ARTÍCULO

Humo negro sobre China

 

Hace quince años, ese maestro de la astucia política, Deng Xiaoping, realizó su famoso viaje al sur de Pekín, a Shenzhen, cerca de la frontera con Hong Kong. Fue el momento en que cobró una ventaja decisiva sobre los intransigentes miembros del Politburó que creían en la lucha de clases y la economía planificada, hombres cuya «manera osificada de pensar» había desafiado al hacerse con el poder en China en 1976, y que habían vuelto a aparecer en escena después de su aplastamiento del movimiento democrático de Tiananmen. Fue entonces, bajo la rúbrica orwelliana de «socialismo con características chinas», cuando Deng decretó que era el momento de pisar el acelerador de la iniciativa económica. Atrás quedaba el «mejor rojo que experto» de Mao, que daría lugar al «no importa el color del gato, con tal de que cace ratones».
Las energías acumuladas así liberadas generaron una explosión económica y social sin precedentes en la historia por su magnitud y su celeridad, así como unas consecuencias imprevisibles y potencialmente incontrolables. El despegue fue casi vertical. A los pocos meses de la afirmación apócrifa de Deng, según la cual «hacerse rico es fabuloso», los índices de crecimiento nacionales –según datos oficiales– se quintuplicaron respecto a su nivel post-Tiananmen, situándose entre el 7 y el 12% a partir de entonces y alcanzando cifras de dos dígitos en cada uno de los cinco últimos años. La producción industrial y la inversión en infraestructuras han aumentado incluso con más rapidez; después de más de un año de esfuerzos oficiales para enfriar la economía, en la primera mitad de 2007 los incrementos fueron de un 18,5% y un 26%, respectivamente.
China está ya a punto de convertirse en el primer país comercial del mundo. Su implacable búsqueda de materiales agita los mercados de petróleo y de materias primas y enturbia cada vez más la diplomacia internacional, ya que Pekín no tiene ningún reparo en hacer negocios con regímenes repugnantes pero ricos en recursos. Está también generando superávits gigantescos, incluidos bonos del Tesoro de Estados Unidos por valor de un billón de dólares, y que es ahora cuando está empezando a invertir de forma más agresiva. Aún no es cierto, como ha sucedido durante tanto tiempo con Estados Unidos, que si China estornudara, el mundo contraería una neumonía: por situar las cosas en perspectiva, el analista especializado en China Arthur R. Kroeber ha señalado recientemente que los activos gestionados por un solo fondo de inversión estadounidense, Fidelity, son iguales a la totalidad de las reservas de divisas de China. Pero la capacidad potencial de China para provocar un repentino vuelco internacional inquieta ya a los analistas financieros y a otros observadores de la bola de cristal. El más somero repaso del torrente de libros recientes sobre China –es característico un título como China Inc.: How the rise of the next superpower challenges America and the world (China S.L.: cómo el ascenso de la próxima superpotencia desafía a Estados Unidos y al mundo), de Ted Fishman– transmite el tono entre jadeante y atemorizado de una gran parte de los comentarios occidentales. El divertido contrapunto de todo ello lo brindan las librerías de la propia China, donde las estanterías están repletas de libros sobre «cómo ser millonario», de biografías de sus primeros magnates escritas por periodistas y de las obras de nada menos que el economista Milton Friedman.
Algunos de estos comentarios occidentales esconden tras ellos una tesis. The Writing on the Wall (La escritura sobre el muro), de Will Hutton, revela más sobre los prejuicios antiestadounidenses, o al menos anti-Bush, del autor que sobre China. Aun así, desarrolla una crítica razonablemente válida de los males que aquejan al sistema chino. El socialismo con características chinas de Deng –defiende– es un híbrido inviable, en el que el «colectivismo leninista» remeda de forma imperfecta las fuerzas del mercado con la ayuda de dosis masivas de técnicas occidentales, mientras que se halla reprimido el pluralismo esencial para una sociedad moderna verdaderamente innovadora y dinámica. Resultan útiles las correcciones a la escuela de que «China puede disfrutar despreocupada de su éxito». Más esclarecedores son, sin embargo, dos libros recientes que en gran medida rehúyen la tesis y que, por medio de las anécdotas de personas entrevistadas por sus autores, y de los fenómenos observados, consiguen explorar, en cambio, la transformación nacional de China.
