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El Vigésimo Congreso del Partido Comunista Chino se celebrará finales de este año y, aun inmersos en la niebla que opaca al sistema político chino, sus preparativos parecen avanzar a toda velocidad. Sobre su resultado final no se especula: la extensión -que se da por cierta- del mandato de Xi Jinping como secretario general del partido, una decisión sin precedentes recientes. ¿Será por otros cinco años o de por vida? Nadie lo sabe con certeza, pero tratándose del partido chino esa incertidumbre también es normal.

Para quienes nos interesamos por estas cuestiones hay algo más interesante: ¿acentuará el congreso la línea crecientemente integrista que Xi ha marcado en sus dos anteriores mandatos? Por integrista hay que entender el reforzamiento del sector público en la economía y la indiscutible autoridad del partido sobre cualquier otro aspecto que incida sensiblemente sobre el curso de la vida política.

Tal vez por su capacidad de síntesis y la firmeza de sus conclusiones me ha llamado poderosamente la atención una reciente conversación (4 febrero 2022) entre Peter Robinson y Stephen Kotkin donde, junto a otras cuestiones de la geopolítica actual, se abordan las razones por las que resulta difícilmente pensable que del congreso pueda dar pasos hacia una línea reformista.  

Ante todo, ¿quiénes son esos dos sujetos y por qué importa lo que digan? 

Peter Robinson es un investigador principal en Hoover Institution, un instituto de investigación social y política de la Universidad de Stanford. Escribe sobre asuntos de actualidad y, sobre todo, produce podcasts (Uncommon Knowledge) donde entrevista a numerosos colegas suyos con los que comparte una visión conservadora de la geopolítica actual. ¿Y Kotkin? Ante todo, es un profesor de historia contemporánea en la universidad de Princeton y también investigador principal en Stanford.

Basta con echar un vistazo a los catálogos de Amazon España o de la Casa del Libro para encontrar que Stalin, uno de los fundadores y el gran artífice de la primera sociedad comunista de la historia ha sido objeto de numerosas biografías algunas de las cuales se han escrito en español, aunque la mayoría se han traducido de otras lenguas. Resulta por eso notable la ausencia entre las últimas de los dos tomos de Stephen Kotkin (Stalin: Paradoxes of Power 1878-1928. Penguin: Nueva York 2014 y Stalin: Waiting for Hitler 1929-1941. Penguin: Nueva York 2017) porque hay un amplio consenso en que son la más documentada de cuantas se han escrito hasta hoy. El proyecto de Kotkin, por cierto, está aún inacabado a falta de un tercer volumen. 

Kotkin no es un especialista en China. Pero conoce en detalle el genoma de los regímenes comunistas porque todos, ya sean el original de la Rusia soviética, ya sus variantes delta de Europa oriental en 1989, ya la ómicron de China más Vietnam y Corea del Norte pertenecen todas ellas a la misma especie. Aparte de su biografía de Stalin, otros dos trabajos de Kotkin han contribuido notablemente a desentrañar su evolución: Armageddon Averted: The Soviet Collapse 1970-2000 (Oxford UP: Oxford y Nueva York 2008) y Uncivil Society: 1989 and the Implosion of the Communist Establishment (Modern Library: Nueva York 2009), éste último en colaboración con Jan Gross. Tampoco están traducidos al castellano.

Como puede deducirse de sus títulos el primero es un estudio pormenorizado de la etapa final del comunismo soviético y, el segundo, otro -menos detallado- de los días finales de su imperio en la Europa del Este. En esa lectura del genoma comunista por Kotkin falta por incluir las variantes latinoamericanas (Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua hasta ahora), tal vez menos decisivas, pero no menos letales.

Pero vayamos a la entrevista que comienza precisamente por el caso chino.

Para Xi Jinping y para el PCC el hundimiento de la Unión Soviética y la desaparición de su régimen comunista, anticipada en Europa oriental 1989, es cuestión decisiva para marcar el rumbo que no debe tomar su política. El asunto se estudia en las escuelas de formación del partido, pero también ha ocupado varias sesiones de trabajo del Comité Central. Hay una razón fundamental para otorgarle tanta importancia: evitar una reedición china del fracaso soviético.

Por eso resulta imprescindible dotarse de una noción clara de lo sucedido allí. Algo que, en el fondo, es bastante elemental. Lo más peligroso para el régimen chino, cree Kotkin, es caer en la ficción de que su durabilidad puede mantenerse por medio de acoplamientos o revisiones crónicas que lo hagan más atractivo. Eso es una trampa. No se puede ser comunista a medias, ni existe un monopolio demediado del poder: se tiene o no se tiene. Todo intento de compensación atenta directamente contra su legitimidad. Justamente lo que ha refrendado la reciente resolución sobre la historia del partido aprobada el pasado 11 de noviembre 2021. Pese a cambios, aciertos, errores, altibajos y acoplamientos, la historia del partido ha de aceptarse como una unidad indivisible.

