ARTÍCULO

La agonía y el éxtasis

New Jersey
Princeton University Press
 

«Monumental» y «magistral» son palabras que han asomado repetidamente en relación con el proyecto Dostoievsky de Joseph Frank, cuyos primeros cuatro volúmenes aparecieron en 1976, 1983, 1986 y 1995. Ahora, el volumen más extenso, The Mantle of the Prophet. 1871-1881, que cubre la última década de la vida del escritor, completa la serie. La obra de Frank, como han atestiguado sistemáticamente los críticos (yo mismo entre ellos), no tiene igual en lo que se propone hacer y en el extraordinario grado en que ha logrado hacerlo. Se trata, incuestionablemente, del estudio más completo, matizado y ecuánime –amén del más informativo– del tema que aborda en cualquier idioma, y ha cambiado de manera significativa nuestra comprensión tanto del hombre como de su obra.

La originalidad de Frank radica en el modo en que logra trazar, al mismo tiempo, la evolución de Dostoievsky el hombre, de Dostoievsky el escritor, de los propios escritos y –quizá lo más original– de los tiempos cambiantes que tanto hicieron por moldear a todos ellos. Frank escribe como un biógrafo, un historiador literario, un crítico e historiador de la cultura rusa del siglo XIX, ya que parte de la creencia de que sólo un enfoque multidisciplinar de este tipo puede brindar una adecuada apreciación del arte, que es lo que en primera y última instancia nos reclama Dostoievsky. Lo que carecía de precedente en estos volúmenes, aparte de la riqueza de detalles, es la percepción por parte de Frank, como él mismo señala en su prólogo, de que las grandes novelas de Dostoievsky concentran todos los problemas de la cultura rusa de mediados del siglo XIX, «no, con toda certeza, al nivel en que se mostraban normalmente a sus contemporáneos, sino transformándolos en términos de su propia visión escatológica y mesiánica». El proceso creativo puede estar condenado a seguir siendo un misterio en su aspecto íntimo, pero Frank muestra cuán esclarecedor puede resultar el estudio de los tipos de transformación a los que él se refiere.

El Dostoievsky que surge de las páginas de los anteriores volúmenes de Frank es un hombre sorprendentemente menos excéntrico y extremo de lo que se ha pensado habitualmente. Al moderarlo, Frank estaba intentando combatir claramente algunos toscos lugares comunes sobre su genio desequilibrado. Pero ello se tradujo en que las circunstancias de Dostoievsky pasaron a ser más vívidas que su personalidad o temperamento.

Ahora bien, quizás en un tácito reconocimiento de que esto podría haber introducido otro tipo de desequilibrio, Frank muestra una disposición constante a «reconocer la intemperancia que tan a menudo se apoderaba de él cuando se enervaba», su «irritabilidad de carácter» («bien conocida y con mala fama»), sus «repentinas explosiones de furia incontrolable», el hecho de que no era «una persona agradable con quien vivir bajo ninguna circunstancia». Más que eso, Frank nos regala ahora juicios como «Dostoievsky podía ser imperdonablemente grosero»; una «maliciosa» observación sobre su rival Turgueniev es «calumniosa y totalmente injustificada», mostrando «lo peor de Dostoievsky»; en tanto que una referencia a los liberales expatriados contiene «lo que solamente puede considerarse un insulto indigno».

Pero hay algo peor. En el período que cubre este libro, Dostoievsky se transformó en una figura pública que hacía discursos, vertía un torrente de periodismo altamente personal en su Diario de un escritor, divulgaba una visión extática de Rusia como el único baluarte contra una modernidad sin Dios y del pueblo ruso como la única reserva del auténtico cristianismo, destinado a traer un nuevo orden de amor y hermandad a los pueblos inferiores del mundo (por la fuerza de las armas, si fuera necesario).

