ARTÍCULO

Una de cal y dos de arena

Anagrama, Barcelona
304 pp. 19,50 €
Anagrama, Barcelona
Premio Herralde
304 pp. 16,83 €
 

A lo largo de sólo tres años, el secretario general del partido comunista y capitoste máximo de la extinta República Democrática Alemana, Erich Honecker, y un colega del comité central del Partido, encargaron 4.864 vídeos porno en Occidente, por un valor cercano al medio millón de dólares. Tras la huida del señor secretario general, los manifestantes en defensa de los derechos cívicos encontraron aún inserta en su reproductor una ¿película? titulada La ninfómana negra. Mas para decirlo mal y pronto, Honecker era un niño de teta comparado con el tétrico Vladimiro Montesinos, mano derecha y factótum de Fujimori, el ingeniero agrónomo japonés que se alzó con el santo y la limosna en unas elecciones presidenciales peruanas a las que también concurría Vargas Llosa.
El tal Montesinos era un obseso de la grabación en vídeo de cuanto pudiera afianzarlo en el poder omnímodo de que gozaba. Desde los altos mandos militares y los diputados poniendo la mano para recibir el dinero por el que se vendían, hasta los asesinatos decididos por su mente tortuosa; desde los escarceos sexuales de sus adversarios hasta los propios..., todo quedaba documentado en vídeos, vídeos infinitamente más obscenos que las contorsiones presuntamente kamasútricas de cualquier ninfómana, negra o no.
Pero justamente ese despliegue de omnipresencia subraya una contradicción grande en la trama de la primera novela que nos ocupa, y menoscaba su credibilidad: porque, ¿cómo es posible que este minucioso notario de la abyección, este maestro de la información precisa para destruir al enemigo, no se dé cuenta de que la mujer que en tan corto tiempo se ha introducido hasta su entorno más íntimo era la novia del juez que sus sicarios habían seguido durante meses y luego asesinado? Eso hace de la novela una historia muy poco convincente, pero para que lo entiendan les debo un resumen de la misma, que al menos en su inspiración parece basarse en un caso real.
Por dicha, la trama de Grandes miradas puede contarse en breves palabras, que cito de su contraportada: «Guido Pazos es un juez probo que se ha enfrentado a la corrupción en el Perú de Vladimiro Montesinos. Cuando Guido es asesinado, su novia Gabriela decide tomar venganza. [...] A lo largo de la historia, busca a los asesinos y al mismo Montesinos para vengarse de ellos».Y del final no revelo nada, por si la leen.
Lo malo es que, como siempre, como de la manera más natural sucede con cualquier narración que se sumerge en este tipo de atmósferas, agarran más las escenas de abyección, tanto activa como pasiva, que las de venganza o reflexión. El ambiente opresivo, cargado eléctricamente de miedo y de no poca desvergüenza, parece bastante bien reflejado. Las bajezas a que desciende el ser humano en una dictadura como la del binomio Fujimori/Montesinos encuentran en Grandes miradas un vehículo expositivo casi de docudrama televisivo, o más bien de videoclip.Y, sin embargo, en ningún momento nos producen la repugnancia y el rechazo que sentíamos leyendo las abyecciones activas y pasivas en la República Dominicana del infame Trujillo, tal y como las enumeró Vargas Llosa en el directo antecedente de esta novela que es La Fiesta del Chivo. Por cierto, que no sé si alguien habrá señalado alguna vez (ojalá sí) lo mucho, lo muchísimo, lo demasiado que recuerdan a aquellos gestos abyectos dominicanos las ceremonias lameculistas de adhesión inquebrantable que caracterizaron al franquismo: sálvese quien pueda.
Volviendo a Grandes miradas, la novela de Alonso Cueto, en ella fallan la prosa y, puesto que hablo de la técnica del videoclip, el montaje. En cuanto a la prosa, discrepo del citado Vargas Llosa cuando escribe que es «rápida y arrolladora, [...] mezcla descripciones, diálogos, reflexiones y monólogos en una misma frase. Se lee con un interés cargado de ira y de disgusto, y deja en el lector la impresión de que sería falso confinar esta historia en el estricto dominio de la literatura». Pero sucede justamente lo contrario: tal hacinamiento produce cansancio, mata el interés.Y es porque, aferrado como una lapa a esa técnica narrativa que llamo de videoclip –con sonido directo incorporado–,Alonso Cueto narra igual que una cámara, su discurso barre como una cámara los escenarios, exteriores e interiores, arrambla con todo, hasta con lo prescindible, pecado de lesa majestad contra la economía narrativa: es el fallo de montaje al que me refiero.
