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Trastienda

Guerra

Louis-Ferdinand Céline

Anagrama, Barcelona, 2023

V13

Emmanuel Carrère

Anagrama, Barcelona, 2023

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Europa resurgida. Se habla con unción de la Paz Europea alumbrada por la «unión» de las viejas naciones guerreras tras la capitulación de Alemania en 1945. El senil y achacoso continente incluso se autorregaló el Premio Nobel de la Paz en 2012 para refrendarlo. La hija de Agenor renacida por inseminación artificial y fórceps después de dos guerras mundiales de gestación casera, con lodazal balcánico mediante y los acechantes tentáculos de Ucrania en el horizonte. «Hipocritillas con sus tratados, sus coches eléctricos y sus doce estrellitas sobre fondo azul», pensaría Céline. Tal vez Guerra no sea una lectura para bienpensantes. Quienes se apresten a ello seguramenteya conozcan la obra de Louis Ferdinand Auguste Destouches (Courveboie, 1894-París 1961) y esta reseña no vaya a suponer ninguna diferencia. Probablemente también haya quien por la índole de sus intereses u ocupación lo haga de un modo «profesional», historiadores, académicos, universitarios, periodistas, escritores…, y tampoco suponga ninguna diferencia. ¿Qué decir entonces a nuevos, vírgenes lectores?

Quizá y en primer lugar, apuntar que Céline es un acabadísimo producto de Europa, de su pozo sin fin de cinismo e ignominia, pero sin bozal. Se podría establecer una comparación con otro compatriota suyo ―tal vez más conocido en la actualidad― que también despierta alarma, asco y fascinación a partes iguales, Michel Houellebecq. Ambos provocadores. Ambos desaliñados, xenófobos, histriónicos y fanfarrones. La diferencia es que Céline es un auténtico maldito y un verdadero escritor, mientras que Houellebecq ni inventa lenguaje ni lo retuerce ni lo engrandece ni lo viola ni lo expande. Más bien se deja mecer en el río manso y apacible de lo mediático. «¿Entonces?», se preguntarán. La comparación simplemente pretende ayudar a ubicar al primero en el retablo de la literatura francesa entre Sade, el conde de Lautréamont, Rimbaud, Zola, Genet, Artaud, Brasillach y Camus, elevándose por encima de la etiqueta de enfant terrible que porta su émulo.

Encuadrado Destouches, vayamos al contrapunto Carrère. Resulta estimulante introducir en este momento la diafonía V13, otro retrato de la trastienda francesa contemporánea completamente alejado del afán celiniano por la demolición, pero igualmente elocuente. También hay una guerra como telón de fondo. Un combate sordo y persistente que horada como la carcoma los cimientos de esa democracia republicana donde se asienta la baguete matutina y el cruasán de media mañana. El combate de ellos contra nosotros. Los desechos que trae la marea de nuestras «operaciones» para implementar nuestra geopolítica de funambulista que puertas afuera de la Unión tolera cosas que no toleraría dentro. El azote ciego del terrorismo yihadista del Estado Islámico y la respuesta de la democracia francesa, espejo de excepción para el resto de Europa. ¿Qué se hace con ellos? ¿Qué se hace con quienes se despedazan a sí mismos llevándose por delante a 130 personas y dejando centenares de heridos, de amputados y trastornados? Se hace un juicio. Un juicio que Emmanuel Carrère cubrió acreditado por Le Nouvel Observateur para dejar constancia en una crónica de largo recorrido que también se publicaría en distintos periódicos europeos. El proceso del siglo en Francia, respuesta modélica con las armas del Estado de derecho: 5 años de instrucción, un sumario de 542 tomos, 9 magistrados, 400 abogados, 300 testigos, 20 imputados, 6 de ellos en ausencia, una sala acondicionada especialmente en el vetusto palacio de justicia de l’île de la Cité, entre la Sainte-Chapelle y el quai des Orfèvres, 141 medios acreditados, 10 meses de vista y un auto de procesamiento de 378 páginas.

Dos abordajes, ambos crónicas noveladas de hechos reales, que iluminan las traseras de la guerra, de Francia, de Europa.