Sin embargo, recordaba Kotkin, dada la magnitud de muchos de sus errores y la necesidad de proceder a cambios de rumbo imprevistos y difícilmente explicables, es en esos momentos de crisis cuando aparece la tentación de proceder a reformas internas que se justifican, siempre dentro de la necesidad histórica de la que ha nacido el movimiento comunista, como una corrección de deformaciones imprevistas. Inicialmente se proponen reformas económicas, más bien coyunturales, para mantener el rumbo y recuperar legitimidad.

Pero si, más allá, se intenta una liberalización política y se permite la discusión en el seno del partido, pronto aparecen sectores que cuestionan la parvedad de las reformas y plantean su extensión. Se empieza a cuestionar por qué no puede haber otros partidos y esa dinámica lleva con rapidez a la exigencia de aceptarlos, una deriva imposible en el seno de un monopolio unipartidista. Cuando se ha intentado, los resultados no han sido halagüeños. En Hungría 1956, el régimen amenazó ruina en pocos días. Lo mismo que en la primavera de Praga 1968. Y más tarde y más drásticamente bajo Gorbachov en la Unión Soviética.

El imperio soviético de Occidente se derrumbó en unos pocos meses de 1989 -entre el llamado Picnic Paneuropeo de 19 de agosto y la demolición del Muro de Berlín en 9 de noviembre-. Dos años más tarde, la Unión Soviética dejó de existir. Si tratamos de entender lo sucedido, conviene comenzar por esto último, pues en definitiva fue la falta de una respuesta soviética decisiva a los intentos de secesión de sus estados satélites lo que permitió a éstos conseguir su liberación. Este último caso lo había estudiado a fondo Kotkin en su citado Armageddon Averted.

El proceso de disolución de la Unión Soviética había echado raíces tiempo atrás. Para Kotkin, «lo que sucedió allí y continuó en Rusia, no fue otra cosa que una repentina manifestación -convertida inmediatamente en insuperable persistencia- de la agonía mortal de toda una forma de vida que giraba sobre una economía ajena al mercado y a unas instituciones antiliberales» (Armageddon, location 156. Cito por la versión Kindle).

Desde los 1970s tanto la KGB como la CIA habían apuntado la aparición de un perceptible descontento en el seno de la sociedad rusa. El proceso, sin embargo, crecía lentamente y su despliegue tuvo que esperar a un relevo generacional. A principios de los 1980s la vieja guardia que había ocupado las cumbres del poder tenía una edad media por encima de 70 años y fue desapareciendo con rapidez.

La nueva generación de dirigentes no se proponía llevar a cabo otra revolución. Cuando Gorbachev fue elegido secretario general del PCUS en 1985, a lo que él y sus poderosos colegas aspiraban era a renovar el proyecto comunista, darle nuevas energías y ampliar su esperanza de vida. Una vez más, creían indispensable reformar la economía planificada, pero, como lo habían hecho desde el triunfo de la revolución de Octubre, sin aceptar la propiedad privada ni permitir que fuera el mercado quien determinase los precios. También se proponían relajar la censura e impulsar así una eventual reforma del partido para renovar su legitimidad.

Pero ése fue su error. «Se equivocaron. Inopinadamente la perestroika destruyó la economía planificada, la lealtad al socialismo y, al final, la propia legitimidad del partido. Y ese golpe al partido hizo tambalearse a una Unión Soviética a la que sólo el partido mantenía ya viva» (Armageddon, loc.169).

Así fue el final que conocemos, aunque en aquellos momentos fueran muchos quienes temían que la aceleración del proceso pudiese acabar en una eventual conflagración que no se quedase dentro de las fronteras de la URSS. Estuvo a punto de suceder en agosto 1991, pero no cuajó.

¿Qué sirvió de amortiguador? Para Kotkin la respuesta tiene un nombre: petróleo. Entre 1961 y 1969 la URSS identificó la existencia de sesenta nuevos campos del combustible en su territorio y el Kremlin pasó de ser un importador neto de petróleo a convertirse en un gran exportador. Ese golpe de suerte, que coincidió con una fuerte subida de su precio tras la guerra de Yom Kippur (1973), permitió a la jadeante economía soviética mantener su producción pese al despilfarro de energía de un aparato productivo ineficiente; ayudar a los países satélites a superar el choque por el coste del petróleo; y a mantener al ejército en paridad con el americano.

Pero ésa no era más que la mitad de la historia.

