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Vértigo en el Liceu (II)

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El 9 de mayo de 2020 Revista de Libros acogió la publicación de un artículo muy especial para mí. Quizás el artículo de mi vida. Se titulaba «Vértigo en el Liceu» y describía mi doloroso nada fácil tránsito de un catalanismo intuitivo, familiar y cordial a oponerme con todas mis fuerzas al procés separatista. Actué en conciencia y con la convicción de que aquello iba a ser veneno puro para todos los valores y todo el amor a Cataluña que yo había mamado de mis padres. Incluso si mis padres no se querían dar cuenta y el tema me costaba algún disgusto con ellos… Cuatro años después, retomo aquel relato donde lo dejé, o casi: a las puertas del Liceu. Allí había vuelto, ya en 2021, como neófita (¿ingenua?) diputada de Ciutadans en el Parlamento catalán a manifestarme contra los indultos a los líderes del procés que Pedro Sánchez iba a anunciar aquel día dentro del Gran Teatre…

Era una mañanita de junio en Barcelona, soleada y tranquila, para la mayoría al menos ―supongo―, que no necesariamente para mí. Nada más salir de casa y poner el pie en la calle, un señor que pasaba, al reconocerme, se paró y me gritó:

Què, tu també hi vas, imbècil?

La edad provecta del caballero le salvó de una réplica acorde al fondo y la forma de su saludo. También influyeron el (relativo) efecto sorpresa y que las apariencias engañan. Yo aquella mañana podía dar la imagen de ser una persona la mar de segura de mí y de todo. Lo cierto es que me encontraba bajo el shock de que la noche anterior me habían entrado a robar en casa mientras dormía. Me desperté para encontrarme el bolso tirado y abierto en mitad del pasillo. Faltaban 400 euros en metálico que por desgracia saqué del cajero el día anterior para pagar una de tantas cosas que tenía que pagar para instalarme en mi primer hogar catalán después de más de veinte años viviendo en Madrid y en Nueva York. Un apartamento que alquilé amueblado y lo más céntrico posible, ay, en la Barcelona Far West de Ada Colau…

Mi apartamento estaba (está todavía) a menos de cinco minutos andando del Liceu. Eso pesó en mi decisión de dejar para luego la denuncia del robo e ir directa allí. Calculo que ayudó también al simpático vecino a atar cabos y a deducir que nos dirigíamos los dos al mismo lugar, si bien con ánimos contrapuestos:

Què, tu també hi vas, imbècil?

Pues sí, íbamos los dos a las puertas del Liceu a protestar por los indultos. A mí me habían prometido que me encontraría allí a otros «constitucionalistas», expresión que siempre me ha sonado, como poco, insustancial para describir mi defensa de determinada forma de entender Cataluña y la vida. El vecino iba evidentemente a defender lo contrario, pero estaba tanto o más molesto que yo por la decisión del presidente Pedro Sánchez de indultar a los líderes del procés. A mí me parecía una injusticia. A él, una afrenta. ¿Quién declara la independencia de Cataluña, así sea por escasos segundos, para que luego te perdone el presidente de España?

―Señora Grau, apártese por favor, no la vayamos a liar…

―¿Liarla, yo?

Este era un mosso d’esquadra siguiendo al pie de la letra las instrucciones de mantener la paz y el orden de la manera que a algunos de sus mandos les parecía más fácil: rogando a los «constitucionalistas» que por favor se estén callados y quietos y dejen chillar a gusto a los señores separatistas. Que no es que fuesen muchos, pero eran bastantes más que yo sola: no se veía a ningún otro «constitucionalista» por ninguna parte. ¿Se habrían perdido? ¿O rajado? A mi lado se irguió una voz femenina, bella, bien timbrada, protestando en inglés porque a ella tampoco la querían dejar ni acercarse a la puerta del Liceu. Ilusión momentánea: ¿una corresponsal extranjera venía en nuestra ayuda? ¿Íbamos a salir en la BBC? Pues tampoco…

―Que esta chica dice que trabaja aquí, que es cantante, que viene a un ensayo… ―le aclaré al mosso d’esquadra, quien me agradeció la traducción simultánea y espontánea mirándome con el ojo aún más atravesado.

En fin. Que lo que pasa en Cataluña no es fácil de entender ni habiendo nacido allí. Los más de veinte años pasados fuera antes de volverme a zambullir en la catalanidad de cabeza, tomando los hábitos parlamentarios, además, me pasaban una constante y cotidiana factura de asombro.

