Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!


Sangre en la frente. La guerra civil en color
Jordi Bru y Jesús Jiménez
Prólogo de Juan Miguel Sánchez Vigil. Desperta Ferro, Madrid, 2022
399 p.

Vecinos de sangre. Historias de héroes, villanos y víctimas en el Madrid de la guerra civil, 1936-1939
La Esfera de los libros, Madrid, 2022
482 p.

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Hay acontecimientos históricos que deslumbran con su luz y eclipsan todo lo que les rodea, se convierten en foco permanente de atención, irradian con su fulgor durante un lapso que parece no tener fin y, en fin, afectan con todo ello tanto a consumados especialistas como al público en general. La guerra civil española de 1936-1939, ni qué decir tiene, cumple entre nosotros sobradamente esa función, del mismo modo que todo lo relacionado con Adolf Hitler y el Tercer Reich en su conjunto desempeñan ese cometido a escala de la historia contemporánea del Viejo Continente. Cito concretamente estos dos momentos de nuestra reciente historia, es decir, solo dentro de lo que convencionalmente se entiende como período contemporáneo, no ya por las razones objetivas que a cualquiera se le alcanzan sino personalmente abrumado por la cantidad de volúmenes sobre dichos temas que han ido apareciendo en lo que llevamos de 2022: un número, por otro lado, similar al de cada año, un flujo constante y, a lo que parece, inagotable. Solo en lo que llevamos desde el final del paréntesis veraniego –escribo estas líneas a mediados de este mes de septiembre- mi mesa de trabajo ha ido ganando estatura con una pila de volúmenes que, en su mayor parte, aluden de uno u otro modo a los episodios históricos antes mencionados.

Permítanme confesarles que, como seguidor contumaz de las novedades editoriales, tal persistencia ya no me causa asombro pero sí un cierto fastidio, esa inevitable sensación de dejà vu que bien podía suscribir o acogerse al título que eligió para uno de sus libros hace ya unos años Isaac Rosa, ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!; que, en efecto, maldita o no, era en el fondo y pese a todas sus hábiles piruetas formales, otra vuelta de tuerca… ¡sobre la guerra civil! Lo que quiero expresar, en definitiva, es que me asalta la esquizofrenia correspondiente a esa dualidad en la que estoy instalado: como crítico o fiel testigo y receptor de lo que se publica debo dar cuenta de una realidad editorial que, como simple lector, no pocas veces me produce desazón o simple desgana. Les diré que intento resolver la contradicción atendiendo tan solo a aquellas novedades de este ámbito que, en mi opinión, aportan algo de frescura, alguna novedad, una perspectiva distinta o, simplemente, nos fuerzan a replantearnos aunque sea en términos modestos o periféricos, el conjunto de lo ya sabido. Con todo, no puedo ocultar que, dado el caudal bibliográfico existente, esta misma noción de aporte original será siempre cuestionable y estará sometida, más que en otras ocasiones, a una cierta discrecionalidad. Lo digo como advertencia, antes de empezar, por dos razones, derivadas por un lado por la propia naturaleza -un tanto atípica, como enseguida se podrá comprobar- de los libros que nos van a ocupar y, por otro, por la suspicacia que despierta entre nosotros cualquier acercamiento a una contienda que se resiste a ser tratada como mero asunto del pasado.

