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En cuanto el ejército de Putin se ha abalanzado sobre Ucrania, la fábrica de significados en la opinión pública occidental se ha puesto en marcha, alcanzando enseguida el pleno rendimiento. Abundan así estos días los comentarios acerca de las implicaciones de la agresión rusa contra un país soberano y tampoco escasean las recomendaciones acerca de cómo proceder de ahora en adelante. Se crea así una ocasión propicia para que reparemos en la fragilidad de nuestro saber sobre el mundo; por mucho que el proceso de racionalización que caracteriza a la modernidad —cuyo anverso es la reacción subjetivista o romántica— haya creado instancias destinadas a generar conocimiento, cuando estalla una guerra no tenemos asideros firmes a los que agarrarnos, sino apenas un conjunto de interpretaciones en conflicto que no podemos validar en ninguna parte. De manera que podemos hablar interminablemente acerca de lo que sucederá en el futuro inmediato, que es el objeto predilecto de nuestra atención, pero habrá que esperar a que ese futuro se haga presente para saber si hemos acertado: basta echar un vistazo al confinamiento que las autoridades chinas han impuesto a los habitantes de Shanghái para comprobar que nuestros pronósticos pueden quedar fácilmente arruinados en un breve lapso de tiempo.

Sea como fuere, parece existir un alto grado de acuerdo sobre la relevancia de la agresión rusa, considerada unánimemente como un acontecimiento geopolítico de primer orden. Por lo general, la guerra se identifica como un indeseado catalizador de tendencias preexistentes que van desde la transición energética a la desglobalización, pasando por el auge internacional de la cosmovisión nacionalista; no obstante, también estaría propulsando movimientos que hasta hace poco se tenían por improbables: el incremento de la cohesión en el bloque occidental, la posible expansión de la OTAN, la maduración de la política exterior alemana. Ya veremos cuánto de todo esto termina por materializarse; de momento, asistimos preocupados al despliegue de los ejércitos y al ascenso de la inflación, sin dejar de pensar al mismo tiempo en lo que haremos este verano: la proverbial serenidad de Kafka cuando se fue a nadar tras declararse la I Guerra Mundial admite múltiples variaciones.

En los últimos días, han llamado mi atención tres artículos aparecidos en la prensa extranjera —si es que podemos hablar en esos términos— que pueden relacionarse entre sí provechosamente; dos de ellos me los encontré tras comprar un periódico de papel en la ciudad de Berlín durante las vacaciones. He estado allí muchas veces, pero pocas veces había poseído tanta resonancia inmediata la carga histórica de la ciudad, cuya política de la memoria se despliega públicamente de manera edificante sin hacer distingos entre las ideologías totalitarias del siglo XX: todas, por igual, son condenadas sin miramientos. Resultaba perturbador tener en la mano un periódico en el que aparecían fotografías de tanques rusos dispuestos para el combate en el Donbás, mientras en los murales que explican al visitante el significado del célebre Checkpoint Charlie figuran asimismo imágenes de tanques rusos y, unos pasos más allá, se describe la represión soviética de las protestas en Budapest o Praga. Para los partidarios de una visión cíclica y pesimista de la historia, seguimos donde estábamos; otros preferimos pensar que es Rusia la que se resiste a avanzar y con ello ralentiza nuestro propio desarrollo. Se me dirá: ¿avanzar, hacia dónde? La respuesta es muy sencilla: hacia un sistema político basado en el respeto a la ley democrática, que garantiza los derechos de los individuos y persigue la prosperidad general. Que existan modelos sociopolíticos diferentes en nuestro ancho mundo de manera alguna los iguala entre sí; la jerarquización es posible y aun deseable si tomamos como medida objetiva —u objetivable— el grado de bienestar del que disfrutan los individuos y la libertad de que gozan para decidir cómo desean vivir su vida. No es tan difícil.