Con La hora azul, Alonso Cueto nos ofrece otro tema en principio tan atractivo como el de Grandes miradas, y así mismo relacionado con el pasado más reciente del Perú. Su trasfondo es la lucha despiadada entre el Estado y Sendero Luminoso y, como la novela precedente, parece que está basada en un caso real. El protagonista, un próspero abogado limeño, se entera al morir su padre militar de que el buen hombre trabajó en la provincia mártir, la de Ayacucho, como torturador. Eso además de violador que, después de ejercer el derecho de pernada con las detenidas, las ponía a disposición de sus soldados, para que también ellos las violaran y, una vez saciados todos, las liquidasen. Sólo perdonó a una, y se la quedó para vivir con ella, hasta que la detenida logró escapar. A la hora de su muerte, el violador y torturador le pide a su hijo (quien aún desconoce ese aspecto tenebroso de la personalidad del padre) que encuentre a aquella mujer.Y Adrián Ormache, el protagonista, decide cumplir esa última voluntad paterna.
La novela, bastante bien narrada en general, con buen pulso en el avance de la investigación de Ormache, hace aguas de nuevo por mor de la prosa y el montaje. Un lector atento no logrará entender nunca a qué se debe que ya en la segunda página se nos diga acerca del relato que estamos leyendo: «He querido contar esta historia. No sé por qué. Me protege no verle la cara a quien lea esto (hay un autor contratado para poner su maldito estilo y su nombre en este libro)». Puro cervantinismo al santo botón, diría un rioplatense. Primero: porque ningún autor de ningún libro le ve la cara al lector, a no ser en las ferias del libro y las firmas de autógrafos en los grandes almacenes; y segundo: porque si pretende ser un guiño literario, lo único que nos aseguraría es que el narrador de los hechos y el autor del libro no son idénticos, pero ello queda descalificado leyendo las autocitas que el narrador hace de su diario: es evidente que ellas y el libro salieron de la misma pluma. Se trata de lo que llamo «la trampa del negro»: que si no eres Miguel de Cervantes y tu negro Cide Hamete Benengeli, son penas de amor perdidas.
Amén de ello, no diré que no sea de recibo, sino que no es de premio (y la novela consiguió uno de los pocos honrados por una trayectoria limpia) que La hora azul falle tanto en materia de carpintería y de credibilidad en los detalles.Acerca de la primera, dos botones de muestra. En la página 82 se dice «Guayo seguía hablando.Yo apenas lo escuchaba».Y sigue a continuación, en cinco líneas harto explícitas –que denotan un oído no necesitado de otorrino–, lo que el narrador apenas escuchaba. Pero es que a renglón seguido tenemos otro «apenas»: «Apenas recuerdo el diálogo que siguió». Después de lo cual viene una transcripción casi magnetofónica del diálogo en nada menos que tres páginas.Y para más inri, tras del diálogo: «Las frases de esa tarde en el restaurante de Guayo en Breña todavía aparecen frente a mí».Y eso que apenas las recordaba...
En cuanto a la credibilidad en los detalles, sólo un ejemplo: una persona perteneciente casi al lumpen, sabedora de los desmanes del militar violador en Ayacucho, extorsiona durante unos cuatro años a una señora de la buena sociedad capitalina, la madre del protagonista y ex esposa del militar, y la cifra es de mil dólares al mes. Para que nos entendamos: un catedrático de una universidad estatal en el Perú, bien pagado, gana setecientos dólares al mes, y está feliz de poderlos ganar. ¿Podemos creernos tan fácilmente que la chantajista (de quien en ningún momento se nos explica que sea masoca) siga viviendo hundida en el lumpen con unos ingresos tan saneados como seguros, aun cuando debe repartirlos con el cómplice que le lleva los dólares?
Y por lo que toca al lenguaje: Naturalmente, si el autor escribe «un crucifijo ensangrentado» en vez de «un crucifijo con un Cristo ensangrentado», se ahorra tres palabras, pero luego lo despilfarra escribiendo «un jardín de rosales» en lugar de «una rosaleda». Y, en materia de descubrimientos anatómicos, ¿qué sugiere la frase «Mientras hablaba movía las uñas»? Y para terminar: quienquiera que lea la novela, y conste que la recomiendo, fíjese entre las páginas 208 y 211 en el curioso hecho de que Miriam, después de sentarse y luego levantarse, vuelve a levantarse (no sentarse) para atender el teléfono mientras luego «sigue sentada con la cabeza abajo».
And yet (y aun así), repito que recomiendo esta novela. Hay en ella camafeos preciosos en la descripción de algunos clientes del despacho de abogados de Adrián Ormache; hay en ella una bella historia de no se sabe si amor o de simple humanidad vivida en términos de lo cotidiano y un poco a la manera del neorrealismo italiano de inmediata posguerra; hay en ella algo que creo que la redime de sus múltiples lunares técnicos y expresivos. Me arriesgo a decir que si las observaciones precedentes suenan negativas, más tiene que ver eso con mi perfeccionismo casi patológico que con la novela misma.
No obstante, a riesgo de repetirme recordaré al respecto lo que escribí no hace mucho en estas mismas páginas (n.º 109, p. 49): «Lástima grande que las editoriales den por sacrosanto el disquete que les envía el autor.Todos metemos la pata excepto Dios [...] pero una atenta lectura antes de mandar el manuscrito a la imprenta siempre ayudaría a no meterla hasta el corvejón».

01/04/2006

 
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