ARTÍCULO

Dionisio Ridruejo, entre nosotros

 

Tiene razón Santos Juliá cuando en su reciente libro Historias de las dos Españas no solamente abomina del marbete de «falangistas liberales», sino que añade serias pegas a la hondura, al momento temporal elegido y a la legitimidad de sus presuntas conversiones. Pero tiene también razón Jordi Gracia (quizá porque, con veinte años menos que Juliá, ha escrito un libro tan maduro como La resistencia silenciosa) cuando se acerca, con cordialidad no exenta de exigencia política, al complejo mundo de quienes ganaron la guerra y perdieron la paz. Fueron muchos más de lo que parece: catalanistas conservadores, carlistas y carlistoides románticos, católicos que no eran ultramontanos, agnósticos que no eran comecuras, totalitarios ma non troppo, liberales que no eran demócratas... Sólo si uno se acerca a las biografías personales puede comprender las miserias, los desengaños y los empecinamientos que hay tras un fenómeno que, del romanticismo para acá, ha caracterizado la vida espiritual de nuestro tiempo: la conversión. Que es, a la par, un ejercicio de egolatría y subordinación, de histrionismo y sinceridad; en resumen, una buena conciencia elaborada a partir de la mala conciencia y el deseo de escenificar las historias individuales como historia colectiva.

La vida de Dionisio Ridruejo tuvo mucho de todo esto, pero con algunas añadiduras notables. Fue converso de muchas cosas, pero, a diferencia de otros, siempre corrió con los gastos y los riesgos. Fue una de esas inteligencias que se manifestaron a través de la brillantez y la simpatía y uno de esos escritores que nunca crean una obra maestra, pero que escriben como nadie acerca de sí mismos. Por eso, el primer acierto de los muchos de Jordi Gracia es haber concebido esta antología como una secuencia biográfica en la voz del interesado y haber equiparado textos literarios, cartas privadas y hasta algún informe policial: construir un Ridruejo par lui-même, usando la acreditada expresión editorial francesa. El resultado ha sido ciertamente memorable. EL PRÍNCIPE DESTRONADO Algunos de los reportajes del frente ruso que Ridruejo envió al diario Arriba en 1941 iban firmados con el seudónimo «Andrés Oncala». El apellido del alter ego corresponde a la denominación de un puerto de montaña soriano, cuya descripción hallará el lector de la última parte de esta antología, pero si aquí me llama la atención es por otra cosa: el protagonista de una de las más significativas etopeyas del heroísmo falangista, obra de José María Alfaro, se llamó «Leoncio Pancorbo». Pancorbo-Oncala son dos sonoros topónimos castellanos que perfilan en ambos casos una típica dimensión del fascismo mediterráneo: la de los retoños de una burguesía de vieja raíz agraria y tradicional que construyeron su imaginario político a partir de muchos temores, no poca dosis de nacionalismo y catolicismo y, sólo al fondo, un barniz de modernidad (el Ridruejo de Escrito en España habló con contrita exactitud del «macizo de la raza» para referirse a la burguesía de la que provenía).

La Guerra Civil inmoló al Leoncio Pancorbo creado por Alfaro, pero respetó a Oncala-Ridruejo y lo llevó a realizar un sueño que tenía algo de delirio: conoció el poder, los uniformes, los coches oficiales, la embriaguez de hacer la historia, con poco más de veinte años. En el fondo, y pese a su lucidez y su ironía, siempre le divirtió aquella excursión onírica por la omnipotencia. Y en 1944, cuando ya habían pasado tantas cosas, estaba todavía encantado de haberse conocido: en la «Confidencia literaria», escrita para las Entregas de Poesía de Masoliver, confesaba que los suyos eran «los grandes creadores totales» como Dante y Goethe, pero que, en el ínterin, no estaban mal Juan Ramón, Unamuno y Machado («admirado, preferido y amado singularmente»), y la tríada compuesta por Rosales, Vivanco y Panero (sobre todo, el último). La hermosa «Elegía en el umbral de la madurez», del mismo año, comienza con un significativo apóstrofe («Recuerda, camarada, aquellos días que nos están envejeciendo»), y haremos mal en vislumbrar en sus versos cualquier síntoma de verdadero arrepentimiento, como no lo hay de autocrítica en su interpretación de la Guerra Civil («La Patria / no eran esos millones de rudos desacuerdos forjándose la vida, / sino el cetro surgido en el puño radiante, / la espada justiciera, vencedora, infalible»). La madurez apenas le había obsequiado con un cierto relativismo de raíz orteguiana («antes, desde la idea bajabas a las cosas; / ahora vagas por entre aquellas cosas que existen, que te llevan»). En 1940, al fundar Escorial, había querido crear nada menos que una «residencia y mirador de la intelectualidad española», que se parecía mucho, demasiado, a Cruz yRaya de José Bergamín y que, como ella, nunca fue ajena a los vientos de la autoridad, la intuición y el estilo. Bergamín nunca hubiera deseado algo «religioso de oficio y militar de estructura», pero acabó por ser religioso y miliciano. Ridruejo fue más lejos, por supuesto: en sus Cuadernosde Rusia, escribió que «comprendo la reacción antisemita del Estado alemán», aunque se sienta orgulloso de la reacción caballerosa de algunos divisionarios españoles. Jordi Gracia hace muy bien en recordar que la carta a Franco del 7 de julio de 1942, como la conversación de 1947 sobre el porvenir de Falange, fueron dos alegatos pensados desde el fascismo militante. En el fondo, Ridruejo se había encerrado en una suerte de patética República de Salò individual y solamente le salvaban sus altas dosis de ingenuidad y un atrevimiento no sabría decir si suicida o quijotesco.

