«Ya no hay nada original en literatura», dice Harold Bloom

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«Ya no hay nada radicalmente nuevo en la literatura», dice Harold Bloom. Para él, «el último de los grandes» es Samuel Beckett, cuyas obras principales en teatro y en novela aparecieron en los años cincuenta. Ya no hay grandes poetas, dice Harold Bloom: no hay poetas como Valéry, Trakl y Ungaretti, una extraña elección de nombres. Jamás comprenderé la universal adoración que existe en torno a Valéry, pero dejemos eso a un lado. Tengamos en cuenta que quien manifiesta estas opiniones considera a César Vallejo «un poeta notable» y a Octavio Paz «un escritor muy vigoroso».

Resulta muy difícil comparar unos poetas con otros y, ciertamente, poetas de una lengua y de una tradición con los de otras, pero, en mi modesta opinión, César Vallejo es un poeta inmensamente superior a Paul Valéry, y probablemente a Giuseppe Ungaretti y a Georg Trakl, aunque aquí no pondría la mano en el fuego, porque yo a Trakl sólo puedo leerlo en traducciones. Pero el verdadero problema no es si Vallejo es «notable», como dice Bloom, o más bien un genio irrepetible, que es lo que es en realidad, sino el hecho de que César Vallejo murió ¡en 1938! Su libro Trilce es de 1922. ¿No nos hemos ido un poco lejos para buscar comparaciones?

Prosigamos. Borges, dice Harold Bloom «era un escritor fascinante, pero no un creador». Grandioso disparate que merecería por sí solo una petición de firmas para que Harold Bloom, que se confiesa agotado y que está, además, bastante enfermo, abandone de una vez la enseñanza universitaria. Pero la cosa se complica cuando el venerable crítico comenta sobre Bolaño: «Hay algo ahí, ya veremos». Con esta clase de comentarios, la petición de firmas habría que empezarla ya mismo.

Veamos, pues, en síntesis los hechos tal y como hemos podido conocerlos en la entrevista publicada en el diario El País:

1) Harold Bloom afirma que «no le parece que en la literatura contemporánea haya nada radicalmente nuevo».

2) Afirma luego que ya no hay poetas como Valéry, Ungaretti o Trakl. La afirmación es un poco extraña por la elección de nombres y también por lo viejos que son esos nombres. Hay que pensar que Trakl murió en 1914. Desde 1914 ha habido generación tras generación de grandes poetas, y muchos poetas comparables a Trakl, Valéry y Ungaretti. Y también es complicado saber qué es «hoy» en la poesía. También cabe preguntarse si Harold Bloom, que opina floridamente sobre todas las cosas, ha leído a poetas como Álvaro Mutis, Jorge Eduardo Eielson, Fina García Marruz, Leopoldo María Panero, Carlos Edmundo de Ory, Juan Eduardo Cirlot, o incluso si conoce la poesía de Borges. O la de Bolaño. Por citar sólo unos pocos nombres a vuelapluma, y sólo en español.

3) César Vallejo es «un poeta notable».

4) Samuel Beckett es «el último de la gran estirpe», y la gran estirpe son Proust, Joyce y Kafka.

5) Borges es «un escritor fascinante, pero no un creador».

6) De Bolaño dice que «Hay algo ahí, ya veremos».

De estas seis afirmaciones –cinco, si descontamos la segunda, que es inmanejable–, podemos sacar ya ciertas conclusiones. No cabe duda: Harold Bloom es un viejuno.

Harold Bloom nació en 1930 y tiene ahora ochenta y cuatro años. Pero su edad cronológica no es lo que nos mueve a clasificarlo dentro del grupo de los viejunos. Hay viejunos de ochenta y cuatro años, y también de cuarenta y cuatro. Un viejuno es una persona que ha perdido la capacidad para entender lo que le rodea. Normalmente, los viejunos pierden esta capacidad muy pronto. Me dirán que es lógico que un hombre de ochenta y cuatro años tenga unos criterios y unos valores algo desfasados. Pero el problema de la generación de Harold Bloom, la que podríamos describir como generación omnívora, omnímoda y omnipotente, es que sus criterios se formaron (aparentemente) en la adolescencia y que desde entonces no han evolucionado. Los autores que citaba Bloom en esos párrafos de la entrevista de El País (Beckett, Valéry, Ungaretti, Trakl, Vallejo, Borges) publicaron sus libros principales cuando Bloom era un adolescente o un joven universitario (dejando aparte a Trakl, que llevaba muchos años muerto). Ya estamos acostumbrados a que los ancianos venerables de ochenta años no consigan comprender por qué Borges es un escritor tan importante, tan innovador y tan original. Nos hemos acostumbrado a aceptar y a comprender que un señor de ochenta años adore a Valéry o a Beckett y que no se identifique con la literatura de Borges, que pertenece a una época y a una poética muy posterior. La realidad es que Valéry nació en 1871 y Borges en 1899, es decir, que Valéry era cincuenta y nueve años mayor que Bloom, casi un anciano, cuando Bloom nació, y que Borges era cuarenta y un años mayor que Bloom. De modo que no se trata de que Valéry fuera un autor de su tiempo y Borges de una época muy posterior.

Seguramente hay motivos etnocéntricos en muchas de las opiniones de Harold Bloom. Él asegura que para ser un buen «crítico» literario (término notablemente confuso que significa tres o cuatro cosas muy diferentes) hay que saber provenzal, latín, griego, hebreo y lenguas romances. Sin embargo, su punto de vista está, por lo general, rabiosamente centrado en la literatura anglosajona. En la entrevista que citamos, al único autor que parece salvar, Beckett, era irlandés.

Beckett pertenece al paradigma modernista.

Borges, el escritor más original de la segunda mitad del siglo XX y, sin duda, el autor más influyente en toda la literatura a partir de la Segunda Guerra Mundial, es el centro del canon posmoderno. Bolaño, no cabe duda, es también un autor posmoderno. (Resulta francamente irrisorio, por cierto, decir «ya veremos» de Bolaño cuando Bolaño lleva ya unos cuantos años muerto y su obra, por tanto, está cerrada y concluida. ¿Ya veremos cuándo? ¿Qué hay que ver que no hayamos podido ver ya?)

Estamos ya francamente cansados de viejunos que cantan las glorias del viejo modernismo y que siguen afirmando que Borges no es un verdadero escritor o que Bolaño, uno de los grandes genios de la literatura de todos los tiempos, y un escritor infinitamente superior a Samuel Beckett (las comparaciones son odiosas, pero toda esta nota se basa en las odiosas comparaciones establecidas por el propio Bloom), es un escritor de segunda.

¿Cómo es posible que sigamos discutiendo de Borges? ¿Y de Bolaño? ¿Cómo es posible que los modernistas, que florecieron en los años veinte y treinta del siglo XX, es decir, hace casi cien años, sigan siendo esgrimidos como lo último de lo último?

Siempre me parecen cómicas esas declaraciones en las que alguna vieja gloria se queja del descenso de calidad de la literatura (o del cine, o de las canciones, o de los modales de los jóvenes). Estos dinosaurios que nunca acaban de callarse y que tratan como advenedizos a autores que ya son parte de la historia o que ya están gloriosamente muertos se presentan a sí mismos (¡y esto es lo más cómico!) no como conservadores, nostálgicos o reaccionarios, que es lo que son, sino como adalides de lo nuevo. «No hay nada radicalmente nuevo en la literatura», dice Harold Bloom, que desprecia a Borges y a Bolaño. Por supuesto que lo hay: lo que pasa es que usted, señor, no lo ve.

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