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El regreso de Manga Ranglan

Manga Ranglan y el viento de la memoria

Eduardo Iglesias

Madrid, Huerga y Fierro, 2023

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Y como todo hijo pródigo, volvió. Con ese deseo concluía Eduardo Iglesias su novela Aventuras de Manga Ranglan en 1992. En un gesto de amor irrefrenable, el autor interviene en el epílogo de dicha narración ofreciendo un final alternativo, procurando a sus personajes vivencias, logros y esperanzas. De este modo, Iglesias desdobla —con el desenlace original y el secundario— la ficción en diferentes grados de verdad; algo que continúa haciendo en Manga Ranglan y el viento de la memoria, donde se siguen fragmentando las opciones y los saltos entre subescalas se vuelven constantes.

Una primera cita introductoria, del Pedro Páramo de Juan Rulfo, nos prevé del juego literario que teñirá la obra. Como en la novela del escritor mexicano, un halo onírico se entremezcla en cada escena, haciendo dudar de su posibilidad. Las riendas del convencimiento se pierden con la lectura, dejando uno de saber quién vive y quién no, qué lugar es factible y cuál pura ensoñación. El escenario pandémico se vuelve cómplice de esta intención y potencia sus capacidades al señalar, de manera constante, las calles vacías, el desierto urbano. Si bien, el protagonista no hace hincapié ni en el confinamiento ni en la enfermedad, diferentes datos sugieren —de forma más o menos explícita— el momento de la trama: «vio gente asomarse a los balcones (…) y después todos aplaudían»; usó unos «guantes de plástico que tiene todo el mundo»; entró en las tiendas «con pañuelo al estilo bandolero y nadie le dijo nada»; bajó las «escaleras gastadas por la lejía de tanta limpieza»…

El subir y bajar escaleras o montañas, adquiere especial relevancia en el relato. Lo hace recordando a Bachelard en su poética del espacio. Subir e ir significa apostar por un futuro, bajar y volver supone bucear en el pasado. El espíritu libre y nómada de Manga Ranglan queda recluido en un «viejo apartamento que durante un tiempo le cobijaba», sirviendo de hipocentro para un sinfín de retrotracciones desde la soledad del cuarto o a través de imágenes puente. Aun siendo la fórmula literaria otra, no debería dejarse de contemplar esta novela como una especie de aventura de carretera, sello identitario del autor. Una aventura de carretera que se desarrolla in situ, desde casa, gracias a la memoria (de ahí las no tantas referencias geográficas, de recorridos y kilómetros detallados, en comparación con trabajos anteriores). El techo y la ventana sirven de acceso a vivencias pasadas, que van y vienen como llevadas sin razón por el viento. Este juego de analepsis interrumpidas y superpuestas le permite al autor recuperar algunos personajes de la obra anterior, incluso apuntar desenlaces que quedaron abiertos. En la narración destacan nuevas figuras de interés: la mujer con gabardina, los vecinos lectores o Silvan, el único amigo conocido del protagonista. A su vez, Valentina y Demian recuerdan de algún modo a Elizabeth y Anne; también Loba recuerda a Mac-Queen y las peripecias se recuerdan entre sí, como si reflejaran la vida en espiral o las reiteraciones en su experiencia fueran habituales; algo que ya apuntó Sanz Villanueva en relación con la novela Por las rutas los viajeros de 1996, a la que se alude en el último párrafo del libro. Sin embargo, el mayor valor de la vista atrás es el regreso a la infancia, entendida como patria. El recuerdo de los abuelos, la geografía primera y los miedos, velan los rasgos autobiográficos más significativos del autor, fundiendo en uno mismo a Eduardo Iglesias y a Manga Ranglan, su alter ego. Así la literatura interviene para la vida y la vida se traduce en literatura.

Como Don Quijote de la Mancha para Alonso Quijano, Manga Ranglan para Eduardo Iglesias. Dulcineas muchas, escudero ninguno, tiene a Betsie —su viejo Camaro— como Rocinante, y aventuras infinitas en la carretera. Él también liberó a unos presos, buscando evitar la injusticia. El mundo interior del protagonista y su personalidad desdoblada son cada vez de mayor intensidad; con un Manga y un Ranglan que llegan, incluso, al diálogo. El primero, nervioso, enamoradizo y fantasioso; el segundo, espontáneo y racional. La confusión entre ficción y realidad, la discusión interna entre Manga y Ranglan, se incrementa con los días de encierro. Lo hace a este lado del charco, más cercano al territorio y a las gentes que extrañaba durante su periplo en Estados Unidos. En aquel entonces, su oficio se centraba en realizar lecturas para una editorial, ahora —una vez agraciado por una herencia— Manga Ranglan goza ya de las posibilidades para la escritura; como reflejan los párrafos que cierran, con una destacada prosa poética, la mayoría de los episodios narrados. De este modo, el protagonista se convierte en el mejor cómplice de su autor, cuya pluma siempre ha manifestado una marcada resonancia de ritmos propios de la poesía.

Pese a la fresca, cómoda y ágil lectura, ninguna de las novelas de Iglesias son obras fáciles ni al uso. En estas, las historias se retuercen y entremezclan en complejos remolinos dejando tanto referencias como significados ocultos —como el jardín donde los perros ocupan las copas de los árboles igual que lo hacen las cabras en los arganes o como el águila que arroja a la cierva en el «centro del claro del bosque», en una nueva alusión al legado de Zambrano (como hizo el autor en Tormenta seca de 2001)―. Esta suma de criterios literarios apunta a una conexión entre el conjunto de sus publicaciones, siendo cada una de ellas partes suficientes de un mismo proyecto. Entre otras, una de las máximas de los trabajos de Iglesias es la reconexión con la naturaleza, la huida de las ataduras sociales padecidas en la ciudad y de sus feroces comportamientos de consumo. Bajo esta estela, se muestra Lekuona (en euskera, el buen-lugar), como un paraíso perdido, recuperado desde el recuerdo y al que el protagonista apunta a querer regresar en las últimas líneas de la narración. Hogar, mujer, lumbre. Un desenlace de novela elegante y maduro, que no perjudica —de ningún modo— su potencial cinematográfico.

Con Manga Ranglan y el viento de la memoria, Iglesias vuelve tan Iglesias como siempre, ofreciendo a sus lectores nuevas historias que exigen la reflexión de las inquietudes, sueños y sentidos más esenciales de la existencia humana. Cumplidos cinco años de silencio desde El vuelo de los charcos y diez desde el primer Manga Ranglan, la dilatada espera se ha convertido en éxito y en deseo compartido de nuevas entregas.

Juan Alberto Vich Álvarez es escritor, graduado en Ciencias Químicas y en Filosofía. Doctorando en filosofía del arte en la Universidad de Deusto. Trabaja como gestor cultural y colabora en diferentes revistas y medios digitales. Autor de tres libros. Fundador y director de la revista cultural Trépanos.

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Esperando el fin del confinamiento. Imagen: Haydn Golden
Esperando el fin del confinamiento. Imagen: Haydn Golden

Ficha técnica

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