Leer en papel es prácticamente la única actividad que se puede hacer con total libertad en la era cibernética, ajena a la monitorización constante a la que nos somete internet, y que se puede practicar cuantas veces se quiera sin dejar un rastro digital. Nadie sabe qué libro sacamos de una estantería, ni en qué página lo dejamos al parar de leer, ni en qué página lo abrimos al día siguiente. Ningún algoritmo factoriza esa actividad, ni la usa para entrenar una máquina de inteligencia artificial, ni para hacernos un perfil sociológico que pueda servir para vendernos productos a través de las redes sociales. No van a salir vídeos inesperados ni deepfakes donde se nos vea pasando las páginas de un libro en soledad, enfrascados en la lectura. Desde ese punto de vista, en la sociedad de la esclavitud digital, donde todos somos ya los microsiervos que pronosticó Douglas Coupland, leer en papel es una actividad subversiva, radical, anarquista. Pese a ello, los libros físicos pueden acabar relegados a tenderetes de regalos en los supermercados y los aeropuertos o, en el mejor de los casos, a las tiendas de segunda mano y mercados al estilo de la Cuesta de Moyano, como un objeto nostálgico para boomers recalcitrantes.
Esta época de indecisión gramsciana, este interregno del desconcierto, cuando el mundo viejo está muriendo y el nuevo no acaba de nacer, nos trajo al Madrid del nuevo siglo unos monstruos capaces de avivar el interés por el libro en papel durante tres lustros, hasta hace apenas unos días. ¿Quién del sector cultural español no fue a alguna presentación en la librería Tipos Infames? Como mínimo, el insólito nombre nos guiñaba un ojo burlón desde la prensa y las redes. En mi entorno multiculti hay quien opina que el cierre de la librería es una tragedia, que deja a Madrid sin «unos libreros auténticos, de los que no tienen que mirarlo todo en el ordenador como los de la FNAC, porque van directos a la estantería, sin que haya que deletrearles G-A-L-D-Ó-S, con acento en la o». Otras personas cercanas, sin embargo, lamentan «esa prepotencia grotesca, como de que no tienen tiempo, porque su vida es demasiado profunda para dedicarla a fruslerías como atender a un cliente».
Un sábado por la mañana, tres días después de anunciarse públicamente el cierre de Tipos Infames, me planto en la librería de la calle San Joaquín, dispuesta a hablar con alguno de los tres fundadores, que son Gonzalo Queipo, Alfonso Tordesillas y Curro Llorca. Es el primero quien anda deambulando por la tienda y quien se deja entrevistar en un local atestado de personas que salen y entran sin parar, a quienes abraza y llama por su nombre, y con quienes se disculpa para sentarse a responder a mis preguntas en la trastienda, entre las botellas de vino marcadas con etiquetas de precios en torno a los diez euros. Esta es la conversación que tuve con Gonzalo Queipo.
Ahora sois la librería más famosa de Madrid, y la prensa os dedica artículos sentidos y columnas vehementes, pero la verdad es que habéis logrado mantener ese runrún mediático durante quince largos años. ¿Qué características personales han sido claves para el éxito de vuestro negocio?
Lo que nos ha caracterizado es el interés por hacer esto desde el origen, abordándolo como algo pasional y con autoexigencia. Era mal momento en 2010, cuando abrimos, pero hay que tener en cuenta nuestro momento vital: treinta años, sin dinero y con un proyecto llamado «Tipos Infames», lo que nos puso difícil conseguir un crédito. Una vez que arrancamos, todo fue bien. Con mucho trabajo, claro, como tanta gente que monta un negocio.
¿Qué tenéis vosotros que no tengan otros dueños de las 150 librerías que hay en la ciudad de Madrid?
Pues no lo sé… También es verdad que me cuesta comparar, porque casi conozco más las librerías de fuera de Madrid. Pasas tantas horas en la tuya que luego sales a otras ciudades y, ya te digo, quizá conozca más las librerías de Salamanca que las de aquí. Los clientes mencionan la selección de los libros, afín a nosotros, claro, y luego las horas que puede pasar el lector en esta librería. Ahora todo el mundo conoce Asteroide, Impedimenta, Gallo Nero, por citar solo algunas pequeñas editoriales favoritas, que en 2010 no eran ni mucho menos tan conocidas como ahora. También nos distingue el modelo de librería, que planteamos siempre con la parte de la cafetería, aunque para nosotros nunca ha sido un aporte económico vital, porque al final nuestro margen de ese negocio adicional ha sido solo un 5% o un 6%, dependiendo del año.

De modo que no os ha sucedido como a los cines, que se mantienen vivos, en su lucha contra el streaming, con lo que sacan vendiendo palomitas a precios astronómicos, que es donde está el negocio.
