ARTÍCULO

Habitaciones propias

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
1.198 pp. 58 €
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
1.540 pp. 66 €
 

Comienza a hacer balance la historia de la conocida como generación literaria del 50, ésa que una de sus miembros, Josefina Aldecoa, calificó como «hijos de guerra». Precisamente la publicación de las Obras completas de un escritor es momento de tal balance, pero ambivalente. En algunos casos, la reunión de la obra, que permite verla en conjunto, acaba por mostrar un crecimiento y una mayor coherencia de la que se preveía. Me temo que no es así para todos, pues muchas veces la falta de perspectiva crea más nombre del que las generaciones posteriores necesitan para reconocerse. No ocurre así, sino lo primero que afirmé, en dos casos que están viendo publicar su obra completa, en dos colecciones del mismo grupo editorial. Me refiero a Juan Benet (que está reeditándose completo en Debolsillo) y a Carmen Martín Gaite, dos ejemplos de obra que me aventuro a pronosticar que irá creciendo, va haciéndolo, con el tiempo. No vinculo sin motivo a dos escritores tan distintos como Carmen Martín Gaite y Juan Benet. La edición en Debolsillo del fundamental ensayo de Juan Benet La inspiración y el estilo ha recogido un texto de Martín Gaite.
Dos estilos literarios tan distintos no ocultan afinidades electivas. Iré a alguna otra enseguida. En los dos últimos años (2008 y 2009) han aparecido los tomos I y II de las Obras completas de la narradora salmantina que, aunque es conocida sobre todo por sus novelas, reunirá en el futuro un volumen de relatos breves, poesía y teatro, tres volúmenes de ensayos y otro de miscelánea. Los de las novelas, que son los aparecidos, con edición al cuidado de José Teruel y estudios introductorios de José Carlos Mainer y Elide Pittarello para cada uno de los dos volúmenes, recogen todas las que dedicó al género, incluso con dos aciertos impagables, cada uno en un volumen: la recuperación a modo de apéndice de La charca, manuscrito inédito que en realidad responde a la génesis de su conocida primera novela, Entre visillos (1958). Reúne el primer tomo, junto a ellas, las que le siguieron: Ritmo lento (1963), Retahílas (1974), Fragmentos de interior (1976) y El cuarto de atrás (1978). El segundo se abre con Caperucita en Manhattan (1990), a la que se añaden Nubosidad variable (1992), La reina de las nieves (1994), Lo raro es vivir (1996), Irse de casa (1998) y la que se publicó póstumamente, Los parentescos (2001). El segundo acierto es haber explicado José Teruel en el segundo volumen la génesis, interrupción y reanudación de La reina de las nieves, novela que comenzó a escribir en la primavera de 1979, y cuya redacción confluyó con Nubosidad variable en 1984, lo que ha permitido explicar ese silencio narrativo de catorce años entre las de uno y otro volumen.
Muchas veces la crítica o los historiadores parecen más satisfechos cuando un escritor permanece parecido a sí mismo que cuando muestra diferencias y cambios. La escritora Martín Gaite de las novelas del segundo tomo, aun reconociendo algunas constantes, es muy diferente de la del primero. No es mejor ni peor (aunque a mí me gusta más), pero sí distinta. Ha crecido notablemente en experiencia y en complejidad respecto a los retos que emprende. Si las novelas de la primera época, hasta El cuarto de atrás, constituyen el caso más notorio de una educación sentimental femenina en la España de la posguerra, donde la interioridad está acompasada a un fluir narrativo estructuralmente menos complejo, en las novelas de la segunda época no deja de ser la interioridad su motivo central visto desde su habitación propia (y no es casual la cita de Virginia Woolf porque Martín Gaite fue consciente de elaborar su narrativa como espacio de percepción), pero hay una mayor desconfianza respecto a la linealidad de la historia e incluso respecto a si puede concluirse. Esa idea de finales abiertos e inacabados ha existido en ella siempre pero, como muestra Elide Pittarello, hay en la segunda época algo más que indecisión estructural: hay la voluntad de expresar una cosmovisión respecto a la imposibilidad de la razón para dar cuenta de la experiencia. Como ya había advertido José Carlos Mainer en su estudio relativo a las novelas de la primera época, no puede entenderse a Martín Gaite sin poner de relieve las pistas que ella misma ha ido dejando sobre su actividad creadora y las preocupaciones que ciertas lecturas le suscitaban. Ocurre especialmente en ese documento inigualable que son los Cuadernos del todo. Pero no sólo ahí: cuando se ponen en relación con ensayos suyos paralelos como el titulado «Necesidad de interlocutor» en el libro homónimo, se comprende muy bien el carácter dialógico que adopta tanto la novela El cuarto de atrás, perteneciente al final de su primera época, como una novela que se plantea haciéndose, Nubosidad variable, que ve a Mariana y a Sofía intercambiar cartas, experiencias de creación y, sobre todo, remover su conciencia femenina que muestra los dos lados, el de la mujer casada y el de la profesional liberada, sin maniqueísmos ni condenas o salvaciones.
Alguien que sepa traspasar los consabidos tópicos de los gender studies y alcance a leerla en toda su complejidad tendrá que trazar un día el puente entre la cuestión femenina de sus últimas novelas: por ejemplo, además de la citada, la titulada Irse de casa y su ensayo Desde la ventana. Enfoque femenino de la literatura femenina (1987). Los caracteres de la mujer fuerte que ha tenido que hacerse a sí misma nunca dejan oscurecida la importancia que Martín Gaite concede a la paternidad-maternidad, y su complejo laberinto de búsquedas y deudas, como si fuesen más determinantes en sus perfiles las mujeres con necesidad de amor materno-filial, sin que la figura del padre pueda eximirse, como ocurre en el personaje de Amparo Miranda –la protagonista de Irse de casa–, uno de los mejores personajes femeninos que ha creado la novela contemporánea española. Esta línea de vínculo con los orígenes es más fuerte, si cabe, que la de la sexualidad, que aparece en sus obras sólo indirectamente convocada.
Una última condición, quizá la que más le une a Juan Benet, es la autoconciencia de su proyecto, y el hecho creciente de que su obra camine en la dirección de una creciente problematización de los problemas de la escritura y la pregunta sobre si es o no posible la comunicación a través de ella. Fue precisamente esa conciencia que late en la inquietud del género la que se hace visible en el segundo tomo, esto es, en las novelas publicadas a partir de 1990. Hay mayores inseguridades respecto al canal de la historia con trama y resuelta en registros del collage, como ocurre de manera muy evidente en Caperucita en Manhattan, y una creciente importancia de la visualidad y el objeto, aspecto que Pittarello no deja de señalar. Pero junto a tal opción por lo fotográfico-pictórico que ha podido nacer del objeto mismo contemplado, la ciudad de Nueva York, existe una determinación que no es temática, sino más bien de creciente sospecha hacia el medio de la trama. Sus novelas caminan por este motivo hacia registros varios, donde la historia narrada desde la omnisciente tercera persona se sustituye por las diferentes formas de la expresión de la subjetividad: cartas, conversaciones, apuntes, dietarios, monólogos. No cabe duda de que hay un salto enorme (no hablo ya de calidad sino de concepción del género y del propio lugar femenino) que separa Entre visillos (1959) e Irse de casa (1998). Ni es la misma mujer ni era la misma escritora. Poder asistir a los pasos de tal metamorfosis (de las protagonistas y del estilo) es quizá lo mejor que brindan estos dos tomos que reúnen la totalidad de sus novelas.

01/11/2009

 
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