En el caso de Céline, se trata de la edición de un manuscrito de primera intención ―repleto de enmiendas y tachaduras― perdido durante 80 años que ha reaparecido junto a otros de sus papeles que le fueron sustraídos de su piso en la época de la liberación de París, cuando huyó a Alemania perseguido por su sombra de panfletario antisemita afecto a los buenos chicos nazis. Guerra es una egagrópila de raíz autobiográfica que arranca con la herida que el joven Céline recibió en los primeros meses de la Primera Guerra Mundial, a la que fue voluntario con 18 años.

Si contemplan ustedes la foto del muchacho Ferdinand posando con su uniforme del que prende la Legión de Honor de los suboficiales, pensarían: ¡Qué seriecito! ¡Qué solemne! ¡Qué mirada limpia, de orgullo! Destouches recibió la condecoración por el valeroso acto en el que fue herido gravemente en un hombro ―y tal vez en el cráneo― a causa del estallido de un obús. Hecho al que achacó sus eternas migrañas, el ruido furioso dentro de su cabeza que ya no le abandonaría nunca. Eso ocurría en noviembre de 1914. Veinte años después, entre Viaje al fin de la noche y Muerte a crédito, regurgitaría Guerra, ya pasada por los ácidos de sus tripas. A diferencia de las muchas novelas sobre la Gran Guerra que sin duda conocen, esta crónica solo tiene unos instantes de frente: zanjas llenas de agua, vacas hinchadas, la papilla sonora del tímpano de Céline. El resto es retaguardia. La guerra se revela en la retaguardia, el espacio donde se capturan sus auténticos rostros.

Las traseras aquí son las dependencias del hospital ubicado en el ficticio Peurdu-sur-la-Lys y a ratos el café del pueblón. Los aditamentos: heridas putrefactas, dolor, los bajos instintos de los enfermos, sus mentiras, los mandos corruptos, matasanos incompetentes, chicas prostituidas… Pero, quizá, nada encarna mejor la idea de trastienda, de cuartucho sin ventanas que es cualquier contienda, que la enfermera L’Espinasse, personaje fascinante que se dedica a masturbar a sus muchachos malheridos e incluso a pasarse de tanto en tanto por la morgue, en la planta del sótano, en busca de alivio. ¿Quién es L’Espinasse? Como afirma algún crítico, ¿un personaje hipersexualizado por la misoginia de Céline? ¿O más bien la guerra misma? L’Espinasse manda, domina con oficio la planta de miserables, moribundos, desgraciados, proxenetas. L’Espinasse cura, aplaca, dirige, decide el destino de los soldados, si salen de permiso, si van a operarse, si comen esto o aquello, si les toca erección o si les toca muerte. L’Espinasse sabe lo que es el horror y aprovecha la coyuntura, sobrevive, surfea las olas de la guerra y las patrañas de la patria en la que ni uno solo de los personajes de Céline cree, claro.

Las traseras son también el juicio llamado V13, por el viernes 13 de noviembre de 2015 en que tuvieron lugar los atentados simultáneos en la discoteca Bataclan, en varias terrazas de restaurantes parisinos y en el exterior del Estadio de Francia. Un juicio que nos parece ya lejano, una guerra que nos suena a eventual y que, sin embargo, dejó (y sigue dejando) estampas como la que refirió el investigador que hizo las primeras comprobaciones en la sala Bataclan: «Pisamos charcos de sangre, aplastamos pedazos de dientes y huesos, hay teléfonos que suenan, las familias que llaman. Cuando empezamos a evacuar los cadáveres, estaban hasta tal punto impregnados de sangre, pesaban tanto, que tuvimos que transportarlos entre tres. Mi obsesión era pasar al lado de una víctima que se había escondido en una ratonera y había muerto sin que la localizasen. Varios días después, todavía encontramos una pierna». Eventual pero idéntica a las demás, ¿no es cierto?

