ARTÍCULO

Toda una vida

Siglo XXI, Madrid
Trad. de Natalia Novosilzov
384 pp. 26 €
 

Al concluir mi lectura inicial de este poderoso y complejo libro estuve literalmente estrujándome la cabeza en busca del modo de poder caracterizarlo con pocas palabras. Se trata, por supuesto, de una biografía de Lina Prokófiev, nacida Codina y Llubera, la esposa medio catalana y medio rusa del gran compositor ruso Serguéi Prokófiev; y, tal y como indica el título, incluye los ocho años (1948-1956) que pasó en el gulag después de que su marido cayera en desgracia tras ser tildado de compositor «formalista», indigno, por tanto, de la alta reputación y de los honores que había disfrutado desde mediados de la década de 1920 hasta mediados de la de 1940. Pero, como señala también la autora, ella conoció a Lina Prokófiev en Moscú a finales de los años treinta, cuando ella, Valentina Chemberdjí, era una jovencita en una de las familias intelectuales y musicales que eran amigas personales y colegas de personalidades tan destacadas como Serguéi Prokófiev. Valentina fue, asimismo, una testigo lejana de la relación entre Prokófiev y Mira Mendelson, la segunda «esposa» con la que se casó el compositor sin llegar a divorciarse nunca de su primera mujer. Pero, en mi opinión, lo más importante para la alta calidad de este libro fue la amistad de la autora en su edad adulta con Lina Prokófiev y las conversaciones en profundidad, grabadas, que mantuvo con los dos hijos del compositor, Sviatoslav y Oleg.
Pasemos ahora al contenido del libro. Los padres de Lina eran ambos cantantes profesionales. Su padre, Juan Codina, era originario de Barcelona y su madre, Olga Memisskaya, era rusa, pero se preocupó de explicarle a su hija que sus verdaderos orígenes eran en parte alsacianos y en parte polacos, con una vinculación con la nobleza en la rama polaca. La pareja se había conocido en Milán, donde ambos estaban estudiando con vistas a ser cantantes de ópera. Sin alcanzar ninguno el verdadero estrellato, sí disfrutaron del éxito en sus carreras como cantantes tanto en Europa como en América. Lina nació en Madrid en 1897, pero su niñez y educación se desarrollaron fundamentalmente en Nueva York. En largas conversaciones mantenidas a finales de los años ochenta, después de que Lina no sólo hubiera sido liberada del gulag (en 1956), sino de que se le permitiera abandonar la Unión Soviética (en 1974), explicó a Valentina Chemberdjí que, siendo una adolescente, estaba deseosa de aprender algunas cosas interesantes con las que poder ganarse la vida. Después del instituto estudió costura, danza y canto. También pensó en dar clases de francés a niños y trabajar como secretaria para una «dama». Amigos del círculos ruso de Serguéi Rachmaninov la recomendaron para un puesto de secretaria, de modo que se matriculó en una escuela para aprender mecanografía y el manejo de máquinas de oficina. Pero a Lina no le gustaba la perspectiva de una rutina horaria estricta, de modo que, en vez de decantarse por un trabajo de oficina, trabajó en proyectos concretos para mujeres revolucionarias, pero no bolcheviques, en la zona de Nueva York.
Describió a su propia madre, nacida en Rusia, como una feminista que pensaba también que las mujeres debían cuidar de sus maridos y preservar su virginidad para esos eventuales maridos. La cuestión de cuánta intimidad física habría de permitirse con su «novio» le preocupó activamente desde el comienzo de lo que acabaría convirtiéndose en el gran amor de su vida. Fue el 10 de diciembre de 1918 cuando Lina Codina, que tenía entonces veintiún años, asistió a un concierto sinfónico en Nueva York en el que oyó tocar al joven exiliado ruso Serguéi Prokófiev su propio Primer Concierto para piano. Quedó prendada tanto del genio musical como de la atractiva presencia del joven pianista y compositor. A lo largo del año 1919, mientras salía con Prokófiev y daban largos paseos juntos por el campo, iban frecuentemente al cine y asistían a conciertos de gala seguidos de recepciones y cenas, a ella y a sus padres les preocupaba cuán «serio» era este pretendiente ruso de veintiocho años. Juan Codina masculló que «él debe saber que tú eres de buena familia». Por lo que respecta a Prokófiev, después de que vieran una película en la sesión nocturna en noviembre de 1919, se lamentó en su diario de que «esa niña mala no quiere venir a mi casa». Pero, al parecer, la relación siguió avanzando durante ese año y hubo realmente ocasiones en que Lina pasó la noche con el hombre con quien claramente esperaba casarse.