Lo de que me llamaran imbécil por la calle, por ejemplo, en Madrid y en Nueva York no me había pasado nunca. Me pude ver en debates muy encendidos, muy broncos, en medios de comunicación. Me pudieron echar de algunos de esos medios por decir lo que pensaba. Me pudieron linchar en redes sociales. Pero tan pronto acababas de «trabajar», las aguas volvían a su cauce. Era rarísimo que la tensión diera el salto a la vida social o personal.

En Cataluña, en cambio, el debate político propiamente dicho es más civil, más contenido: raro es el diputado, del partido que sea, que si le das los buenos días no te los devuelva. En cambio, amigos de toda la vida te pueden dar la espalda. Hermanas y madrastras pueden pasar de tenerte celos enfermizos a profesarte odio. Te pueden vetar en bodas, bautizos y verbenas de San Juan. El mismo vecino que cuelga todo orgulloso una estelada (bandera catalana separatista: se diferencia de la senyera no separatista en que añade a las cuatro barras un lucero como el de la bandera cubana) en la puerta de su casa, trata de movilizar a toda la comunidad en tu contra, en plan peli de Álex de la Iglesia, si a ti se te ocurre poner un adhesivo con el corazón tribandera en tu buzón. Etcétera.

Y el caso es que, poco a poco, yo iba notando algunas significativas diferencias con el vértigo vivido en ese mismo Liceu más de veinte años antes. Cuando por primera vez percibí el peligro de un Leviatán catalán dispuesto a tragarse todo lo que le pusieran por delante.

Fachada principal del Gran Teatre del Liceu. Imagen: Wikimedia

Rebobinemos: en 2003, yo empecé a darme cuenta de que el nacionalismo catalán abandonaba sus hechuras conciliadoras y pactistas para dar un audaz salto de victimista a victimario. De la queja permanente y la ambigüedad calculada, a per collons els meus. Ya no les bastaba con cohabitar con la izquierda divina y desdeñosa y/o con arrinconar a la derecha no nacionalista a la condición de florero político en Cataluña. Ahora querían una hegemonía incontestable. Y la querían rápido.

Jordi Pujol nunca se atrevió a mostrarse abiertamente separatista por dos factores disuasorios muy serios: la demografía (los catalanes impuros abruman numéricamente a los puros en una proporción de 8 a 2…) y su propia condición de animal político. Parece un chiste, pero no: el drama de Pujol fue casi siempre el desgarro entre un sentido de Estado que, muy a su pesar, él poseía en grado sumo, y la más que frustrante evidencia de que, estatalmente hablando, Cataluña no es. Nunca a lo largo de la historia ha consolidado un sujeto político consistente al margen del resto de España.

Puede haber habido choques sociales, dinásticos y lingüísticos, guerras civiles e inciviles, leyendas blancas y negras. Puede haber habido hasta brotes psicóticos de hispanofobia, que, en esencia y en resumen, no son otra cosa que autoodio. Porque Cataluña no solo no ha logrado nunca irse de España, sino que ha sido incapaz de encontrar mejor acomodo en el tiempo y el espacio. ¿Nación sin Estado? Ni eso, porque Estado sí hay, guste o no guste. Se llama Estado español y nadie ha sido capaz de inventar nada mejor. Cataluña tendrá una lengua y hasta una izquierda propias; habrá sido la primera en acometer un parlamentarismo embrionario y la Revolución Industrial, habrá llegado a ser, por momentos, inspiración política y locomotora económica del conjunto del país. Que, además, desde que lo era ha llovido mucho, no precisamente para bien. Pero lo que ni para bien ni para mal ha conseguido nunca es despegarse. Dejar de ser y estar ahí. Es más fácil ser antiespañol que exespañol. Y Pujol lo sabía.