Getting Rich First: Life in a changing China (Antes que nada, enriquecerse: la vida en una China cambiante), del antiguo corresponsal de la BBC en China, Duncan Hewitt, es una exploración perspicaz, detallada y entretenida del tumulto en que se ha convertido la China actual. A pesar de su título, con el previsible reclamo para el gran público, China Shakes the World: The rise of a hungry nation (China conmociona el mundo: el ascenso de un país hambriento), de James Kynge, constituye un esfuerzo penetrante para ofrecer un retrato, con todos sus defectos, de un tema rápidamente cambiante. Kynge cuenta historias que ponen los pelos de punta sobre los métodos que utilizan los chinos para subir por la escala del valor añadido y superar a Occidente no sólo como un fabricante en serie barato, sino en el segmento de más calidad del marcado. Lo que los productores de seda italianos de Prato tomaron inicialmente por una llegada bien recibida de mano de obra china, por ejemplo, resultó ser una iniciativa depredadora, gradual, a lo largo de varias décadas, que concluyó con esos mismos aprendices chinos llevándose lo que habían aprendido de vuelta a China y provocando el cierre de las empresas que los habían acogido. Kynge da por descontado que China se ha consolidado como la fábrica del mundo, y que vivir con las consecuencias va a ser cualquier cosa menos cómodo. Esto queda contrarrestado con un sobrio análisis de los desórdenes que afectan al desarrollo chino, desórdenes cuyas raíces se hallan en las tensiones entre los imperativos de crecimiento del mercado y la actitud de los dirigentes chinos, profundamente reacios a renunciar al control. Kynge ha comparado a China con una langosta, con enormes y prominentes pinzas industriales, pero con una cola endeble. Es una extraña metáfora para un país que avanza tan rápidamente, pero se comprende lo que quiere decir.
Las contradicciones están empezando a ser tremendas. En el lado positivo del libro de contabilidad, cuando se ajusta para examinar el poder adquisitivo, la contribución de China al crecimiento global ha superado en los últimos siete años a la de Estados Unidos. Ese puro dato estadístico no tiene en cuenta el benéfico impacto mundial en la baja inflación, que se ha moderado en gran parte gracias a la abundante disponibilidad de importaciones chinas a bajo coste. Menos benéfico resulta, sin embargo, que China sea ya probablemente el mayor emisor del mundo de gases de efecto invernadero. China depende del carbón, en su variedad sucia, que produce dióxido de azufre, para satisfacer el 70% de sus necesidades energéticas primordiales, y ya quema más carbón que Estados Unidos, Europa y Japón juntos. En este momento, China exporta polución de dióxido de azufre hasta nada menos que Los Ángeles. Esto es sólo el principio: la Academia de Ingeniería China informa de que, en los próximos quince años, China necesitará tanta electricidad adicional procedente de todas las fuentes como la desarrollada en Estados Unidos en el último medio siglo, a pesar de que sus industrias pueden ser obligadas a poner freno a un despilfarro y desperdicio de recursos tales que cada unidad de producción consume en China un 50% más de energía que en India, y diez veces más que en Japón. Según Zhou Shengxian, principal responsable ministerial del medio ambiente en China, los vertidos industriales han convertido más de una cuarta parte de los siete principales sistemas fluviales de China en «cola pegajosa». Los gases tóxicos cubren sus ciudades, y la polución del agua y el aire mata anualmente a quinientos mil chinos, según el Banco Mundial. Los vertidos están destrozando la vida marina en sus grandes lagos interiores y las algas rojas infestan sus mares costeros. La rápida industrialización es por doquier un negocio turbio, pero también aquí China está batiendo todos los récords.
Las partículas de la atmósfera procedentes de China no son el único problema que molesta a sus vecinos. Lo que oyen de Pekín es mucha retórica sobre el «ascenso pacífico» de China; pero lo que observan es un incremento militar raudo y sumamente hermético al tiempo que China convierte la humilde infantería del Ejército de Liberación Popular en una máquina militar capaz de luchar y vencer en las guerras con tecnología punta del siglo XXI, proyectando su poder aéreo y marítimo mucho más allá del territorio chino según doctrinas diseñadas por sus estrategas militares para dominar «la configuración estratégica del poder». Y no hay modo de saber qué hará China con semejante poderío militar; y cabe dudar de que sus dirigentes se hayan parado a pensar en ello detenidamente. La paradoja es ésta: la dependencia de China de la inversión y la tecnología extranjeras, y de las materias primas importadas, le hace sentir el máximo interés en una integración económica y unas relaciones internacionales pacíficas: las ambiciones de una potencia defensora del status quo. Pero su obsesión a largo plazo es, en términos tanto militares como económicos, modificar el status quo y emerger como una gran potencia mundial.
Los dirigentes de China necesitan esta segunda dimensión estratégica de poder más por razones domésticas que debido a ninguna ambición internacional coherente. El Partido Comunista es un anacronismo fosilizado en una sociedad cada vez más próspera, sofisticada y cínica. Si quiere conservar su monopolio del poder, necesita recurrir a resucitar la grandeza nacional para reforzar las pretensiones de legitimidad que se pondrán en entredicho cada vez con más insistencia en los próximos años. «¡Hacia delante y hacia arriba con el presidente y secretario general del partido Hu Jintao!», fue el mensaje no escrito en el satélite que China lanzó a la órbita lunar justo después del congreso del partido en octubre de 2007.