En nuestro caso, la parte de la cafetería ha convertido la librería en un espacio muy dinámico. Nuestra idea inicial fue esta y creemos que nos ha funcionado. Da pie a que la gente pase más tiempo en la librería. Te tomas un café si vienes por la mañana, cuando puedes estar tranquilamente, porque esto no suele estar tan lleno como está ahora mismo, desde que hemos dado la noticia del cierre. Aquí puedes quedar con alguien, hablar, ver algún libro y luego ir a otro sitio a tomar algo. Pero, de hecho, aquí también puedes hacer todo eso en el mismo lugar. Cada cual viene por una cosa o por otra. Hay gente que viene solo a comprar libros y jamás en todos estos años se ha tomado nada. Otros han hecho al revés, venir a tomar algo y acabar comprando un libro. ¿Qué hacía la mayoría? Todo junto.
¿De qué os conocéis? ¿Cómo habéis logrado que la amistad sobreviva a los altibajos y presiones de mantener un negocio durante 15 años, desde aquel brainstorming en Valladolid, cuando os tomasteis unos vinos y decidisteis lanzaros?
Somos amigos desde hace muchos años. Nos conocimos estudiando Historia del Arte en la Complutense. Teniendo eso en común, somos muy distintos cada uno, cosa que a lo largo de quince años podía haber sido un problema. La cosa empezó cuando nos fuimos a Valladolid a hablar de la posibilidad de montar esto y, tomando vinos en unos sitios maravillosos que ya no están, se nos ocurrió cómo hacerlo. Descubres que el roce del día a día en un negocio es muy complicado, porque hay marrones, hay agobios, hay prensa que gestionar, pero hoy en día mis amigos son los tíos de mis hijos, que así les llaman. El caso es que casi no teníamos ni tiempo para hablar de estas cosas, porque había que atender la librería. Y eso te obliga a hablar de lo urgente, casi olvidando lo importante.
¿Cuáles han sido las características principales que han definido vuestro catálogo y qué conlleva un libro vendido en esta librería con el sello Tipos Infames?
Resumiendo, es una cuestión de gustos e inquietudes. A todos nos interesa sobre todo la narrativa, pero cada uno leemos cosas distintas. No decimos que nuestro gusto literario sea el mejor, sino que es el nuestro. Obviamente, la pelea diaria en una librería es contra el espacio, porque tienes que pedir una gran cantidad de ejemplares. En un primer momento empezamos con las editoriales que sentíamos más cercanas, como Asteroide, Nórdica, Impedimenta, Periférica, pero durante estos años han nacido infinidad de otras como Tránsito, Malas Tierras, por citar solo un par de ellas, y aquí hemos ido recogiendo esas nuevas voces literarias que nos han reconfortado, porque son muy próximas a nuestro origen, que era un 75-80% narrativa y el resto ensayo genérico seleccionado. En cuanto a nacionalidades, todo vale, mientras a nosotros nos guste.
¿Habéis descubierto a algún escritor español desconocido? ¿Habéis puesto algún libro de moda, por así decirlo?
Hemos recomendado autores que se han vendido bastante aquí, pero no a nivel nacional, claro. Lo que es verdad es que al principio costaba más recomendar un libro y que eso se notara, pero ahora viene gente que dice: «¿Qué me llevo?». No es que adivinemos sus gustos, pero sí le recomendamos lo que consideramos de calidad. Entonces, si la gente viene a Tipos Infames porque se fía, sabes que va a disfrutar el libro que se lleva entre las manos.
En estos momentos no parece haber otro escritor joven en España que no sea David Uclés, desde que ha boicoteado el evento «Letras en Sevilla», organizado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra. ¿Qué otras nuevas voces literarias españolas consideráis dignas de atención?
Entre los autores españoles recientes destacamos a Marta Jiménez Serrano, Juan Gómez Bárcena y Eva Navarro. En cuanto a David Uclés, tuvimos su primer libro recomendado. Por lo demás, sobre el evento de Pérez-Reverte en Sevilla solo he leído los titulares, pero creo que igual a David Uclés le hubiera interesado quedarse a controvertir opiniones, aunque las suyas sean distintas o polémicas, para buscar enriquecer el debate de alguna forma. Lo que sí parece complicado es pretender encontrar puntos en común con Aznar y Espinosa de los Monteros.
En los albores de la revolución digital, ¿puede ser que el libro se considere el formato cultural principal de Occidente, pero que en la era audiovisual las generaciones nacidas a partir de 1970 ya practiquen su ingesta cultural principalmente en formato cine, sobre todo en su modalidad doméstica a través de plataformas tipo Netflix?