La novedad del procés fue que la gestión de todo esto iba a quedar en manos considerablemente menos expertas. Más burdas. Los sucesores de Pujol reciben una herencia envenenada: un capital de poder autonómico descomunal (la dictadura blanca contra la que tanto previno Josep Tarradellas…), lo suficientemente empotrada como para que nadie, ni siquiera una fuerza política de la Naturaleza como el PSC, la pueda desempotrar. Cuando Pasqual Maragall entre al fin en el Palau, tendrá que ser iniciando una intrincada secuencia de gobiernos tripartitos, un juego de espejos y de síndromes de Estocolmo, donde ya no se sabe quién se mimetiza con quién: si la izquierda con el nacionalismo, o el nacionalismo con la izquierda. Técnicamente incompatibles pero indiscernibles (una vez mezclados) como la leche y el agua. Para hacer frente a tal penetración, impensable cuando Pujol tenía en un puño lo mismo la Cataluña real que la por él inventada, al no haber ninguna personalidad nacionalista ni remotamente comparable, ni de lejos capaz de mantener tantas pelotas en el aire sin que se le caiga ninguna, se aparcan matices y sutilezas integradoras. Se tira por el camino de en medio. Artur Mas será a Jordi Pujol lo que José Luis Rodríguez Zapatero a Felipe González: matadores del padre, «repudiadores» de la Transición. Lo mismo de sus flaquezas que de sus grandezas. Gestores de sueños mucho más pequeños y más ásperos, donde ya no cabe todo el mundo. Vamos a la Cataluña y a la España del estás conmigo o contra mí.

La cuestión es que España tiene profundidad de campo para aguantarlo (casi siempre). Cataluña, no. Quien piense que el balance del 15M y de su «asalto a los cielos» de la mano de Pablo Iglesias y de Podemos fue divisivo y guerracivilista que pruebe a imaginar el efecto de una cosa así, no de abajo hacia arriba, sino de arriba hacia abajo. Cuando el petardazo es en el seno de las instituciones y se nutre de sus recursos desde el principio. Artur Mas no quería asaltar ningún cielo. Pensaba que el cielo era suyo por derecho y que para que no le desposeyeran de él todo valía. Pone en marcha así una reacción en cadena, una galería de los horrores presidenciales, que escala hasta Carles Puigdemont, el campeón de la huida hacia adelante: segregando a la Cataluña no separatista y engañando a la que sí lo es.

De ahí que cuando yo regresé a mi tierra me encontrara con un cráter nuclear mucho más hondo y más tóxico de lo que me había parecido visto desde Madrid, y eso que desde Madrid ya me lo parecía bastante. Después de dar apoyo y a la vez esquinazo durante años a Ciudadanos (pues meterme en política me daba pavor…), al fin acepto ser candidata al Parlamento catalán en 2021, en parte porque creo que el tema está saliendo de madre de un modo tétrico. En parte, también, porque sigo creyendo en una solución clara y sencilla: que alguien se tome en serio el constitucionalismo catalán. ¿Ciudadanos no había nacido para eso, antes de que Albert Rivera primero, e Inés Arrimadas después, se apartaran de su compromiso primigenio por el canto de las sirenas de una política nacional que les venía grande, muy grande?

«Votamos a Inés y luego ella nos traicionó, nos abandonó para irse a Madrid». Fue poner un pie en Cataluña como diputada de Ciudadanos y empezar a oír este mantra por tierra, mar y aire. En cada carpa. En cada encuentro con exvotantes, exsimpatizantes y exafiliados. Que eran muchos ex. Muchísimos. Yo, al principio, no me lo podía creer, no lo entendía y además no estaba de acuerdo. Yo me empeñaba en analizarlo y razonarlo: «Pero vamos a ver, Inés Arrimadas se fue a Madrid a hacer política como tantos otros políticos catalanes; Miquel Roca sin ir más lejos. Cuando fue, ella ni siquiera lideraba el partido, lo hacía Albert Rivera; no tenía absolutamente ninguna posibilidad de presentarse a la investidura para presidir la Generalitat porque no se lo permitieron; yo también creo que fue un error desvestir el santo de Cataluña para no vestir nada en Madrid, pero eso, si acaso, fue un error, no un crimen», etc., etc., etc. Así me desgañité yo durante meses y meses. En vano. Allá donde una vez hubo una marea incontenible de ilusión y de votos, tantos como para obrar el milagro de que un partido no solo no nacionalista, sino totalmente ajeno al establishment político catalán, irrumpiera en el Parlament con 36 diputados, ahora se abría un abismo de desconfianza y de castigo. Electoral y algo más que eso.