El partido, con sus 73 millones de afiliados, domina la vida política y una gran parte de la actividad económica, y se halla profundamente afianzado en la teóricamente independiente administración gubernamental. Está por encima de la ley, con sus propios tribunales y procedimientos disciplinares. Pero como han descubierto los déspotas en otros países, ser el «monarca de todo lo que se ve» no significa necesariamente tener las cosas bajo control. Hubo un tiempo en que la menor desviación de la línea del partido resultaba inimaginablemente arriesgada, pero ese tiempo ya ha quedado atrás. Los cuadros provinciales aparentan obedecer las órdenes de Pekín, pero en la práctica las eluden o las ignoran. Es, por tanto, la debilidad del grupo actual de dirigentes de China, no su fuerza, lo que hará que las relaciones con Pekín sean difíciles. Los sucesores de Deng son presa de presentimientos de que el partido podría ser la víctima de lo que pregonan a bombo y platillo como su gran éxito: el ascenso de China.
El congreso quinquenal del partido constituye el gran escaparate político de China, el momento en que se da a conocer el nuevo Politburó y se establecen claramente sus políticas para los próximos cinco años; pero lo más sorprendente de todo el año pasado fue la determinación del partido para que resultara en lo posible un acontecimiento político sin ningún interés. Sus ciberpolicías cerraron al menos dieciocho mil páginas web, se desmantelaron asentamientos enteros de ocupas y humildes peticionarios, se arrestó a algunos activistas y se «aconsejó» a otros que se tomaran unas vacaciones, lo que no es precisamente un alarde de confianza en que China es, como Hu proclama incesantemente, una «sociedad armoniosa». Internamente, el partido se ve sacudido por furiosas controversias por la sostenibilidad de la precipitada carrera de China para hacerse rica; y ése es precisamente el motivo por el que se considera implanteable un debate abierto sobre los problemas de China. Tras los consabidos despliegues de unidad, este último fue el congreso del partido más agitado en años.
No hay que buscar los motivos muy lejos. El colosal avance de China ha sido social, generacional y geográficamente desigual. Esto es algo con lo que contaba Deng: afirmó explícitamente que primero tendrían que enriquecerse algunas personas, aunque resulta dudoso que previera el enorme abismo que iba a abrirse entre el nuevo rico chino que alardea de su dinero y los pobres apilados delante de sus puertas. La división rico-pobre supone una brusca conmoción en una sociedad en la que la mayoría de las personas de más de cuarenta años recuerdan haber empezado ganando más o menos la misma miseria que todos los demás, con el Estado como proveedor de los servicios básicos de forma gratuita. Las diferencias de ingresos en China –de manera especialmente espectacular entre ciudad y campo, pero también en el seno de las ciudades– rivaliza actualmente con las de la Inglaterra victoriana y superan a las de Estados Unidos. Un aperitivo en un bar fino de Pekín cuesta el equivalente a los ingresos mensuales de una granja. El analfabetismo está aumentando porque el coste de la educación está fuera del alcance de millones de personas, al igual que sucede con la sanidad; las familias emigrantes rurales y urbanas pueden verse reducidas por una enfermedad a una pobreza tan miserable que les impediría pagar siquiera las ropas o la comida suficientes. China ha comprimido en unos pocos años una revolución industrial y la urbanización de un país gigantesco, todo ello sin las válvulas de seguridad de la responsabilidad política, la seguridad social y un sistema judicial justo y accesible. El espectacular aumento global de prosperidad agudiza el resentimiento de aquellos cuyas vidas son igual de pobres que antes, y considerablemente más precarias.
La carrera en pos del crecimiento de China es también más caótica de lo que Deng podía haber previsto. Lo que empezó como un experimento controlado, únicamente en la «zona económica especial» de Shenzhen, se ha convertido en una batalla campal. Las zonas de desarrollo, que ofrecían buenas infraestructuras, fiscalidad con un trato preferente y menores controles, fueron una brillante idea en los años ochenta, cuando China necesitaba atraer inversión extranjera y crear centros regionales de referencia, pero se han convertido en una obsesión nacional fuera de control: las zonas de desarrollo a nivel provincial cubren unos dos millones de hectáreas, una extensión excesiva que supera con mucho a la demanda, y casi todas las localidades tienen al menos una propia. Se han dado órdenes de cerrar las zonas «no autorizadas», pero la determinación de los cuadros locales a no quedarse rezagados en la carrera de China hacia el desarrollo tiende a ser mayor que el miedo a la censura oficial. De modo que cortejan a los inversores por las buenas o por las malas, ofreciéndoles insólitas rebajas fiscales para crear fábricas en terrenos a menudo arrebatados a los residentes con poca o ninguna compensación, y con tácitas garantías de que las miserables condiciones de trabajo y los paupérrimos niveles de seguridad, la degradación medioambiental y las prácticas comerciales agresivas, entre buenos amigos y por las «consideraciones» acostumbradas, serán vistas con indulgencia. La corrupción, la antigua maldición de China, vuelve a roer vorazmente las tripas de la sociedad, convirtiendo en millonarios incluso a oficiales de nivel bajo, «absorbiendo» una décima parte de los gastos gubernamentales totales, y dando lugar a amargos y a menudo violentos estallidos de ira popular, en manifestaciones que, como se admite oficialmente, tienen lugar en cifras que rondan las mil quinientas semanales.