Pero el prolongado noviazgo y el posterior matrimonio se vieron afectados constantemente por las necesidades profesionales potencialmente enfrentadas de ambos miembros de la pareja. Lina tenía la ambición de convertirse en una cantante de concierto o de ópera, y esa ambición fue un motivo importante en su decisión de seguir a Serguéi a París en el verano de 1920. Pero ella pasó la mayor parte de los años 1921 y 1922 realizando sus propios estudios vocales en Italia. Su biógrafa no dice directamente que sintiera la necesidad de alejarse de la órbita de él en aquellos años. Pero, de entrada, ya había dudado de viajar a París, simplemente como una «amiga». Cuando llegó, se negó en un principio a vivir en el mismo hotel o a compartir la casa en la localidad de Mantes que Prokófiev había encontrado para su madre (quien había llegado recientemente a Francia y que necesitaba someterse a una delicada operación oftalmológica). Finalmente Lina accedió a vivir con los Prokófiev durante el resto del verano, pero cuando volvieron a instalarse en su hotel de París, ella insistió en que su habitación estuviera en una planta diferente que la de ellos.
Los poderosos motivos de Lina eran establecer algún tipo de carrera concertística u operística para ella al tiempo que casarse posteriormente con Serguéi si él se mostraba «serio» en relación con el matrimonio. El joven pianista y compositor había ido enamorándose a su vez gradualmente de Lina Codina y respetaba suficientemente su musicalidad como para que le rindiera homenaje al cambiar el nombre –de Violeta a Linette– de una de las princesas en El amor de las tres naranjas. Pero él estaba tocando en docenas de conciertos a solo y orquestales, y aceptando numerosos encargos para escribir música de ballet. También se preguntaba si no sería mejor establecerse profesionalmente en Estados Unidos o en Europa. Y, lo más importante desde el punto de vista de Lina Codina, estaba disfrutando de numerosos amoríos con cantantes y actrices rusas y europeas que eran más atrevidas, que estaban más «liberadas» en su conducta personal de lo que lo estaba ella.
En torno a 1921-1922 la relación que mantenían les parecía a ambos incierta. Disfrutaban de viajar juntos, de visitar a un gran número de amigos tanto en Nueva York como en París y conversar con ellos. Pero Lina no pudo evitar quejarse de que él no estaba haciendo nada para potenciar su carrera como cantante. Él, por su parte, tenía la sensación de que debía separar los juicios profesionales de los personales, que aún no podía recomendarla para un puesto operístico simplemente porque eran íntimos amigos. Las cartas de ambos indican que eran conscientes de que quizás el matrimonio no iba a llegar nunca. Pero uno y otro dan también una de cal y otra de arena. Ella se muestra celosa del apoyo profesional que él estaba dando a otras cantantes que conocía, pero también lo felicita por el éxito de la producción en Chicago de El amor de las tres naranjas y le agradece el dinero que ha enviado, un dinero que era realmente necesario para pagar los constantes gastos de sus clases en Milán. Por parte de él hay quejas por el hecho de sentirse presionado por ella para que apoye su carrera más de lo que él está dispuesto a hacer, pero también frecuentes expresiones de su deseo de que ella acuerde pasar el verano con él y su madre, y utiliza cada vez más la expresión cariñosa inventada por él mismo de «Avecilla», «querida abuelita» o palabras de ese tenor.
En el verano de 1922 pasaron unas prolongadas vacaciones en Ettal (Suiza), una localidad montañosa del tipo de las que Serguéi disfrutaba más que Lina, pero ella valoró que él se hubiera ocupado de las cuestiones prácticas y que dieran largos paseos juntos que remedaban los que habían caracterizado la primera fase de su relación. Algunas semanas después de su regreso a Milán, ella recibió una carta fechada el 17 de diciembre, que contenía lo que para su actual biógrafa, y probablemente para Lina Codina en aquel momento, eran palabras decisivas: «Te dejé ir a Italia porque consideraba que no tenía derecho a cruzarme en el camino de tu canto, puesto que pensaba que, tras tus clases de medio año en Milán, podías contar con un debut y el comienzo de una carrera artística. Además, no dudaba de que en un mes o dos nos veríamos de nuevo. Comprendo que los largos períodos de separación fueron muy penosos, pero se debían a mis viajes a América. Esto ya no se repetirá. Te amo mucho y no quiero a nadie más. Pero aún no puedo librarme de la idea de que el contrato es una cosa creada para destruir una relación [...]. El marido tiene derecho sobre su mujer, y la mujer sobre el marido, cosa que me induce a huir sin volver la cabeza. Por eso no te he dado una respuesta a esa cuestión hasta ahora. Si no se resuelve el tema del debut en Milán, deberías ir a estudiar con Lilli Lehmann, tanto más cuanto que ya te dio su amable acuerdo para ello» (p. 60).
