Ligero equipaje

Ya no pisa la tierra tu rey

CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE

Anagrama, Barcelona

233 págs.

13 €

Gallega de nacimiento (nació en Santiago de Compostela en 1968), aunque escritora en castellano, Cristina Sánchez-Andrade no puede ocultar en su narrativa unos rasgos y unas características que remiten a su origen geográfico y que se pueden rastrear en bastantes autores contemporáneos del noroeste español. Por ejemplo, el tratamiento difuso del espacio y el tiempo que pretende otorgar a la historia una proyección mítica que linda con lo fantástico y a la trama una atmósfera de irrealidad que despoja a las anécdotas de sus referentes más consecuentes y habituales, el efectismo de un lenguaje alimentado por las impresiones sensuales y la tendencia a la ironía grotesca que tiene como objetivo el descoyuntamiento de la normalidad cotidiana.
 

Ya no pisa la tierra tu rey, tercera obra de la novelista, cuenta una historia taraceada con reminiscencias remotas, como si recuperara, a pesar de sus referencias a la modernidad, sucesos y sentimientos de un siglo lejano, en la que los moradores de dos territorios enfrentados y complementarios, un convento y un palacio, viven al acecho unos de otros para aliviar su soledad y aislamiento, aligerar sus frustraciones y locuras, fomentar y cumplir sus mezquinos intereses y justificar su inoperancia: en el palacio, un marqués imbécil, zángano y mujeriego, a quien su madre busca esposa, una esposa que ambiciona fortuna, una cocinera que intenta desclasarse y un lacayo sumiso y fiel; en el convento, veintitantas monjas dejadas de la mano de Dios y una abadesa desnortada y demente. Todos ellos tejen un enredo de conjeturas e implicaciones que, de manera previsible, van moldeando la fatalidad.

Sobre estos motivos polarizados entre el poder civil y el poder religioso descansa la historia. En cambio, como ya dijimos, la trama se libera de los datos espaciotemporales y presenta un tratamiento mítico. Aunque en la novela se dice que transcurre en el «milnovecientosamordeDios» (pág. 189), este apunte temporal es gratuito e innecesario. La novelista pretende en todo momento, con la atmósfera y la apariencia de las crónicas remotas, una indefinición que delimite su localización en cualquier tiempo, como si se tratara de una época feudal o de un medievo eterno e inmutable que discurre, a su vez, en un espacio igualmente genérico, universal e intercambiable.

Poco más se puede decir de esta novela, aparte del significado explícito de su comentada proyección simbólica o emblemática sobre la relación entre los poderes civil y religioso, asunto largamente tratado en la literatura, y del carácter un tanto descoyuntado de sus personajes, de fuerte arraigo a estas alturas en la tradición hispánica. Tal vez, como consecuencia, cabe preguntarse por su sentido o sus aportaciones a la narrativa actual. La respuesta no depara sorpresa alguna, pues es difícil encontrar un sentido a una novela que no parece llegar a ningún sitio, que parece haberse leído otras muchas veces y que a la postre se reduce al relato de una peripecia irrelevante encaminada a un suspense final forzado por unas muertes y desapariciones que apenas guardan coherencia con el resto.

Podría aducirse como méritos, si acaso, el tipo de narrador y de punto de vista y el nivel estético de la escritura. Sánchez-Andrade se inclina por una voz narradora colectiva en primera persona del plural, tras de la que se oculta la voz de una de las monjas, que va contando las anécdotas como recogidas por una cámara cinematográfica, situada unas veces en su propia mirada y otra en la de otras monjas, lo que no deja de ser una mínima novedad. Su escritura, por otra parte, multiplica las peculiaridades expresivas y líricas de las palabras al presentarse ante el lector como un territorio de sensaciones convergentes. No cabe duda de que la escritura de esta novela, como la de las anteriores obras de la autora, es intensamente sensual, atenta siempre a las impresiones y percepciones que despiertan los sentidos; pero no es menos cierto que en muchas ocasiones esa intención sensual se vuelve en contra suya al caer en flagrantes ingenuidades, como es el caso de las frecuentes y redundantes onomatopeyas.

Ligero equipaje, pues, el de esta novela, tanto en el contenido como en la forma, que, por esta razón y su falta de conmoción e inquietud, comparte la levedad de la literatura benévola, correcta y comercial de nuestros días.

Ficha técnica

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