En todo caso, desde su destierro de Ronda, le prevenía a su amigo Antonio Tovar (carta de julio de 1942), «Mira si no terminamos en una generación tartarinesca», y justo un año después (a la vista de los acontecimientos que siguieron a la invasión de Sicilia por los aliados), apuntaba que «lo de Italia –abyectamente ejemplar– es para que empiecen a remojarse las barbas los que las tienen», lo que no sabe muy bien si va contra los traidores del Gran Consejo Fascista que destituyeron a Mussolini o contra la debilidad del Duce. No le sobraba, en efecto, sentido de la realidad a quien, en una carta a Miguel de Echarri, confiesa que su destierro rondeño le sale por «no menos de 2.000 pesetas al mes. Es demasiado.Veremos». ¡Y tanto que lo era! Aquella cantidad era el salario de un ingeniero industrial y duplicaba el de un catedrático.Todavía en 1951, otra carta a Echarri nos permite saber que debía 24.000 pesetas a Serrano Suñer, que era una bonita cantidad para la fecha... Pero para entonces, los cambios de talante eran evidentes. Primero fue el descubrimiento de Cataluña, que era otro modo de vivir, mucho más abierto, mucho menos de mesa camilla castellana. El descubrimiento literario de Josep Pla (y su Viaje en autobús, pero no sólo...) fue tan definitivo como duradero, pues al último Ridruejo debemos una estupenda versión castellana de El quaderngris. Pero tampoco era mala hazaña saber leer a Baroja en sus denostadas Canciones del suburbio, como hace en el artículo «Agua que no desemboca»: también fue devoción contumaz, como certifica un certero epigrama de En breve, «Leer a Baroja». Quien disfruta con Pla y Baroja es muy difícil que sea un fascista, ni un ortodoxo de ninguna doxa.Y quien gozó de la Roma más popolana –como hizo Ridruejo entre 1948 y 1951, a expensas de sus amigos de la prensa del Régimen–, puede darse ya por convaleciente.

EL CAMINO DE DAMASCO PASA POR CATALUÑA

Digo «convaleciente» porque la Revista de 1952, la sugestiva y bulliciosa invención de Albert Puig Palau, industrial y excombatiente, y de Ridruejo, fue todavía un intento de rescatar la Victoria de 1939 para uso intelectual de los colaboradores de Ruiz-Giménez y para poner en marcha un barcelonesismo que valiera por el catalanismo condenado a las catacumbas.Y una y otra cosa se hicieron con decoro en una publicación que habló del existencialismo y de las visitas de Jean Cocteau, de Picasso y del cine neorrealista, del Congreso de Poesía de Segovia y de la «generación del 36». Y donde el entusiasmo un poco facilón vino contrarrestado por el pesimismo sistemático de Jordi Rubió, las dudas de Tovar y Marías, y la insobornable realidad callejera que traían a primera plana las fotografías de Francesc Català-Roca. Las detenciones de Ridruejo en 1956 (a consecuencia de los sucesos de febrero en la Universidad de Madrid) y 1957 (resultado de sus declaraciones a la revista habanera Bohemia) fueron la prueba del nueve de sus convicciones. Lo confirma un romance humorístico, escrito en el segundo encarcelamiento: «Falangista, falangista, / qué verdadera es tu pena, / qué triste historia la tuya, / si la sabes y la aceptas». Pero inevitablemente nos atrae mucho más el que escribió con motivo de la primera caída, «Romance de los estudiantes presos», por el que desfilan divertidas imágenes de José Luis Abellán, Fernando Sánchez Dragó, Miguel Sánchez Mazas, Gabriel Elorriaga, Ramón Tamames, Julio Diamante, Jesús López Pacheco y hasta Antonio López Campillo, que había sabido ponerse a salvo en París... Si no fuera simplificación excesiva, cabría decir que el encuentro de dos generaciones en los sótanos de la Puerta del Sol –la del 36 y la del medio siglo– salvó para siempre a Ridruejo. Que, como escribiría en las «Explicaciones», 1961, de Escritoen España, pasaba a ser «un hombre que somete la guerra civil a juicio severo, que denuncia la insuficiencia teórica y la duplicidad práctica del falangismo, que reduce el fascismo a un catastrófico expediente de apuro» y que ya sólo cree en la democracia «como proceso de autorrealización».

