Mamut
Esther García Llovet
Barcelona, Malpaso, 2014
173 pp. 18 €

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Esther García Llovet (Málaga, 1963) pertenece a una generación literaria que algunos han denominado «inexistente». El término «inexistente» procede de la comparación con los escritores y escritoras que nacieron sobre todo en los años cincuenta, se afianzaron durante la Transición y ocupan hoy muchas de las tribunas de los diarios. Puede que sea inexacto incluirlos a todos en la misma categoría, pero lo cierto es que durante los años ochenta se configuraron unas nuevas reglas de juego en el llamado «mundo de la cultura»: se abandonó lo explícitamente político en las ficciones (con la salvedad de aquellos temas que refrendasen el statu quo, como la lucha antifranquista) y se puso en primer plano el mundo de los afectos personales o lo metaliterario. Es decir, la literatura se «liberó» de todo excepto de sí misma. A ello le siguió, en la década posterior, una dispersión aun mayor del campo literario, con una creciente diversidad de formas y un aumento del número de escritores y escritoras. Esto ha tenido como consecuencia la fragmentación del público, un fenómeno acentuado con la aparición de Internet, hasta el punto de que muchos autores y autoras de los años setenta y ochenta apenas son conocidos más allá de las redes sociales y de algunos blogs.

A pesar de haber cosechado buenas críticas, Esther García Llovet tiene una presencia marginal en los medios, y las editoriales en que ha publicado son modestas (Lengua de Trapo, Salto de Página, Ediciones del Viento). Hasta hace unos años, la difícil categorización de su narrativa, tanto en lo relativo a los motivos literarios como a lo estructural y lo genérico, hubiera podido explicar su posición periférica. Pero juguetear con los subgéneros o llamar «novela» a un libro construido a partir de narraciones independientes, como hace García Llovet (con lo que ello supone de ruptura desde el punto de vista estructural y genérico), son cosas asimiladas al mainstream desde hace tiempo. Más antigua aún es la aceptación de formas de narrar que emparentan lo escrito con el cine antes que con la escritura. Debemos, pues, buscar las razones de la escasa visibilidad de la autora malagueña en otra parte: la mera suerte, la opción personal o quizás el hecho de que no ha crecido aún lo suficiente como narradora. García Llovet ha sido una escritora tardía (publicó su primer libro ya en la cuarentena) y se acerca a la generación de los autores nacidos en los años setenta y ochenta.

Su nueva novela, Mamut, publicada por la editorial Malpaso, es otra vuelta de tuerca a la poética de los límites genéricos, estructurales y semánticos de sus obras anteriores: Coda (Madrid, Lengua de Trapo, 2003), Submáquina (Madrid, Salto de Página, 2009) y Las crudas (A Coruña, Ediciones del Viento, 2009). Los motivos del libro son las fronteras físicas y morales. En consonancia con este patrullaje fronterizo, nos encontramos con personajes siempre en movimiento, que buscan o huyen. Dividida en tres partes que podrían funcionar como relatos independientes («Los bosques de plomo», «Que empiece la fiesta» y «Boreal»), la trama sigue a Junot y Gabriel Toro, antaño amigos y ahora unidos por ciertos tejemanejes en torno a una droga llamada «mamut». La novela apuesta por la deslocalización: se dan nombres de calles y se describen unos escenarios que hacen pensar en distopías con habitantes disfuncionales: «Le señala un edificio de oficinas muy feo, de fachada de cristal naranja. Se mueve gente en los despachos, parece que se persiguieran. Son niños corriendo, algunos dando vueltas en las sillas giratorias. Una niña pelirroja los mira desde detrás del cristal mientras hincha lentamente un globo de chicle, cada vez más grande. Un planeta de chicle azul». (En la novela hay manadas de niños sucios que vagabundean y cuya libertad da pavor.) Lo curioso es que, a pesar del escenario apocalíptico, que inevitablemente convoca al futuro, las partes están fechadas en la década de los noventa: en 1997 la primera y la última, y en 1995 la central. Se trata, pues, de una suerte de apocalipsis que ya ocurrió; si dialogamos con el presente a través de la novela, cabría deducir que hace tiempo que somos meros zombis.

La narración es cinematográfica. La búsqueda de uno de los personaje remeda maneras policiales, y el narrador funciona casi como una cámara, sin intervenir y sin modificar la distancia, que es siempre la apropiada para construir una escena. Esther García Llovet narra con suma rapidez, precisión e imaginación visual, un estilo que la emparenta con autores como Yuri Herrera. Hace brillar los detalles valiéndose del extrañamiento, sin que eso entorpezca la velocidad que requieren sus historias: «Junot se detiene en un paso de cebra aunque no hay nadie cruzando, nadie en la calle en una tarde así». No obstante, si no se gradúa, la virtud también puede ser defecto. Cuando la narración se ciñe a patrones tan estrictos y, por tanto, limitados, hay que hacer malabares para que no resulte plana, como a menudo sucede en Mamut. No ayuda en este sentido el hecho de que la autora haya recurrido a clichés de la male fiction para construir los personajes: tipos duros de comportamiento previsible que carecen de cualquier tensión o misterio sobre sus motivaciones. Los personajes femeninos cumplen un poco menos su rol de chicas, especialmente el de una joven llamada Truca, que se conduce como una salvaje, pero, con todo, no dejan de ser las acompañantes de los hombres. En consecuencia, buena parte de las interacciones y de los diálogos entre hombres y mujeres discurren por un territorio trillado donde abundan la seducción y los reproches: «Dos años –susurra Martina pensando en voz alta–. Y vienes para esto». Lo único destacable en lo que a este asunto respecta es el posicionamiento desobediente, y en este sentido encomiable, de la propia autora, alejada de lo que se presupone a una escritora, que no es la reproducción de los patrones de la ficción masculina (cuyo enmascarado polo, que aprueba la misma ideología, es, por cierto, la chick-lit). Ahora bien, si este lugar de emisión no favorece lo narrado, ¿vale la pena posicionarse ahí?

Las tres historias o piezas funcionan a la manera de un puzle, y la segunda de ellas es esencial para comprender lo que está ocurriendo, pues hace de flash-back y dota a la narración de carácter novelístico. Sin embargo, pese a estar impecablemente escrita y tener momentos que producen un extrañamiento hipnótico, Mamut no es una obra redonda, como sí lo era la espléndida Submáquina. Puede que ello se deba a la rigidez con que la autora aplica sus credos literarios. Se echan en falta, por ejemplo, digresiones y, en general, una mayor amplitud del narrador. Es llamativo que una novela en la que el movimiento es protagonista se mueva tan poco desde el punto de vista de los recursos narrativos. Si García Llovet hubiese roto su zona de confort y se hubiera atrevido a transitar por otros derroteros, la obra habría ganado considerablemente.

Elvira Navarro es escritora y crítica literaria. Sus últimas novelas son La ciudad en invierno (Barcelona, Caballo de Troya, 2007) y La ciudad feliz (Barcelona, Mondador, 2009).

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