A vueltas con el republicanismo

VIRTUD Y DEMOCRACIA. IDEAS REPUBLICANAS EN EL PENSAMIENTO CONTEMPORÁNEO

Filipe Carreira da Silva

Biblioteca Nueva, Madrid

El pensamiento de Jürgen Habermas sigue siendo una fuente inagotable de reflexión y polémica en torno a los fundamentos teóricos de la política. Este estudio, traducido ahora del original portugués de 2004, constituye un excelente ejemplo del juego que aún puede dar la amplísima producción habermasiana, analizada por Filipe Carreira para ofrecernos, tras un sugerente trabajo preparatorio, una lectura crítica de su teoría de la democracia deliberativa.

En la estela de los historiadores de la escuela de Cambridge, con Quentin Skinner y John G. A. Pocock a la cabeza, Carreira sostiene que existe un secular conflicto, en la teoría y la práctica políticas, entre el hegemónico paradigma liberal, de raíz lockeana, que se expresa en el lenguaje jurídico de los derechos, y un paradigma republicano, que habla el lenguaje de las virtudes cívicas y la participación política. Virtud y democracia relata la historia del paradigma republicano, llevándonos de la Italia renacentista a las colonias británicas en Norteamérica, y, para mostrar la persistencia de ese conflicto entre paradigmas y fundamentar su crítica a Habermas, reconstruye el vocabulario político del pragmatismo estadounidense, encarnado en George H. Mead y John Dewey, y del pluralismo democrático de Harold Laski.

Pero, antes de emprender el viaje, Carreira ofrece un extenso preámbulo, muy pertinente, dedicado a exponer diversas estrategias teórico-metodológicas, y declara que su investigación se funda en el presupuesto de que hacer teoría exige también hacer historia de la teoría, y hacerla desde un enfoque que nos permita evitar la reconstrucción arbitraria del pasado (p. 13). El método historicista, que reconstruye los contextos históricos relevantes en que surgieron las distintas teorías políticas, es el único que permitiría interpretarlas adecuadamente y escapar así al anacronismo de las falacias presentistas, el gran pecado en que incurren quienes creen poder hacerlas inteligibles a la luz de su propio tiempo y buscan en los textos clásicos preguntas que sus autores jamás se formularon (pp. 22-23). Ahora bien, y dejando al margen el casi insoluble problema del círculo hermenéutico, no está nada claro que el historicismo metodológico sea una garantía contra las reconstrucciones arbitrarias ni que aplicarlo preserve a sus seguidores de pecar con idéntica facilidad.

Así sucede, por ejemplo, cuando Carreira, cayendo en el presentismo que denuncia, apela al Maquiavelo reconstruido por Skinner y a su noción de libertad política, que –pese a ser histórica y conceptualmente preliberal– conjugaría los ideales de los derechos individuales y las virtudes cívicas, superando el falso dilema que enfrenta hoy a liberales con comunitarios o neoaristotélicos (pp. 68-69). O cuando rechaza las críticas de Habermas al republicanismo, reprochándole su conceptualización casi exclusivamente centrada en Rousseau y en las posiciones comunitaristas, a la que considera demasiado parcial y fruto de los intereses teóricos habermasianos, mientras él mismo destila la quintaesencia de una tradición tan poliédrica como la republicana, con dos milenios de historia, recurriendo únicamente a los Discorsi del secretario florentino (p. 227).

Sin embargo, la retórica republicana heredada de Jefferson que impregna el pragmatismo de Mead y Dewey, manifiesta tras su reconstrucción contextual, articula una teoría radical que concibe la democracia como una «forma de vida», en clave neoaristotélica y comunitaria, y sustenta una noción fuerte de bien común que, no obstante la defensa que hace Dewey del pluralismo ético, evoca nítidamente la rousseauniana volonté générale.

Es precisamente ese contundente lenguaje republicano del pragmatismo, que Harold Laski habría recuperado, el que se le escaparía a Habermas. El método al que recurre el filósofo alemán –una reconstrucción racional y sintética de teorías del pasado– se ve lastrado por una «miopía histórica» que, al ignorar la «historicidad» de sus elementos, le priva del potencial crítico y utópico propio del «lenguaje virtuoso de los antiguos». En consecuencia, su teoría procedimental de la democracia, atrapada sin remedio en el lenguaje paradigmático liberal, no lleva el discurso republicano tan lejos como Habermas «podría y desearía» (pp. 245-246).

Filipe Carreira concluye su ensayo con aquel celebérrimo Eppur si muove que Galileo pronunciara ante el tribunal que lo condenó, allá por 1633. Es posible que, al recordar tan simbólicas palabras, quiera mostrar que su lectura de la teoría de Habermas, igual que el descubrimiento copernicano, no tiene vuelta de hoja, aunque en realidad haya mucho que discutir al respecto. Quizá pretenda hacer patente su disconformidad con una «verdad» aparentemente inmutable, la de que no hay posibilidad alguna para la teoría política fuera del paradigma liberal, e insistir en que la polémica acerca de la vitalidad del lenguaje republicano y la classical politics, cuyo fin había anunciado Gordon Wood, no está zanjada. Podríamos también pensar, en fin, y este es uno de los méritos de Virtud y democracia, que Carreira ha situado al pragmatismo estadounidense donde le corresponde, girando alrededor del paradigma republicano, y no del liberal, que es donde una opinión muy extendida lo creía tradicionalmente. Lo que ocurre es que, a su vez, ese paradigma gira en torno a los soles de Aristóteles, de Maquiavelo, de Harrington, de Jefferson o de Rousseau, o de todos ellos juntos y más bien revueltos, dependiendo de quién nos describa su órbita, y, en no pocas ocasiones, de cuáles sean sus propósitos al hacerlo. El problema al que se enfrenta el neorrepublicanismo, en cualquier caso, es que ese «lenguaje virtuoso de los antiguos» que Carreira quiere restaurar es exactamente eso, antiguo, y que una cosa es reconstruir la historia de las ideas políticas, y otra, muy distinta, pretender que la historia, sin más, vuelva sobre sus pasos.

Ficha técnica

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