ARTÍCULO

Alejandro Magno, espejo de historiadores

Cambridge University Press, 1996
Trad. de C. Francí
490 págs.
 

Decía Ulrich Wilcken en una de las biografías más conocidas del macedonio (Alexander der Grosse, 1931) que cada investigador tiene a su propio Alejandro. Escribir en su país con ese tono autocrítico y hasta condescendiente a comienzos de los años treinta no era cosa de escaso mérito, sobre todo si reparamos en las imágenes caudillistas del gran conquistador que pronto iban a salir de la pluma de alguno de sus colegas más jóvenes. Claro que Wilcken (18621944), además de todo un universitario, era integrante de una generación anterior, de época guillermina, que estaba ya dando sus últimos frutos bajo el régimen de Weimar (1919-1933), y para la cual el hechizo de los Hohenzollern podía aún salvar de las nuevas paranoias historiográficas, aunque sólo fuese por aquello del similia similibus curantur. Un Alejandro también para monárquicos, civilizador y muy respetable –hoy diríamos, políticamente correcto–, fue el que en el ámbito de la Commonwealth pintó con trazos cautivadores el magnífico helenista inglés William W. Tarn (Alexander the Great, I-II, 1948). A veces casi un gentleman, como el propio Sir William, el vencedor del imperio aqueménida se presentaba a la Inglaterra de la descolonización, orgullosa y cada vez más nostálgica de su pasado, como un dechado de virtudes victorianas, casi por completo despojado de todos aquellos rasgos inquietantes y demónicos en los que se había recreado la tradición paralela de los tà legómena (la llamada vulgata). Aunque lo cierto era que, con ciertos ajustes y matices distintivos del mundo anglosajón, el Alejandro de Tarn continuaba en esencia el de Droysen, podríamos decir que «traducido al inglés del rey» (E. Badian).

Habían querido las Musas, en efecto, que fuese un prusiano de tan sólo veinticinco años el que, cual nuevo Homero, joven e inspirado, cantase las maravillas del héroe Alejandro, él mismo émulo y admirador de los hechos hazañosos de Aquiles. Mucho ha llovido desde los tiempos de Johann Gustav Droysen (1808-1884), tiempos aquellos en que un estudiante podía escuchar las lecciones de filosofía de la historia de la boca del propio Hegel y, sin salir de Berlín, las enseñanzas de A. Boeckh sobre epigrafía griega, antes de ejercer como preceptor de un hijo de banqueros, los Mendelssohn-Bartholdy, llamado Félix. Años ya lejanos, en que el hijo de Filipo (del Bismarck macedonio) era visto por el idealismo droyseniano como el demiurgo de la nueva época helenística (336-30 a. C.), una suerte de precursor del cristianismo, bajo cuyo reinado ecuménico (greco-macedonio e iranio) habría dado comienzo la síntesis civilizadora capaz de superar la vieja antítesis Oriente-Occidente (Geschichte Alexanders der Grossen, 1833, FCE: 1946, con una buena nota preliminar de W. Roces). No causará sorpresa, en cambio, que contra esa galería de retratos laudatorios, y de alguna manera herederos de la corriente helenístico-romana y medieval reflejada en la imitatio Alexandri, la Francia contemporánea prefiriese cultivar otras amistades en la Grecia antigua: en lugar de los monarcas guerreros del país bárbaro, Demóstenes y la polis serían por razones obvias reivindicados por la historiografía laica y republicana desde 1789, terciando en el debate nada menos que el mismísimo Clemenceau (Démosthène, 1924).

