ARTÍCULO

El «gay saber»

Seix Barral, Barcelona
249 págs. 2.500 ptas.
 

Decir a estas alturas de su producción novelesca y ensayística que Juan Goytisolo es un perro viejo de la literatura, no es ninguna novedad; que en cada nueva aportación suya arriesga, apuesta, debela, rompe moldes, investiga y se reafirma como creador de un mundo personal en diálogo constante con una muy particular y heterodoxa tradición que siente su heredad, tampoco. Por eso, que ahora JG se nos descuelgue con esta sui géneris lectura de Camino (del beato Escrivá de Balaguer), el kempis moderno, como lo califica, no sin sorna, el narrador, en clave provocadoramente homoerótica y «carajicómica», no es sino una pica más, otra vuelta de tuerca, en el independiente quehacer de este escritor enorgullecido de su carácter periférico y outsider.

La Carajicomedia es un homenaje y relectura del libro, anónimo, que con el mismo título se publicara en España a principios del siglo XVI , en el que el narrador, fray Bugeo, nos relata, parodiando a Juan de Mena, las andanzas y desventuras del carajo de Diego Fajardo. Esta interesante obrita de la literatura burlesca y erótica, en cuyo título late, sin duda, la admiración hacia La Celestina, ha merecido una excelente edición moderna a cargo de Álvaro Alonso (Archidona, ed. Aljibe, 1995), y a ella dedica unas elogiosas páginas Goytisolo en su reciente recopilación de ensayos titulada Cogitus interruptus, libro, por cierto, que recomiendo al lector tenga a mano para mejor entender esta novela, porque es palmario el diálogo que se establece entre ambos textos, como si, se diría, el autor los hubiera compuesto prácticamente a la par. Son decenas las referencias mutuas, de ida y vuelta, entre ambos textos. De hecho, no creo errar si advierto toda una declaración de principios, a propósito de su novela en ciernes, en la cita de Bajtin que allega JG en uno de estos ensayos y que reza: «Una obra no puede vivir en los siglos venideros si no se alimenta de los siglos pretéritos. Si hubiese nacido sólo en el presente, si no prolongara el pasado ni enlazara consustancialmente con éste, no podría vivir en el futuro. Todo lo que pertenece únicamente al presente se extingue con él». Que obtiene irónica respuesta en la novela cuando su protagonista, el père de Trennes, afirma preferir los razonables preceptos y pautas de Fosrter a los postulados de Bajtin. «Pero aguardaba la ocasión de discutir de ello con Juan», añade el narrador.

Con estos deseos y con la «ocurrencia» (pues en eso queda, desgraciadamente) de utilizar la retórica y doctrina del autor de Camino, se propone confeccionar una autobiografía ficcional y un marco narrativo en el que transcribir sus experiencias de ligón con la terminología ascética del fundador de la Obra «a fin de parodiarlo desde dentro y poner su hipocresía al desnudo» (pág. 20).

Quizá la mayor fractura y endeblez de esta moderna y agiornata Carajicomedia reside en su deseo ambicioso de ser, a la vez, demasiadas cosas: un diálogo con la tradición (invitación a la lectura del Arcipreste de Talavera, de Francisco Delicado, Mateo Alemán, Villamediana, etc.); un catálogo de ligues y aventuras eróticas más o menos sórdidas por los alrededores de la Gare du Nord parisina, elaboradas y aliñadas con la retórica opusdeísta del «kempis moderno», álbum que, amén de tedioso y reiterativo, no consigue provocar la sonrisa que sí logran sus modelos, y que falla cuando al narrador se le olvida que el autor es JG (o quizá al revés, cfr., págs. 40-72); una reflexión sobre el propio acto creador, que ya se lo hemos leído antes a Goytisolo; una crítica a la crítica y de la crítica, en la mejor estela cervantina y metaficcional, que también conocíamos; y, acaso lo mejor del libro, un homenaje a sus queridos amigos y enemigos, vivos y muertos, tanto a los reales (Gil de Biedma, Severo Sarduy, Márquez Villanueva...), como a los librescos, el abate Marchena, Blanco White o don Marcelino Menéndez Pelayo.

El homenaje a Gil de Biedma, amistad que, con el tiempo, se trocara en lejana y tensa admiración, aparece también en el Cogitus, y conviene recordar que la muerte del gran poeta quedó transubstanciada literariamente en un capítulo onírico y surreal de uno de los mejores y más complejos libros de JG, La cuarentena.

No parece, sin embargo, que este libro vaya a perdurar entre lo más granado de la producción de su autor, pero adviértase que calificar de «menor» (que no fallida, en todo caso por exceso de ambición) una obra de un autor de la altura de Juan Goytisolo es ya encaramarla sin duda por encima de la media nacional; otra cosa es que el lector de nuestra revista que no conozca nada de la obra de este escritor haga bien en principiar por textos como La reivindicación del conde don Julián o Paisajes para después de una batalla, que le harán formarse un juicio más mesurado y cabal que el que le proporcionará este ingenioso artefacto en el que la siempre inquietante pluma de Goytisolo se advierte únicamente si ya se ha frecuentado la prosa mirífica e indagadora del autor y su reincidente imaginario. No quiero cerrar esta reseña sin advertir que hay un libro absolutamente deslumbrante de nuestro siglo XVI , el anónimo Crótalon, en el que se enhebran con un ingenio desmedido algunas de las obsesiones más queridas de JG. Acaso va siendo hora de que el atento y entusiasta reivindicador de textos memorables como La Celestina, El Corbacho o Guzmán de Alfarache (y otros interesantes, como La lozana andaluza o la Carajicomedia) dialogue desde su talento con una de las obras maestras de la literatura europea del siglo XVI que sigue ahí, pasto de los eruditos y a la espera de un «goytisolo» que la relea para placer de todos nosotros.

01/04/2000

 
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