La novela de Barcarrota empieza, como tantas otras, con el hallazgo de un manuscrito, o mejor dicho, de una decena de libros y un manuscrito. Corría el año 1992, y en la casa del pequeño pueblo de la provincia de Badajoz se estaban haciendo reformas: la piqueta horadó el muro y descubrió un hueco, dejando de paso su huella en el centro de uno de los volúmenes. Un siglo antes, el jovencísimo jornalero que encontró la Reina Mora, luego conocida como Dama de Elche, también había dañado con su pico la escultura: los descubrimientos azarosos dejan su huella en los hallazgos…
Hasta 1995 no se divulgó la existencia del alijo libresco, y lo primero que saltó a las noticias fue que incluía una edición desconocida y temprana del famosísimo Lazarillo de Tormes. Pero ahí había otras obras, y también un curioso amuleto. Poco a poco se fue revelando que el pequeño hueco horadado en el muro del doblao o desván de la casa de Barcarrota era en realidad una ventana desde la que asomarnos a la España (y a la Europa) del siglo XVI.






