ARTÍCULO

Dionisio Ridruejo, un vencedor que quiso ser como un vencido

Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid
532 pp.. 36 €
Anagrama, Barcelona
336 pp. 20 €
 

Estamos de enhorabuena: a la reciente edición de Casi unas memorias y de El valor de la disidencia. Epistolario inédito de Dionisio Ridruejo, 1933-1975, por Jordi Amat y Jordi Gracia, respectivamenteReseñadas por Domingo Ródenas, «La probidad de un converso», Revista de Libros, núm. 141 (septiembre de 2008), pp. 35-36., y a la selección de cartas y escritos realizada también por Jordi Gracia bajo el título Materiales para una biografía, se han añadido, en los dos últimos años, dos magníficas, aunque muy dispares, biografías y un estupendo relato de los encuentros de poetas en lengua castellana y catalana impulsados por el Ministerio de Educación Nacional entre 1952 y 1954. Es digno de resaltar que este material nos llega de Barcelona, que es resultado de un ejemplar trabajo de búsqueda en hemerotecas y en archivos públicos y privados, y que en todos los casos se trata de contribuciones originales, de evidente calidad y de muy estimulante y grata lectura. Aunque no me entusiasma el adjetivo –fue utilizado por el mismo Ridruejo para definir lo que se proponía hacer con Antonio Machado en 1941: rescatarlo de su extravío–, Dionisio Ridruejo ha sido más que rescatado desde que se cumplieron en 2005 treinta años de su muerte.
Es para celebrarlo, porque su vida y su obra conservan para el lector de hoy el singular interés derivado de una experiencia única entre escritores y políticos españoles del siglo XX: la experiencia de alguien que se vivió a sí mismo, a fondo y con todas las consecuencias, como fascista contra la República en su juventud y como demócrata contra la Dictadura en su madurez; y que elaboró y dio cuenta de esa experiencia en una obra copiosa, de incesante análisis e introspección, de reflexión y de propuestas para la acción, que abarca todos los géneros posibles: recuerdos, epistolarios, cuadernos de notas, informes, artículos de periódico, estudios políticos y sociológicos, poesía, libros de viajes, semblanzas, crítica literaria. Casi podría decirse que Ridruejo lo vivió todo y escribió de todo lo que realmente importa en ese largo tramo del siglo XX que va desde los años de la República hasta los estertores de la Dictadura.
En esa obra, Escrito en España –que ahora nos llega precedida de un excelente estudio de Jordi Gracia– ocupará siempre un lugar central, por el momento de su primera edición y por su alto interés biográfico y político. En las «Explicaciones» –firmadas en mayo de 1961– que sirven de introducción a la crítica del régimen y a las propuestas para salir de la dictadura, Ridruejo interpretó su trayectoria política como un proceso ideológico en el que no se habrían producido «saltos de pértiga» ni «algún repente parecido al del camino de Damasco». Cinco años después de su definitiva ruptura con Falange, mira hacia atrás y reconstruye la unidad de su vida por encima de la distancia, que no le parece abismal aunque reconoce que no es pequeña, entre aquel fascista con pujos de definidor y este demócrata que acaba de descubrir el Mediterráneo: la democracia como única alternativa al régimen que él mismo, y su Falange, por mucho que la juzgue de «hipotética», ayudaron a construir.
Esta unidad de fondo, que Ridruejo reivindicó como el hilo rojo que daba sentido a toda su vida, sostiene también la biografía, ágil, trepidante en ocasiones, con la que el mismo Jordi Gracia culmina una dedicación intensa, cargada de lecturas y de erudición, a la obra de este fascista que habría devenido paso a paso en demócrata. La sostiene incluso en su estructura formal, como un relato sin pausas, sin capítulos, sin epígrafe alguno, sin notas, al que el autor ha querido evitar el «perfil universitario» valiéndose de una sintaxis muy personal que encadena, sin solución de continuidad, episodios políticos, aluviones de amigos, confinamientos y destierros, amores, viajes, impresiones, metáforas. Y también, por medio de un intencionado alboroto en las fechas: una dificultad de lectura, quizá, para el no iniciado, que se atenúa a medida que Ridruejo avanza paso a paso desde la disidencia hasta la oposición.
¿Paso a paso? Francisco Morente no lo cree así y alarga el proyecto fascista de Ridruejo, incubado en el Burgos de la guerra, hasta el momento en que fue detenido y encarcelado con motivo de la rebelión de los estudiantes de la Universidad de Madrid en febrero de 1956. Los textos íntegros de los artículos publicados en Revista y de su fundamental «Meditación para el 1.º de abril», de 1953, en Arriba, sostienen esta interpretación. Según Morente, la política «comprensiva» hacia los vencidos reproducía, frente a la «excluyente» propugnada por Rafael Calvo Serer y Florentino Pérez Embid, la política de integración desarrollada en Burgos en uno de sus elementos centrales: destruir a los adversarios asumiéndolos, sentar a la mesa al enemigo para cumplir sobre él «un acto de caritativa antropofagia, a través del cual, quedando desarmado como poder, permaneciera en nosotros con todas sus razones y exigencias válidas, asimilado, comprendido, salvado».