De ahí que el primero de los artículos a los que me refería hace un momento resulte chocante. Publicado en el magacín del muniqués Süddeutsche Zeitung y firmado por el arabista Thomas Bauer, Catedrático de la Universidad de Münster, su tesis es sencilla: el progreso es una creencia occidental sin fundamento, que ha causado más males que bienes en los últimos dos siglos y medio. Con buen criterio, Bauer recuerda que Ucrania tiene sus precedentes en Yugoslavia o Chechenia; que la reacción occidental contra Putin haya sido más fuerte esta vez tendría que ver con la sorpresa que nos ha causado una guerra que según veníamos diciendo jamás tendría lugar. Después de la acostumbrada mofa de Steven Pinker, quien es caracterizado como «sumo sacerdote de la religión del progreso» y hace ya pareja con Fukuyama en el altar negativo del antiliberalismo, Bauer sostiene que nuestro escándalo tiene el carácter de una herida narcisista: la religión del progreso ha sido blasfemada. Olvidamos de manera selectiva los horrores del siglo XX, de la colonización a Pol Pot; como mucho, describimos esos fenómenos como regresiones «medievales» cuando lo cierto es que nada de eso sucedía en el Medievo. Bauer nos recuerda que la creencia en el progreso es europea y que en nombre de su misión civilizatoria se justificaron la barbarie colonial en África, los regímenes fascistas o el mismísimo maoísmo. Ciertamente, la estructura religiosa del ideal progresista es conocida: el paraíso ultraterreno del monoteísmo se traslada a la vida terrenal, pero la historia sigue siendo un juego de sumandos y restandos —la imagen es de Ferlosio– que conduce al estadio final de la civilización racional. ¡En algo hay que creer! Por eso Bauer termina su pieza con una nota melancólica en la que viene a refutarse: sobrando las razones para cuestionar la creencia en el progreso, ¿qué haríamos sin ella? Tal vez sentiríamos esa «nada metafísica» sobre la que, muerto dios, advertía Nietzsche: un vacío que quizá no pudiéramos soportar. Así que cuidado con las desmitificaciones.

Ni que decir tiene que Bauer incurre en los vicios habituales de los enemigos del progreso moderno: identifica sus peores consecuencias y pasa por alto sus efectos más benéficos. Reírse de Pinker no es lo mismo que refutar a Pinker, entre otras cosas porque los datos que Pinker reúne son irrefutables: vivimos más y vivimos en mejores condiciones. Si no somos felices o estamos convencidos de que podríamos ser mucho más felices en otras circunstancias, es asunto distinto. Y sí, claro que el siglo XX fue brutal, pero ya hemos aprendido que el progreso no es un bloque monolítico que avanza sin mirar atrás en todas partes al mismo ritmo. Asumir la dimensión trágica del progreso humano es una cosa; negar de plano su existencia tangible es otra. Por lo demás, el pensador alemán tiene razón: el ser humano se desesperaría si creyera que no puede trabajar eficazmente para mejorar las condiciones materiales y políticas de su existencia. Es dudoso que la guerra de Ucrania nos lleve a pensar que el progreso es imposible, por mucho que lo dificulte en el corto plazo; incluso los propios dirigentes ucranianos han difundido vídeos propagandísticos en los que se llama a la resistencia popular en nombre de la reconstrucción futura del país. ¿O es que podemos vivir pensando que todo irá a peor?

En las últimas décadas, uno de los factores más destacados del progreso material a escala mundial ha sido la intensificación del proceso de globalización que sigue al final de la Guerra Fría. No es que todo el mundo se haya beneficiado por igual del mismo, pero los europeos seríamos egoístas si no apreciásemos el efecto positivo que la apertura comercial —pronto seguida por el achicamiento simbólico del globo inducido por las tecnologías digitales de la comunicación— ha tenido sobre buena parte de los países en desarrollo. Sobre el destino de la globalización se ha pronunciado David Brooks, columnista del New York Times, para quien no hay duda alguna: la globalización ha terminado y en su lugar asistimos al comienzo de las «guerras culturales globales». Brooks da por seguro que la guerra de Ucrania va a acelerar un proceso de regionalización o desglobalización que, en la práctica, pondrá fin a la convergencia iniciada en los 90. Se trata de un fracaso de la teoría de la modernización, de acuerdo con la cual todo país en desarrollo seguiría el itinerario occidental. La belicosidad de Rusia, contraria a sus propios intereses económicos, muestra a las claras que esa premisa ya no se sostiene; cabe así esperar un creciente desdoblamiento de la economía mundial en dos zonas, una occidental y la otra china.

