Una historia de las Casas del Pueblo en España


CASAS DEL PUEBLO Y CENTROS OBREROS SOCIALISTAS EN ESPAÑA. ESTUDIO HISTÓRICO, SOCIAL Y ARQUITECTÓNICO
Francisco de Luis Martín, Luis Arias González
Editorial Pablo Iglesias, Madrid
360 pp. 22 €

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Algunos inolvidables historiadores británicos –Eric J. Hobsbawm y Edward P. Thompson, entre otros– nos enseñaron a principios de los años sesenta que la historia de la clase obrera no era una disciplina militante y siempre previsible, sino una atractiva expedición histórico-cultural. El concepto mismo de «clase obrera» y la consiguiente «conciencia de clase» (en la España radical de principios del siglo XX se hablaba ya del «obrero consciente») suponen una forma de vida y, por ende, un fenómeno de cultura. Sin la aspiración a una sociedad diferente, sin formas peculiares de sociabilidad y autoexigencia, sin lecturas, ritos, cultos y sueños, la historia obrera sería una simple estadística de huelgas, alianzas y derrotas. Lo supieron ver así algunos trabajos que ofreció la revista Estudios de Historia Social (bajo dirección de Antonio Elorza desde 1977) y, casi a la par, las monografías de José Álvarez Junco sobre el anarquismo y el lerrouxismo o, después, las de Ramir Reig sobre el blasquismo, un fenómeno –como el anterior– de clases medias bajas pero que concernía también a artesanos y asalariados. Ya al filo de los noventa, Francisco de Luis Martín y Luis Arias González dieron los primeros ítems de una importante y solidísima bibliografía que fundamentalmente atañe a la cultura e instituciones de la clase obrera en el marco del socialismo, muchas de ellas –como es el presente caso– escritas en colaboración. Uno y otro se han dedicado a lo documental –Arias ha narrado los pasos de la Cooperativa de Casas Baratas «Pablo Iglesias» y De Luis, la historia de la FETE, por ejemplo–, sin dejar de lado la reflexión teórica, como muestra, por ejemplo, el notable artículo de ambos «Mentalidad y cultura obrera en la España de entresiglos», en la revista Historia Contemporánea.

La primera edición del presente volumen, Las Casas del Pueblo socialistas en España (1900-1936), vio la luz en 1997; con un título algo más amplio, refundido y ensanchado su contenido, se reedita muy oportunamente porque, con la meritoria excepción de un entusiasta esbozo de Víctor M. Arbeloa –editado en 1977–, no hay otro estudio comprensivo de estos «templos nuevos» donde «comulgarán los trabajadores en la religión nueva. De aquel templo, de otros a él semejantes, saldrán las Cruzadas. Por sus ventanas se ve más cerca la Jerusalén del trabajo». Con tales ditirambos saludaba Joaquín Dicenta, en 1908 y en las páginas de El Socialista, la inauguración de la Casa del Pueblo de Madrid, que había sido mansión solariega del duque de Béjar en la calle de Piamonte. La cita viene recogida oportunamente por los autores y algo nos anticipa de una función y un clima que buscaban anhelosamente la mutación de «ciertos valores imperantes, casi todos ellos imbuidos del catolicismo dominante», como se señala: las Casas fueron marco de «bodas, bautismos y entierros civiles» y, a la vez que sede de sindicatos y agrupaciones, centros de actividad cultural y de sociabilidad en competencia con la taberna o el casino. Previamente, los autores han establecido la historia del concepto europeo de Casa del Pueblo y evocado la magnitud y alcance de las de Viena, Berlín, Ámsterdam, Zúrich o Bruselas (aquel atrevido edificio diseñado por Victor Horta e inaugurado en la Pascua Roja de 1899, que se derribó en 1964).

Ninguna de las españolas, por supuesto, alcanzó esta magnificencia, a pesar de que la copiosa ilustración gráfica del volumen nos permite apreciar la buena traza racionalista de las asturianas (la de Oviedo, por ejemplo, aún en pie), o la relativa suntuosidad de la de Palma de Mallorca, diseñada por el arquitecto Guillermo Forteza y sufragada por la munificencia de Juan March. Su construcción fue, sin duda, el empeño más simbólico de nuestros compatriotas socialistas, aunque no fuera el único; como recuerdan los autores, «la Cooperativa Pablo Iglesias, junto con las minas asturianas de San Vicente, propiedad del sindicato minero asturiano, con la cooperativa de máquinas de coser ALFA, en Éibar, con la Cooperativa Socialista Madrileña y con Gráfica Socialista, formaron el selecto grupo de autogestión económica organizada por el socialismo español». Y en su entorno se movieron los proyectos de arquitectos militantes y soñadores: uno, como el alicantino Francisco Azorín, terminó en el exilio; otro, como el zaragozano Francisco Albiñana Corralé, fue fusilado por sus ideas, y alguno –como el también aragonés José García Mercadal– logró hacer olvidar sus veleidades de discípulo directo de Le Corbusier y acabó diseñando centros hospitalarios (casi nunca anodinos) para la Seguridad Social franquista.

En la espléndida novela Cinematógrafo (1936), de Andrés Carranque de Ríos, algunos de sus personajes viajaban a Daimiel, donde el protagonista mostraba sus deseos de conocer la Casa del Pueblo. Un vecino medroso le hace reparar en la acera de enfrente en la presencia de un cura, del «dueño de las huertas que rodean Daimiel» y que «ha dado dinero para regalar la bandera a la Guardia Civil», y del boticario que «están vigilando a ver quién entra en la Casa del Pueblo». Y acaban por acudir al ruidoso Casino de los Obreros, donde no hay biblioteca pero «hay fichas para jugar, tienen billar y barajas». No mucho después –nos recuerdan en su libro De Francisco y Arias– las represalias de posguerra echarían abajo las Casas del Pueblo de Valladolid, Éibar o el Puerto de la Luz. El acta de incautación de la de Fitero recuerda que el edificio que acaban de ocupar «tiene la techumbre derruida» y «le faltan la carpintería de puertas y ventanas a consecuencia del asalto de que fue objeto por el pueblo indignado en los primeros días del Movimiento. Todos los muebles y enseres que contenía fueron destruidos y quemados. Es un edificio que a mi juicio merece la pena arreglar, pues sería un magnífico almacén por sus dimensiones, construcción y sitio que ocupa». Bastaría esta muestra para justificar (y agradecer vivamente) la reimpresión de este volumen que, con tanta probidad como contención, hace justicia y honor a los que en 1939 perdieron tanto.

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