Todos somos conscientes, empezando naturalmente por los autores e investigadores, de que nos movemos en un terreno en el que, si bien no podemos sostener exactamente que todo esté dicho, sí podemos afirmar sin asomo de duda que se han tratado los principales aspectos y, aún más, de forma tan exhaustiva que el margen de maniobra para contribuir con algo singular se estrecha de modo extraordinario. Es por ello que buena parte de la bibliografía última sobre la guerra civil no aspira tanto a incidir en las vertientes habituales –las grandes líneas políticas, económicas, estratégicas, armamentísticas, periodísticas, culturales o propagandísticas, el contexto internacional, etc.- cuanto en la dimensión humana del conflicto, una perspectiva a ras de tierra que en no pocas ocasiones se vale de la microhistoria para abordar facetas no estrictamente desconocidas pero que se revelan con otros matices al enfocarlas con distinta luz. Me atrevería a conjeturar que esa es en el fondo la razón que ha llevado a los autores de estas dos obras tan disímiles que voy a comentar a coincidir en algo que, pese a lo que pudiera parecer a primera vista, no es en absoluto casual. Me refiero al concepto –sangre– que figura en el mismo frontispicio de ambos volúmenes, es decir, en el título. Un concepto que, además, se destaca tipográficamente en la portada de uno de ellos, pues aparece rojo sobre negro encabezando una inquietante estampa de dos personas sonrientes, un hombre uniformado y una mujer joven que, con un cierto aire frívolo, empuña una pistola y apunta directamente con ella al fotógrafo.

Este último libro que acabo de mencionar se titula Vecinos de sangre y es una investigación del político y periodista Pedro Corral sobre el Madrid de la guerra civil a partir del examen de las declaraciones juradas de los porteros de los inmuebles de la capital, más de veinte mil documentos del Archivo Histórico Nacional que corresponden a unos quince mil testigos de la guerra, o sea, una cantidad nada despreciable de testimonios. Con ellos –no solo, pero sí fundamentalmente- Corral ha compuesto un fresco «de [casi] todo lo que ocurrió en cada portal, escalera o casa durante la guerra civil en Madrid» que responde muy bien al reclamo de su subtítulo –Historias de héroes, villanos y víctimas-, pues lo que aquí encontrará el lector es una aproximación en clave microhistórica que se recrea en contar con todo detalle las peripecias de personas del común, con nombres y apellidos, que viven –es un decir, más bien sufren hasta lo indecible- las condiciones de represión política, bombardeos, desabastecimiento y penurias de toda índole de aquellos años terribles. Curiosamente, lo que antes consigné sobre la tipografía en color rojo de la palabra sangre, sería todavía de aplicación más pertinente al segundo volumen que voy a examinar, pues Sangre en la frente –título tomado del famoso poema de Antonio Machado a la muerte de Federico- trata de ir, si se me permite el juego de palabras, mucho más allá de una plasmación de la sangre derramada en el frente de guerra. El subtítulo lo dice todo acerca de la implementación de ese objetivo: La guerra civil en color. Al colorear las antiguas fotografías en blanco y negro, los autores de este libro, Jordi Bru y Jesús Jiménez, salpican de un conmovedor color rojo las viejas instantáneas del conflicto: campesinos, obreros, milicianos, vecinos anónimos, ancianos y niños aparecen hermanados así en un sufrimiento (de la población en general) que en no pocas ocasiones aparece resaltado en tono carmesí, el rojo de la sangre derramada.

Ello es especialmente ostensible en una de las primeras fotografías que se encontrará el lector nada más abrir el libro, la que lleva por título «Muerte en Triana» (pp. 16-17). Dos mujeres vestidas de negro gimen ante unos cadáveres abandonados en la calle (se aprecian tres dentro del encuadre, pero es probable que fuera de él hubiera otros). El negro del luto tradicional femenino contrasta con el blanco fulgor del pavimento, con el blanco de la toalla desplegada por una de las mujeres en su mano izquierda y con el blanco impoluto del traje del hombre que presencia la escena. Pero lo que se termina imponiendo a todo el conjunto es el rojo de la sangre que se escapa de los cuerpos exánimes, un pequeño e irregular charco que, partiendo de la cabeza del cadáver que aparece más cercano, se esparce por la calle. En un segundo momento, o con una visión más reposada, el observador atento vislumbra también otro reguero rojo, de sangre más oscura esta vez, que ha resbalado por la pared de la derecha, delatando así el lugar donde con casi total seguridad se ha producido una de las ejecuciones, muy probablemente un disparo a bocajarro en la sien, en la frente o en la nuca, por la altura desde la que chorrea la mancha de sangre hasta el suelo. La impresión que produce la fotografía en un primer momento es anonadante. Vista con más detenimiento o revisada varias veces, provoca un desasosiego de otro tipo. Me va a ser difícil explicarme. Lo intentaré mediante un pequeño rodeo.