Ahora bien: no es que la globalización entendida como intercambio comercial vaya a terminar. Para Brooks, es el fin de la globalización como lógica rectora de los asuntos mundiales. Y su reemplazo es una «guerra cultural global». Su razonamiento equivale a una refutación del materialismo histórico de corte marxista: los seres humanos no actúan única ni exclusivamente sobre la base de su propio interés económico. Hay que contar también, como ya nos recordase Sloterdijk hace pocos años, con los deseos timóticos ligados al reconocimiento. Brooks cree que la desigualdad generada en los últimos años ha generado dosis insólitas de resentimiento tanto en el interior de las sociedades democráticas como fuera de ellas: Putin quiere recuperar la vieja gloria soviética y China habla de un «siglo de humillación». Por añadidura, las lealtades nacionales han resurgido con fuerza en todo el mundo; se diría que el proyecto cosmopolita ha encontrado sus límites. El columnista norteamericano está también convencido de que mucha gente siente la globalización como un ataque a sus valores morales. Y sado que el 44% de los estudiantes de secundaria norteamericanos dicen sentir desesperanza o tristeza persistentes según un estudio reciente, ¿de qué podemos presumir ante el resto del mundo? Mientras la democracia norteamericana exhibe su disfuncionalidad, añade Brooks, China demuestra que una nación fuertemente centralizada puede progresar económica y tecnológicamente; los regímenes autoritarios empiezan a competir con los democráticos en lides tales como la inscripción de nuevas patentes. Lo que diferencia de veras nuestra época, sin embargo, es que los autócratas están utilizando las diferencias culturales y las tensiones religiosas para movilizar el apoyo popular. Pero, por contraste con la tesis del «choque de civilizaciones» defendida por Samuel P. Huntington, el resentimiento es interno a las naciones democráticas. No obstante, termina Brooks, el sistema liberal occidental puede prevalecer si responde con éxito a las críticas que se le hacen, muchas de ellas acertadas; la defensa de la dignidad y la autodeterminación del ser humano —así lo probaría la resistencia ucraniana— siguen siendo valores imbatibles, siempre y cuando las democracias estén a la altura de los mismos.

¿Hasta qué punto está Brooks idealizando el pasado siglo XX o reflexionando sobre la base de las peculiaridades de la peculiar sociedad norteamericana? El espejismo de los años 90, si podemos llamarlo así, vino precedido de unas dosis extraordinarias de violencia política en las sociedades democráticas; el verano de la ideología dio gradualmente paso al otoño del terrorismo. Pero incluso si dejamos eso al margen, lo que nos encontramos entre los años 50 y 70 son democracias —naturalmente imperfectas— en las que la mayoría de la clase intelectual y no pocos votantes daban su apoyo a regímenes totalitarios como el soviético o el chino, todo ello en el marco de una contienda geopolítica que incluía el riesgo de la guerra nuclear. ¿Eran sociedades más igualitarias que las de ahora mismo, menos inclinadas por tanto a la difusión del resentimiento? Es discutible: globalmente, la pobreza ha disminuido dramáticamente y muchos países de lo que entonces se llamaba Tercer Mundo han experimentado un desarrollo considerable. La desglobalización que describe Brooks debe entenderse así como una consecuencia del éxito de la mundialización liberal y no como su fracaso: países antaño limitados por su propio fracaso pueden ahora establecer prioridades geopolíticas y, como es el caso de China, usar exitosamente el mercantilismo como herramienta política. No es el caso de Rusia, ciertamente, pero mal se podría acusar a Occidente —como hace Putin— del colapso de la URSS: si el socialismo de Estado no funcionó, ¿qué culpa tenemos los demás? El discurso del resentimiento puede funcionar en Rusia, igual que funciona fuera de Rusia; sin embargo, su eficacia no da la razón a quienes lo emplean. En cuanto a la desigualdad dentro de las sociedades liberales, puede contemplarse desde distintos puntos de vista: siendo innegable que se ha producido un empobrecimiento de la clase media en buena parte de los países occidentales, nuestros estándares de vida continúan siendo muy elevados y no todos los países occidentales incurren en las mismas disfuncionalidades socioeconómicas. La crisis de 2008, empero, produjo un devastador efecto anímico que ha minado la confianza de los ciudadanos occidentales. Pero la sociedad de 2022 es un lugar mejor para vivir que la de 1957: preguntemos a cualquier mujer, consultemos los datos sobre consumo de tabaco o pensemos en la accesibilidad de la información.