De momento, son pocas las que se dirigen contra el Gobierno central. La enorme población flotante de Pekín de peticionarios desesperados –un fenómeno inmutable desde la China imperial– atestigua una fe patética y no correspondida en que es posible encontrar compensaciones si puede conseguirse que llegue a oídos de quienes están en lo más alto. Pero ponen nervioso a Pekín. Con el derrumbamiento del maoísmo y, ahora, el descarado abandono del marxismo-leninismo, casi por primera vez en la larga historia de China no existe una ideología o un sistema de creencias unificador que sirva para reforzar los sistemas de control del partido. Y estos mismos sistemas están chirriando: en la época del teléfono móvil e Internet, el número ingente de descontentos de la sociedad no puede controlarse simplemente cortando cabezas.
El descontento no es universal, por supuesto. Para millones de personas, especialmente los jóvenes urbanos más espabilados, este capitalismo rojo de garras afiladas ha cumplido lo prometido no sólo con unos niveles de vida inmensamente mejores, sino también a la hora de aumentar la libertad respecto de los controles del Estado que regulaban minuciosamente dónde vivían y trabajaban sus padres, qué comían, qué aprendían e incluso cuándo se casaban. La idea anteriormente inadmisible de que las personas tienen márgenes de elección ha pasado a instalarse como un subproducto inevitable de la liberalización económica, y a las autoridades les está resultando cada vez más difícil negar la idea intrínsecamente subversiva de que las personas también tienen derechos. Todos estos cambios se ven alentados por una urbanización tumultuosa, precipitada, el ejemplo más espectacular de cómo la política nacional premeditada ha pasado a perder el control y a actuar de manera alocada. Las primeras modernizaciones de Deng comenzaron en el campo, pero la conmoción de las protestas de Tiananmen de 1989 reclamando democracia provocaron un cambio compulsivo para desarrollar sus ciudades ya existentes y para crear el número suficiente de nuevas ciudades con vistas a acoger a los trescientos millones de personas más que estaba previsto que tuviera el país en la próxima década, aproximadamente.
Hace mucho tiempo que China dominó las artes de una cultura urbana refinada, compleja y hábilmente diseñada. Los viajeros de la Ruta de la Seda volvían a Occidente maravillados, contando historias de ciudades como Kaifeng, de la dinastía Song, cuya población a comienzos del siglo XII superaba al parecer el millón de personas, incluidos comerciantes procedentes de todas partes del mundo conocido y una sustancial comunidad judía. Xi’an, Nanjing y Pekín eran todas a su vez grandes ciudades imperiales. En Occidente se olvida con demasiada frecuencia que antes del siglo XIX, cuando China quedó muy rezagada por la Revolución Industrial en Gran Bretaña, más tarde en Europa occidental y, finalmente, en Estados Unidos, y la corrupción chupaba la sangre del sistema imperial, la china era una sociedad envidiablemente avanzada y extraordinariamente rica. Pero las grandes moles fuertemente industrializadas, asfixiantemente contaminadas, de la China moderna no tienen casi nada en común con las ciudades simétricas y cuidadosamente engalanadas de su antigua grandeza. Son los crisoles de una modernización sin orden ni concierto que está eludiendo cada vez más el control central.
Duncan Hewitt señala que, antes de Tiananmen, la urbanización vertiginosa quedó confinada en gran parte a la provincia meridional de Guangdong y su capital Guangzhou (Cantón), que fue la primera en construir hoteles inteligentes y pasos elevados, en permitir negocios privados de pequeñas dimensiones y en experimentar con supermercados. Cuando él llegó por primera vez a Shanghái en 1988, encontró «una ciudad con una grandeza decadente» que «en apariencia no tenía prisa por ir a ninguna parte». El ocasional trolebús desvencijado era el único transporte público, las bicicletas eran las dueñas de las calles, las tiendas eran negocios lúgubres controlados por el Estado y, aun contando con buenas conexiones políticas, los pocos que podían permitirse tener teléfono esperaban años a que les dieran línea. En la vorágine en que se ha convertido el Shanghái en que Hewitt vive en la actualidad, barriadas enteras desaparecen de la noche a la mañana.