Cuando la fotografía se desarrolló técnicamente y empezó a sustituir al dibujo o al grabado como complemento e ilustración de la crónica periodística, se generalizó el criterio de que con ello la información ganaba en objetividad pues, en una primera estimación, casi nadie dudaba de que la reproducción fotográfica orillaba el subjetivismo inherente a la labor del dibujante, el pintor o cualquier otro artesano de la imagen. En una formulación más contundente, la fotografía se preciaba de asumir no ya solo ese rol de objetividad sino la precisión absoluta: las cosas retratadas venían a ser en esta estimación las cosas como son. Es obvio que a estas alturas no podemos permitirnos tamaña ingenuidad. Es innegable que el fotógrafo no dispone de un margen tan amplio para plasmar el mundo con libertad creativa como, por poner dos casos dispares, un Canaletto en sus vedute venecianas o un Goya en sus retratos de la Corte. Los cuadros de estos grandes maestros reflejaban no tanto la realidad que veían los demás mortales como la realidad tamizada por su incuestionable genio. Pero eso no quiere decir que, por contraste, la fotografía constituya la representación de la realidad tal cual es, primero porque desde Kant sabemos que tal cosa no existe y segundo, porque aunque existiese, la fotografía como cualquier otro proceso de mediación, conlleva por sí misma un filtro y una distorsión inevitables. Aunque lo haga con la mejor y más candorosa de las intenciones, el fotógrafo nos presenta la realidad que él ve o quiere ver, esto es, con un determinado sentido. Toda fotografía es en sí misma una interpretación. Espero que se me entienda que hablo de fotografiar como –llamémosle, para simplificar- actividad consciente, no de esa irreflexiva compulsión de hacer fotos que propician los avances técnicos en nuestros días. En la fotografía que trata de transmitirnos una información, la disposición del retratista, el momento que elige, su punto de vista, el encuadre, la disposición de los objetos, la iluminación y un sinfín de elementos condicionarán inevitablemente nuestra percepción.

Recuerdo todo esto, que no va más allá, como es obvio, de descubrir el Mediterráneo, por la sencilla razón de que en el viejo debate acerca de si se deben retocar o no –por ejemplo, colorear- fotografías antiguas se utilizan muchas veces argumentos espurios. Dicho brevemente, aunque sea prescindiendo de los matices, la tesis de que toda intervención posterior no es más que una inaceptable manipulación –entendiendo este concepto en su sentido más peyorativo- que altera o desfigura una supuesta verdad original, la foto primigenia, es claramente insostenible, por lo que acabo de exponer en el párrafo anterior. Ahora bien, como trato de no ser dogmático en esta controversia, tengo que apresurarme a añadir que tampoco me convencen muchos de los argumentos que suelen emplearse en sentido contrario para justificar los retoques. Dice Sánchez Vigil en el prólogo del libro que «el mundo es en color» y si tenemos las fotos de la guerra en blanco y negro no fue por elección de sus artífices sino por los medios técnicos disponibles. Esto remite implícitamente a la falsedad antes apuntada, pues se colige de aquí que la coloración de viejas imágenes nos acerca al mundo real, el mundo tal cual es. Peor aún me parece el planteamiento de que el color añadido aporta «nueva información». ¿Nueva información? La perplejidad aumenta cuando líneas más adelante se insiste en que en «el blanco y negro siempre falta información y, por tanto, el mensaje, merma». Se olvida aquí, entre otras muchas cosas, que el proceso de coloración no supone restituir el color real, cosa imposible, sino una tentativa de rescate mediante una recreación que, como se reconoce más adelante, tiene mucho de subjetiva, es decir, de proceso creativo de los técnicos que operan sobre la imagen. Se confunde así nuevamente información con una interpretación que tendría además, inevitablemente, un marcado carácter discrecional.

