ARTÍCULO

Imagen de la vida actual

Planeta, Barcelona, 384 págs.
 

Conviene dejar claro el criterio principal y casi único que preside la ya larga trayectoria narrativa de Lourdes Ortiz (1943) para comentar en su debido e inexcusable contexto la significación, los méritos y también alguna rémora de su nueva obra, Cara de niño. Esta escritora madrileña, voluntariamente al margen de los cambiantes rumbos de muchos de los miembros de su misma generación, aquella que empezó su trabajo en el otoño de la dictadura con unos propósitos innovadores, ha permanecido fiel a un ideario novelesco basado en el entendimiento de la ficción como un modo de conocer el mundo y de intervenir en él.

De los gustos de su promoción, Lourdes Ortiz ha mantenido sólo un interés por el uso comedido de recursos formalistas que potencian el análisis de la realidad al sustituir la mirada de un narrador exterior por la mayor complejidad de un enfoque múltiple, perspectivista. Lo suele hacer en casi todas sus historias, y aquí mismo, en la que comento; en ésta, el monólogo interior o el relato en segunda persona, de empleo esporádico, proporcionan hondura a lo que en sustancia consiste en una crónica crítica y ácida de la actualidad de nuestro país.

Mientras otros compañeros de su tiempo se han entregado al esteticismo, a la narratividad despreocupada, al cultivo del ingenio o a la búsqueda de una gratificante comercialidad, Lourdes Ortiz se atiene siempre a un sentido social de la literatura. Basta para demostrarlo con recordar Antesde la batalla (1992), desolada reflexión acerca de un fracaso generacional. Contra el desaliento o la deserción, ella reacciona practicando la denuncia explícita, antes en otras obras y ahora en Cara de niño.

Cara de niño utiliza el más importante de los moldes donde se ha refugiado la literatura crítica en estos últimos lustros; la novela criminal. En ella se habla de asuntos que están en los periódicos todos los días. Sobre todo de la doble moral que parece la norma de conducta consentida, si no aplaudida, por una sociedad que ha perdido o renunciado a todo referente superior. Es el caso del protagonista, un prestigioso médico, objeto último del análisis novelesco, que compagina el matrimonio con una relación homosexual y los éxitos profesionales con negocios mafiosos. El médico refleja, pues, la hipocresía de la clase triunfante en la sociedad del bienestar finisecular soldando en su figura dos de las pasiones arrasadoras en los circuitos del poder de este tiempo y, quizás, de todos: el sexo y el dinero.

El joven amante del médico desaparece. Sus amigos se temen lo peor y así resulta al final. Las responsables de una agencia de investigación de medio pelo se encargan de desvelar el misterio: el chico ha sido asesinado. En el camino descubren los criminales manejos de una clínica controlada por la mafia y en cuyas redes, por su ambición, ha caído el médico. Según es esperable en una trama como esta, en la que el suspense sirve para destapar la corrupción social, el crimen se desvela y los culpables pagan en la medida de su diferente culpabilidad.

Esto forma parte del argumento, y su sentido no parece necesitar aclaraciones. Sin embargo, Lourdes Ortiz se encarga de agregar un mensaje, expresión de la meta comprometida de su escritura. Un amigo del asesinado y una de las investigadoras ponen broche final a la historia tomando copas. El hombre lamenta la muerte del chico, pero se niega a admitir que los criminales salgan ganando alguna vez algo. Porque para él, dice, los malvados no tienen nada y la gente de principios conservan mucho, ya que «belleza, verdad y bondad se confunden».

La trama y el desenlace de Cara de niño sirven de base a una historia regida por una voluntad de denuncia. Ésta y el ejercicio de una escritura de análisis histórico comprometido son el punto de partida de la autora y su novela ha de contemplarse desde esta perspectiva. Para conseguir esas metas aplica planteamientos no reductores. Amén de los recursos formales señalados, la anécdota presenta distintas facetas de una realidad compleja, contradictoria y conflictiva. La contradicción afecta también a los personajes, pues en ellos se encarnan aspiraciones diferentes que reflejan distintas maneras de percibir el mundo y de comportarse: temor, escepticismo, engaño o confianza. En su diversidad, oscilan entre el héroe positivo y el villano. Y, en este sentido, el que las investigadoras sean tres (y las tres mujeres: la autora fue pionera en la creación de un detective femenino), que encarnen otros tantos estratos de edad (una mayor, otra en la cuarentena y joven la tercera) y sendos temperamentos opuestos, facilita una pluralidad de miradas y respuestas complementarias ante la realidad corrupta que presencian.

La fusión de elementos anecdóticos y literarios produce una imagen central de nuestro presente: éste se mueve estimulado por el valor dominante de la hipocresía. Frente a la ausencia de ética –de esa ética progresista o de cualquier otra– en mucha de la literatura actual, ha de aplaudirse el propósito de Lourdes Ortiz. Pero también ha de advertirse que estas buenas y laudables intenciones no colman del todo e incluso obstaculizan las expectativas de su relato como creación artística. Ortiz busca un alcance metafórico para la novela y ello fuerza el sentido ejemplar de toda ella, de las acciones y de los sujetos. Hechos y personajes ilustran demasiado lo que se quiere previamente mostrar. Lo que pasa en la clínica me parece forzado. Y algo semejante ocurre con las tres investigadoras, que funcionan bien como símbolos, pero no tan bien como individuos. A Cara de niño, tan estimable por el trabajo de observación de la realidad que lleva a cabo, le falta, para mí, romper algo la lógica rigurosa que atenaza su desarrollo. Tendrían que haberse forzado menos los sucesos para que respondan a lo planeado de antemano y convendría que los personajes tuvieran un poco más de autonomía. Así la novela daría mejor todo el juego que su trama encierra. Aunque tampoco se piense que el resultado no merece la pena: la autora consigue su objetivo de desvelar unos falsos valores y no estamos tan sobrados de fábulas auténticamente morales como para no reconocerle este mérito notable.

01/12/2002

 
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