Yo había previsto desde hacía mucho tiempo, desde la misma noche de la mítica victoria de Arrimadas en 2017, un duro reajuste de las placas tectónicas del poder catalán para estrangular a Ciudadanos. Era normal que el PSC luchara por recuperar su cinturón rojo y el PP nacional por evitar un sorpasso a manos de advenedizos. Lo que no me esperaba de ninguna manera era la dureza del juicio de las gentes. Ese feroz, masivo desencanto, inasequible a mis razonamientos y hasta a mi desaliento. Yo, que a mi modesto nivel había recorrido el camino inverso al de Arrimadas (volviendo a Cataluña veinte años después…), que además lo hacía a angustioso contrapelo de mis orígenes, enfrentando acusaciones de ser una catalana renegada por defender aquello que yo consideraba mejor y más justo… pues, en fin, que chocarme con ese muro mucho me confundió, desesperó y aturdió.

Poco a poco lo fui asimilando. Poco a poco entendí que la eterna queja «Inés nos ha traicionado, Inés nos ha abandonado» era una simplificación. Un mantra, he dicho antes. Pues eso: la gente, mucha gente, focalizaba en Arrimadas y en su marcha a Madrid un fenómeno más profundo y perturbador. Le ponían la cara de Inés a algo que iba mucho más allá de ella. A una decepción que abarcaba mucho más que una persona o incluso unas siglas. Lo de verdad imperdonable era una mayúscula promesa incumplida. Un mayúsculo sueño roto. El de que en Cataluña dejaran de mandar siempre los mismos y pudieran tener una oportunidad los que no habían mandado nunca.

Luego podríamos hablar de la buena o mala calidad del recambio. Casta puede ser cualquiera. Las élites, en cambio, no se improvisan… Pero ese no es el tema de este artículo. No hemos venido a hablar de políticos, sino de personas de carne y hueso. De la gente que va por la calle. Te llamen imbécil o te paren para darte un abrazo y las gracias (que eso también me pasó, muchas veces).

La transformación más importante que yo noté al volver a Cataluña más de veinte años después de aquella vertiginosa tarde en el Liceu de 2003, fue entonces esa, la operada en la gente. Entre los «constitucionalistas» de a pie había cundido la sensación de desamparo, la desconfianza y la división. Nadie tenía fe en nadie y, menos que en nadie en quienes no supieron aprovechar la marea humana que salió a la calle el 8 de octubre de 2017.

Concentración en el paseo de Lluís Companys esperando los resultados del referéndum, 2017. Imagen: Wikimedia

En cuanto a las entidades civiles que tenían el mayor mérito de aquello, se apreciaba un notable desgaste de energía y de recursos. Cero subvenciones, sequía de donaciones y mucha frialdad social y mediática. ¿Les suena? En el caso concreto de los periodistas, pocos eran los que resistían en un ecosistema virulentamente colonizado por un discurso cada vez más agresivo y excluyente. Si no eras separatista, eras anticatalán. Justo lo que yo intuí desde el palco del Liceu que iba a pasar.

Pero curiosamente también entre los defensores de ese discurso separatista, sea por interés, sea por convicción o por miedo a ir contra la corriente, se apreciaban indicios de desmovilización. Con todo a favor, retrocedían. Lenta pero inexorablemente. Disimulándolo con toda clase de pactos y sobreactuaciones, pero retrocedían. Se amargaban. Se cansaban.

Hay que entender que también a ellos, a los separatistas que no ganaban nada práctico con serlo (ni un puesto en la Generalitat, ni ninguna otra prebenda homologable), les habían decepcionado mucho. También ellos habían sufrido. A veces su agresividad («Què, tu també hi vas, imbècil?»), respondía más a esto que a ninguna otra cosa.

Quien esto firma pronto podrá dar másters de destribalización. Yo primero rompí con la tribu catalanista de mi infancia. Fue aquel un proceso muy duro, pero esperanzador en el fondo: de verdad creía estar haciendo lo mejor y más justo y trabajando por un mundo más noble.

Mi segunda destribalización, la de la pérdida de fe en los referentes del famoso «constitucionalismo», está siendo más traumática aún, y sin anestesia. Porque ahora mismo no me mueve ilusión ninguna. Solo la decepción y la pena. Lucho con todas mis fuerzas por apartarme de lo injusto. Pero ya no confío en alcanzar lo justo. Sé que existe. Pero no sé cuándo, ni dónde, ni qué cara tiene.