No puedo extenderme sobre el particular todo lo que desearía, razón que me lleva a zanjar la cuestión con cierta premura: procuro, como antes señalé, huir de apriorismos. Como cinéfilo empedernido, admito por ejemplo los remakes y reconozco que en algunas ocasiones superan a los filmes originales. La pintura en particular y la historia del arte en general nos muestran que, a lo largo de los siglos, los artistas se han copiado y repetido hasta la saciedad. Retomar, rehacer o intervenir de algún modo en cualquier producción, elemento o legado del pasado con ánimo de mejorarlo o actualizarlo me parece un propósito aceptable, siempre que se pueda justificar con buenas razones y, sobre todo, cuando esa justificación se remita a unos loables resultados. En el caso que nos ocupa, para no dar más vueltas, ¿tienen razón los autores de Sangre en el frente cuando sostienen que su libro nos permite mirar de otra manera la guerra civil? Para contestar a esta pregunta, vuelvo a tomar el hilo donde lo dejé, cuando me refería a la impresión que causaba la imagen de la masacre en Triana. El impacto inicial de la escena, decía, dejaba luego su lugar a una perturbación más imprecisa, algo así como el malestar que en determinadas situaciones produce el énfasis o la impostación. Hasta la plasmación del horror requiere una cierta medida: no podemos ver estar viendo todos los días y a todas horas imágenes de Auschwitz y, caso de que nos obligaran a ello, nos terminaría ganando la indiferencia o el bostezo, por más monstruoso que parezca. Demasiado realismo lleva al hiperrealismo, que es algo bastante distinto. Por retomar los ejemplos cinéfilos, los aficionados sabemos que los filmes de terror que caen en los excesos del gore terminan produciendo risa o, a lo sumo, asco.

Hay otra imagen que rivaliza con la señalada en impacto inmediato, ya en la parte final del volumen. Se trata también de cómo se representa la muerte. En este caso, es el cadáver de un combatiente caído en una trinchera cerca de la localidad zaragozana de Quinto de Ebro (pp. 384-385). Lo impresionante es que el cuerpo, del que se aprecian solo las dos manos que sobresalen del uniforme, no tiene cabeza. Un proyectil se la ha debido seccionar a la altura del cuello. Por tanto, lo que el espectador aprecia en la parte superior es solo un amasijo informe y sanguinolento, que los autores del libro han coloreado de rojo oscuro. No hay rojo de sangre sino tonos marrones y verdosos en la también impresionante instantánea del cuerpo exánime de un joven italiano caído en el frente de Guadalajara (pp. 156-157). Es verdad que los autores no han abusado de este tipo de escenas dramáticas. Más bien puede decirse lo contrario, que las han evitado hasta el punto de que las que acabo de citar constituyen en cierto modo la excepción dentro de una tónica general de contención y mesura. Incluso cuando el horror es explícito, como en el caso de la célebre foto de Roger Violet sobre los niños mutilados de Monzón camino del exilio (p. 2), hay una resignación luctuosa que resulta más estremecedora que la violencia explícita. Conviene, por tanto, que replanteemos la reflexión atendiendo no a las citadas excepciones espeluznantes sino al carácter general de la obra que es, como ya he señalado, mucho más contenido, casi más pendiente de una cotidianeidad inevitablemente convulsa que de los enfrentamientos bélicos propiamente dichos o de sus peores secuelas, como la represión o los fusilamientos.