El problema para Frank (y para cualquier admirador de Dostoievsky) es que este utopismo apasionado llevaba consigo una no menos apasionada xenofobia, un odio que, como señala Frank, «se extendía a todo pueblo que no tuviera su origen en la Gran Rusia y que donde resultaba más obvio» –esto es, virulento– «era en relación con los judíos». Frank dedica una gran, e incómoda, atención a este problema. Descubre que las referencias antisemitas aparecen ocasionalmente en las novelas anteriores, pero Frank las tiene por «no especialmente ofensivas si se juzgan con los patrones de su época y lugar». Se afana incluso por presentar excusas para el tratamiento indiferentemente despectivo del bombero judío que presencia el suicidio de Svidrigailov en Crimen y castigo. Pero la aversión personal por los judíos que estalló en la década de 1870 es otra cosa. Dostoievsky aprovechó entonces cualquier oportunidad para despotricar contra los «yids» y el «yidismo», y para vilipendiar al «tropel de judíos y fariseos triunfantes que se han lanzado sobre Rusia».

Citado extensamente en las páginas de Frank, este furor antisemita se convierte en una lectura difícil y repulsiva, y Frank no puede ofrecer ninguna explicación más allá de conjeturar que es posible que Dostoievsky necesitara encontrar un chivo expiatorio «para las desilusiones, las frustraciones y las convulsiones socioeconómicas que habían sumido en la confusión a la vida rusa desde la liberación de los siervos». De forma reiterada lo califica como algo chocante e imperdonable, pero evita tratarlo categóricamente como una parte esencial del carácter o temperamento de Dostoievsky (hace lo mismo con lo que llama la «obsesión por el juego» del escritor), concluyendo únicamente que todo esto deja «una mancha permanente en su reputación».

Lo que resulta más interesante, y más novedoso, en este volumen, es la descripción que ofrece Frank de otros cambios en el escritor y en la sociedad rusa que él retrató y en la que tanto confió en influir. En este punto fueron capitales las creencias cambiantes en la nueva cohorte de jóvenes radicales, cambios que hicieron posible para Dostoievsky adoptar el manto del profeta. A pesar de que sólo una década antes los jóvenes radicales habían rechazado consideraciones morales y éticas en nombre de la «ciencia» –piénsese en el Bazarov de Padres e hijos de Turgueniev–, ahora ellos estaban siendo reclutados por el movimiento populista y «acudían al pueblo» para instruirlo.

Esto vino a ser un restablecimiento de las consideraciones morales y éticas; se tradujo, como señala Frank, en que el socialismo pasó a considerarse una vez más –como en los días del propio radicalismo juvenil de Dostoievsky– como la realización de los ideales de Cristo en la Tierra. Aquí había una posición con la cual podía simpatizar de nuevo el escritor, como era la veneración populista por el campesinado ruso.

Es gracias a la fuerza que le daban estas creencias compartidas por lo que fue capaz de encontrar un público entre la generación más joven y de lograr (a pesar de la naturaleza reaccionaria de muchas de sus creencias políticas) una posición única en la vida de su país. El hecho de que fuera un manojo de las más asombrosas contradicciones sólo sirvió para acentuar su independencia. Fue, sostiene Frank, un público vasto el que leía las entregas mensuales de su Diario de un escritor (a pesar del hecho de que su circulación parece haberse mantenido por debajo de los mil ejemplares).

En ellas encontraban tratamientos provocativos de los asuntos de actualidad entremezclados con reminiscencias literarias y cuentos cortos. Todo el mundo podía encontrar en el escritor algo con lo que simpatizar, así como algo que rechazar. Después de todo, este era el hombre que había sufrido ocho años de prisión y exilio por su antiguo radicalismo. Además, por mucho que quiera decirse, era un gran novelista y estaba apasionadamente interesado por el destino de Rusia y los rusos.

