¿Existen aún filósofos? Ocurre a menudo que los legos plantean esta pregunta a quienes se dedican a la filosofía. Su existencia se contempla, por lo general, como una extraña posibilidad: la de mirar de otro modo lo que nos rodea. En un mundo en el que la información parece sustituir al pensamiento, resulta amenazada no solo la distancia crítica, sino también el prestigio social de los pensadores (sustituidos progresivamente por otras figuras). De este modo, ante la pregunta arriba señalada, los estudiosos o profesionales de la filosofía dudan primeramente a la hora de ofrecer un ejemplo contemporáneo de filósofo. Forzados a justificar la actualidad de su disciplina a través de sus más dignos representantes, meditan en silencio sobre tiempos mejores, hasta que reparan en algunos nombres actuales. Y entonces suelen acordarse de Slavoj Žižek. Este filósofo esloveno reúne dos atributos difíciles de conciliar en nuestro tiempo: ser un filósofo y ser relativamente célebre. Su presencia en internet, su desenvoltura en los nuevos formatos audiovisuales, una ingente obra traducida a muchos idiomas y una capacidad para conectar ideas filosóficas complejas con ejemplos de la cultura popular: estas son algunas claves de su éxito. Al recordar la existencia de Žižek, algunos sienten que la filosofía sigue viva. Su estilo, plagado de referencias a las redes sociales, la música o el cine, es para otros ejemplar. Responde, piensan, a los retos de una filosofía para el siglo XXI.
El sexo y el fracaso del absoluto es un libro en el que se pueden apreciar todos estos rasgos del pensamiento de Žižek. Es, no obstante, un libro exigente. Sin faltar los ejemplos cotidianos o mediáticos, la complejidad filosófica de su propuesta es notable. Este libro es, posiblemente, lo más cerca que su autor ha estado de ofrecer un sistema filosófico. Sexo y absoluto, conceptos fundamentales para construir este sistema, remiten al psicoanálisis de Jacques Lacan y a la filosofía de Hegel, respectivamente. Para elaborar este sistema filosófico, nuestro autor trata de sintetizar dos teoremas provenientes de estos dos autores. En primer lugar, el paso de la substancia al sujeto, idea con la que Hegel pretendía explicar el nacimiento de la conciencia humana a partir de un acontecimiento traumático. Para Hegel, apunta Žižek, el sujeto es el resultado de un fracaso de la substancia, lo que quiere decir que la conciencia ha surgido de un fallo o error en la realidad. Al expresar un fracaso adaptativo de nuestra especie, toda conciencia está atravesada por esa inadecuación con respecto al mundo que constituye su origen. En segundo lugar, Žižek se sirve también del teorema no hay relación sexual, idea con la que Lacan quería desmontar la imagen convencional del encuentro sexual. En este encuentro, en realidad, lo que tiene lugar es un desencuentro. Para Lacan, indica Žižek, la elección amorosa siempre conlleva una insatisfacción irreductible: como sujetos sexuados estamos condenados al fracaso. De este modo, Hegel y Lacan, el idealismo alemán y el psicoanálisis francés, las dos grandes influencias teóricas de Žižek, se dan la mano en esta obra en torno a un tercer concepto presente en el título: el fracaso. Ambos discursos, piezas fundamentales de la modernidad filosófica, al señalar el carácter constitutivo del fracaso para la subjetividad humana, nos revelan la vanidad de nuestra moderna obsesión por el éxito.
¿En qué dominios de nuestra vida se muestra este carácter constitutivo e ineludible del fracaso? Parecería que Žižek se limita a hacer una teoría del sujeto. Toda subjetividad estaría marcada por la insuficiencia o la imposibilidad. Insuficiente es nuestra comprensión de la realidad, pues nuestra conciencia es fruto de un fallo adaptativo con respecto a esa misma realidad que trata de comprender y a la que nunca llegará a adecuarse. Imposible es nuestro encuentro sexual, nuestra perseguida unión con la persona amada, pues hay algo imposible de colmar en nuestra pulsión que frustra cada encuentro sexual particular. Pero el aspecto sociopolítico de esta filosofía del fracaso salta a la vista desde el inicio del texto. La entronización contemporánea del sexo, espacio privilegiado de realización en nuestras sociedades, expresa para Žižek una tendencia social problemática. Queriendo realizarnos en un ámbito destinado al fracaso, el malestar está asegurado: «debido a la inconsistente naturaleza de la sexualidad, su elevación a un nuevo absoluto fracasa necesariamente» (p. 13). La crítica apunta aquí, por un lado, al hedonismo del discurso capitalista: aplicaciones de citas, mercantilización de la sexualidad, redes sociales. En estos espacios se multiplica la oferta sexual y se constituye un mercado erótico. Pero, por otro lado, Žižek critica la liberación que la izquierda espera del erotismo, como el movimiento LGBT+. El fracaso o malestar al que nos conduce el sexo se soluciona en ambos casos, según Žižek, a través de la acumulación o la suma de las frustraciones puntuales que impiden tomar conciencia de la naturaleza frustrada de la sexualidad como espacio de realización.