Para coger el toro por los cuernos, diré que hay dos preguntas esenciales en este caso. La primera y principal es si merecía la pena el esfuerzo de colorear las viejas imágenes en blanco y negro de la guerra civil. La segunda, muy relacionada con la anterior, es si el volumen nos aporta un nuevo conocimiento del conflicto o posibilita una nueva mirada y, en caso de que sea así, en qué consiste dicha aportación y esa distinta perspectiva. Puede que, llegados a estas alturas, les decepcione mi resolución pero, para ser sincero, diré que no tengo una respuesta unívoca. Quizá lo más incontrovertible resulte el dictamen acerca de que aquí difícilmente encontrará el lector -y no digamos ya si es lector versado en el tema- material que enriquezca de alguna manera su conocimiento de la guerra civil. El que, además, mantenga un criterio purista acerca del legado fotográfico se reafirmará desde luego en que para este viaje no hacían falta alforjas. Pero, por lo que a mí respecta, les diré que aun con todas esas reservas, que comprendo pero no comparto del todo, el volumen me ha parecido bastante respetuoso en el tratamiento de las viejas fotografías, equilibrado en los textos complementarios, bastante acertado en la selección del conjunto de estampas y, en fin, más que digno en el resultado final. No es menos cierto, para decirlo todo, que la obra es irregular, en el sentido de que el tratamiento de las fotos antiguas arroja un balance desigual: aunque reitero que es cuestión controvertida, estimo que muchas de ellas han quedado magníficas y con gran potencia visual (no las citaré ahora en detalle para no extenderme más), mientras que otras son anodinas o tienen una limitada capacidad expresiva. O, simplemente, como apuntaba antes, el proceso de coloración al que han sido sometidas termina por producir en algunas de ellas un cierto halo de irrealidad. Reitero en fin que, pese a todo, no me arrepiento de tener el volumen en mi biblioteca. De vez en cuando lo sacaré de la estantería y le daré un repaso.

Vuelvo al libro de Pedro Corral, un autor que, debido a sus actividades políticas en la comunidad madrileña y, sobre todo, a su protagonismo mediático en las discusiones sobre la memoria histórica, despierta filias y fobias encendidas en el actual ambiente de crispación y creciente polarización. Ni qué decir tiene que no nos interesa aquí el examen del político sino del autor acreditado en la investigación de determinados aspectos de la guerra civil (no entramos aquí tampoco en su faceta de narrador). Aunque Corral no es historiador sino un polígrafo de amplio espectro, nos ha dejado un puñado de títulos –no muchos, en verdad, para una trayectoria que abarca ya dos décadas- que no pueden ser ignorados por los historiadores, desde el ya lejano Si me quieres escribir. Gloria y castigo de la 84ª Brigada Mixta del Ejército Popular (Debate, Barcelona, 2004) a Esto no estaba en mi libro de la Guerra Civil (Almuzara, Córdoba, 2020), pasando por Desertores. La Guerra Civil que nadie quiere contar (Debate, Barcelona, 2006), sin duda su mejor obra hasta la fecha. El denominador común en todos esos libros y en la aproximación del autor a la guerra civil es la preocupación por la suerte del individuo concreto, con nombre y apellidos, que se ve primero engullido en el torbellino de la guerra y luego zarandeado por los acontecimientos hasta desembocar las más de las veces en un destino trágico de persecución, encarcelamiento, torturas o ejecuciones. Para Corral, ese español de a pie, con todos sus matices y variantes, viene a representar lo que sentía y pensaba la sociedad española de la época que, lejos de estar ferozmente dividida, como se sostiene muchas veces, vivía o, al menos, trataba de vivir al margen de los extremismos. La prueba, en su opinión, es que la inmensa mayoría de los combatientes se vieron arrastrados a las trincheras muy a su pesar, hicieron la guerra (porque no les quedaba más remedio) en el bando que les tocó en suerte por adscripción geográfica e incluso ya en el frente, desertaban o hasta confraternizaban con el enemigo.