Lo único positivo de un drama así es que, así sea con algún que otro insulto en redes sociales y por la calle, la empatía se abre paso. Después de mi propia cura de humildad, ¿cómo no entender la de los separatistas? De los desinteresados, insisto. De todos aquellos que, adoctrinados o no, con razón o sin ella, hicieron lo que hicieron, creyeron en lo que creyeron, de buena fe y sin agenda oculta. Como mis propios padres.

Había, hay, varios perfiles posibles. Personas muy diferentes pueden coincidir en sucumbir a la misma adrenalina de una falsa épica. Tener enemigos puede ser un gran desahogo no solo colectivo, también individual. Simplifica mucho la vida y las frustraciones.

Vean si no con qué desparpajo y rapidez el independentismo más irredento ha abrazado un discurso que hasta hace poco se consideraba tabú y patrimonio de un partido tan demonizado en Cataluña como Vox: la lucha contra la inmigración. Que es verdad que cuando hay tanta, tan irregular y tan mal gestionada, el resultado es explosivo. Dicho lo cual: ¿en qué momento dimos el salto de cuestionar (con razón) las avalanchas de inmigrantes sin papeles a querer echar sin contemplaciones también a los con papeles? ¿A obsesionarnos con que los que vienen de fuera «se adapten a lo de aquí»? Y yo me pregunto: ¿adaptarse a qué, exactamente? ¿A mi forma de pensar y de vivir, a la de un independentista, a la de Ada Colau, a la de un señor de Vox?

¿Y si el problema fuese un hondo vacío de valores colectivos a los que adaptarnos todos, los nacidos dentro y los nacidos fuera? Si a mí me horrorizan tanto la ablación de clítoris como que una adolescente pueda automutilarse legalmente y bloquearse la pubertad sin ni siquiera un diagnóstico psiquiátrico firme sobre si de verdad es o no es una persona transgénero, ¿no va a horrorizar eso también a otras gentes de otras culturas? ¿Basta con prohibir en la escuela el crucifijo y el velo islámico para tener bien señalizado el tráfico de los distintos credos, religiosos y políticos, presentes en nuestro mundo cada vez más complejo? Que se adapten «ellos» a hacer vacaciones de Navidad a Reyes pero no durante la Hanukkah o el Ramadán… Pero ¿qué pasa si «ellos» ya son más que «nosotros»? ¿Y si estamos viviendo un revival de lo que sucedió cuando el nacionalismo catalán decidió «ponerse las pilas» contra la «bomba demográfica» de la «inmigración» procedente de otros puntos de España?

En cuanto al espinoso tema de si los «de fuera» son todos unos delincuentes, o si acaparan las ayudas que luego faltan a los «de dentro»: atención con confundir causas y efectos, huevos y gallinas. Autoridades y gobiernos a los que se reprocha abusar del «buenismo», ¿están de verdad en una Babia multicultural? ¿O se limitan a sacar tajada y a generar redes de entidades clientelares y de voto cautivo? ¿La culpa es del que abusa de la ayuda, o del que abusa de ayudar con dinero público, porque le conviene? Los políticos tan corruptos en otros asuntos, ¿por qué no iban a serlo en este? Y no solo los políticos. ¿Cuántos aprovechados con DNI español conoce usted? Amigos y vecinos que hacen trampas a Hacienda, a la Seguridad Social, conseguidores varios, cuñados y recomendados, enchufados a mansalva en la Administración que no sobrevivirían ni cinco minutos de autónomos o en la empresa privada… Igual el problema no son tanto las pateras y los menas como un concepto entre caciquil y cerril de la gestión que hace siglos que impera, y lo peor es que a todos nos parece normal excepto cuando aprietan menos la virtud que la envidia, y más el qué hay de lo mío que el bien común. Solo cuando las clases medias y productivas, agotadas y esquilmadas, llegan al límite y desfallecen, saltan las alarmas… pero entonces ya suele ser tarde. Muy tarde. Pensémoslo.

Agitado que no batido todo junto, yo ya no sé de dónde va a venir ninguna justicia, serenidad, belleza y reconciliación. Entre nosotros mismos. Y con unos valores que nos obliguen y protejan a todos por igual. De lo contrario, está claro que vamos de bloqueo en bloqueo, y de crisis en crisis.

