Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa


False Alarm: How Climate Change Panic Costs Us Trillions, Hurts the Poor, and Fails to Fix the Planet
Bjørn Lomborg
320 páginas

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A principios de 2021, McKinsey&Co presentaba su Global Energy Perspective 2021, un examen prospectivo del mercado energético hasta el año 2050. El correspondiente a 2022 se publicará justo después de la aparición de este blog y no son sus eventuales diferencias lo que me interesa. Al cabo el informe 2022 no podrá incluir las repercusiones de la invasión de Ucrania por las tropas rusas, cuyas consecuencias sobre el mapa energético mundial son imprevisibles a corto plazo, más aún hasta 2050.

2050 es el año de arribada previsto en la COP 21 -Acuerdo de París 2015- para lograr la total descarbonización de la economía mundial o, con la expresión favorita de Naciones Unidas, la meta de cero carbono neto o reducción «tan cercana a cero como sea posible» (lo que no es exactamente lo mismo) de todas las emisiones de gases/invernadero (especialmente CO2, responsable de alrededor de un 80% de las emisiones en Estados Unidos,aunque hay otros como el metano o el óxido de nitrógeno) que generan cambio climático -también descrito como calentamiento global- y ponen en peligro la vida en el planeta. El Acuerdo especificaba que, para que el calentamiento no superase 1,5grados Celsius, esas emisiones tenían que reducirse un 45% hasta 2030 y llegar al cero neto en 2050.

Con independencia de las actitudes de temor reverencial («nos quedan ocho años para salvar al planeta») o de escepticismo mejor o peor fundado a que den lugar esos cambios, la meta cero carbono neto está clara. También parece estarlo hoy que los planes nacionales de acción remitidos a Naciones Unidas prevén un aumento de 14% en emisiones nocivas hasta 2030 por comparación con el nivel de 2010 lo que, según Naciones Unidas y sus organismos especializados, supone que todos los gobiernos, empezando por los de los mayores emisores (China, Estados Unidos y Unión Europea) deberían prever la adopción de medidas más radicales.

Pero antes de comenzar con el llorar y el crujir de dientes convendría considerar otras dimensiones de la cuestión.

Volvamos a una hipótesis más benévola para la meta 2050 representada por el estudio de McKinsey al que me refería arriba. A corto plazo -2 a 4 años- el frenazo al consumo de energía impuesto por Covid-19 en 2020 y 2021 se recuperará hasta culminar en 2023 con un total de emisiones equivalente a 33 Gigatones (1 Gt o gigatón equivale a 1 millardo -109– de toneladas métricas de CO2), es decir, 33 millardos anuales de toneladas, que empezarán a disminuir paulatinamente a partir de esa fecha.

Para los hitos de 2030 y 2050 McKinsey tiene en cuenta dos escenarios alternativos. En el primero (Transición Básica o TB) las emisiones de gases/invernadero en 2030 se mantendrían cercanas a esos 33 Gt CO2 para bajar hasta 25 Gt CO2 en 2050. En otro segundo (Transición Acelerada o TA) los resultados serían 28 Gt en 2030 y 20 en 2050, un 25% de disminución sobre TB en la última fecha. En cualquier caso, empero, la meta de un ascenso máximo de la temperatura global no superior a 1,5 grados centígrados se habría alcanzado ya en 2030. Para conseguir mantenerla en 2050 la rebaja de emisiones nocivas tendría que ser un 90% superior a la esperada en el escenario TB (25 Gt CO2), es decir, llegar a un máximo alrededor de 3 Gt CO2, algo manifiestamente improbable.  

Dicho de otra forma, para las tres clases de energías fósiles responsables de las emisiones de gases/invernadero (carbón, petróleo y gas) la TB llegaría al culmen de demanda total en 2027, aunque cada una de ellas lo alcanzaría en una fecha distinta. Mientras que la demanda de carbón lo habría hecho ya en 2014, el petróleo esperará hasta 2029 y el gas hasta 2037.