El maoísmo había dejado a Shanghái –la prerrevolucionaria Perla de Oriente, o su Babilonia Amarilla, dependiendo de la perspectiva– como una reliquia destartalada de exhibicionismo colonial, recubierta de la adustez comunista de bloques de casas de hormigón de seis alturas, kilómetro tras kilómetro, y ciudades industriales satélites. La única extravagancia post-1949, en una ciudad que había sido famosa por ellas en los tiempos del Asentamiento, era la Casa Estalinista de la Amistad Rusa. Los revolucionarios convirtieron la famosa pista de carreras en la Plaza del Pueblo, actualmente el parque donde se levantan el nuevo teatro de ópera de Shanghái y su maravilloso (y financiado privadamente) museo de antigüedades, pero que en tiempos de Mao era el lugar en que desfilaba el Ejército de Liberación Popular, incongruentemente rodeado de cines modernistas anteriores a la guerra. Ideológicamente, Shanghái no fue ningún páramo en los años de Mao –fue el semillero, por el contrario, para la Gran Revolución Cultural Proletaria del Gran Timonel–, pero económicamente estaba estancada, al igual que el resto de China. En 1986, la creación de un Plan General de Shanghái presagiaba ya la transformación de la ciudad, pero a finales de los años ochenta la futura ciudad de rascacielos existía sólo dibujada: grafitis de Manhattan pintarrajeados sobre paredes desvencijadas. Pero cuando concluyó la hibernación forzosa de la ciudad, con la decisión trascendental de convertir el destartalado barrio de Pudong, al otro lado del río Huangpu con respecto al antiguo y señorial Bund, en el futurista centro de China de comercio y servicios financieros, Shanghái inició de golpe una nueva vida burda y agresivamente mercantil.
Nueve años después, había tres mil rascacielos en su horizonte y otros tantos proyectados: un Manhattan o, mejor, una serie de Manhattans, levantados de la noche a la mañana en una colosal orgía constructora que no muestra ningún signo de disminuir. Casi 2,2 billones de yuans (201,4 mil millones de euros) se habían invertido en una intrincada red de pasos elevados, cinco líneas de ferrocarril ligero, ocho líneas de metro, que habrán de aumentarse a veinte, y líneas de ferrocarril suburbano. Allanando dos islas en el estuario del Yangtze, uniéndolas y conectándolas con tierra firme por medio del puente más largo del mundo, Shanghái está construyendo uno de los puertos de aguas profundas más grandes del mundo, mientras que está previsto que por el nuevo aeropuerto de Pudong, conectado a la ciudad con el tren «flotante» Maglev, que alcanza los 480 kilómetros por hora, pasen anualmente setenta millones de pasajeros y cinco millones de toneladas métricas de mercancías.
Ninguna otra ciudad del mundo ha construido tanto, tan rápidamente, o tan al margen de las leyes económicas de la gravedad. Se anima a los bancos a que presten dinero a proyectos que no producen ningún ingreso, y a seguir prestando a propietarios de edificios que están vacíos. Las ambiciones de los regidores municipales de Shanghái ignoran las más elementales consideraciones de accesibilidad, y no hablemos ya de sostenibilidad: la dispersión total de actividad económica en una aglomeración «multinúcleo y multieje» de ciudad, satélites y ciudades suburbanas, donde viven cuatrocientos millones de personas, significa que cada kilómetro de autovía tendrá que doblar su tamaño en los próximos diez años para evitar que el gran Shanghái quede paralizado.
Ninguna ciudad –hasta que Pekín cayó también presa de la fiebre constructora y arrasó los viejos hutongs amurallados que eran su elemento más característico– ha sido demolida con menos escrúpulos. Calles y tiendas han sido borradas del mapa, y sus ocupantes depositados sin miramientos en lejanos suburbios; los callejones cuadriculados y con puertas de las casas shikumen están desapareciendo rápidamente. Para sentir nostalgia hay que dirigirse al espacio entre el Bund y la antigua pista de carreras, donde montones de antiguas calles europeas con casas de piedra en las que el sol apenas penetra y desordenados manojos de cables de electricidad sobre tu cabeza recuerdan al Manhattan de los años treinta; o a la llamada Concesión francesa, de dimensiones humanas, donde los árboles siguen dando sombra a edificios modernistas, y los bares y las tiendas de ropa ofrecen sus servicios a fanáticos de las modas, tanto chinos como extranjeros. En otros lugares lo que primero sorprende a la vista es el gigantismo. La población oficial de la ciudad de Shanghái es de catorce millones de personas, un número que excluye a alrededor de cuatro millones de emigrantes «ilegales» sin permisos de residencia y, por tanto, sin derecho a escolarización, atención médica o pensiones. La ciudad universitaria en la suburbana Songjiang, grandiosamente construida con imitaciones de pirámides y obeliscos, habrá de acoger a no menos de ochocientos mil estudiantes, y esto en un país donde los licenciados no tienen en absoluto garantizada la obtención de un trabajo.
La segunda gran conmoción proviene de la imitación de estilos extranjeros en Shanghái, que cubre el «socialismo con características chinas» con múltiples capas de fantasía arquitectónica occidental. A los shanghaineses les gusta decirte que la famosa torre Jin Mao de ochenta y ocho pisos en Pudong, construida por arquitectos de Chicago, rinde homenaje a las formas de las pagodas chinas, pero se sitúa más cerca de la realidad hablar de art déco. Si se contempla todo el horizonte de Pudong se tiene la impresión de que alguien ha invitado a un puñado de estudiantes de arquitectura a hacer realidad sus fantasías más estrafalarias, con un revoltijo de estilos incongruentes; y, sin embargo, Pudong es el desarrollo urbano más «planificado» de China. Los edificios oficiales pueden ser incluso más llamativos; en la ciudad suburbana de Minhang, los juzgados del distrito son una réplica, con dos tercios de su tamaño, del Capitolio de Washington, un extraño acto de homenaje ciertamente, ya que nadie, excepto los juzgadores o los juzgados, pueden cruzar sus puertas.