Además de la obsolescencia de buena parte de su aparato productivo, el gran problema de la URSS era la carencia de unas instituciones políticas eficaces y respetadas. Entre la Gran Depresión y la victoria en la Segunda Guerra Mundial sus dirigentes pudieron con relativa facilidad hacer culpable al imperialismo de todos los males que afligían a la humanidad. Pero a partir de 1945 Estados Unidos y, luego, los países capitalistas europeos entraron en una fase de rápido crecimiento que la radio y la televisión soviéticas, por censuradas que estuviesen, no podían ocultar.

Peor aún, la victoria de 1945 permitió a la URSS continuar sus antiguas hazañas imperialistas con la imposición de regímenes estalinistas en sus satélites de Europa oriental. La adquisición de ese imperio exterior representó también un aumento de su vulnerabilidad económica y política.

Y en esto llegó al poder la nueva generación, consciente de que la evolución de la URSS exigía renovar las promesas del socialismo, revigorizar al partido y recobrar los ideales imaginarios de Octubre 1917. En una de sus deliciosas ironías, la historia, empero, llevó a que las rígidas estructuras del estalinismo sufrieran una fuerte sacudida y a que el deseo de recuperar el marxismo leninismo se convirtiese en un dinamismo tan frenético como desestabilizador. «Lo que se convirtió en la última movilización del partido, la perestroika, no fue producto del deseo de recomponer ordenadamente las filas, sino la persecución de un ensueño romántico» (location 475).

Los nuevos dirigentes intentaban aplicar remedios tradicionales a una sociedad soviética que se había trasformado a fondo en los veinticinco años posteriores a la muerte de Stalin (1953-1978). A finales de los 1970s los residentes urbanos doblaban ya a los rurales; más de la mitad vivían en apartamentos, pequeños y pobres, pero con baño y cocina privados; un 90% de las familias poseían neveras y un 60% lavadoras; aunque las colas persistían, la economía en la sombra proveía muchos bienes de consumo esenciales desde pañales para niños hasta zapatos. En 1950, el año en que Gorbachev entró en la universidad de Moscú, sólo un 3% de la población iba a la universidad; a finales de los 1970s un 10% tenía un grado universitario y un 70% había acabado el bachillerato.

La censura conseguía limitar el acceso a una información libre, pero las radios de onda corta permitían seguir las noticias de las emisoras capitalistas. Y la televisión, que se extendía rápidamente (de 400 receptores en 1940 a 90 millones en los 1980s), ver algunas series no rusas.

En definitiva, el romance con la cultura de consumo masivo del Oeste había suplantado a las epopeyas de Octubre y de la Guerra Civil, de la construcción del socialismo en los 1930s o de la Segunda Guerra Mundial en las que se habían educado las generaciones anteriores. Esas trasformaciones fueron mucho más poderosas que el heroísmo de los disidentes, cuyo movimiento nunca llegó a concitar a las masas. «Pero el régimen se enfrentaba con una amenaza considerablemente superior a la de los “disidentes”: un ejército de varios millones de científicos mayoritariamente inactivos en política pero que chocaban con las autoridades por el acceso a datos domésticos básicos y a publicaciones extranjeras que les negaban sus superiores políticos» (Armageddon, loc. 650). Pero, como se lo recordaba Suslov, el gran pontífice del control ideológico, los tanques tuvieron que ocupar Checoslovaquia en 1968 tan pronto como allí se aprobó la abolición de la censura.

«En conjunto, estos cambios de la posguerra no resultaban especialmente excepcionales en sí mismos. Sin embargo, devinieron potencialmente intratables por su relación con el crecimiento económico, la revolución en el consumo, la explosión de la cultura de masas y la acogida de la democracia en el exterior de la URSS» (Armageddon, loc. 670).

Como se acaba de apuntar, cada vez que un sistema leninista ha intentado abrirse para mejorar su «democracia» o, lo que es lo mismo, liberalizar su estructura unipartidista, sus dirigentes acaban por descubrir que su audiencia rechaza el monopolio comunista y prefiere el multipartidismo. Y eso hace imposible culminar una reforma controlada. Pronto se llega a un punto donde, como en un jersey, si se tira de una hebra de la lana, ésta se desteje y el jersey pierde su forma. Así que no es posible liberalizar políticamente un sistema comunista sin contar con la posibilidad de que éste se desmantele rápidamente y por completo. Ése, recuerda Kotkin, fue el argumento central de Armageddon Averted y es el mismo que respalda Xi Jinping.

Cuando, como lo hacen los partidarios de la hipótesis modernizadora, se propone la necesidad de que un país de economía controlada por el sector público pase a integrarse en la economía global, los reformistas que aceptan el consejo no pueden pararse ahí. Pronto se ven obligados a dar entrada a la liberalización política porque esa modernización económica se intenta para incorporar a unas clases medias que, pronto o tarde, acabarán por exigir el reconocimiento del derecho de propiedad y el imperio de la ley. Si quiere pervivir, un sistema comunista no puede entrar en ese juego. Y si lo hace, adiós al sistema.