Se diría que toda esa memoria historiográfica de malentendidos, de desencuentros y reencuentros en torno a la figura de Alejandro, que apenas si hemos esbozado, pesa como una admonición sobre el estudio que aquí comentamos, de Bosworth. Un Fritz Schachermeyer curado de sus excesos juveniles (Indogermanen und Orient, 1944) y, sobre todo, Ernst Badian, que se ha metido desde los años cincuenta a abogado del diablo en cualquier causa de beatificación de Alejandro, han sido los autores de cabecera para Bosworth, como él mismo reconoce (pág. XIII). Pero el australiano ha preferido aquí el papel, no de polemista, sino de fedatario sobrio y poco proclive a los juicios de valor grandilocuentes o iconoclastas. Un cierto agnosticismo impregna sus páginas: «esta obra no pretende ser bajo ningún concepto una biografía de Alejandro, objetivo poco deseable e imposible de conseguir» (pág. XII). Señalemos, por añadidura, que el libro de Bosworth fue concebido en su origen como capítulo para la Cambridge Ancient History, y de ahí que el plan inicial de informar y de ofrecer el estado de nuestros conocimientos prevalezca sobre el ánimo de interpretación. Los debates y las apreciaciones más personales de Bosworth deberá buscarlos el lector en otras dos obras suyas de mayor calado que escoltan a este Alejandro un poco de libro blanco: estadista, administrador y soldado. Nos referimos a su comentario histórico en dos volúmenes de Arriano (1980, 1996), comprometida crítica de las fuentes y exégesis de un autor crucial, y el From Arrian to Alexander: studies in historical interpretation (1988). Estudio éste que nos ocupa cauto y consistente, más preocupado por la época y los resultados tangibles del reinado que por los arcanos del personaje. Se divide en una parte de narrativa general (págs. 1-265) y en otra de estudios temáticos (págs. 267-427), más unos apéndices y una guía muy útil para las historias perdidas (Calístenes, Clitarco, Tolomeo, Aristobulo, Nearco, etc.), sin que falte una sinopsis de los autores secundarios de los que dependemos: Arriano, Estrabón, Plutarco, Curcio Rufo, Diodoro y Justino. Cierran el libro la consabida bibliografía y un índice alfabético.

Tras un prólogo dedicado al legado de Filipo y al joven Alejandro –la renuncia a la biografía nos deja aquí con la miel en los labios–, Bosworth nos conduce por los itinerarios de la conquista, en Grecia y Oriente, o sea, los años de reinado hasta su muerte en Babilonia (336-323 a. C.). Los aspectos tácticos y topográficos de las campañas están tratados con solvencia, aunque se echan en falta más explicaciones de logística y los diagramas de las grandes batallas (Gránico, Iso, Gaugamela e Hidaspes); también están bien atendidos los apartados concernientes a la administración y los mandos. Casi nunca falta la opinión personal del Bosworth especialista que habla con conocimiento de causa. Las depuraciones, los escándalos y las crisis de cuartel y de corte se exponen con la necesaria crítica de las fuentes, con sobriedad pero sin medias tintas, y la verdad es que no muchas veces sale bien parado el autócrata de la prosquinesis, la tiara y las querencias apoteósicas. Nos sorprende, por ir un poco contra la corriente de los últimos años, la credibilidad que otorga Bosworth a los planes finales de conquista y descubrimiento hacia el oeste, incluida Cartago (en esto sí coincide con un Hammond). Lo que, en cambio, ya no nos parece tan convincente es el minimizar la política de fusión aristocrática, macedonio-irania, expresada en los matrimonios mixtos del 324 y claramente en ciertas reformas militares.

Los estudios temáticos se consagran a la Grecia europea bajo el reinado de Alejandro (aceptable en líneas generales, aunque un poco corto a tenor de los numerosos estudios recientes), a la organización del imperio (interesante por cimentarse en algo tan cuidado últimamente como la prosopografía y por revelarnos a un Alejandro pragmático, ni idealista ni doctrinario), así como al ejército y a la divinización de Alejandro (los dos mejores). Pero no hubiese sobrado en esta segunda parte un monográfico dedicado a las fundaciones de ciudades. Como tampoco hubiese estado de más, ya en otro orden de cosas, una revisión técnica a esta, no siempre aceptable, traducción española.

En fin, sigue y seguirá corriendo tinta sobre el vencedor de Darío, el antagonista persa que por cierto acapara toda la portada de esta edición que reseñamos (!). Un protagonista absoluto de la historia en cuya vida es tan real Homero como Aristóteles, y en la que caben la Atenas clásica y la India de los brahmanes, el Egipto faraónico y el Irán profundo de las satrapías superiores, la Babilonia universal y las riberas del Danubio, por no hablar de la odisea índica de sus marinos: ese hombre no es reductible al solo discurso de los historiadores. Ni lo fue en la Antigüedad ni lo es en nuestros días, y al pie de la estatua más o menos canónica de los artistas cortesanos, siempre habrá un grafito que escandalice, sea de un PseudoCalístenes, sea de un peripatético, sea de una novelista actual empeñada –cómo no– en probar los amores dorios del macedonio. Ya llegará también el Alejandro ecológico y postmoderno... Pero el llanto de un cuestor en edad de merecer, llamado Julio César, envidioso de la fama del conquistador, quizá sea la expresión más genuina del pathos antiguo. De ese personaje Bosworth nos da un retrato que no va a levantar pasiones, pero que sin duda debe estar en nuestras bibliotecas.

01/08/1997

 
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