Su nuevo libro, Vecinos de sangre, es una investigación rigurosa que se mueve en la misma órbita: las víctimas son en esta ocasión los madrileños o residentes en la capital de España que quedaron atrapados en la ciudad cuando se desataron las hostilidades. Una ciudad amenazada, atacada y bombardeada por las tropas franquistas, con un gobierno legítimo en situación más que precaria y con unos milicianos y unos comités revolucionarios que durante largas semanas detentaron el poder efectivo, imponiendo su ley y disponiendo en registros, sacas y paseos de la vida y la muerte de miles de personas. Como ya señalé antes, Corral ha utilizado para trazar este gran fresco de la ciudad asediada las declaraciones juradas que los vencedores de la contienda obligaron a hacer a los porteros de todos los inmuebles capitalinos. Madrid y su provincia contaban entonces con poco más de millón y medio de habitantes. Solo en la capital las autoridades franquistas ejecutaron en los primeros años de posguerra a cerca de tres mil personas y encarcelaron a unas treinta mil (p. 17). Los testimonios de los porteros constituyeron una pieza clave para determinar la culpabilidad de los encausados, una responsabilidad que muchas veces se limitaba a ser votante o simpatizante de un sindicato o un partido republicano o izquierdista o, a veces, hasta mucho menos que eso. Pero los porteros sirvieron también desde el comienzo de la guerra al gobierno republicano o sus delegados de hecho o de derecho para denunciar a fascistas o simples sospechosos. Apoyándose en el historiador Javier Cervera, Corral señala que «en un 61 por ciento de los casos de madrileños detenidos, procesados y condenados por desafección al régimen republicano, tuvo que ver la denuncia de los porteros» (p. 71).

No es que el oficio de portero conllevara la propensión a la delación, como bien puede suponerse, sino algo más simple y descarnado. Los porteros «estaban obligados por ley a auxiliar en sus indagaciones, registros y detenciones a las fuerzas policiales y, por extensión, a las milicias investidas como nueva autoridad por el gobierno republicano» (p. 69). En resumidas cuentas, si «los vencedores pusieron a los porteros en el punto de mira (…) lo mismo hicieron durante la guerra los frentepopulistas» (p. 72). Hora es ya de reconocer, en cualquier caso, que el protagonismo de los porteros lo es solo en la medida en que constituyen la fuente de información. Pero lo importante en el libro que nos ocupa en esa información en sí. Ella es la que permite a Corral rastrear las amargas vicisitudes de varios centenares de madrileños durante los terribles años del conflicto. Y es en este punto donde el libro alcanza su plenitud y cumple con creces el objetivo que se propone el autor. Porque el panorama descrito es espeluznante. Hablábamos antes de las cuestiones de perspectiva en otro contexto, el fotográfico. Ahora podríamos decir que la perspectiva es también y sobre todo cuestión de proximidad. El acercamiento al fanatismo, la arbitrariedad y la barbarie, al miedo y la crueldad sin límites nos conmueve no tanto porque los hechos descritos sean insólitos o desconocidos, que no lo son, sino porque la cercanía, la inmediatez y la descripción pormenorizada nos ponen cara a cara con una realidad sobrecogedora. La guerra creaba el contexto adecuado para los ajustes de cuentas. En gran medida, las cuestiones ideológicas y políticas eran solo la coartada de sentimientos más oscuros, triviales y mezquinos, esos resentimientos cotidianos –simple antipatía a veces; envidias o celos, a menudo- que envenenan las relaciones entre próximos y que pueden llegar a extremos inconcebibles de vileza e ignominia.

En el Madrid de los primeros meses de guerra –en especial, el furioso verano del 36, seguido del sanguinario otoño- preguntar simplemente por la suerte de un familiar desaparecido en una saca o un registro era una actitud de riesgo, por decirlo suavemente: «asesinados por preguntar» reza un expresivo epígrafe. La familiaridad con la muerte desemboca, como suele suceder en estos casos, en el humor macabro, como se pone de relieve al denominar besugos a los asesinados que quedan con los ojos muy abiertos o llamar carro de la carne a la recogida matutina de los paseados la madrugada anterior. En términos más secos, la sed de ajusticiamientos conduce, por otro lado, a fusilar a enfermos y moribundos, hasta el punto de que a veces hay que transportarlos al paredón en camillas. Tampoco la edad del acusado o simple sospechoso termina por importar nada y no estamos hablando solo de ancianos y niños, sino, según detalla Corral -«un bebé detenido en la checa», pp. 125-126- hasta las criaturas de meses son objeto del celo revolucionario. En esas coordenadas se entiende bien que detuvieran al callista del rey [Alfonso XIII, no Alfonso XII, como se dice por error, p. 140] solo por el hecho de haber desempeñado esa función. No menos sorprendente es lo que pasa con las peluquerías y otros establecimientos, así como ciertos detalles inauditos de los saqueos (pp. 294-296 y ss.)