Con esta explicación atractivamente expresada tapando su indecisión en relación con el matrimonio, la disposición de su amada a emprender una carrera y la garantía de contar con la aceptación de una gran cantante para tener a Lina como alumna avanzada, ambos parecen más dispuestos que nunca anteriormente a atar el lazo. Se casaron en la, para Serguéi, muy querida localidad de Ettal el 8 de octubre de 1923, animados a dar un paso tan decisivo justo entonces por el descubrimiento del embarazo de Lina; y su primer hijo, Sviatoslav, nació el 27 de febrero de 1924.
Los años centrales y finales de la década de 1920 fueron de gran éxito para Prokófiev en todas sus actividades: como compositor, director de orquesta y pianista en la interpretación de sus propios conciertos para el instrumento. Fueron también años de relativa felicidad para Lina, que disfrutó de la maternidad, con la ayuda servicial para echarle una mano de su propia madre y de su abuela rusa, así como de un marido que compartía el cuidado de su bebé de mejor gana de lo que era el caso con la mayoría de los padres en la primera mitad del siglo XX. Pero el contraste en las vidas profesionales de marido y mujer siguió dando lugar a frecuentes tensiones. Serguéi no paraba de disfrutar de grandes éxitos como compositor de ópera, ballet y música sinfónica. Realizó breves viajes, siempre acompañados del éxito artístico, a numerosos países europeos,   Estados Unidos y a la Rusia soviética, donde era asiduamente cortejado por el Gobierno y por las autoridades musicales.
Lina no solía acompañarlo fuera de Europa, pero compartieron el programa en numerosas ocasiones, con Serguéi acompañando a su esposa al piano. Los resultados eran muy irregulares. Lina había padecido constantemente de miedo escénico, y en ocasiones de falta de fiato, y no puede haber nada peor para un cantante. Ambos se entregaron a las doctrinas de «autoayuda» de la Ciencia Cristiana, por la que se habían interesado de forma independiente desde los tiempos de sus primeras citas. La presente biografía sugiere que Lina se benefició de sus relaciones personales con practicantes de la Ciencia Cristiana, pero no existen pruebas claras de que ella llegara a superar nunca el problema de su miedo escénico hasta el punto de realizar una carrera independiente y de éxito como cantante. Los diarios conservados de su marido incluyen numerosas referencias al problema.
Entre tanto, el ya mundialmente famoso compositor, pianista y director de orquesta Serguéi Prokófiev había estado sopesando cuidadosamente durante años la posibilidad de volver a su país natal. Sabía que sus futuros viajes serían ciertamente muy limitados, y que podría incluso no poder viajar fuera de la Unión Soviética. Pero estaba convencido de que el público ruso era el que valoraba más plenamente su música, se sentía enormemente halagado por el gran número de contratos bien remunerados para escribir bandas sonoras, y creía que la burocracia dirigente del Partido Comunista se beneficiaría a su vez de su reputación mundial y que, por tanto, trataría decentemente tanto a él como a su familia. Hacia 1935-1936, cuando estaba decidiéndose, la sensación era realmente la de que la dictadura estalinista estaba relajándose ligeramente. El dictador estaba promulgando, en 1936, lo que él defendía que era la constitución más democrática de todo el mundo, y que en lo sucesivo la vida sería mucho mejor desde el punto de vista material en la Unión Soviética.
La familia Prokófiev se trasladó de París a Moscú en la primavera de 1936, en ese momento aparentemente cargada de esperanzas. Pero en agosto de 1936 Stalin empezó a poner en marcha las increíbles purgas en cuyos juicios los veteranos más famosos de la revolución bolchevique confesaron, y se acusaron mutuamente en audiencia pública, haber conspirado para asesinar a Stalin, haber realizado tareas de espionaje para el Japón imperial y la Alemania nazi, etc. En cuestión de días ningún ciudadano soviético podía atreverse a expresar públicamente su opinión sobre los hechos que estaban acaeciendo. Lina optó por seguir frecuentando las embajadas extranjeras en las que había sido recibida como una atractiva y elegantemente vestida dama occidental en las visitas de la pareja durante la década anterior. Serguéi se concentró en la composición de óperas, obras corales, sonatas para piano y bandas sonoras en diversas fases de conclusión, lo que comportó la colaboración con viejos y nuevos amigos que, sin él saberlo, mantenían en mayor o menor grado relaciones involuntarias con la policía secreta estalinista.