El libro sigue siendo el objeto cultural más «regalable», sobre todo en temporadas concretas como la Navidad, pero la calidad del cine es igual de variable, porque hay una enorme cantidad de cine, igual que hay mucho libro y, sin decir nombres, no es lo mismo un libro de Ana Rosa Quintana que uno de László Krasznahorkai. La lectura implica un tiempo de ocio exigente, distinto del streaming y del móvil. Cuando todo el mundo nos decía en 2010 que el libro digital es el futuro y en prensa nos contaban que era el mejor regalo posible, y al final resultó que no supuso ningún peligro real para el formato papel.
¿Es inculta una persona que no lee libros físicos o en la era digital el conocimiento se va a extraer directamente de internet? En los tiempos de la democracia iPhone, la mayoría del conocimiento global puede conseguirse gratis o casi gratis en internet. Y contra el gratis es muy difícil competir.
Así es. Siempre hay alguien que te dice: «Pues yo me acabo de descargar trescientos libros, así que a Víctor Hugo ya lo tengo». Pero la verdad es que cuantas más bibliotecas haya, más personas leerán y comprarán libros. Con las librerías, claro, sucede lo mismo. Si conseguimos que la gente sea capaz de sentarse a leer, ya sea una pantalla, ya sea un libro, eso no plantea ningún riesgo, ya que comprobamos que todos los formatos de lectura conviven relativamente bien. El peligro que plantea lo digital es la facilidad para distraerse en redes sociales y navegando en internet.

¿Cómo definís al cliente ideal de una librería y cuáles han sido las lecciones que os han dado los lectores durante estos quince años?
Bueno, ha habido muchas lecturas compartidas, así que las lecciones han sido multidireccionales. En cuanto al cliente ideal, no hay ningún perfil concreto de lector. Y precisamente estos días se está comprobando que el cliente de Tipos Infames ha sido muy variado: desde chavales que llegaron con 20 años que ahora a los 35 siguen apareciendo por aquí, hasta Mercedes, que ha venido hoy a vernos y que es una señora mayor. Los hay que se han curtido aquí, pero esta librería no aspira a tener un lector determinado. Cuando arrancamos en las redes sociales nos llamaban «la librería de los hípsters» y luego venían a hacer la entrevista y esa idea previa no les cuadraba con los clientes del barrio que veían aquí. Desde luego, no hemos prohibido la entrada a nadie. Hemos hecho tantos amigos que estos días están siendo como un colocón de emociones y recuerdos de todos estos años.
¿Cuál ha sido el cliente más sorprendente que ha entrado por la puerta de Tipos Infames?
Han entrado políticos de todos los signos. La reina Letizia estuvo aquí en alguna ocasión, de manera tan informal que en un primer momento ni nos dimos cuenta que estaba. En el stand de la Feria del Libro siempre pasaba a saludar. Y luego personas muy queridas, como Pepe Guirao, que venía ya antes de ser ministro de Cultura. Y tantos otros.
Revista de Libros es un medio cultural que existe desde hace 30 años y donde nos hacemos muchas de estas mismas preguntas. ¿No creéis que debería haber menos dispersión y más colaboración entre todas las piezas que componen el engranaje del sector cultural?
Bueno, vosotros como revista tampoco podéis decantaros por una librería concreta, sin tener en cuenta todas las demás. Vuestra labor de crítica contribuye a que el público lector vaya a una librería. Leen una de vuestras reseñas, les interesa el libro y se quedan con la idea para Navidades o entran en una librería y preguntan por la obra.
Pero en España, ¿los que formamos el sector cultural no tendemos a mirar hacia arriba, al Estado, para que nos solucione los problemas económicos, pensando siempre en la anhelada subvención?
Al final, queramos o no, todos los que formamos el sector cultura estamos interconectados, a veces sin darnos cuenta. Yo puedo recomendar un libro en las redes sociales y que venga aquí gente a comprarlo o que lo vea una persona de León y vaya a buscarlo a una librería allí. Eso beneficia a la editorial y a todas las librerías del país. Así que, incluso sin saberlo, estamos siempre colaborando.

El runrún mediático en torno al cierre de Tipos Infames es considerable y, en algunos casos, malintencionado. He leído algún tuit alegando que hay un fenómeno de «impostura cultural» y que si todos los españoles fueran tan cultos como pretenden parecer, vosotros seríais multimillonarios.
Esta librería se ha mantenido bien con unos gastos como el alquiler del local, que obviamente ha crecido desde el año 2010. Nosotros, con un tiempo de desarrollo, conocemos el tope de facturación de nuestro negocio, y se puede convivir con ciertos gastos que no son pequeños, pero hay cosas que se vuelven inasumibles. Si quieres tener una salud normal y que todo funcione sin demasiado agobio, sabes que tienes que pagar al que trabaja aquí y a los proveedores al ir pidiendo libros. Los primeros meses éramos tres amigos que no cobrábamos nómina, porque no había dinero. Pero hubo un momento en que llegamos a tener una plantilla de seis personas, cuando en 2019 abrimos el segundo local, Menudos Infames, justo enfrente. Es decir, el primero fue justo después de la crisis de 2008 y el segundo un año después de la pandemia.
