ARTÍCULO

El achique

 

Es muy probable que, de no mediar el periodismo, Arcadi Espada jamás hubiera aceptado el encargo de escribir una biografía sobre Josep Pla. O, cuando menos, una biografía de esta naturaleza. Si el tener que condensar en un número relativamente reducido de páginas –unas ciento cincuenta– la vida de un clásico de las letras hispanas ya resulta, de por sí, una tarea difícil, más lo resulta, como veremos en seguida, en el caso de un clásico como Pla. Pero los periodistas –y Espada reúne esta condición– están acostumbrados a que su vida esté hecha de encargos. Incluso de semejantes encargos.

No es esta, claro, la única razón para otorgar al periodismo el papel de inductor de este libro. Hay más. Por un lado, aunque el nombre del biografiado figure en algunas historias de la literatura, su vida y su obra no son, en el fondo, sino periodismo ejercido. Por otro, su biógrafo lleva muchos años reflexionando sobre el oficio, ya en los papeles, ya en los libros, ya en la red.Y, en fin, si Espada lee a Pla desde que tiene uso de razón, si ha terminado por convertirlo, como él mismo confiesa, en alguien de la familia, ello obedece sin duda a que el propósito memorialístico del escritor ampurdanés –«luchar contra el olvido, dar testimonio de mi tiempo»– coincide con uno de los principales cometidos del periodismo.
 

Notas para una biografía de Josep Pla es hijo, pues, de todas estas razones. Un hijo deseado. Lo que no significa, claro, que el parto de la obra haya sido fácil.Así como en la mayoría de los ensayos de esta colección de la editorial Omega el destinatario del encargo tenía a su disposición una o varias biografías de referencia en que apoyarse sin miedo a perder pie –por algo se trata de clásicos–, en lo tocante a Pla esta base resultaba más bien movediza. Unos cuantos opúsculos divulgativos, una semblanza de su editor, algún estudio biográfico parcial y una biografía ambiciosa aunque con el tiro equivocado no daban ciertamente para estar tranquilos.También había, es cierto, ensayos sobre su obra que aportaban datos, precisiones o correcciones sobre su vida. Pero, aun así, ni siquiera la suma de todo lo anterior permitía afirmar que existía una verdadera biografía del escritor: algo sólido, establecido, como habría dicho el propio Pla. Quedaban períodos oscuros –la guerra civil, las primeras décadas del franquismo–, había materiales a los que no se podía acceder –en especial, parte de la correspondencia–, algunos documentos habían desaparecido: en una palabra, demasiadas lagunas.

Dada la situación, ¿qué podía hacer el autor del ensayo para cumplir con el encargo? Pues, seguramente, lo que ha hecho Espada: ser consciente de las limitaciones y tratar de sacarles partido. Es decir, renunciar a la biografía y quedarse en las notas previas. O, si lo prefieren, achicar el campo de estudio y ceñirse a un período y a un método concretos. En lo tocante al período analizado, por causa de necesidad; y en cuanto al método, por simple convicción. Por lo demás –y eso es, al cabo, lo que importa–, el resultado de la operación demuestra lo acertado del planteamiento: esas Notas para una biografía constituyen sin duda alguna a estas alturas la mayor contribución al conocimiento de un hombre llamado Josep Pla, sin que ello quite ningún valor, por supuesto, a los logros de trabajos precedentes.

Para alcanzar su objetivo, Espada ha concentrado sus fuerzas en un diario que Pla llevó entre 1965 y 1968 y que no fue publicado sino después de la muerte de su autor, en dos partes: a finales de 1981 aparecieron las notas correspondientes a los dos últimos años, y en 1986 las correspondientes a los dos primeros, aunque estas últimas sin algunos pasajes, censurados por el editor Josep Vergés por su supuesta «obscenidad». El diario no había merecido hasta la fecha mayor atención, tal vez porque no se asemeja en nada al resto de su obra autobiográfica. Para empezar, no hay en él, en apariencia, reelaboración alguna, ningún amago de reescritura. Luego, el estilo es sumamente conciso, telegramático, como de estricto apunte práctico.Y luego, aún, se trata de la única obra de Pla donde asoma la intimidad, una intimidad a la que había sido siempre reticente, lo que le había impedido –lo señalaba Gabriel Ferrater en 1967– «ser un gran escritor europeo». Con todo, el interés de este diario también proviene de la trascendencia del período abarcado: durante este tiempo Pla cumple setenta años, publica El cuaderno gris –libro con el que inicia su Obra completa en Destino, que alcanzará las treinta mil páginas–, pierde a su madre y, por encima de todo, recupera y pierde para siempre al gran amor de su vida, Aurora. De ahí que, como dice Espada en el prólogo de su libro, «por los diarios» circulen «los ríos principales de la vida de Pla. Incluso los subterráneos». Siguiendo su curso –remontándolo en la mayoría de los casos–, el biógrafo ha extraído de este concentrado lo esencial de una vida.

Pero el achique practicado por Espada no afecta sólo al período; también al método.Y en ello radica, a mi juicio, la gran singularidad del libro, su indiscutible valor. Es más: de no haberse impuesto su autor esta segunda limitación, estoy convencido de que el ensayo apenas hubiera diferido de cuantos le han precedido. Esa limitación consiste en renunciar a la disciplina que había servido hasta la fecha para acercarse, con mayor o menor fortuna, a la vida y la obra de Pla, y en rescatar del olvido dos instrumentos de análisis que habían sido sistemáticamente marginados –o reducidos, cuando menos, a una función vicaria–; en renunciar a la literatura –a sus presupuestos, a sus estrategias– y en recurrir a la filología y al periodismo. O lo que es lo mismo: en olvidarse de la ficción para no acatar otro orden que el de la realidad.

Así, recurrir a la filología significa ante todo, en palabras del propio biógrafo, hacer aflorar los «ríos» que circulan por los diarios e «introducir cauce y sentido» allí donde sea preciso. Pero significa también entablar un diálogo constante con el texto y con su autor; pararse en una palabra, observarla, darle la vuelta, manosearla; aproximarse a otra, especular sobre su naturaleza, reflexionar en voz alta, incluso a riesgo de volver con las manos vacías. Por otra parte, recurrir al periodismo supone tener en cuenta los hechos, y la propia existencia de este diario como hecho mayor.Y también supone, claro, comprender que este diario, precisamente por su tono gris, por su reiteración temática y estilística, por su falta de impostación –o sea, por su sinceridad narrativa–, es lo más parecido al relato de un hecho. De un hecho tal como el periodismo entiende que debe ser narrado.

El resultado de esta doble operación de achique a la que Arcadi Espada ha sometido su objeto de estudio es realmente espectacular: lo que hasta la fecha no era sino un fantasma se ha convertido en un hombre. Es la primera vez que esto sucede, la primera que tenemos a este hombre delante. Desnudo. Sin filtros. Sin que nos estorbe la interferencia constante del personaje literario. Sin que su imagen, como ocurre en la Biografía del solitario, de Cristina BadosaCristina Badosa, Josep Pla. Biografía del solitario, Madrid, Alfaguara, 1997., deba llegarnos a través de la voz de Adi Enberg, la mujer con la que vivió más años y a la que seguramente no quiso más que de un modo eminentemente práctico. Es la primera vez que el retrato de Josep Pla atiende tan solo a la limpia crudeza de los hechos: un hombre viejo, obsesionado por una mujer,Aurora, por la que cruzará dos veces el Atlántico. Un viejo devorado por el erotismo. Un viejo: sus manías, sus placeres, sus delirios, sus miserias. La vida misma.

01/08/2005

 
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