Según Valentina Chemberdjí, en el tiempo transcurrido entre el verano de 1936 y el verano de 1939, la pareja siguió unida en los ámbitos de su trabajo profesional, el cuidado de sus hijos o el respeto y cariño recíprocos, aunque no en el amor apasionado de sus primeros años de matrimonio pasados fundamentalmente en Francia. Pero, según tanto las conversaciones de la época de la autora con Lina como sus entrevistas por separado con Lina, por un lado, y con sus hijos Sviatoslav y Oleg, por otro, tras su regreso a Europa occidental en 1974, desde el momento en que dieron comienzo los arrestos masivos, Lina se mostró deseosa de volver a Francia, mientras que Serguéi intentó tranquilizar a su esposa, y a sí mismo, diciéndole que las purgas no irían a peor y que no durarían indefinidamente. Él tenía miedo concretamente de que si solicitaba un pasaporte se le denegara su petición. Durante los años transcurridos desde el comienzo de las purgas (1936) hasta aproximadamente 1945-1946, el propio Prokófiev no fue atacado. Parte de su música se retiró de la circulación, o no se interpretó nunca en público, porque los autores de los libretos, o los directores teatrales o cinematográficos, habían sido arrestados o ejecutados, o porque se juzgó que los textos (que no eran de la autoría de Prokófiev) eran inapropiados para la cultura soviética. Prokófiev fue protegido personalmente por la combinación de su prestigio mundial y su supuesta inexperiencia con los principios de la nueva sociedad soviética. Él hizo a su vez todo cuanto estuvo en su mano para aceptar las críticas y realizar declaraciones en las que reconocía sus «errores».
En el verano de 1938, marido y mujer practicaron una muy frecuente costumbre soviética de tomarse las vacaciones por separado. Serguéi contaba con una cabaña en una localidad montañosa que podían permitirse fundamentalmente intelectuales y artistas bien situados, mientras que Lina se fue al mar Negro con Sviatoslav y Oleg. A Serguéi se le acercó una joven, Mira Mendelson, la hija de un catedrático de Economía que era, por su parte, una estudiante de Literatura y una admiradora de la música de Prokófiev. Lentamente fue naciendo una relación amorosa, incluidos los largos paseos y las conversaciones literarias que habían constituido una parte importante de su noviazgo con Lina. Prokófiev siguió escribiendo cartas cariñosas, en las que contaba sus nuevas, y enviando dibujos humorísticos y sellos de correos a los niños, de modo que, al menos según las conversaciones que mantuvo veinticinco años después con Valentina Chemberdjí, ella no consideró inmediatamente a Mira como una amenaza para su matrimonio, y nunca, por principio, reconoció que Mira tuviera ninguna relación seria o que mereciera la pena desde el punto de vista musical con su políticamente ingenuo marido.
El período que se extiende entre 1941 y 1956 fue el más amargo y peligroso en los noventa y tres años de vida de Lina Codina Prokófiev. Su marido, al igual que centenares de intelectuales y artistas que habían sobrevivido a las purgas que se sucedieron de 1936 a 1939, fue evacuado al Cáucaso cuando las tropas alemanas llegaron a las proximidades tanto de Leningrado como de Moscú en el otoño de 1941. Ella tomó la decisión de permanecer en Moscú con sus dos hijos, aún pequeños. Trabajó como traductora para la agencia de noticias Informburo en Moscú, y los niños eran lo bastante pequeños como para permanecer en el colegio durante toda la guerra. Al igual que muchos rusos que acababan de ser testigos de las purgas, también ella pensaba que los alemanes eran más «civilizados» que los rusos y se sintió más esperanzada que alarmada cuando dio la impresión de que el ejército invasor podría llegar a tomar Moscú.