Aunque más que traseras, en este caso, sería más exacto decir microcosmos, burbuja, «paquebote», como lo llama Carrère. Para todos, asistentes y lectores, el juicio consiste en embarcarse en un navío que quedará al pairo en mitad del océano. Allí, sin el ruido de la inmediatez, se produce una disección del mal, de la casualidad ciega, de la banalidad, del concepto de víctima, de la retórica de la venganza, del argumento «de ruptura». «¿Qué es esto último?», se preguntarán. Carrère lo sintetiza perfectamente en el capítulo «El Chacal»: «Abdeslam se ha levantado, se ha agitado en el banquillo hasta que le han abierto el micrófono y ha preguntado si también darán la palabra a quienes sufren los bombardeos sobre Irak y Siria. […] En general, esta réplica de Abdeslam se ha considerado una provocación, pero su argumento me ha dejado pensativo. Pertenece a la denominada defensa «de ruptura», teorizada en 1987, durante el juicio del oficial nazi Klaus Barbie, por el escandaloso y célebre abogado Jacques Vergès. “De acuerdo, decía Vergés, Barbie torturó en Lyon, pero el ejército francés hizo lo mismo en Argelia. En consecuencia, cada vez que se hable de tortura en Lyon, la defensa invocará la tortura en Argelia”».

Carrère no es como Céline. Pese a que puede ser despiadado en su objetividad, se mantiene sereno. Se muestra empático, se involucra en lo que relata, opina, pero no se enfanga. Cabe suponer que resulta prácticamente imposible asistir a un juicio diariamente durante diez meses sin aburrirse, sin naufragar en los procelosos detalles jurídicos, en la reiteración de las historias, en las aclaraciones de los expertos. Sin embargo, Carrère logra que en su crónica el juicio nos abduzca como al grupito de enganchados que no se pierden la vista ni un solo día. Muestra con una tensión sostenida la trastienda poliédrica donde se almacenan las experiencias grotescas y atroces de los supervivientes, los pisos conspirativos de la banlieue, la cocina de Nadia, que perdió a su hija, en un pisito del bulevar Voltaire, las rotondas de circunvalación, los entresijos de la abogacía, el barrio de Molenbeek, el historial de búsquedas en internet de uno de los ordenadores de los terroristas… Nos lleva de la mano por el nosotros, «demócratas apacibles, personas decentes» a las que el V13 induce el efecto comunidad, generando lazos, identificación. Porque el juicio representa a la sociedad y en nombre de la sociedad interrogan los fiscales, los abogados. Aunque la pregunta, como la guerra, continúa abierta al cerrar sus páginas: ¿qué espera usted de este juicio?

Hurgando un poco más entre sus páginas, cabe quizá recuperar la historia de la mitómana de Bataclan, perfecto contrapunto o alter ego de L’Epinasse. Flo no es una víctima directa pero, según asegura, se dedica a ayudar a Greg, que sí lo es. Diligente, activa, siempre disponible, acaba siendo la webmaster del foro de víctimas Life for Paris. Orienta, ayuda, consuela. Posa para Paris Match, incluso habla en la Asamblea Nacional en una comisión de víctimas. Ha encontrado el sentido de su vida, pero, desgraciadamente, la pillan en el momento en que se descuida y de su boca sale como salivilla una oración en la que se autodenomina y se hace pasar por una de las víctimas. Tanto, tanto ha interiorizado el papel…

A Carrère le interesa esa misteriosa actividad humana que es impartir justicia. Céline no cree en la redención ni en la salvación. El antiproust detesta a los representantes de lo pequeño burgués, esos idiotas, que en Guerra encarnan a la perfección sus padres, en la escena en que lo visitan en el hospital. La guerra la hacen los desgraciados, en su mayoría miserables y necios, aplaudidos por los pequeños burgueses que ignoran que están condenados a extinguirse, a encallar en la pobreza y la irrelevancia. La guerra la mandan malvados, imbéciles, oportunistas, la chusma. Nadie merece compasión. ¿Obra maestra? ¿Boceto? En todo caso Céline en estado puro; como apunta su traductor: «Yo lo visualizo como un niño enrabietado. Grita y es incapaz de articular un discurso bien construido, pero, a la vez, la rabia no le impide expresar con fuerza lo que siente. Lo que consigue es una música única y para entenderlo tienes, o que bajar el volumen o alejarte un poco».

Natalia Pérez-Galdós es escritora, traductora y fotógrafa.

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Louis-Ferdinand Celine, 1914. Imagen: Wikipedia
Louis-Ferdinand Celine, 1914. Imagen: Wikipedia

Ficha técnica

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