ARTÍCULO

Correcaminos y otros esperpentos

Anagrama, Barcelona, 217 págs.
Anagrama, Barcelona, 133 págs.
 

Mézclense los siguientes ingredientes narrativos: un padre que apuesta la vida de su hijo y la pierde, un asunto de contrabando de sustancias ilegales y una pareja –la del ex boxeador Torosantos y el transexual Dalila Love-dedicada al espectáculo porno ambulante por clubes de carretera. Añádase docena y media de personajes secundarios acompañados de sus estrambóticas o penosísimas historias –tales como la de Valentí Rubí, abnegado padre de familia que tortura su pene con estiletes y campanas para ganarse la vida– y perfúmese con unas gotas de novela negra. Agítese con ritmo de road movie, sírvase y bébase de un solo trago: me temo que no tendrá usted ni siquiera una idea aproximada del vivaz desconcierto que produce la lectura de Discothèque. Y es que a esta improvisada receta le falta algo que sí tiene la novela de Félix Romeo.

Cierto que el abigarramiento de anécdotas procura gozosos sofocos que alternan el tono festivo, el patético y el onírico (es inolvidable la aparición de un ex futbolista del Real Zaragoza en forma de espectro vagamente hamletiano encargado de advertir a Torosantos de las intenciones asesinas de su padre); pero lo anecdótico se vería quizá devorado por su propio exceso si no fuera porque la variedad de registros narrativos que acompaña a esos microrelatos los dota de inconfundibles voces; si el cóctel no produce borrachera sin discernimiento a pesar de su mucha mezcla, se debe a que la vivacidad aromática de los ingredientes intriga al paladar y la lengua: esta novela expresa y da a degustar un placer marcadamente oral (en sus varios sentidos). Y ese placer espabila al lector, apartándolo de la mezcla de avidez y poltronería en que pudiera haberle sumido la exuberancia de la trama narrativa.

Así, se acaban las prisas por apurar el vaso (por comprender adónde va a parar la aventura de Torosantos) y se demora uno en ese arte locuaz que lo mismo se traduce en labia persuasivopublicitaria que en monólogo de extraviado lunático; habrá ocasión de disfrutar –por ejemplo– de la lectura de naipes que Dalila Love se hace a sí misma; de un artículo de la revista de enigmas Mundo desconocido titulado «Hombres con cola»; de un monólogo en el que Carlitos Seral –humorista sin gracia– cuenta cómo su mujer se avino a oficiar de cabra por amor a su zoófilo marido; de las glosas de un tal b.n. teach a la Guía espiritual del místico quietista Miguel de Molinos; de las muy lógicas explicaciones de por qué el Arca de la Alianza fue en realidad una minicentral nuclear construida por extraterrestres; de un capítulo sobre la eyaculación extraído de un pretendidamente sesudo tratado de pornografía y espectáculo; de canciones románticas o de chusma combatiente, de oraciones devotas y salmodias comanches... Todo ello presentado al modo de una novela de hace siglos, fragmentada en innumerables capitulillos con largo título descriptivo.

Discothèque en un desfile de monstruos cotidianos a caballo entre la realidad y el delirio. Hay huellas en el libro de realismo sucio, pero hay aún más cierta impronta de nuestro esperpento patrio, puesto al día y modernizado por el cine reciente; esto no quiere decir que Romeo dibuje a sus personajes con trazos gruesos y colores pastosos: aunque embrutecidos y canallas, muchos de sus raídos héroes son melancólicos y hasta un pelín trascendentales. A la receta del cóctel hay que añadirle unas gotas de angostura.

Entre Discothèque y Dibujos animados –primera novela publicada de Félix Romeo y premiada con el Ícaro de Literatura– parecen tenderse dos tenues hilos: uno va desde los dibujos animados que pueblan y casi alegorizan los padecimientos de la infancia –como el exasperante Correcaminos, animal de imposible especie e imposible captura– hasta esos personajes esperpénticos que son la caricatura de sí mismos y llevan en la piel tatuajes que parecen su propia imagen simplificada. El segundo hilo trata de coser dos estilos de escritura fragmentaria que no terminan de conciliarse: el de Discothèque pasea al lector por una ficción movidita y movediza; el de Dibujos animados lo retiene en una rememoración de la infancia hecha desde la corta perspectiva que da la adolescencia, sin apenas orientaciones cronológicas y con abundantes concesiones a la reiteración.

Que no suene esta última frase a reproche: Félix Romeo anda sobrado de facilidad expresiva, y aquí la reiteración es un artificio de la memoria narradora, que se quiere a sí misma ingenuamente puntillosa y reflexiva. Por eso vuelve a menudo a los mismos episodios, por eso transcribe sus precisiones y sus dudas sin disimulo: «Se le había reventado la uretra o la urea o algo así», «Al Cartagenero le metieron tres tiros. Uno en el brazo, otro en el estómago y otro en el estómago». Pero la cosa no pasaría de simpático mimetismo con los modos sintácticos y las coletillas infantiles si no fuera porque se acompaña de una verdadera creación de voz narrativa: la de un niño-adolescente dotado de una certera y metonímica capacidad expresiva que no necesita nombrar las fibras sensibles para tocarlas: «Una pistola pesa de una manera distinta al resto de las cosas. Una pistola pesa su peso y el peso de la conciencia», «Había espejos por todas partes. Allí parecía que eras otro. Y muchos».

Dibujos animados es un relato de recuerdos que casi siempre tienen fondo de tristeza, crueldad o hastío. No hay nostalgia en esta memoria: «El pasado es un tiempo en el que yo era culpable», «Si me encontrara con la lámpara de Aladino le pediría un montón de pasta, pero antes le pediría que me hiciera olvidar el pasado. [...] El pasado es una pesadilla. Cada vez el pasado es más grande. [...] El pasado devora». Pero no crea el lector que este narrador es un bicho raro y que, además, el caso se confirma por su afición a esnifar cola. No hay nada más usual en la infancia que aburrirse como una ostra, experimentar la injusticia del mundo, sufrir por El Coyote y desear que éste acabe de una vez por todas con esa «podrida gallina» que es Correcaminos.

01/06/2001

 
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