Frank es muy brillante en lo relacionado con el Diario, citando a la vez sus aspectos atractivos y atroces y reparando en cuántos de los temas que Dostoievsky introdujo en él por primera vez hallarían cabida en Los hermanos Karamazov, donde, al estar encarnados por los vívidos personajes, pasaron a ser más problemáticos, más tensos y, por ello, menos crudos e inaceptables. (Dostoievsky parece haberse dado cuenta de esto, al menos en parte. En una carta autojustificativa, apela no a la naturaleza del arte sino a carencias de los lectores, afirmando que toda declaración pura y dura de las creencias fundamentales de cualquier persona sería tenida por absurda: «Hablando en términos generales, al hombre no le gusta la última palabra» –un candor absoluto, explícito– «en nada».)

Frank se supera incluso cuando estudia el arte de Dostoievsky en ese período. Explica el relativo fracaso de El adolescente como consecuencia de la autocensura que se impuso el escritor una vez que había accedido a su publicación en la principal revista populista, a cuyos lectores quería ganarse. Y nos ofrece lecturas penetrantes de un puñado de obras breves. Pero el eje es lo que no duda en llamar la mejor novela de Dostoievsky, Los hermanos Karamazov.

En las cerca de doscientas páginas que dedica a esta novela, Frank detalla su evolución de forma magistral, citando cartas y notas para aclarar las intenciones del escritor y mostrar cómo el libro refracta todas sus grandes preocupaciones: el conflicto entre la razón y la fe cristiana, el debilitamiento de la familia, la insostenibilidad (tal y como él lo veía) de las normas morales una vez que se desgajaban de la creencia religiosa.

En su paciente análisis del texto, libro tras libro, Frank demuestra repetidamente cómo éste encarna la convicción del novelista de que para transmitir su sentido de la realidad se requería no sólo el detalle «realista», ni sólo la exactitud social y psicológica, sino la irradiación de todo por medio de algún ideal trascendente. Frank es agudo al observar lo que yo llamaría el uso de las concentricidades por parte de Dostoievsky, el modo en que refracta «un motivo temático a través de una sucesión de personajes, cada uno de los cuales expresa un aspecto o nivel diferente de su significado». Y disipa, de una vez por todas, el error común de lo que hace del sufrimiento un valor moral positivo para Dostoievsky: era un valor para él si y sólo si provenía de «una lucha interior consigo mismo».

Tres meses después de concluir esta novela, Dostoievsky, que había padecido desde hacía tiempo de enfisema, moría apaciblemente mientras dormía. Su funeral fue lo nunca visto en Rusia. Quince coros y unas 30.000 personas de duelo procedentes de los más diversos estratos sociales integraban el cortejo fúnebre. El relato de Frank concluye con una nota triunfal, resaltando cómo, después de una década de estar constantemente en entredicho, Dostoievsky se había convertido finalmente en «una figura venerada, simbólica, que parecía alzarse por encima de la lucha inclemente de las ideologías».

Que Frank no señale cuán poco iba a durar ese momento es un recordatorio de las exclusiones que son el precio de su logro. Permite apreciar, como nunca antes, las hazañas de Dostoievsky en su tiempo y lugar, pero apenas hay una palabra sobre su vida póstuma en Rusia o fuera de ella. Frank transmite una vívida sensación de las dificultades que Dostoievsky superó, aquello con lo que luchó, el fenómeno cultural único en que se convirtió (y no sólo como escritor de ficción), pero no presta virtualmente ninguna atención a lo que no sabemos (y queremos saber) sobre Dostoievsky (y sus personajes).

Cuando se abordan asuntos de este tipo, el sentido común te sirve sólo hasta cierto punto. Hay demasiada poca oscuridad en el retrato de Frank. Parece decidido a negar el inextricable misterio en los libros o en su autor, de igual modo que muestra un escaso interés por las vías que elige el arte para trascender habitualmente una intención especificable.

El tono magistral se torna en ocasiones olímpico, desdeñando a críticos de los que no se da el nombre y cuyos argumentos se rechazan pero no se examinan. En el texto se alardea innecesaria, y no siempre correctamente, de palabras rusas. El autor de esta obra imponente, en suma, es humano. No es de extrañar que algunas partes del enigma de Dostoievsky las haya dejado intactas.

01/01/2004

 
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