Su marido, lejos de allí, pudo transferir sus cartillas de racionamiento a la familia cuando fue evacuado, y también les enviaba dinero. En medio de las enloquecidas purgas y, luego, de la guerra, intentó evitar despertar ninguna sospecha relativa a sus lealtades políticas, y es muy probable que se viera muy ayudado en esta tarea por Mira Mendelson y su padre catedrático, con el que Prokófiev trabó una considerable amistad. Por lo que respecta a su propia familia, intentó durante un tiempo proponer a Lina que ellos lo acompañaran, sin especificar cómo habría de definirse la relación entre las dos mujeres. En una entrevista con la autora del libro, Sviatoslav recordó lo que había sucedido cuando su padre realizó una última visita, llevando su maleta. Le dijo adiós tranquilamente a su hijo mayor. Aparentemente ya había informado antes a Lina de que se iría ese día. El niño recordaba a su madre llorando en el suelo con su cabeza en la cama: «Y, sin embargo, se fue. Yo fui a despedirlo a la puerta, me besó y me dijo las siguientes palabras: “Algún día me comprenderás”. Y desapareció. Hasta hoy mismo sigo preguntandome qué quería decir con eso. Mi madre decía que ésa era una edad peligrosa para los hombres y que, tal vez, cuando llegara a esa edad podría comprenderlo. Ella sufría mucho» (p. 238).
En un encuentro diferente, posterior al gulag, entre las dos mujeres –Lina Prokófiev, ex prisionera, y su amiga algo más joven Valentina Chemberdjí–, aquélla hizo hincapié en dos aspectos cruciales desde su punto de vista moral: 1) que la evacuación, como las vacaciones por separado de finales de los años treinta, le brindaron a él la oportunidad de tener diversas aventuras amorosas, y 2) que había que luchar para demostrar ser merecedor de hacerse con un asiento en los trenes de evacuación. Se trataba de dos acciones con las que Lina nada habría tenido que ver (p. 239).
Pero lo peor estaba aún por llegar. En 1947-1948 la paranoia de Stalin adoptó la forma de una nueva purga de intelectuales, acusados de deformar el verdadero significado de la nueva cultura soviética que había sobrevivido triunfalmente a la «Gran Guerra Patriótica» contra los nazis. Trágicos encarcelamientos y muertes destruyeron a millares de personas. En el caso de los Prokófiev, unas pocas fechas simbolizan los sufrimientos renovados. El 15 de enero de 1948 Serguéi Prokófiev contrajo matrimonio con Mira Mendelson. Dado que su boda con Lina no se había inscrito como tal en un consulado soviético, no hubo necesidad de divorcio. El 10 de febrero, el Politburó hizo pública su enérgica condena de la música «formalista» que estaban componiendo Prokófiev, Shostakóvich y varios otros compositores menos famosos. El 20 de febrero, Lina fue acusada de espionaje («justificado» por su hábito continuado, durante y después de la guerra, de frecuentar embajadas extranjeras) y condenada a trabajar veinte años en un campo de «régimen severo» al norte del paralelo 67, y que se caracterizaba por inviernos de ocho meses con heladas permanentes.
Lo cierto es que, según el testimonio posterior de la propia Lina, las relaciones humanas no fueron tan horribles como podrían haberlo sido. Muchos de sus compañeros de cautiverio eran también artistas e intelectuales y en este período, sólo diez años después de la Gran Purga, muchos de los oficiales del campo estaban menos que convencidos de las fantasías paranoicas del envejecido dictador. Pero el proceso de liberación fue agónicamente lento. Stalin murió en marzo de 1953 (exactamente el mismo día que Serguéi Prokófiev, por un capricho del destino), pero no fue hasta febrero de 1956 cuando sus crímenes de sangre fueron reconocidos oficialmente por el entonces secretario del Partido Comunista, Nikita Jruschov. Cuatro meses después, Lina Prokófiev fue liberada del gulag, y en 1957 recibió una notificación oficial de su inocencia, un certificado oficial de matrimonio con el difunto Serguéi Prokófiev y una pensión como viuda soviética. Hubo de esperar hasta 1973 para recibir un pasaporte, gracias a una carta dirigida al entonces director de la KGB, cuidadosamente redactada por una cierta Valentina Chemberdjí y firmada por Lina. Una vez que se estableció en Occidente, Lina Prokófiev dedicó los restantes quince años de su vida a crear una fundación en Londres para preservar todos los testimonios escritos, gráficos y grabados de la carrera de uno de los grandes compositores del siglo XX, un hombre de instintos honestos pero de considerablemente menos valor y percepción política que su orgullosa y resuelta esposa.

Traducción de Luis Gago

Este artículo ha sido escrito por Gabriel Jackson especialmente para Revista de Libros

01/06/2010

 
COMENTARIOS

Charo 04/09/16 11:14
Perdón, pero era medio madrileña. Nació en Madrid, y se crió y vivió en media Europa.
El catalán fue su padre.

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