Pese a ese declive de largo plazo, la demanda para cada una de esas tres clases de energías seguirá manteniendo un papel clave en el panorama previsto por la TB: más de la mitad de la demanda global de energía aún provendrá de combustibles fósiles en 2050 a pesar de un declive total en torno a 25%. Para la TA, si se consigue, la demanda de carbón y petróleo en ese año sería un 20% menor que en TB. En ambos casos, la meta de un crecimiento de la temperatura global de 1,5o quedará arrumbada y en su lugar la subida se colocará más cerca de 3,50. Esa es la mala noticia.

La buena, empero, proviene del consumo. La TB supone que casi se doblaría en 2050, con una apreciable progresión en el nivel de vida global pese al continuado aumento de la población mundial hasta 9.700 millones en ese año. Un ejemplo: el número de personas que podrían instalar aire acondicionado en sus hogares para resistir eventuales olas de calor subiría de forma considerable. Adicionalmente, la demanda de energía eléctrica, más limpia, aumentaría significativamente con la electrificación del conjunto del sistema y la adopción de fuentes energéticas renovables. Se espera que éstas últimas alcancen hasta un 50% de la generación total de potencia hasta 2035.

Pero, aun así, el calentamiento persistiría. ¿Qué hacer?

Con un candor patricio digno de John Kerry, Enviado Especial para el Clima del presidente Biden, hace unos días António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, se dolía de que «la meta de 1,5o grados esté en la UCI […] Si continuamos haciendo más de lo mismo podemos dar un beso de despedida a ese 1,5o. Incluso los 2o pueden estar ya fuera de alcance» . No parece, empero, que su lamento vaya a ser más eficaz que las procesiones medievales de flagelantes lo fueran contra la peste negra.

¿Y si enfriáramos las metas dizque imposibles del Acuerdo de París -refrendadas en la reciente COP 26 de Glasgow hace menos de un año- que tan encandilados tienen a los émulos de Al Gore por el ancho mundo?

The horror, the horror

Tal vez. Pero, a la chita callando, la Comisión Europea ya ha dado un paso en esa dirección con una propuesta de contabilidad creativa anunciada en 1 de enero 2022. «Tomando en cuenta sugerencias científicas y el presente progreso tecnológico, así como los diferentes retos transicionales de sus diferentes Estados Miembros, la Comisión considera que existe un espacio para el gas natural y la [energía] nuclear como medios para facilitar la transición hacia un futuro basado predominantemente en energías renovables» . Las sugerencias científicas a las que se refiere el texto oficial no provenían precisamente de su propio grupo de expertos, donde el apoyo no había sido mayoritario.

Para mayor confusión, en abril 2021 la Comisión había adoptado una taxonomía para ayudar a los inversionistas públicos y privados a tomar decisiones informadas en asuntos relativos al cambio climático. Era un catálogo de opciones energéticas plausibles que incluía el hidrógeno verde, la energía solar, la geotérmica, la eólica, la hidroeléctrica y la bioenergía. Ni la nuclear ni el gas contaban… hasta el ukase de la Comisión. Pese a sus precisiones sobre los exigentes detalles para su aceptación a los que habrán de ajustarse los proyectos que incluyan esas dos nuevas energías sostenibles la batalla política intra-Unión Europea está servida, aunque momentáneamente enfriada por la más urgente respuesta a la invasión rusa de Ucrania.

Un paso llamativo el de la Comisión, porque al poco de llegar a Bruselas, como Kerry, como Guterres, como todos los enterados con influencia cósmica, la presidenta Von der Leyen, que no envidia a nadie en patriciado, había propuesto un Green New Deal europeo para llegar a ese cero carbono neto en 2050 ahora redefinido… y debilitado. De hecho, frente a las primeras críticas surgidas de países miembros de la Unión Europea y a los ataques de importantes grupos de presión ecologista, la Comisión no ha titubeado en mantener su decisión.

El parlamento europeo y los estados miembros tienen ahora entre 4 y 6 meses para impugnarla, pero no parece verosímil que suceda, especialmente tras la invasión rusa de Ucrania. Para rechazar la propuesta, se necesitaría mayoría absoluta en el parlamento (353 votos contrarios de un total de 705) y no es previsible que eso suceda sin los votos del Grupo Popular Europeo que ya la ha saludado. Otra posibilidad sería que la propuesta de la Comisión recibiese el voto en contra de al menos 20 estados miembros del Consejo Europeo y que, en conjunto, éstos representen al menos un 65% de la población de la Unión.