Arcos y columnas y frontones occidentales, incluso cariátides y el singular león británico recostado, con treinta o más pisos por encima del suelo, coronan los kilómetros y kilómetros de bloques de torres residenciales por lo demás anodinas, adornos que un arquitecto chino describe con indignación como neocoloniales. Los millonarios de Shanghái viven en nuevas casas «eduardianas» cerca del zoo y acuden a clubes de campo con escudos de armas en las puertas y campos de golf en su interior; los compradores adinerados pueden elegir entre casas tipo Welwyn Garden City, mansiones españolas independientes, castillos franceses y casas de campo inglesas. Estos proyectos inmobiliarios de lujo, como observa Hewitt con regocijo, se comercializan con reclamos tan desenfadados como «Una construcción sobre tierra rica», «Jefe y ganador: sea un jefe mundial, sea un ganador de Shanghái» e incluso «Auténtica realeza por sangre y por derecho».
Lo más extraño de todo es que los dirigentes del partido decidieron que un gran modo de hacer publicidad de Shanghái como una «ciudad mundial» era crear siete ciudades satélites, cada una de ellas con un «tema» nacional. Anting, diseñada por Albert Speer, el hijo del arquitecto predilecto de Hitler, es una miniatura de estilo alemán con una fábrica de Volkswagen incluida. Thamestown, parte de la Nueva Ciudad de Songjiang, ofrece una versión de Inglaterra a lo Disneylandia donde los listones y el yeso adecuadamente georgianos conviven con lujosas zonas residenciales, en plazas, jardines comunales con pub, y una iglesia en la que se ofrece a las parejas la experiencia de «exóticas costumbres matrimoniales en las que pueden intercambiarse promesas delante de un pastor». España, Italia, Suecia, Holanda y Canadá ofrecen otras opciones de estilo de vida. El siguiente punto en el tablero de dibujo es Dongtang, la primera «ecociudad» de China sobre Chingming, la isla aluvial más grande del mundo que, irónicamente, es en gran medida la creación fruto de la destrucción de cuencas más al norte del río Yangtze.
Todo esto tiene un precio: un apartamento en Thamestown le costaría entre 375.000 y 525.000 euros, un precio que no es en absoluto del segmento más alto para Shanghái, pero sí elevado para suburbios situados a treinta kilómetros del centro de la ciudad, y más caro aún cuando se compara con los salarios medios de Shanghái, en torno a 2.500 euros anuales. Pero se venden, a menudo por pilas de dinero en metálico que, dada la inexistencia de billetes chinos de gran cuantía, son tan descomunales que la locura inmobiliaria de Shanghái ha generado una nueva carrera, la de «asentador de dinero»: hombres fornidos a los que se les paga literalmente para que se sienten sobre billetes cuyo valor se calibra a continuación con una cinta métrica.
Shanghái marca las tendencias de China, pero ¿de dónde sale el dinero? ¿Hay una riqueza consistente tras las relucientes fachadas, o se trata de la mayor burbuja especulativa de la historia? Preguntar sobre las finanzas públicas significa encontrarse con sucesivas evasivas. El arresto el año pasado por acusaciones de corrupción de Chen Liangyu, el poderoso dirigente del partido en Shanghái, insinúa parte de la respuesta, pero no empieza a revelar toda la verdad. Y este modelo de urbanización vertiginosa, impulsada por los imperativos de la industrialización y el empobrecimiento rural, que van de la mano, y creado y gestionado en gran medida por irresponsables dirigentes del partido, se repite en buena parte de China, llegando por el suroeste hasta Chingqing, una megaciudad en construcción subiendo río arriba desde la presa de las Tres Gargantas, donde copiosas inversiones por parte del gobierno y de bancos de propiedad estatal han incrementado el crecimiento más del 14%. Es posible que los cálculos según los cuales China representa la mitad de toda la actividad constructora del planeta no anden muy descaminados.
Esta obsesión constructora nacional impresiona a los extranjeros; pero a los chinos les parece cada vez más algo así como una «exuberancia irracional». En discursos claramente apremiantes, los dirigentes chinos han empezado a pintar un sombrío panorama de una indiferencia displicente hacia los cálculos de coste-beneficio y riesgo-ganancia, enormes derroches y malos créditos bancarios. Wen Jiabao, el primer ministro, ha leído repetidamente la cartilla sobre las «estructuras económicas irracionales y la calidad y resultados deficientes», así como sobre la escasez de «profesionales competentes de primera». El modelo de crecimiento de China, con grandes inversiones de capital, despilfarrador y medioambientalmente destructivo, afirmó el año pasado en el congreso nacional de científicos chinos, «es insostenible y debemos ponerle fin absolutamente». Gente como Wen parece entender que las presiones tanto sociales como económicas hacen que sea urgente poner freno a los abusos antes de que las tensiones que aquejan a la «civilización espiritual socialista» de China resulten incontrolables.