Este «modelo cultural comprensivo» de los años cincuenta, ¿se distingue o se contrapone tan nítidamente como lo presenta Jordi Amat del «modelo cultural fascista» de los años de guerra civil y de guerra mundial? Según Amat, el nuevo modelo, del que sería primera manifestación la I Bienal Hispanoamericana de Arte de 1951, y que se pondría en práctica con ocasión del Congreso de Poesía celebrado en 1952, pretendía limar el catolicismo carpetovetónico, recuperar a autores de la Edad de Plata, establecer tímidos contactos con el exilio e incorporar la cultura catalana como riqueza irrenunciable de la española. Pero todos esos elementos, incluido el diálogo con los catalanes en su propio idioma, estaban ya presentes en el «modelo cultural fascista» tal como lo intentó desarrollar en los primeros años de la posguerra el grupo de intelectuales formado en torno a Serrano Suñer y del que Ridruejo fue líder político, con Pedro Laín como principal referencia intelectual.
Fracasado en su proyecto de construcción de un Estado fascista, este grupo, todavía en plena juventud, respondió a la derrota de la Alemania nazi con una vuelta hacia el interior, hacia el 98 y Ortega; hacia un José Antonio, vivo, depurado de lastre fascista; y hacia la fe: creemos, escribe Ridruejo a Laín, somos otra vez católicos. Otra vez, no porque hubieran dejado de serlo, sino porque ahora lo son de una nueva manera, como «conversos». Durante sus años de confinamiento, Ridruejo piensa que el destino de su generación no puede ser otro que el de misioneros de una religiosidad renovada, en la que encuentra un motivo para reafirmar la presencia siempre viva de José Antonio. Acude idealmente a su tumba y allí se reencuentra consigo mismo, transfigurado por largos meses de ascetismo, renuncia y conquista de la que derivará un nuevo proyecto político: reconstruir España sobre sus verdaderas bases: una Iglesia, una Patria cuyo instrumento es un Estado, y un orden social y económico. Un proyecto destruido por el liberalismo y que sólo podrá reconstruirse por medio de lo que en 1945 define como un «autoritarismo constituyente» que reajuste las bases económicas de la existencia y las haga compatibles con el tesoro moral y cultural de la civilización española.
A partir de esta nueva experiencia se comprende el contenido de su entrevista con Franco, que Gracia fija con razón en febrero de 1946 y cuyo resumen, que conocemos por Casi unas memorias, reproduce, a ratos literalmente, el contenido de la carta que Ramón Serrano Suñer envió a su «Querido Paco» el 3 de septiembre del año anterior. Lo que Serrano escribe a Franco, y Ridruejo le transmite de viva voz, es que Falange no ha sustantivado el Estado ni ha hecho un Estado propio. Por tanto, nada se perdería si, para satisfacer las exigencias de los aliados que acaban de derrotar al fascismo, se disolviera. Pero esa disolución debía acompañarse de la convocatoria de un referéndum que Franco ganaría sin problema y que le permitiría licenciar a la coalición en el poder, sustituirla por un gobierno de técnicos con un toque intelectual –Ortega, Marañón– al que se encargaría la organización del referéndum. Falange, después de recuperar su prístina pureza, se reconstituiría y estaría en condiciones de construir por fin ese nuevo orden social y ese nuevo Estado español: tal es la sustancia del autoritarismo constituyente.
Se sabe cuál fue la respuesta de Franco a la carta de Serrano y a la entrevista de Ridruejo. Aguantaron, pues, de la mejor manera que cada uno supo o pudo hasta que la llegada de Ruiz Giménez al Ministerio de Educación en 1951 abrió una última puerta a la esperanza. Al fin, parecían darse las condiciones para renovar sobre una sólida base el proyecto de integración soñado en Burgos. Eso era, al menos, lo que Ridruejo confesaba cuando, en un artículo de noviembre de 1952, escribía que en sus diálogos con el poeta Carles Riba no había ninguna cosa diferente de lo que pensaban sus compañeros y él mismo «en aquel Burgos de 1938 y 1939 –tan lejano biográficamente, tan insuperablemente próximo en tantos aspectos– ante la inminencia de acontecimientos militares que librarían a aquella hermosa porción de España de su mal sueño». En 1941 se integraba rescatando de sus errores y extravíos a un enemigo como el «pobre don Antonio»; en 1945 la integración consistía en aceptar la herencia del 98, «convirtiéndolo, haciéndolo nuestro, lo cual quería decir hacerlo otro», como escribía Ridruejo a Laín en carta publicada en Arriba; en 1953, la comprensión, impregnada de connotaciones cristianas, consistirá en «demostrar a los que a sí mismos se llaman vencidos que la victoria es capaz de realizar los ideales del vencido», como afirmó, según cita Jordi Amat, en la clausura del II Congreso de Poesía.