Uno de los debates en las redes sociales es en torno al hecho de que culpáis del cierre a la gentrificación, cuando parece evidente que la cultura atraviesa un cambio de parámetros, de formatos, de gustos y de pautas de consumo. ¿Es verdad que podéis estar buscando las causas en lugares equivocados?
La gentrificación ha sido un motivo fundamental y no solo enfocado en nuestra librería. El vecindario de este barrio ha cambiado durante estos quince años y los comercios también han cambiado, y las personas que vivían aquí ya no están, porque se han marchado de Madrid, y al final hemos perdido mucha parroquia, como decimos, a la que ya no tenemos cerca. Y me refiero a que Malasaña es un barrio peculiar, al que mucha gente viene solo a pasar el fin de semana, a hacer el tour cultural, el tour del ocio y demás. Vienen a tiendas como Jazzymas a comprar unos discos, vienen a Tipos Infames a comprar unos libros y luego se van. Ese tipo de público no entra con asiduidad, sino que pasan por aquí dentro de un recorrido planificado.
También es indudable que las tiendas digitales como Amazon son una competencia colosal para una librería. Durante años recomendé en redes comprar en IberLibro, que al principio era una empresa española del Gremio de Libreros Españoles, pero resulta que ahora pertenece a AbeBooks, que Amazon compró en 2008.
Pues sí. Quizá el cierre de Tipos Infames sirva al menos para que los lectores se den cuenta de que les conviene saber a dónde va a parar su dinero cuando compran un libro. No pretendo que esto se entienda como una lección moral, ni nada semejante, porque estos días al saberse que cerramos, nadie viene aquí a hacerse la foto, son todos conocidos y queridos.
¿Qué consejos daríais a las personas que se aventuren a abrir una librería en 2026?
Pues, mira, tienen que tener muchísima ilusión, demasiada incluso, pero sobre todo deben pensar mucho, mucho, mucho, en el coste personal que esto tiene, en el tiempo que hay que meterle, en la dedicación. A mí al principio me daba miedo tener hijos, hijas, y pensaba mucho en mi nómina. Y ahora todavía son pequeños, tienen seis y ocho años, pero creo que me hubiera gustado pasar más tiempo con ellos. Para abrir una librería ahora tienes que estar dispuesto a ir capeando lo que venga. Cuando les conté a los niños que íbamos a cerrar esto, no les intenté explicar lo que es la gentrificación, les dije que el tío Alfonso [Tordesillas, el otro socio fundador de Tipos Infames] y yo nos íbamos a buscar un trabajo que requiera menos horas.
¿Se puede abrir un negocio cultural hoy en Madrid o cualquier ciudad europea sin usar las redes sociales?
Bueno, eso es otro comedero de tiempo absoluto. En mi caso, es una actividad entre el ocio y el trabajo, aunque a veces me engancho, me pongo a hacer mis deberes, que si contestar a esto y a lo otro, y a veces te pierdes y pasas horas. Alfonso lo define muy bien. Es como la boda de tu prima, que si estás, nadie te hace caso ni se fija en ti, pero si no estás, todo el mundo se fija en que no has aparecido. Pero también hay que admitir que buena parte del revuelo por el cierre de Tipos Infames viene de que la gente se ha enterado por las redes sociales.
¿Qué es de lo que más orgullosos estáis? ¿Cuál ha sido vuestra mayor aportación a la cultura española?
Orgullosos de que estos quince años han sido estupendos, incluyendo todas sus pequeñas historias y altibajos. El sueño loco de montar esto con tres amigos se hizo realidad y hoy somos igual de amigos que al principio. También es maravilloso que el negocio que te arriesgas a montar dé para vivir y, además, como estamos comprobando estos días, que forme parte de la vida de tantísima gente. Sé que mi siguiente trabajo va a ser en el sector del libro, eso seguro, pero no sé cómo ni dónde. Lo único claro es que vamos a cerrar esto y luego a ver qué pasa.
Gabriela Bustelo es periodista, escritora, traductora. Escribe en prensa española y latinoamericana desde 2007, en La Razón, La Gaceta de los Negocios, Vozpópuli, Actual, Cuarto Poder, Arcadia, The Objective. Desde 2021 firma una tribuna en El Español y trabaja en la editorial Borrmart como periodista SEO del departamento digital.






