ARTÍCULO

Comerse el mundo

Siruela, Madrid
Trad. de Olivia de Miguel
756 pp. 25 €
 

Cuando en 1905 murió Jules, el padre de Colette, la familia encontró doce volúmenes encuadernados, cada uno de ellos encabezado por un título referido a sus más destacados acontecimientos autobiográficos: infancia, ejército, guerra, ma­tri­mo­nio, etc. A excepción de la dedicatoria, escrita a mano, los doce volúmenes estaban totalmente en blanco. «Una obra imaginaria –comentó más tarde Colette–. El espejismo de una carrera de escritor».
Cabe preguntarse si la obra de Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954) no nace del deseo vehemente de llenar con su caligrafía frondosa esos doce absurdos volúmenes vacíos que su padre le legó: una tarea de reforestación y desquite y, a su modo, también un trabajo insomne. 1905 es además el año clave en que Colette se divorcia y publica su primer libro firmado con su nombre, después de haber pasado más de una década trabajando en la sombra, de forma anónima, para su primer marido, Willy, que figuraba como autor de los cientos de libros y artículos que ella –y muchos otros– escribían para él. Willy parece haber poseído un único don: el de espolear –y de paso aprovecharse en beneficio propio– el talento de los demás, imbuido por un afán de autopromoción y un concepto industrial de la cultura.
Entre ambos urden mano a ma­no el personaje de Claudine, de­sarrollado a lo largo de cinco novelas y varias comedias teatrales escritas «en colaboración», que les otorga una celebridad popular inmediata y perdurable. Claudine es la inocente perversa, un icono del entonces naciente siglo xx que juega al equívoco y a la transgresión moral, con las dosis justas de insolencia, vulgaridad, morbo y cinismo para resultar, a la vez, perturbadora y excitante para las masas.
Como escritora formada a finales del siglo xix y principios del xx, Colette aspira los últimos vapores –más bien mefíticos– del Simbolismo y el Decadentismo, cuyo amaneramiento ella adelanta por la izquierda por medio de grandes dosis de energía, rapidez de reflejos, amor a los animales (gatos, perros, caballos), alimentación sana y mucho deporte. Sin embargo, la reputación escandalosa de Colette, su bisexualidad orgullosamente exhibida, su dedicación antiburguesa al music-hall como actriz de pantomima, e incluso su maternidad tardía, han estorbado para reconocerla como lo que realmente es: una escritora buenísima, dotada de una percepción sensorial de una agudeza y penetración inusuales.
La presente biografía contribuye a reivindicar el talento precursor de Colette, gracias a la empatía que se establece entre biógrafa y biografiada, traducida por su tono casi siempre de­sen­fa­da­do y cordial, sin perder por ello el rigor que cabe exigir a un estudio de estas características. Narrado con gran agilidad narrativa y pulso firme, Judith Thurman ha logrado encontrar el equilibrio preciso para manejar una considerable masa de datos y personajes sin que la claridad expositiva de su relato se resienta. Concede tanto espacio a su carrera de escritora como a sus tres matrimonios, el telón histórico en que se de­sarrolla su existencia y su ajetreada vida sentimental, sin perder de vista el papel decisivo de Sido, la madre independiente y de carácter fuerte con quien Colette mantiene complejas relaciones de adoración y desapego, y a quien la escritora rinde un bello homenaje final en El nacer del día (Pre-Textos), retrato deslumbrante de una madre adelantada a su tiempo que «consideraba natural, más bien obligatorio, que sus hijos fueran prodigiosos».
Hay en la vida y en la obra de Colette un aspecto goloso, se diría que gastronómico, motivado por una avidez de apropiación y disfrute. Sus descripciones de manjares, paisajes o personas, además de dotadas de la precisión y la gracia de un trazo vertiginoso, son siempre voluptuosas, ronroneantes, con algo de gato que se relame ante la contemplación de la leche en la escudilla. Colette es dueña de una pupila pictórica: bajo su mirada apasionada, todo se convierte en elemento plástico, en alegría sensorial, en ritmo. Son novelas escritas con pies de baile. Por eso, aunque relate episodios dramáticos de soledad, ruptura y abandono, sus textos están puestos bajo el signo de la felicidad luminosa. Leer a Colette nunca defrauda y hace feliz por su voracidad vitalista, su plenitud de experiencia y una voluntad de gozo casi felina que nunca llega a decaer en esta feroz materialista, refractaria a los funerales (incluidos los de su propia madre y hermanos, a los que no asiste), y capaz de escribir: «La muerte no me interesa. Ni siquiera la mía».
Desvinculada por temperamento de las grandes corrientes ideológicas de su época, hastiada de la política y las luchas sociales, ¿qué queda? Quedan, naturalmente, los sentimientos. Por eso el tema re­currente de Colette es siempre el mismo: la guerra entre sexos y la trashumancia sentimental, al que vuelve una y otra vez obsesionada por una filosofía del cuerpo tan fatal como desengañada, resumida en el siguiente comentario: «Los hombres son terribles. Las mujeres también». En sus novelas y cuentos, Colette explora infatigablemente las relaciones amorosas y su ritual de dominio como una batalla cruen­ta, perdida de antemano, en que sólo hay dos papeles principales: el de víctima y el de verdugo; en ese teatro de la seducción, o uno fagocita o es fagocitado, como puede comprobarse en los preciosos cuentos que componen La mujer oculta (Anagrama).
Colette sobrevivió a dos guerras mundiales, tres matrimonios e infinidad de amantes ocasionales. Durante medio siglo reinó sobre la vida cultural francesa –que sólo al final, y un poco a regañadientes, se inclinó ante su grandeza– gracias a su escritura fogosa, más bien atigrada, dispuesta a levantar testimonio de toda esa poesía de la carne, a través de una prosa suculenta y una adjetivación nutritiva. Gozadora hasta el final, aún es capaz de dirigirse por carta a su segundo e infiel marido, que la ha traicionado mil veces con otras mujeres más jóvenes y a quien ella a su vez ha traicionado con su propio hijastro adolescente, cometiendo un semiincesto; pese a todo ello, Colette escribe (y no es un mal epitafio): «Tú sabes lo que yo deseo. Sólo deseo una cosa. Tiene tu rostro y tu forma y la duración de mi propia vida».

01/10/2007

 
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