lado republicano, el tándem Adams-McGuiness lleva más de quince años oficialmente al frente del Sinn Fein y algunos más dirigiéndolo en la sombra. La permanencia en el liderazgo constituye un elemento significativo en el proceso de paz.

Desconozco si este es el primer libro de Gurruchaga, aunque en algunos momentos parece así. Hay una gran riqueza de datos e informaciones, pero la redacción resulta en ocasiones demasiado apresurada, con saltos un poco caóticos hacia adelante y hacia atrás. Habría que haber trabajado más sobre el texto para eliminar algunas incongruencias –en la página 9 se dice que el conflicto se ha cobrado más de 3.500 víctimas mortales, en la 169 que han sido 3.250; esta cifra parece referirse a los muertos en el territorio del Ulster, y no en Inglaterra– y hacerlo menos frondoso y más ceñido. Sin duda, habrá pesado en esto una cierta urgencia para publicar el libro mientras el proceso de paz está vivo y en los medios de comunicación, al mismo tiempo que se inicia un proceso similar en el País Vasco. Hay algunas incorrecciones en los nombres en inglés –como Howt por Howth– que serán sin duda subsanadas en una próxima edición. Edición que debería incorporar también los resultados de las elecciones de 25 de junio de 1998. Se trata, en cualquier caso, de un libro importante y que se convertirá en obra de referencia para comprender el conflicto y su resolución.

Gurruchaga concluye con un epílogo, «Argumento para un proceso de paz», que indaga en las similitudes de los casos irlandés y vasco y apuesta por una posible vía hacia la paz en Euskadi basada en el consenso y el diálogo constitucional. Hay en esas páginas algunas afirmaciones discutibles y otras muy ciertas –como la de que ETA se construyó verdaderamente en el desorden de los años setenta– pero su lectura merece la pena.

La solución al conflicto irlandés hay que buscarla hoy en el marco de la Unión Europea, en la medida en que la idea nacional no supone ya lo que suponía hace un siglo: las fronteras –no sólo físicas, sino también económicas, culturales y religiosas– se difuminan hasta casi desaparecer. En cualquier caso, el primer ministro británico, Blair, ha dejado claro en más de una ocasión que el Reino Unido no va a abandonar el territorio.

Pero si hoy es posible la paz, es porque tanto el Norte como el Sur han cambiado mucho. Irlanda ha perdido el halo de misterio y lejanía en que la encontró envuelta Ricardo Baeza. Es un país al que viaja todo el mundo, moderno, europeo y económicamente avanzado. Se trata de una sociedad tolerante y madura que busca una paz definitiva. Significativamente, la mayoría de los votos para el «sí» al acuerdo se reclutaron en los barrios populares –católicos y protestantes– como Shankill en Belfast. Frente a las apelaciones al «no» de un Paisley que siempre ha llevado una confortable vida burguesa. Y eso demuestra, en definitiva, que la paz debe surgir desde abajo para poder salir adelante.

01/12/1998

 
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