ARTÍCULO

Antropología y economía política

Ariel, Barcelona
238 págs. 2.100 ptas.
 

Desde el ámbito de la antropología social este es un libro provocador. El contenido del libro, sus temas, argumentos y teorías se separan de la corriente teórica dominante en la antropología española y de la concepción que otras áreas de conocimiento tienen de esta disciplina. Es también un texto innovador porque discute desde la actualidad teorías y debates de larga tradición en la antropología y en las ciencias sociales: la relación entre sistema mundial y cultura, la perspectiva antropológica de la economía política y las aportaciones de la antropología a las perspectivas de la ecología política. Así, este es un libro que busca un lugar de encuentro con otras disciplinas –la historia, la economía, la política o la ecología– para lograr una mayor capacidad de análisis y de comprensión de la dinámica social.

Antropología económica se divide en dos partes. En la primera, D. Comas comenta los debates teóricos más importantes de la economía política antropológica, como las teorías de la articulación de los modos de producción o los procesos de mercantilización, con especial referencia al debate sobre el trabajo doméstico de las mujeres. Es interesante y estimulante la incorporación crítica de una problemática tan actual como el pretendido proceso de homogeneización cultural a nivel mundial, ligado a los procesos de globalización económica. Crítica con esta tendencia, Comas afirma, siguiendo al antropólogo J. FriedmanJonathan Friedman, Cultural Identy and Global Process, Sagr Publications, Londres, 1995. , que «los movimientos contemporáneos de promoción de derechos e identidades de los pueblos indígenas se explican justamente en el contexto de la globalización» (pág. 53). La reacción a los procesos de globalización es, a veces, la reivindicación de una identidad amenazada o que se siente amenazada, pero también es fruto de la dinámica de un sistema que va incrementando la diversidad y la desigualdad sociales. Desde este punto de vista, es más fácil explicarse el actual crecimiento y la mayor presencia de los movimientos de reivindicación étnica y cultural a nivel local, nacional e internacional.

En la historia de la antropología, marxismo y cultura han sido términos opuestos. Pero es interesante hacer el esfuerzo de escudriñar la posibilidad de una comprensión marxista de la cultura y una lectura cultural de Marx. Por eso es tan estimulante la lectura del capítulo 2 de Antropología económica, donde la autora recupera el concepto de cultura, siguiendo la obra de Eric Wolf (Europa y los pueblos sin historia), la contribución de June Nash (no tanto las etnografías de esta antropóloga como su artículo de 1994 en American Ethnologist), a Sidney Mintz y su etnografía sobre el azúcar (Sweetness and Power) o la obra de William Roseberry Anthropologies and Histories, donde lucha por vincular cultura, historia y política; la obra de Friedman sobre la globalización cultural y las aportaciones del antropólogo francés M. Godelier sobre la racionalidad en la economía y la relación entre lo material y lo ideal. Junto a estos antropólogos, Comas incorpora la aportación del concepto de hegemonía de Gramsci y el de cultura dominante de R. Williams, con el objetivo de ofrecer un concepto de cultura que no sea el esencialista, ahistórico, homogeneizador y unitario heredero de la tradición boasiana norteamericana y del funcionalismo europeo. Como otros antropólogos, D. Comas concibe la cultura ligada a los procesos históricos, como un concepto relacional, con sus diferencias internas, como un proceso histórico atravesado por relaciones de poder, de dominación y subordinación. Así, la búsqueda de la relación entre significado y acción se realiza en un contexto donde los símbolos y significados se han de colocar en campos sociales caracterizados por un acceso diferencial a los recursos y al poder político y económico. En resumen, la autora apuesta por un concepto de cultura mucho más dinámico y abarcador de la diversidad humana, pero también de las desigualdades, y de los procesos históricos que las producen y reproducen, útil para analizar fenómenos clave de nuestra época.

Este concepto de cultura, considerado a la vez productor y producto de la historia, nos permite apreciar la contribución que la antropología hace a las teorías del sistema mundial, de la globalización o de la sociedad informacional. Se considera que los antropólogos han de enfrentarse a las poblaciones locales, estudiar sus historias, sus formas de organización social, sus mecanismos de adaptación y resistencia, prácticas rituales, mitos, creencias, valores..., en resumen su «cultura». Pero cada cultura sólo tiene sentido en relación a un sistema político y económico más amplio que, lejos de amenazar la diversidad cultural, contribuye a crearla y recrearla, permitiendo la existencia y permanencia de la diversidad humana. Como Wolf señala y Comas recoge, los teóricos del sistema mundial vieron sólo la expansión del poder del centro, el mercado, las estructuras sistémicas y no contemplaron la contribución de cada grupo humano, pueblo, región, país a la configuración de ese sistema mundial. El marco de las teorías del sistema mundial no observa cómo el desarrollo del sistema capitalista no implica la desaparición de las diferencias, sino la creación de nuevas diferencias (y desigualdades) marcadas por el lugar que se ocupa en el sistema, pero también por la historia propia, la configuración social y cultural específica de los pueblos periféricos. El contacto entre el sistema mundo (llámese capitalismo o globalización) y las comunidades locales crea una síntesis propia y específica entre lo nuevo y lo viejo, que define la heterogeneidad del sistema. Con esta perspectiva, la autora de Antropología económica está introduciéndose e introduciéndonos en el corazón de la problemática de la articulación entre lo local y lo global, que la teoría antropológica ha tratado desde el evolucionismo del siglo XIX.

Como señala William Roseberry, esta articulación entre lo local y lo global, entre la estructura y la acción, pone fin a una de las dicotomías teóricas más persistentes de la disciplina antropológica: la establecida entre el evolucionismo y el particularismo.