No debe extrañar por todo ello que entre tantas peripecias se cuelen aquí y allá fogonazos surrealistas que nos hacen evocar la guerra de Gila: «Lo condujeron en un coche hasta el cementerio de Vallecas, lo hicieron bajar, lo pusieron delante de la tapia y cuando ya iban a fusilarlo se armó una discusión. Unos decían que había que matarle y otros que dejarlo con vida porque no se había encontrado nada en el registro que lo comprometiera» (p. 133). Imagínense al pobre reo en esa tesitura, con la vida dependiendo de cual de los dos grupos, el de la vida o el de la muerte, era más persuasivo y conseguía convencer al otro. No constituye esta anécdota un caso absolutamente excepcional porque más adelante el propio autor alude en el capítulo titulado «La guerra de los colchones» a historias que parecen sacadas «de una película del genial Luis García Berlanga» (p. 306). Así, de una manera natural, nada forzada, pergeña Corral una perspectiva del conflicto que tiene mucho de desconcertante, por cuanto se asoma «a ángulos insólitos o sorprendentes de la contienda»: historias, por ejemplo, de «forzosos alistamientos “voluntarios” para proteger a familiares perseguidos» o tretas ingeniosas para eludir la movilización, entre otras maniobras picarescas o extravagantes que componen esa «Guerra civil que nadie quiere contar», título de uno de los epígrafes (p. 356) y formulación que coincide con el subtítulo de uno de los libros antes citado del autor, Desertores. La Guerra Civil que nadie quiere contar.

Como casi cualquier libro sobre la guerra civil, este de Corral no dejará de provocar controversias y, aun más, suspicacias de diverso tipo. La primera y principal, como es obvio, deriva de la elección de su campo de estudio, el Madrid de la guerra civil, teatro privilegiado de operaciones de las fuerzas revolucionarias que, durante un tiempo, sobre todo en los primeros compases de las hostilidades, hicieron y deshicieron a su antojo o, para decirlo sin eufemismos, aplicaron a conciencia la noción de limpieza de elementos facciosos de las calles y casas de la capital. La segunda, no menos evidente, es que Corral se ha servido de declaraciones forzadas, es decir, los testimonios a los que fueron obligados los porteros por las fuerzas vencedoras, con todo lo que ello implica de más que probable distorsión derivada de un ambiente de terror y coacciones de toda índole. El hecho de que el material utilizado presente matices variados y hasta contrapuestos, como apunta el autor en varias ocasiones (véanse por ejemplo pp. 19-20) no anula del todo la mencionada objeción. Pero, desde mi punto de vista, aun siendo una obra valiosa y enriquecedora, lo que atenúa el impacto de Vecinos de sangre es, paradójicamente, su carácter de estudio meticuloso, su sometimiento empírico a los datos concretos para que estos hablen por sí solos, pues esta determinación termina provocando un cierto cansancio en la lectura. Téngase en cuenta que son cerca de 500 páginas en las que se van acumulando iniquidades que terminan por parecerse mucho, hasta el punto de que casi podría establecerse que solo cambian los nombres propios: los correspondientes a los verdugos, las víctimas y las calles donde estas moraban. Quiero decir, en definitiva, que la acumulación puede producir efectos indeseados. O, por expresarlo de otra manera, que a veces, con menos se consigue más.

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