Que el modelo occidental es superior a sus rivales lo defiende asimismo el joven politólogo búlgaro Stefan Kolev en una tribuna publicada por el venerable periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung; su interés es mayor si cabe al venir firmado por un académico nacido en la Bulgaria comunista en 1981 y emigrado posteriormente a Alemania. Su planteamiento es original, ya que el autor llama la atención sobre la importancia que tienen los mitos políticos —en la estela de Ernst Cassirer— para la fundamentación del orden social. Tanto Estados Unidos como la Unión Europea se basan en un relato fundacional que les da sentido; también, pongamos, la China contemporánea. Estos mitos pueden consolidarse o declinar, pero también transformarse. Para Kolev, la crisis internacional provocada por la agresión rusa es también una competencia entre mitos políticos. De hecho, el fracaso de las expectativas rusas a la hora de lograr una rápida conquista de Ucrania tiene mucho que ver con el mito fundacional de la Rusia de Putin, que se basa en la creencia de que Occidente está en un declive irremediable; paralelamente, el mito occidental de un orden liberal basado en el Estado de Derecho, la sociedad civil y la economía de mercado alimenta la resistencia ucraniana desde la «revolución naranja» de 2004. Es más: el proyecto de Putin para Rusia se ve entorpecido por el deslizamiento occidental de Ucrania. Y al revés:

«Ucrania no solo lucha por su propia libertad y la de sus vecinos. Con esta lucha pugnan los ucranianos por la oportunidad de pensar libremente sobre sí mismos, sobre sus propios símbolos y mitos y, de esa manera, sobre el fundamento de su propia identidad».

Para eso sirve, sigue sirviendo, la soberanía: para autodeterminarse. Claro que Kolev no es un ingenuo y explica cómo las sociedades del Este se orientaron hacia Occidente tras la caída del telón de acero de una manera genuina pero, a su vez, poco realista. Inevitablemente, el mito occidental pesaba más que el Occidente «real» y la promesa de una sociedad mejor no podía realizarse sin incontables dificultades. Sencillamente, se ignoraba cómo habían de funcionar la democracia liberal o la economía de mercado; era su imagen lo que ejercía una influencia ensoñadora sobre los habitantes del Este de Europa. Por eso cree Kolev que la posibilidad de unirse a la Unión Europea puede ser vital para Ucrania, ya que proporcionaría el tiempo necesario para la consolidación del nuevo mito político alrededor del cual esa sociedad —si Rusia no la somete— puede reorganizarse. Esa oferta serviría también para revitalizar a la Unión Europea e incluso al atlantismo; recordaría a Occidente cuál es su utilidad. Para ello, sin embargo, hace falta un liberalismo menos derrotista y más dispuesto a defender el núcleo esencial de su mitología política. Para Kolev, ese núcleo no está constreñido a la época ilustrada ni a las sociedades occidentales, sino que es un mito universalista que ofrece un camino para el progreso a todos aquellos pueblos que quieran tomarlo. ¡Ahí es nada!

Hay que ser búlgaro y haber nacido en los años 80, a más tardar, para escribir algo así: una profesión de fe semejante en las virtudes del modelo occidental es ya difícil de encontrar al otro lado de lo que fue el telón de acero. Pero es que Kolev cree en el progreso que Bauer —quien no ha dejado Munich para instalarse en Kaliningrado— desecha como una superstición contraproducente. Situándose en un término medio, Brooks apuesta por recoser las costuras de la democracia liberal a fin de devolverle su viejo lustre. Y con todo, nadie ha hecho más por prestigiar el sistema occidental que el mismísimo Vladimir Putin, enseñando al mundo de golpe —o al menos a esa porción del mundo donde rige la libertad de prensa— lo que significa vivir en una autocracia. Algunos lo habían olvidado y ojalá lo recordemos por mucho tiempo.

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