«La afirmación de que el sujeto antropológico se debería situar en la intersección de las historias locales y globales es la afirmación de un problema más que de una conclusión... Debemos evitar hacer al capitalismo demasiado determinante y hay que evitar romantizar la libertad cultural de los sujetos antropológicos. La tensión define la economía política antropológica, sus preocupaciones, proyectos y promesas»W. Roseberry, «Political Economy», en Annual Review of Anthropology, 1988, n. o 17, págs. 173-174. .

Buscando ese punto de tensión entre lo local y lo global, la última parte del libro Antropología económica de D. Comas se centra en la ecología política, haciendo una clara apuesta por una de sus perspectivas: el ecosocialismo. Previamente, examina la contribución de los estudios antropológicos a la ecología humana, observando sus problemas y deficiencias: demasiada ecología y adaptación y poca consideración de la política y las relaciones de poder. Siguiendo la lectura que de Marx hacen Godelier y Wolf, la autora trata la articulación entre economía y política a través del concepto de producción. De la misma forma que, en la primera parte del libro, Comas había puesto su énfasis sobre la cultura como un proceso de producción material, vinculado a un desarrollo histórico mundial marcado por profundas relaciones de desigualdad, ahora enfatiza la naturaleza como un producto de la acción del ser humano siempre dentro de un contexto cultural, cuya creación se vincula también a un proceso histórico marcado por la desigualdad. Contemplando esta vinculación entre naturaleza y política, podemos observar cómo los problemas ecológicos que «amenazan» actualmente a nuestro planeta (crecimiento demográfico, desertificación o deforestación) tienen una dimensión política, están creados por la acción del hombre en el marco de relaciones de poder y dominación. El capítulo 7, dedicado a los escenarios políticos de los problemas medioambientales, merece especial atención por su estrecha relación entre la selección de los temas y los estudios de casos presentados: el problema indígena y la deforestación en la Amazonia; los campesinos, el mercado internacional y la producción de coca en Perú; las causas de las diferentes políticas medioambientales de Costa Rica y Nicaragua, etc.; termina el capítulo con un intento de aplicación de la perspectiva de la ecología política al ámbito urbano, a las migraciones campo/ciudad, la urbanización dependiente de América Latina, la economía informal y la pobreza en las grandes ciudades de este continente.

Un libro no es sólo importante por su contenido, sino también por lo que sugiere, por lo que motiva a reflexionar al lector, por las vías y caminos a explorar que abre. El libro hubiera estado más acabado si se hubiese hecho una aplicación de todas estas teorías a fenómenos sociales y culturales diferentes a los tratados en la bibliografía, a un ámbito de investigación novedoso y propio de la autora. Por ejemplo, la aplicación de la relación entre historia, desigualdad, política y cultura a los temas de la antropología del desarrollo nos llevaría a considerar el desarrollo como un nuevo «encuentro colonial», siguiendo la aplicación que Arturo Escobar hace del término acuñado por Talad AsadA. Escobar, Encountering Development. The Making and Unmaking of the Third World, Princeton University Press, Princeton, 1995; T. Asad, Anthropology and the Colonial Encounter, Ithaca Press, Londres, 1973. ; podríamos analizar el desarrollo como un conjunto de relaciones entre países, culturas, grupos sociales y comunidades atravesadas por múltiples relaciones de dominación y explotación, de limitaciones pero también de posibilidades de ejercer estrategias de resistencia y adaptación enormemente creativas por parte de los grupos y colectivos de los países del Tercer Mundo dentro de un marco estructural limitado, tal y como en su momento sucedió con la colonización americana o el imperialismo. También podríamos aplicar las aportaciones teóricas de la antropología económica, tal y como D. Comas las señala, a la antropología de las ciudades, siguiendo el debate que se abrió en las páginas de la revista Critique of Anthropology (1996, n. o 13). Alejándonos del consabido tema de los problemas de pobreza y marginación en las ciudades de América Latina, se introduce el debate entre la teoría de la sociedad informacional de Manuel Castells y las respuestas dadas desde la antropología urbana o, mejor dicho, ofrecidas por unas antropólogas urbanas –y aquí el tema del género no es en absoluto casual–. Podríamos elaborar una economía política del lugar que analizara nuestras ciudades, caracterizadas por lo que M. CastellsM. Castells, La era de la información:Economía, sociedad y cultura (3 vols.), Alianza Editorial, Madrid, 1998. llama el cambio hacia una sociedad informacional. Podríamos examinar cómo la gente contesta y resiste a los procesos globales desde su experiencia y su vida cotidiana, vinculadas a una historia, a una identidad ligada a los lugares concretos, ejerciendo una resistencia desde su capacidad de apropiarse y dar significado a lo global (en su artículo, Sheta LowS. Low, «A Response to Castells», en Critique of Anthropology, vol. 16 (1), 1996, págs. 57-62. llama «vernacularización» al proceso por el que lo global es convertido en local a través de la aplicación de significados locales). Este debate es importante porque replantea la vieja cuestión antropológica de las relaciones entre la estructura y la acción de la gente en lo que se refiere al cambio social y a la configuración de una historia y, muy especialmente, de un futuro que no está escrito en ningún sitio.

Antropología económica difunde en nuestro país una literatura esencial y poco conocida, ayuda a abrir nuevas vías de entendimiento con otras disciplinas y ofrece la base para explorar nuevos caminos en otros ámbitos de la antropología social; y todo esto lo hace con un estilo fácil y accesible incluso para los no iniciados en el campo; lo que no es una tarea fácil.

01/11/2000

 
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