La sociedad china está cambiando casi con tanta rapidez como sus perfiles urbanos, y mucho más rápidamente que su política. Lo más preocupante para el partido es que el individualismo ha roto el dique de las restricciones sociales chinas, antiguas y modernas, facilitando de diversos modos el proceso de adaptación constante, pero al mismo tiempo exponiendo la incompatibilidad de las dos grandes obsesiones del Partido Comunista: la estabilidad y el control político total. Hewitt se muestra más agudo y divertido que nunca cuando describe la interacción, o la ausencia de ella, entre los adultos de la China de Mao, con sus cicatrices revolucionarias, y su mimada, postideológica progenie de la «generación del yo», que arrastran a sus padres por las tiendas de Ikea diciéndoles que tiren sus viejos muebles junto con su temor reverencial ante las órdenes del partido, y los dejan perplejos con su estilo de vida, permanentemente conectados. Las estampas que nos ofrece Hewitt del arte moderno, de sus costumbres sexuales cambiantes y la cultura juvenil en China son fascinantes. Aunque le parece evidentemente más entretenido escribir sobre la clase media urbana que sobre la gente «olvidada» –el campo, donde siguen viviendo alrededor de setecientos millones de chinos, merece un único y breve capítulo–, la poco atractiva maleza no queda desatendida. Pero –y se trata de un «pero» que es aplicable a muchas otras cosas de un libro que es mucho más una serie de bocetos descriptivos que una investigación crítica– Hewitt se muestra reticente a abordar las potenciales implicaciones políticas.
Es posible que el mundo habitado por estos «pequeños emperadores», tal y como son conocidos, sea más vasto y más libre que el que jamás creyeron posible sus padres o abuelos; pero los jóvenes también se enfrentan, mientras que las anteriores generaciones no lo hicieron, a preocupaciones sobre el alza de los costes de la vivienda, el precio de los colegios y de la sanidad, la carga del hijo único a la hora de mantener a los mayores y, ahora, la inflación creciente. La gente normal ve que China es mucho más rica, pero la mayoría no se sienten más ricos y, en términos de la época de Deng, por no hablar de los desastrosos años de Mao, no lo son. Durante los cinco años de mandato de Hu Jintao, el porcentaje de la renta nacional que va a los hogares ha descendido, según el Banco Mundial, a pesar de que la gente ha visto elevarse el coste de la vida. Si ha caído el consumo personal, y lo ha hecho, desde el 44% del PIB al 36%, se debe en parte a que los salarios han descendido incluso más abruptamente, del 52% a menos del 40%. Y la gente habla de sus frustraciones y temores como no lo había hecho nunca anteriormente. China está viviendo una nueva «revolución cultural», una nueva cultura de la franqueza que brota desde abajo, en chats, mensajes de texto, correos electrónicos masivos y, quizá, dieciocho millones de blogs, que exigen un aire más limpio y una política más limpia; una defensa de los derechos medioambientales, de los consumidores y, cada vez más, de los ciudadanos. Pero la responsabilidad va rotundamente en contra de los intereses de las mafias burocráticas y económicas de los círculos oficiales locales.
Éste es el dilema existencial del partido. Y en los últimos meses han surgido indicios de una batalla ideológica en la cúspide del partido, tan fiera como las discusiones sobre si la «apertura» de China era «socialista» o «capitalista» que precedieron al abandono de Deng, en 1992, de las ortodoxias anquilosantes de la economía planificada. En lo que los analistas chinos llaman de manera poco clara la izquierda, se quejan abiertamente de que el partido se ha vendido a los capitalistas, dejando al margen a obreros y campesinos, unido a demandas de un regreso al igualitarismo y los sistemas de bienestar del socialismo «real». Desde la «derecha», reformistas de la época de Deng, como el franco y respetado Li Rui, están reclamando reformas políticas que se adecuen a la transformación económica de China: una «autorrevolución» para abrir el sistema. Defienden que la corrupción, la contaminación y la falta de certidumbre legal no pueden abordarse sin una «liberalización socialista democrática»; y citan a Deng que, aunque no era personalmente un demócrata, afirmó en 1980 que «el hecho de que acaben triunfando todas nuestras reformas depende de la reforma de nuestro sistema político».
Es impensable que los actuales dirigentes vayan a escuchar a la izquierda. Tampoco están preparados para aceptar otra democracia que en forma de herramienta de gestión para el control más eficaz, en el sentido de más pragmático, del partido. Pero han comprendido que, si quiere evitar la autodestrucción, tiene que verse que el partido gobierna por el bien de algo más que sí mismo y los compinches de los cuadros. Tanto Hu como Wen pasaron gran parte del congreso del partido aleccionando a los cuadros sobre la corrección del rumbo de China, que consideran no una opción sino un imperativo. Como carecen de la autoridad de Deng, utilizan también las palabras de Deng para explicarse, reviviendo su famoso desafío al partido a que «emancipara la mente» y «buscara la verdad a partir de los hechos».