Poco después de anunciar que dejaba la política, pasé un fin de semana en un pueblo catalán muy especial. Se llama Calonge i Sant Antoni. Está en el Baix Empordà y es famoso por su altísima concentración de librerías. Sólo Urueña, en la provincia de Valladolid, supera a Calonge i Sant Antoni en su ratio de libros a la venta por habitante. Hay a quien le gusta decir que son los dos pueblos más «sabios» de España.

Conozco una única vecina de Calonge (mi amiga, la poeta y hotelera de autor Olga Castells) que habla español desde que se levanta hasta que se acuesta. Todos los demás viven intensivamente en catalán. Es un enclave emblemático de la Cataluña profunda chic, codiciada por turistas de alto poder adquisitivo. Por lo demás el pueblo es bello, ordenado y aseado. Es fácil llevarse bien y estar a gusto cuando todos los vecinos se parecen y piensan más o menos igual.

Balcón catalán, 2018. Imagen: Mathias Reding

Según llegué me sentí como si viajara a mi infancia. Y mi infancia me recibiera con curiosidad y algo de morbo. Como a una oveja ligeramente descarriada pero interesante. Al fin y al cabo, no hay tanta gente como yo. ¿En qué sentido? Bueno, nos lo explica con sus propias palabras una encausada por el procés, acusada de terrorismo, nada menos, por su presunta participación en las actividades de Tsunami Democràtic. Se llama Marta Molina. Yo la conocí como jefa de gabinete de Anna Simó, flamante consellera de Educación del gobierno de Pere Aragonès. Fue Simó quien recibió de uñas a la misión de europarlamentarios que habían venido a Cataluña a comprobar de primera mano las denuncias de varias familias afectadas por la inmersión monolingüe catalana forzosa en las escuelas, impuesta y blindada por la Generalitat en abierto desafío a las sentencias judiciales que exigen impartir por lo menos un 25% de enseñanza en español. Ni caso. Hicieron una ley ad hoc para zafarse de los tribunales, lograron que el primer partido de la oposición, el PSC, no solo se la dejara pasar, sino que la suscribiera (en parte porque ellos mismos ya van teniendo muchos votantes que «compran» que eso es «defender el catalán» y que quien diga lo contrario es un fascista con eñe, un «nyordo»…), y a otra cosa, mariposa.

La consellera y yo nos las tuvimos bastante tiesas en el Parlament. Como los americanos a Normandía fui yo a su yugular. La acusé de arrinconar a los castellanohablantes como su cacareado Franco a los catalanohablantes. Le reproché la injusticia social que esto suponía para los que no tenían dinero para llevar a sus hijos a un colegio de pago. La acusé de trabajar en contra de la igualdad entre catalanes y de sabotear el ascensor social que es dotar a todos de la mejor educación pública posible. Le restregué en la cara los desastrosos resultados de Cataluña en las pruebas PISA. Le repetí al pie de la letra lo que de ella me había dicho la líder de la misión europea, la estonia Yana Toom: que se había comportado como una comisaria política, controlando con mano de hierro el testimonio de directores de centro y docentes y desacreditando el de las familias. Todo esto lo encajó Anna Simó más o menos impertérrita. En cambio, cruzó sus ojos un relámpago de dolor inocultable cuando le dije:

―… y déjeme añadir que, si con todo esto que hacen y con todo el dinero que llevan gastado, el uso del catalán retrocede cada día, su política lingüística solo puede ser un fracaso rotundo…

Ahí, sí. Ahí sentí que se le paraba la sangre en las venas. Además, las dos sabíamos que este año «tocaba» que se hiciera pública una macroencuesta de usos lingüísticos que se elabora cada cinco años en Cataluña. Su objetivo es medir el avance o retroceso en el dominio del catalán por parte de la población, y qué lenguas de todas las posibles elige esa misma población en el día a día. La última encuesta de este tipo se realizó en 2018. Entonces se dieron por satisfechos con un «ligero» avance del conocimiento y dominio del catalán entre los catalanes nacidos fuera, que rondan el 40%. No es de extrañar dada la ingente presión académica, social, política y económica ejercida para que así sea. Aun así, y bajo semejante presión, hace cinco años el 76,4% de los encuestados declaraban usar «poco o mucho» el catalán en su cotidianeidad; apenas un 51,6% lo usaba de verdad a menudo y el 63,4% elegía el español. ¿Cómo está el tema cinco años después? Mis fuentes me aseguran que los datos de la nueva macroencuesta son devastadores para los partidarios de la supremacía del catalán. ¿Les darán publicidad? De momento, el último CEO, algo así como el CIS catalán, arrojaba el dato de que el español sigue siendo la lengua madre de la mayoría de los nacidos en Cataluña que ahora mismo tienen entre 15 y 29 años. Aunque hayan adquirido competencia sobrada para usar el catalán, muchas veces eligen no hacerlo. Lejos quedaron los tiempos en que muchos lo aprendían y hablaban con gusto y por simpatía con una lengua de acogida que se les antojaba oprimida. Ahora se les empieza a antojar una antipática imposición que se acata en las aulas y en ciertos trabajos (que le pregunten a la enfermera de la Vall d’Hebron fulminantemente despedida por hacer burla en redes de que le exigieran el nivel C1 del catalán), pero se abandona en cuanto uno se siente libre de elegir.