Esta manera de comprensión resulta, a su vez, incomprensible si no se recuerda que 1953 fue el año de la apoteosis católica del régimen, que no tuvo su única manifestación en el concordato con el Vaticano sino en los movimientos de renovación cristiana, entre ellos las Conversaciones Católicas de Gredos, con presencia asidua de los antiguos camaradas de Burgos y la emotiva participación de Ridruejo. En los primeros años cincuenta, con estos católico/falangistas en posiciones de poder cultural, revivió la ilusión de que el primer proyecto de integración de los vencidos, macerado por la «comprensión» y el «diálogo» cristiano, acabaría por provocar una «apertura» del régimen sin necesidad de discutir a su Caudillo o, mejor, bajo su mando, sacralizado por la Iglesia; lo que quiere decir, en términos políticos: sin necesidad de discutir el 18 de julio y la Victoria como base legitimadora del Estado. Esto era lo que pensaba el equipo «aperturista» del Ministerio de Educación y eso fue lo que intentó llevar a la práctica Dionisio Ridruejo, combatido ahora por los «excluyentes» que formaban parte de la élite conquistadora del Opus Dei, con Jaume Vicens Vives como interlocutor privilegiado en Barcelona.
El proyecto mitad falangista, mitad católico, de comprensión, diálogo y apertura, fracasó o fue derrotado con motivo de la rebelión universitaria de 1956. Y Ridruejo no tardó ni un minuto en sacar la consecuencia, que no será, si él no lo quiere así, un salto de pértiga, pero que lo catapultó a otro terreno: su primera derrota, como fascista, la de 1942, lo había llevado al confinamiento; su segunda derrota, como falangista-católico, la de 1956, lo llevará a la cárcel. De la primera se repuso, renovando su proyecto de comprensión e integración de los vencidos, gracias a la inyección de una fuerte dosis de «misión» católica y «entrañamiento» en la fe cristiana que a sí mismo se administró en los años de destierro; de la segunda quedó curado de espanto: nada, ni siquiera la antropofagia caritativa –¡menuda metáfora!– era posible dentro del régimen.
La conclusión a la que le condujo esta segunda derrota fue una muestra más de su libertad de espíritu, su coraje moral y su valor cívico, del que dejó claro testimonio en Escrito en España. Si lo que se pretendía era rescatar lo valioso de los vencidos, el terreno de operaciones tenía que situarse fuera del régimen o, más exactamente, contra el régimen, porque sólo en la oposición tanto el vencedor como el vencido estarían en idénticas condiciones. En ese terreno, todos eran iguales, todos sufrían la misma situación; ahí, por tanto, radicaba la única posibilidad de un auténtico diálogo, de una conversación en la que ninguno de los hablantes aspirara a incorporar al otro, fagocitándolo, como también Ruiz Giménez comprendería unos años después. Ridruejo, que había arriesgado en años anteriores más que ninguno, estaba en mejores condiciones que sus amigos de Burgos y de Escorial para entender la radicalidad de la nueva situación: sin cátedra, sin prebenda alguna, quedó a la intemperie.
Escrito en España es el resultado de esa experiencia, la de alguien procedente del campo de los vencedores que dijo sentirse como un vencido, y querer serlo. Ni se engañaba él ni engañó a nadie. Ridruejo, pero no sus amigos, cruzó entonces una frontera, la que separaba a los «liberalizadores» del régimen de sus oponentes. Los «liberalizadores» conservaron sus cátedras, sus asientos en las Academias, su relevancia social, mientras se alejaban de la política. Ridruejo pasó a la oposición, un terreno inhóspito, en el que descubrió la democracia. Se acabaron las visitas a Franco, las entrevistas complacientes con Girón o con Fernández Cuesta, los «José Antonio, vivo», la comprensión del vencido y otras amenidades propias de ese mezcla única que fue el falanjo-catolicismo entre los años 1945 y 1956 y que tuvo su mejor expresión en el combate, liderado desde el ministerio por Ruiz Giménez y Pérez Villanueva y desde los rectorados de las universidades de Madrid y Salamanca por Laín y Tovar, contra la facción del Opus Dei que finalmente, y tras un primer descalabro, se haría en unos años con casi todo el poder.
A partir del 56, las posiciones quedaron claramente definidas: Ridruejo, que venía del fascismo, pasó al campo de los demócratas. Él entendió que había dado sólo un paso más en un largo camino, impulsado siempre por una actitud inconmovible: un ansia de libertad personal, de independencia de juicio, de ser él mismo, aun sirviendo a causas equivocadas. Pero, si fue un paso, fue de esos que se dan cuando se cruza la raya y ya no es posible la vuelta atrás. De ahí, la lucidez de su Escrito en España, el rechazo radical del régimen impuesto tras la victoria, la disección y condena sin paliativo del terror como instrumento de su construcción, la crítica sin concesiones a la coalición de intereses en la que se sostenía. De ahí también que en este libro, y en algunos artículos posteriores muy oportunamente incorporados por Jordi Gracia a la nueva edición, se encuentre el primer esbozo de lo que habría de ser la transición a la democracia, un proceso en el que las palabras vencedor y vencido dejarían de tener sentido y que nadie mejor que él fue capaz de vislumbrar con tanta clarividencia y tantos años de antelación.

01/03/2009

 
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