LA LECCIÓN DE RIDRUEJO

Pero esto no hizo de Ridruejo un revolucionario. En los años del «contubernio de Múnich» y de la ejecución de Julián Grimau (que también los fueron del aggiornamento traído por Juan XXIII y los de la presidencia de John F. Kennedy), Ridruejo se entregó a una política marcadamente conspirativa que significaba hablar con todo el mundo (excepto con los comunistas) y crear una sólida trama de amigos con visos de partido político. En mayo de 1963 escribía a Justino de Azcárate para comunicarle que organizaba una semana de estudios acerca de la encíclica Pacem in terris, donde pudieran participar desde los catalanistas montserratinos a los obreristas de las Hermandades Obreras de Acción Católica, pasando por ¡presuntos disidentes del Opus Dei!

Un año después, una reveladora carta a Vicent Ventura reivindica, frente a las aprensiones del destinatario, el vocablo reformista que había pensado incluir en las siglas de su partido, porque «significa la renuncia a una victoria total y totalizadora y –por necesidad– totalitaria». En esto había algo de cálculo político y no poco de una previsión demasiado pesimista acerca de la continuidad de la Dictadura: «El postfranquismo –cavilaba Ridruejo– es una asechanza de cuidado, ya sea por la forma neoliberal o neonacionalista (fascismo izquierdizado)». Nada podía ser más útil para prevenirlo que una «fuerza intermedia entre la democracia cristiana y el socialismo», manifestaba a Azcárate en junio del 64.

La muerte de Franco y la llegada de la democracia modificaron todas estas previsiones, como sabemos. El país no pareció agradecer nada a la democracia cristiana, retribuyó con cicatería al comunismo y todas aquellas fragmentadas posiciones intermedias, como la de Ridruejo, quedaron fagocitadas por una UCD que, al cabo, fue más víctima de sí misma que de los enemigos políticos que tenía. Pero Ridruejo no alcanzó a ver todo eso y, como Moisés, murió a la vista de la tierra prometida. Repasar ahora los pasos de su disidencia es una buena lección política acerca de los riesgos del olvido histórico, de la necesidad del autoanálisis y ojalá fuera –que no lo será, por desgracia– un espejo donde los que se titulan centristas reconocieran la mucha mercancía averiada que están llevando en su equipaje. Ridruejo y sus amigos no hubieran aguantado cinco minutos a algunos señoritos bronquistas de hogaño, provistos de acta de diputado.

Entre tanto, estos textos montados por Jordi Gracia al discurrir de los azares biográficos revelan un escritor que tampoco debemos olvidar: aquellas Elegías de 1949 no hacen mal papel junto a sus compañeros de año poético, Lacasa encendida, de Rosales, Escrito a cada instante, de Panero, y Continuación de la vida, de Vivanco, que fueron libros excepcionales; los artículos de En algunas ocasiones están entre lo más chispeante e inteligente que se escribió en el decenio de los cincuenta; los versos norteamericanos de Casi en prosa y las formas epigramáticas de En breve muestran un camino poético innovador y, sobre todo, aquella capacidad para vivificar el recuerdo personal que, casi a la vez, demostraron las incompletas Casi unasmemorias, otro texto más que notable y necesitado de reedición como subraya el antólogo.A Jordi Gracia y a la estupenda colección de «Obra Fundamental» (que pilota con discreción y tino ejemplares Javier Aguado) debemos un libro necesario: pocas veces ese adjetivo, del que tanto se abusa, ha sido más exacto y legítimo que ahora.

01/11/2005

 
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