No son los europeos los únicos que dudan de los eventuales beneficios de un impoluto cero carbono neto. En Estados Unidos, con gran fragor de protestas, el presidente Trump decidió retirar a su país del acuerdo de París al poco de tomar posesión de su cargo. La medida, precedida por un largo proceso, devino firme en 4 de noviembre 2020 justo al día siguiente de que Trump perdiera la elección presidencial ante Joe Biden. El mismo día en que tomó posesión del cargo (20-01-2021), Biden anunció la vuelta del país a COP 21.

Buena parte de la campaña electoral 2020 la ocupó la discusión del Green New Deal. New Deal es el epígrafe habitualmente identificado con el largo período de la presidencia de Franklin Delano Roosevelt (1932-1945) fallecido antes de completar su último mandato previsto hasta 1948. FDR inspiró una serie de medidas económicas y sociales parcialmente similares a las que adoptarían los partidos socialdemócratas de Europa occidental tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Durante la campaña electoral 2020 Biden y el partido demócrata anunciaron que su presidencia sería igualmente trasformadora en cuestiones climáticas y sociales -el nuevo acuerdo social tendría una base verde: el GND.

Las propuestas GND 2020 de los candidatos demócratas se orientaron a la creación de un Estado de Bienestar al estilo europeo que, partiendo del objetivo cero carbono neto -antes incluso de 2050-, lo remataban con programas de trasformación social (sanidad universal, vivienda asequible, acceso masivo a la educación universitaria, entre otras metas) tan ambiciosos como irrealizables. Las primarias demócratas se convirtieron en una auténtica subasta de gasto público verde donde Biden proponía un plan de US$1,7 billones; Peter Buttigieg lo corregía hasta US$2 billones; Elizabeth Warren subía la apuesta a US$3; y Bernie Sanders saltaba la banca con US$16. La victoria de Biden fue, sin embargo, un espejismo. Si, por un lado, el nuevo presidente se beneficiaba del amplio rechazo a la figura de Trump; por otro, el escepticismo popular ante GND ha pasado una pesada factura a la feligresía demócrata en el Congreso.

Mientras que en su primer año el presidente consiguió apoyo bipartidista para mejorar la infraestructura física del país por US$1 billón, el resto de las infraestructuras sociales de su programa Build Back Better (Reconstruir Mejor) no han conseguido ser aprobadas hasta la fecha, con un fuerte deterioro de su imagen. La aprobación de su desempeño como presidente comenzó a colocarse por debajo de 50% tras la retirada de Afganistán a finales de agosto 2021 y se ha hundido en torno a 42% desde hace cuatro meses. A los 15 meses de mandato, Obama estaba en 49%; Trump en 39% no lejos del de Biden. El día en que escribo este blog (29 marzo 2022) el índice de aprobación de Biden sigue en 41,2%. Añadiendo oprobio a la injuria una encuesta Harvard-Harris encuentra que, en una hipotética elección presidencial 2024 celebrada hoy, Biden obtendría 41% de los votos frente a 47% de Trump.

Resulta difícil pensar que GND no tenga nada que ver en todo este deterioro; más aún que no vaya a influir en las elecciones legislativas del próximo noviembre.

***

Obiter dicta. Como recuerda WSJ, una eventual alternativa no mejoraría el panorama. «La realidad es que tenemos que vivir tres años más con Biden como presidente. Así pues, dejen de enviar cartas rogándonos que pidamos su dimisión. ¿De verdad quisieran sentar a la vicepresidenta Kamala Harris en el Despacho Oval? Se la escogió como una genuflexión ante las políticas identitarias y para unir al partido demócrata durante la campaña electoral, no por su idoneidad para el cargo. Durante los últimos 14 meses se ha revelado incapaz de mostrar el menor conocimiento o pericia para ocuparlo. Estamos uncidos por el destino a conformarnos con lo mejor que pueda dar de sí el presidente que tenemos» .