―De acuerdo con sus propios objetivos… ¡son ustedes unos inútiles! ―rematé. La consellera renunció a replicar y abandonó el hemiciclo, pálida como la Dama de las Camelias.

Está mal que lo diga yo, pero mi nivel de catalán era de los más altos de la cámara. Mejor que el de muchos separatistas hiperventilados y sobrevenidos. Se me nota además el amor y hasta mimo con el que lo hablo. En español nadie tiene queja de mi gramática, léxico y oratoria, pero les hace a todos mucha gracia que ni viviendo más de veinte años fuera me haya quitado el fuerte acento catalán. Que tampoco he hecho nunca el menor esfuerzo para quitármelo.

―¿Ves? Esto es algo que nunca he entendido. Como alguien como tú, hablando catalán así… ¡pueda haber estado en un partido como Ciudadanos!

Esto me vino a decir Marta Molina, jefa de gabinete de la consellera Simó, dirigente de ERC, acusada de terrorismo por el caso Tsunami, cuando me la encontré un sábado de finales de mayo en una librería de Calonge. No voy a contar todo lo que hablamos, porque no está bien desvelar conversaciones privadas. Baste decir que estuvimos comentando la jugada de los posibles pactos de investidura y que, suavemente, la charla fue derivando hacia una especie de estado de la cuestión de la catalanidad ahora mismo.

―Es que para ti Ciudadanos era un partido anticatalán, Marta, y para mí, mientras creí en él, significó todo lo contrario, fue mi manera de ser catalana y de expresar mi amor a Cataluña…

Recuerdo sus ojos fijos en mí, agrandándose. Luchando por comprender. No le era fácil. A mí tampoco tragar con su Tsunami. Que se ofenden mucho cuando les recuerdas que hubo un muerto en el aeropuerto (de un infarto, sí, pero un infarto evitable sin toda aquella guerrilla urbana) más los policías gravemente heridos en Urquinaona. Todo esto nos separaba y enfrentaba como un muro de Berlín a la catalana. Por encima del cual no podíamos a la vez dejar de otearnos. Incluso de empezar a tenernos un respeto. Me pareció que ella al fin aceptaba que yo siempre he ido de buena fe y he sufrido mucho. Por lo mismo que yo reconocía que ella no ha huido nunca. Siempre que un juez la ha llamado, Marta Molina se ha presentado a declarar. Antes y después de la ley de Amnistía. No como otros. ¿Y ahora qué? ¿Qué va a ser de Marta, de mí, de la consellera Simó, de Puigdemont, de Salvador Illa, de todos nosotros? ¿Lo sabe Dios? Si Israel tenía doce tribus, es posible que los catalanes necesitemos muchas más, no ya para llegar a ninguna tierra prometida, sino simplemente a un lugar tranquilo y bien iluminado como el que Ernest Hemingway recomendaba para escribir. No sobre Cataluña, claro. No ha nacido el Hemingway que se atreva a escribir de nosotros. ¿O sí?

Anna Grau es periodista y escritora con más de media docena de libros publicados. Como periodista ha trabajado en Barcelona, Nueva York y Madrid. Ha colaborado en los principales medios de comunicación catalanes, fue corresponsal en la Gran Manzana del diario ABC, copresentó en el segundo canal de TVE el programa Libros con Uasabi y actualmente es presencia/firma habitual en RTVE, la SER, Antena3, La Sexta, Onda Cero, Telemadrid y The Objective.

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Colla castellera, 2019. Imagen: Saul Mercado
Colla castellera, 2019. Imagen: Saul Mercado

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