Ese desafío marcó el comienzo de las reformas basadas en el mercado. Los cuadros están avisados, informados primero por Qiushi, la revista ideológica del partido, y con mensajes retomados por el Diario del Pueblo, de que el partido se encuentra actualmente en una encrucijada igualmente importante, que debe producirse «un cambio fundamental en el status quo» para extender los beneficios del crecimiento, proporcionar servicios educativos y sociales aceptables, y crear mejores oportunidades para las «fuerzas productivas sin desarrollar» de China. El anuncio, justo antes del congreso del partido, de que la tan cacareada presa de las Tres Gargantas está a punto de provocar una «catástrofe medioambiental», se dio a conocer deliberadamente justo entonces; nada podría haber dramatizado mejor el nuevo énfasis en el desarrollo «científico», en el sentido de «sostenible».
El moderado e imperturbable Hu Jintao puede surgir improbablemente como el enterrador de los últimos restos del marxismo-leninismo en China. No es esto lo que él dice, por supuesto; de hecho, su discurso en el congreso del partido estuvo poblado de referencias a Marx y el marxismo. Pero el contenido de su campaña de los «Cuatro Infatigablementes», lanzada en junio de 2007 en un discurso al que asistió el comité permanente del Politburó al completo para subrayar su importancia, encamina a China en la senda postmarxista con mayor firmeza de lo que nunca hizo Deng.
El primer «infatigablemente» es «emancipar la mente»; de donde se sigue (segundo) «la construcción de un moderno sistema de mercado», apartando todos los obstáculos que sean «perjudiciales para nuestros esfuerzos de implementar el papel fundamental del mercado», al tiempo (tercero) que se convierte a China en «un país basado en la innovación» que «produce rendimientos económicos satisfactorios, requiere un bajo consumo de recursos y provoca menos contaminación medioambiental», y respeta «los derechos e intereses» de todos los grupos sociales, y (cuarto) persigue un desarrollo político y cultural «completo», además de económico, en el que se amplíen las oportunidades y los derechos del pueblo «sean seriamente respetados y garantizados».
Esto suena mucho a David Cameron, el líder del Partido Conservador británico, cabe mascullar, señalando escépticamente que no hay nada parecido a un «comunismo compasivo». Tampoco será China una sociedad compasiva hasta que la imitación del Capitolio de Minhang deje de ser una broma de mal gusto, y los malhechores sean encerrados en vez de los espíritus valientes que se arriesgan a desenmascarar sus malas prácticas. Sin embargo, una breve muestra de las frases de Hu revela cambios verdaderamente radicales. La lucha de clases es ahora un «concepto incorrecto», que debe sustituirse por «un enfoque centrado en el pueblo»; debe formularse una política «sobre el telón de fondo de la globalización», con profundas reformas económicas, fiscales y sociales; el «énfasis unilateral en una acumulación cuantitativa en nuestra economía se ha traducido en una atención insuficiente a la calidad y la eficiencia»; «los costes invisibles» requieren que China «cambie el modelo de desarrollo del país».
Désele la vuelta a todo esto, como los chinos han aprendido a hacer desde hace mucho tiempo, y lo que se ve es un reconocimiento de lo que aqueja a China con un candor sin parangón. Las discrepancias entre las temerosas suposiciones del mundo sobre el «imparable» ascenso de China y las preocupaciones expresadas en sus florecientes think tanks y universidades han parecido extraños desde hace tiempo, al igual que la ceguera de los analistas financieros ante factores de riesgo que, en cualquier otro país, les llamarían poderosamente la atención. Los próximos cinco años dirán si los cuadros están demasiado ocupados haciéndose ricos para escuchar, y revelarán si el centro es capaz de imponer su voluntad a los recalcitrantes. Es posible que la voluntad no esté realmente ahí, o al menos no hasta que Hu dé paso a la próxima generación. Pero el temor de quienes están en las altas esferas está disminuyendo. Cuando Mao declaró en 1949 que «el pueblo chino se ha levantado», se trataba de una floritura retórica. En las sofisticadas ciudades de China, e incluso en sus zonas rurales desgarradas por las protestas, no están sólo levantándose, sino gritando. En ese sentido, liberales como Li Rui han ganado la discusión sobre la democracia, a pesar de que aún tenga que adoptarse seriamente. El partido no tiene ni idea de cómo resolver estas «contradicciones entre el pueblo», pero la conciliación es ahora oficialmente «objetivo de lucha del país», y esto no puede lograrse sin dar forma a algún tipo de aproximación a la política de consentimiento por parte de los gobernados. Eso, para China, es un territorio ignoto. Cabe esperar un buen número de virajes bruscos en el camino a recorrer.

Traducción de Luis Gago

© The Times Literary Supplement

01/09/2008

 
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