***

Pero sigamos a lo nuestro: ¿cómo explicar este inesperado cambio del clima ideológico en dos de las regiones decisivas del mundo?

Bjørn Lomborg se cruzó relativamente pronto en mi camino. Recuerdo haber leído en 2002 una nota sobre su libro clave (The Skeptical Environmentalist: Measuring the Real State of the World. Cambridge UP: Cambridge 2001. El ecologista escéptico. Traducción castellana de Jesús Fabregat Carrascosa. Espasa Libros: Barcelona 2003. 640 páginas), donde apalancaba con una plétora de datos su hartazgo con la nueva fe del ecologismo radical, obsesiva ya entonces y ubicua hoy en los medios de comunicación. Compré el libro, lo leí de una sentada, me convenció y desde entonces no he prestado gran atención a los fervorines ecologistas. Sólo hace poco me sentí en la necesidad de leer su última obra cuando por mor de una trifulca con un amigo, él sí un buen creyente, quise cerciorarme de si los argumentos de aquel libro inicial seguían vigentes. Lo están.

Ante todo, por el reconocimiento liminar de Lomborg de que el cambio climático no es un antojo de nuestra fantasía. Haberlo, haylo, y su presencia remite a la mano del hombre, tanto en el pasado como, ay, en el futuro. No hay, pues, ningún resquicio para el negacionismo. Pero tampoco para la fronda apocalíptica que ruge en los medios globales. Ni las sociedades que conocemos están al borde de la extinción, ni amenaza con desaparecer a corto plazo la perdurabilidad de la huella humana sobre el planeta.

Justo al revés. Gracias a ella la vida social es hoy mejor que en cualquier otro tiempo pasado: la esperanza universal de vida se ha más que doblado desde 1900; la desigualdad en el acceso a la sanidad se ha reducido; el trabajo infantil, aún más; ha disminuido radicalmente el uso de la violencia; la polución en interiores, el mayor asesino de otros tiempos se ha partido por la mitad permitiendo que sigan vivas cada año 1,2 millones de personas que de otra manera habrían muerto prematuramente. Podríamos seguir, pero los pájaros de buen agüero acaban por resultar tediosos.

Esos ejemplos y otros muchos no se deben al azar sino a que, como especie, nos hemos enriquecido en muchos sentidos. Empezando por el económico. La renta personal casi dobla hoy la de treinta años atrás. En 1990 cuatro de cada diez personas eran pobres: hoy menos de una lo es. Y el progreso tecnológico y el bienestar económico no van a detenerse. Aunque no hiciéramos nada por evitarlo, el coste del cambio climático a final de este siglo estaría en un 3,6% de un PIB global que, en vez de ser 450% mayor, lo sería tan sólo 436%. Un problema, sí; catástrofe, bajo ningún concepto.

El verdadero problema, por el contrario, es que bajo el peso de una presunta adversidad inminente estamos renunciando a gastar con eficacia los recursos de que disponemos. Dedicamos ya más de US$400 millardos anuales a inversiones y subsidios para las renovables y, al tiempo, pechamos con muchos millones dólares en lucro cesante. Sin cambios, esos costes seguirán creciendo hasta alcanzar entre US$1 y 2 billones en el hito 2030 y aún se multiplicarán con rapidez hasta el año mágico de 2050. Eso sí que es difícilmente sostenible.

En 2019 una mayoría de ciudadanos USA ponía el límite que personalmente estaban dispuestos a gastar en la lucha contra el calentamiento global en US$24 anuales, un total inferior a US$900 millones anuales. Si, para resolver crímenes, a los detectives de las novelas de misterio se les solía aconsejar que «buscasen a la mujer», para hallar la clave de los cambios de actitud en esto del calentamiento global en la Unión Europea y entre los electores americanos la pista no tiene que ser mucho más sutil. Es la fiscalidad verde, estúpido.