Quienes no se sienten entusiastas del régimen y quieren impulsar la liberalización política desde el interior del régimen comunista chino merecen el apoyo de los partidarios de la democracia en el exterior. Qué más quisieran -quisiéramos- que ver aparecer a un Gorbachov chino. Pero los dirigentes actuales no están dispuestos a aclamarlo porque temen razonablemente que esa liberalización pronto acabaría en Hungría 1956, en Praga 1968, en Rusia 1991… o en Tiananmén 1989.  

Por eso mismo Xi, que es un buen apparatchik, obliga a sus camaradas a estudiar lo que pasó. Se empieza por liberalizar el monopolio del partido en la economía y las primeras consecuencias son muy aceptables. Pero en el momento en que muchos grupos fuera del partido empiezan a amasar riquezas y también aumentan su propio patrimonio de poder, pronto empezarán a decir que hay que abrir las fronteras y saludarán el libre acceso a Internet. Es fácil imaginar adónde se encaminan.

Por eso tampoco es aconsejable impulsar una liberalización económica sin límites: así se crean grupos independientes que cada vez reclaman un mayor poder para los mercados y los empresarios. Y por eso también el partido ha comenzado a ajustarles las cuentas. En el fondo la demanda de libertad económica acaba por poner en riesgo el monopolio del poder que es esencial para los sistemas comunistas. De ahí los crecientes ataques del partido a un sector privado, al que, no sin razón, consideran un enemigo mortal.

Eso, dice Kotkin, puede formularse desde la lógica del marxismo. Para sus partidarios, la política es parte de la superestructura y refleja la llamada base del modo de producción, es decir, las relaciones socioeconómicas. Si esas relaciones sociales son determinantes y se han tornado capitalistas, un marxista tiene que preguntarse qué va a suceder con las estructuras políticas leninistas, en definitiva, con sus propias formas de vida. Y cualquier marxista que se precie sabe que estarán llamadas a desaparecer, que no podrían sobrevivir. Y tiene razón. En la realidad, más allá  del universo teórico marxista, abrir la economía y legalizar sin límites los mercados privados acaba por convertirse en una seria amenaza al monopolio del partido y, pronto, da en la exigencia de su desmantelamiento.

Por eso Xi y el PCC están volviendo a insertar células y comités del partido en las compañías del sector privado. Así se crea una estructura dual: por un lado, los altos ejecutivos y los consejos de administración y, al otro, la maquinaria del partido que les exige alinearse con sus intereses.  

En este punto, su entrevistador recuerda a Kotkin una cita de Xi Jinping en 2013 en su saludo a los nuevos miembros del Comité Central designados en su 18o Congreso. «Hay quien piensa que el comunismo es un ideal inalcanzable. Pero los hechos han mostrado repetidamente que su análisis no ha envejecido. El capitalismo está destinado a morir». ¿Es una posición razonable? ¿Son en la realidad tan fanáticos los comunistas chinos? ¿Creen de verdad en una revolución mundial que haga valer esa profecía marxista?

Respuesta: tendemos a pensar que les alienta el cinismo y que ese saludo al comunismo no es más que otro cabezazo ritual ante una ideología comunista en la que no creen. Que son declaraciones retóricas. En definitiva, sus observadores pensamos que nadie en su sano juicio puede creer realmente en esa ideología después de lo sucedido en la antigua Unión Soviética, después del triunfo global de la economía de mercado.

Pues no. La ideología comunista es dinámica y muchos de sus partidarios aceptan que en el camino hacia el comunismo ha habido equivocaciones, pero también que todo se puede hacer mejor la próxima vez. Que los errores y los excesos no pueden achacarse a su ideología sino a sus dirigentes, a Stalin, a Mao. Que es posible corregirlos con un socialismo de rostro humano. A muchos de quienes no aceptamos la ideología comunista su opción puede parecernos aceptable y hasta lógica. Sólo piden una oportunidad.

Pero es precisamente la que aterra a los Suslovs y a los Xi Jinpings del aparato porque ven con razón que, en el fondo, es sumamente peligrosa. No es un ataque desde el exterior del sistema. Los reformistas dicen no querer otra cosa que hacerlo más dinámico, más eficaz y, al tiempo, coinciden con los duros en que no se puede renunciar al monopolio del poder si la meta es el comunismo. Y ésa es la caridad por la que, como suele decirse, entra la peste. Los reformistas se han endilgado el cinturón explosivo de los jihadistas. Si en algún momento llegan a alcanzar el poder no dudarán en activarlo. Mientras puedan, Xi y sus seguidores tratarán de impedirlo a toda costa.

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