ARTÍCULO

Cartas a un teólogo

Pre-Textos, Valencia, 408 págs.
Edición de Agustín Andreu
 

Desde que Dilthey iniciase a finales del siglo XIX el estudio de las autobiografías como complemento de los históricos, el interés por la llamada escritura del Yo –biografías, memorias, autobiografías, diarios– no ha dejado de crecer, al mismo tiempo –paradojas de la posmodernidad– que la duda acerca de la existencia de un posible yo rector de la vida iba reclutando adeptos en la filosofía y en la crítica literaria. Los epistolarios, una de las variantes menos sistemáticas de tales escritos, no han podido dejar de verse arrastrados por este interés paradójico y no siempre justificado. Este epistolario que comentamos, presentado en cuidada edición de Agustín Andreu y enriquecido por unos interesantes anexos –en su mayoría cartas y escritos del propio Andreu sobre el tema central de la correspondencia–, amén de unas notas epilogales del propio editor, ni defrauda ni podemos dejar de alabar la oportunidad de su publicación. Son las cartas de María Zambrano a un teólogo heterodoxo español en un período crucial de la vida de la filósofa (19731976), en las que, por ejemplo, se plantea por primera vez su posible vuelta a España –la Madrastra– a raíz de la muerte del dictador Franco.

Y digo que no defrauda porque este epistolario es, entre otras cosas, un reto para los estudiosos de Zambrano. Son cartas a un teólogo y, por tanto, la reflexión sobre términos teologales es obligada. Aquí aparecen los ángeles, la Trinidad, el Dios del Descendimiento y, sobre todo –asunto central de la correspondencia–, el Espíritu Santo visto a través del tema de estudio de Andreu en aquellos años: el logos alejandrino, centrado en la figura de Clemente. Términos y motivos todos ellos que no aparecen de forma clara en los escritos filosóficos de Zambrano. Y es que María Zambrano ni era ni quiso ser nunca teóloga: «Yo no he estudiado teología, sólo sé algunas jaculatorias... y algo en mí sellado. Y ese sello no se puede, no puedo yo levantarlo ni abrirlo»; mucho menos quiso figurar como filósofa católica: «nunca quise fingir de tal, por eso rechacé estar en el Consejo de Cruz y Raya», contesta ante el asombro de Andreu por no estar su nombre entre los escritores católicos reseñados por Aranguren. Por eso se equivocarán aquellos que encuentren en este epistolario una excusa para situar la clave interpretativa del pensamiento de Zambrano en un lugar superado por la filosofía moderna: la teología cristiana. A Zambrano no le interesaba un discurso teologal, aunque sí la experiencia que subyace en la revelación cristiana y su liturgia, sus símbolos y sus metáforas, los cuales, según sus propias palabras, constituyen una de las obras maestras de la cultura occidental. Ahí se encuentra la llave para comprender estas palabras: «Yo en teología no me meto, me mete mi experiencia». Pero la teología utiliza la razón para comprender o justificar un dogma, mientras que la filosofía que quiere hacer Zambrano intenta introducir la luz de la razón en todas las experiencias humanas, sin eludir la experiencia por excelencia, la de lo sagrado. Por ello evita con cuidado el reduccionismo a un determinado dogma religioso y va a la búsqueda de la comunidad de experiencias habidas –partiendo, eso sí, de la simbología cristiana en muchas ocasiones– tanto en la tradición griega como en el judaísmo y el islamismo, sin desdeñar las figuras logradas de la revelación poética; experiencias todas ellas de un posible horizonte de lo humano: «Creo que la Trinidad está en muchas partes, hasta en la enlaberintada Mitología griega». Y para refrendar esta tesis, nada mejor que recurrir a sus propias palabras en una de las últimas cartas: «Claro que nuestro punto de vista es totalmente opuesto –sin contradicción querría yo–. Yo parto a "lo filosófico" de la oscuridad, hasta de los sueños –que en mí no son psicológicos–, de la ignorancia, de una revelación metafísica que me obliga a pensar. Tú partes de la revelación divina en la teología».

Esta correspondencia es además, en su sinceridad entrañada, tremendamente generosa a la hora de iluminar aspectos de la vida y de la obra de su autora. Hay cartas esclarecedoras sobre su participación en la guerra española y la asunción de su destino, su exilio y su padecer. Otras que arrojan luz sobre su relación con los hombres y con la carne; sobre la intimidad que llega a ser fusión con su hermana Araceli: «Araceli y yo, nuestro secreto es que somos la misma»; finalmente todas ellas bajo un foco que ilumina un deteriorado estado de salud que le impide el trabajo sistemático, aunque no seguir alerta en sus principales motivos de reflexión.

Respecto a su obra, encontramos definitivos textos sobre la relación con su maestro Ortega, a quien reprocha Zambrano que, al usar la razón vital como razón histórica, se olvidase precisamente de la experiencia y, al hacerlo, no ahondase lo suficiente ni en la vida ni en el sujeto viviente. «Hace siglos encontré que la vida (Razón Vital, que ¡cómo la dejaste, Maestro!) no lo es si no vivifica». Sobre su relación con Antonio Machado, no ya su maestro de filosofía, sino de metafísica: «la metafísica es empírica, la filosofía a priori.Y hay que conjugarlas las dos»Agustín Andreu ve aquí la influencia de Leibniz y su distinción entre conocimiento a priori o deductivo y conocimiento de los hechos o experiencial., en él halla esa apertura de la intimidad humana que no es sólo «interioridad del hombre agustinianamente hablando». Encontramos la confirmación de la razón poética como una forma de conocimiento inspirado: «albergue del logos movido por el nous poetikos», conocimiento de experiencia y de sentir, que se verifica en ella: «una especie de lago de quietud donde mis atormentados pesares y sentires y las pocas orexis beben y se refrescan y apaciguan»; pero que en ningún momento reniega de la luz de la razón ni de sus influencias filosóficas: «¿Pitágoras, Leibniz? Pues, sí». La confimación del lenguaje simbólico como el único capaz de dar cuenta de la experiencia metafísica y física a la par, es decir, de la circulación del espíritu en la carne, cuya separación de raíz platónica ella nunca aceptó: «Yo no creo que lo material sea material y lo espiritual, espiritual. Es espíritu que se materializa; lo material es alma cuando nace del cuidado, de la mirada».

Su vocación filosófica, que ella asumió como un destino irrenunciable, y que tempranamente definió como un «descifrar lo que se siente», aparece finalmente en estas páginas con una rectificación clave para anular toda deriva subjetivista: «Hubo un tiempo, todo un tiempo, en que para mí pensar era descifrar lo que siente en el sentir originario. Ahora, hace años ya, es conjugar, librándonos de paso de la declinación en la que el pensamiento anda hasta... materializarse».

01/11/2002

 
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