El carácter social de esta teoría del fracaso va apareciendo con fuerza. Žižek llega a trazar un paralelismo entre el sujeto individual y la sociedad en su conjunto. Al igual que todo individuo, también toda sociedad está atravesada por una división que impide su armónica estabilidad. Se trata del conflicto y el antagonismo sociales. Toda sociología crítica debe incorporarlos en sus concepciones, piensa Žižek, subrayando la centralidad del conflicto de clase. Su herencia marxista le hace comprender toda sociedad como una totalidad fracturada y dividida por los fenómenos de la acumulación del capital y la explotación de los desposeídos. Ante esta realidad, las viejas y las nuevas derechas políticas expresarían, a su juicio, una posición sociológicamente ingenua, pues no comprenderían el carácter estructural del conflicto social: «Para alguien de izquierdas, la división política atraviesa todo el cuerpo social, y para alguien de derechas, la sociedad es un todo jerárquico perturbado por intrusos marginales» (p. 155). Sin comprender el carácter ineludible del conflicto social, las derechas quedan condenadas a las soluciones radicales del señalamiento y la eliminación de los agentes perturbadores de una supuesta armonía originaria. Imaginando una sociedad en la que el fracaso no existiese, tienden a localizar un chivo expiatorio culpable del desorden.
El texto se estructura en cuatro partes, a través de las cuales el lector se confronta con esta teoría subjetiva y social del fracaso. La primera de ellas, «El paralaje de la ontología», aborda el aspecto ontológico de la concepción hegeliana del sujeto. Según comentamos, el sujeto es el resultado de un bloqueo o fallo en la propia realidad; no tiene una existencia previa e independiente de este fallo de la realidad. La segunda parte, «El sexo como nuestro encuentro con el absoluto», expone la teoría lacaniana del sexo. Este sería el espacio de la incompletitud ontológica por excelencia, pues en el sexo nos dirigimos hacia un objeto inalcanzable. La repetición del deseo compensa, según Žižek, su carencia de objeto. Repitiendo el acercamiento hacia ese vacío, olvidamos nuestra naturaleza eternamente carencial e insatisfecha. En la tercera parte, «Los tres no orientables», Žižek aborda las tres figuras lacanianas de la cinta de Moebius, el cross-cap y la botella de Klein, para explicar las relaciones entre el sujeto y la realidad. Esas tres figuras representan la coincidencia de opuestos dialéctica, el corte que estructura la realidad como diferencia (sexual o de clase) y el punto ciego de la subjetividad, respectivamente. El libro alcanza el máximo de abstracción en esta parte. Pero el esfuerzo de Žižek es explicarnos estas complejas figuras a partir de ejemplos contemporáneos. Así, por ejemplo, la demanda de una igual «redistribución del sexo» por parte del movimiento incel (desarrollado en sectores políticos antiigualitarios) o el carácter paradójico del discurso neoliberal, donde el sometimiento a la precariedad se disfraza de «libre elección», sirven a Žižek para señalar la coincidencia de opuestos dialéctica de una cinta de Moebius. La cuarta parte, «La persistencia de la abstracción», aborda el aspecto ético de esta teoría del fracaso. La única posición ética coherente con ella es una reconciliación con el fracaso. La única acción emancipadora, a juicio de nuestro autor, es la asunción de que el fracaso nos constituye como sujetos y sociedades, en vez de intentar negarlo, proyectando una supuesta completitud que nos pusiese a salvo de él.
La complejidad teórica hace de este un texto exigente. La sencillez de su idea principal (la reconciliación con el carácter ineludible del fracaso), lo convierte en un texto necesario en un tiempo en el que cada vez asimilamos peor nuestros fracasos. El cine de Hollywood, los evangelios, la política de Donald Trump o el movimiento #MeeToo, sirven de base a esta compleja teoría de Žižek. Su estilo permanece inalterado a pesar de la vocación sistemática de esta propuesta. No es casual que este libro termine con Samuel Beckett. Es un acierto haber ofrecido una versión no ideológica de su sentencia: «Fracasa otra vez. Fracasa mejor». La persistencia del fracaso que nos invita a abrazar Žižek de la mano de Beckett, no es asimilable al discurso empresarial capitalista, que invita a fracasar para, aprendiendo de los errores, terminar siendo personas de éxito. La persistencia del fracaso implica asumir que no hay un más allá del fracaso, resistiendo la tentación de creer en todos aquellos discursos que nos dibujan un mundo sin frustración. Estos discursos, en el fondo, no expresan más que nuestra incapacidad de asumirnos como seres carenciales. Asumir que vamos a fracasar con cada intento, sin posibilidad de éxito, es lo que indica la frase de Beckett. El marxismo seguramente pensará que este texto claudica ante la obligación de pensar propuestas emancipadoras. ¿Es la lucha de clases, que divide a la sociedad, igual de ineludible que las carencias y divisiones del sujeto? Los habrá incluso que, con ingenio, dirán que este libro es un absoluto fracaso. Creemos que es una propuesta sistemática que proviene de un filósofo vivo, uno que no hace concesiones y cuyo pensamiento crítico mantiene viva esa disciplina que llamamos filosofía. Nos entrega una idea difícil de digerir: el fracaso es lo que somos como sujetos y sociedades. No hay un éxito alcanzable más allá de este fracaso que nos constituye. Una vez más, agudo y polémico, Žižek desmonta las defensas de la subjetividad contemporánea, que se niega a reconocer la persistencia del fracaso.
Pablo Castro García es profesor ayudante en el Departamento de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM). Sus líneas principales de investigación giran en torno a la teoría social y a la filosofía francesa contemporánea.