No acaban aquí, empero, las ironías del ecologismo progresista. Al tiempo que claman por una reducción drástica de las desigualdades globales de renta sus partidarios proponen un aumento significativo del coste de la energía que acabaría por recaer desproporcionadamente sobre los hombros de los más pobres. Las élites acomodadas sólo gastan en energía una pequeña parte de sus ingresos, así que un aumento significativo de los impuestos sobre el carbono no les preocupa demasiado. De hecho, son sus miembros quienes obtienen los mayores beneficios financieros de las subvenciones verdes para, por ejemplo, colocar paneles solares en el tejado de sus casas, mejorar su aislamiento térmico o comprarse un Tesla Modelo X Long Range superverde donde los haya, a €106.000 de precio base.

No es ésa, empero la situación de las mayorías en países emergentes ni de amplias minorías en los desarrollados. Unas y otras necesitan refrigeradores, lavadoras, calefacción o aire frío, computadores o móviles mucho antes que inaccesibles paneles solares familiares, escasamente fiables en sus prestaciones. Imponer a esas multitudes políticas sostenibles impide con excesiva frecuencia abordar cuestiones más decisivas para ellas como el acceso a la salud, a la educación, a buenos trabajos o a alimentos nutritivos. Y no se trata sólo de consideraciones éticas. El exceso de dióxido de carbono también refleja el éxito de las sociedades de mercado que facilitan el acceso a energías fiables y baratas y, con él, a la producción de los bienes necesarios para una vida buena. 

«Asfixiarnos en medio de una espectacular abundancia. Ésa es vuestra apuesta para el futuro», respondía mi amigo.

No necesariamente. Hay formas de afrontar la transición energética distintas de la reducción perentoria del consumo que propone el patriciado cósmico. Ante todo, insistir en el análisis coste/beneficio, es decir, calcular el ritmo óptimo de la transición en relación con la intensidad variable de sus costes. A Lomborg no le asustaba hablar en 2020 de un impuesto en torno a US$20/tonelada equivalente de CO2: alrededor de 18 centavos por galón de gasolina (Є0,04/litro). En su cálculo, el coste extra con que ese impuesto gravaría el PIB global (0,4%) sería perfectamente soportable en la medida en que la limitación proporcional de daños atribuibles al cambio climático permitiría un aumento real de 0,8% del PIB global. Por el contrario, una reducción brusca de esos eventuales daños por calentamiento acarrearía costes que lo reducirían en 3,4%, mayores, pues, que los derivados de una transición lenta. Los cálculos de Lomborg, resulta innecesario decirlo, pueden estar equivocados, pero su llamada a la neutralidad del análisis de costes no.

Con todo, la respuesta al cambio climático no puede fiarse en exclusiva a un aumento de los impuestos sobre la energía que no cuenta con un gobierno global que los distribuya de forma aceptable. Al cabo, los sujetos activos en la vida internacional siguen siendo las naciones. La vía impositiva necesita, pues, complementos positivos y el más aceptable a largo plazo es la inversión en innovación verde, desde la reforestación de grandes superficies hasta la geoingeniería y la explotación de otras energías renovables como el hidrógeno verde. Pero no voy a explayarme en asuntos que desbordan mi competencia y remito a la detallada exposición de Lomborg en el resto de su libro. Baste con insistir en lo ya señalado: por mucho que pueda mejorar el rendimiento de las energías renovables mejor conocidas (solar y eólica) su intermitencia impide considerarlas como la solución. A corto plazo, habrá que echar mano de otros remedios paliativos. Y acabo con un texto más reciente, también de Lomborg. «La Unión Europea trata de imponer un cambio hacia las energías renovables, pero un 70% de la energía que consume proviene aún de combustibles fósiles. […] Viento y sol generan sólo un 3% de su consumo con una tecnología inestable […] El rechazo de Europa al uso del shale -disponible en todo el continente, pero aún por explotar- la ha dejado en manos del gas ruso. […] Una respuesta eficaz al cambio climático impondrá mayores gastos en innovación verde y en desarrollo de renovables fiables y asequibles. […] Europa y América tienen que adoptar el fracking y facilitar al resto del mundo el acceso al petróleo y al gas que necesita. Hay muchas serias amenazas en el mundo de hoy, pero la mayoría no conseguirán la atención que merecen hasta que los líderes políticos no abandonen sus excesos en relación con el cambio climático y lo traten como en la realidad merece: sólo es uno de los muchos problemas con los que tendremos que lidiar a lo largo de este siglo» .

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