
Montana, «el último lugar»
Propongo aquí un paseo por el mito envenenado del salvaje Oeste: un entorno ficticio. El sueño de la frontera, el sueño de la pureza, el sueño de la libertad, el sueño de lo salvaje. Todavía respiramos. Todavía caminamos. A la hora que queremos. Encendemos un fuego y contemplamos las estrellas. Somos libres. El estado de Montana, en EE.UU., es un territorio ensimismado y fascinante donde confluyen las corrientes subterráneas de las sociedades contemporáneas. Olas gigantescas de magma que emergen al fin entrechocando sus espumas furiosas entre los bosques de abedules y roble americano, entre los pinos y los abetos Douglas que, un poco más arriba, cubren las laderas espesando los senderos de las Rocosas, la espina dorsal de la América occidental, desde Canadá hasta Nuevo México. El viejo y lejano salvaje Oeste. Como decía Thoreau: «En la naturaleza salvaje está la preservación del mundo… Todas las cosas buenas son libres y salvajes».







