ARTÍCULO

Periodistas

Ediciones B, Barcelona, 1998
Ediciones Tantín, Santander, 1997
 

Hasta no hace mucho solían ser profesores, preferentemente de lengua y literatura, quienes se dedicaban a la tarea escritora en sus múltiples facetas. No es cosa de hacer ahora un recuento, sí tal vez de decir que a ciertos docentes se les ve en exceso el plumero metaliterario, cuando no la tendencia –en lo que se refiere al ensayo o la crítica– al comentario de textos. Sin embargo, parece que los profesores escritores (o escribidores) empiezan a dejar paso franco a los periodistas; narradores, ensayistas o incluso poetas. Yo no sé si esto es bueno o malo; el periodista parece que debería tender a la economía expresiva, a mudar en reportaje lo que en otras manos sería historia o reflexión con sus consabidos meandros. Ahí está, en todo caso, como circunstancia digna de ser anotada.

Periodistas son –ambos trabajan en ElPaís– Nuria Barrios y Jesús Ruiz Mantilla, autores de sendas novelas publicadas recientemente. Les une también la proximidad cronológica –Barrios nació en 1962, Ruiz Mantilla en 1965– y el interés por contar historias, impactantes y aun escatológicas en ambos casos, por más que la primera procure una mayor introspección psicológica en sus personajes, y el segundo prefiera una superior exteriorización en ellos, para que sus evoluciones den a la estrategia narrativa diseñada por su autor una importante linealidad.

Amores patológicos, la primera novela de Nuria Barrios, está estructurada como una serie de fragmentos encadenados; el final de cada fragmento se enlaza con el comienzo del siguiente mediante un personaje. Esto ya lo había hecho, hace muchos años, Luis Romero con La noria, novela ganadora en su momento del Nadal, con lo que la posible novedad del recurso queda relativizada. Tampoco es nuevo el recurso, ciertamente escatológico, de llamarle a los actos fisiológicos, cualesquiera que sean, por su nombre coloquial; y lo mismo a las partes del cuerpo menos visibles. Y pues Amores patológicos no es una narración pornográfica, ni tampoco exactamente erótica (al menos en lo que estos géneros implican la desinhibición de la libido), nos hallamos ante una novela difícilmente encasillable, o fronteriza, como lo es el espacio indefinido entre la realidad y el sueño, que es por donde circulan los atribulados (y perplejos) personajes de Nuria Barrios. Quien, rizando el rizo, mete su novela en la propia novela, y cuando ésta finaliza, o cuando lo hace su sección mollar Textos, ataca unos llamados Textículos (título no excesivamente afortunado), que valdrían como reflexiones complementarias, pensamientos, short short stories, o incluso remedos de poemas en prosa. Queda, sí, el estilo brillante y atormentado de Nuria Barrios, quien parece dotada para empresas mayores, si consigue trascender su afán epatante, que aquí se limita a poco más que intentar provocar a un lector tal vez ya de vuelta de muchas cosas.

Los ojos no ven, debut novelístico de Jesús Ruiz Mantilla, pretende ser, al contrario, una historia lineal a la sombra de Salvador Dalí, quien para que no haya duda asoma el rostro (el archiconocido bigote) en la portada del libro. Ocurre que el héroe de la novela, un paranoico cuya manía consiste en apreciar las grandes obras de la pintura universal palpándolas, se ve envuelto en las andanzas de una secta adoradora del pintor de Cadaqués. Dicha secta, trasunto de otras en verdad existentes pero menos peligrosas (pienso en el Bloomsday anual organizado por los fanáticos de James Joyce), mimetiza la existencia de sus miembros con la obra daliniana. Que tiene peligro lo comprobará enseguida Burgaleta, protagonista de la novela, pues ante sus ojos los dalinianos funden la realidad con la pintura de su maestro, hasta el extremo de incorporar a los cuadros de Dalí personajes (los amigos de Burgaleta, por ejemplo) extraídos de la vida cotidiana. Extraídos mediante el asesinato, que para completar la pesadilla termina recayendo en el neurótico palpador de cuadros. La idea, ya se ve, es buena; a Ruiz Mantilla, sin embargo, le falta un estilo definido para llevarla a buen puerto. Pues la tan necesaria elipsis para este tipo de historias, de intriga y un punto truculentas, brilla aquí por su ausencia. Tal vez el estilo sincopado que sí posee Nuria Barrios haría más funcional Los ojos no ven. Funcionalidad para que los trucos del mago no se vean a cada momento.

01/10/1998

 
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