Septiembre 2020
Revista de Libros
RESEÑAS

Trilogía cervantina

José Manuel Lucía Megías
La juventud de Cervantes. Una vida en construcción
Madrid, Edaf, 2016
304 pp. 24 €

Jordi Gracia
Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía. Una biografía
Barcelona, Taurus, 2016
400 pp. 23,90 €

Jorge García López
Cervantes. La figura en el tapiz
Barcelona, Pasado & Presente, 2015
282 pp. 25 €

¿El autor ha muerto?

La boutade teórica sobre la presunta muerte del autor –Barthes, Foucault– lleva demasiados años ya imponiéndose como una verdad incuestionable. En todo caso, lo que puede constatarse es que el autor ha sufrido atentados varios en las últimas décadas: él mismo ha ensayado formas varias de suicidio. Pero, si atendemos a lo que el género de la biografía significa, la salud del autor parece que no es desesperada. La abundancia de «vidas» cervantinas podría venir a confirmarlo.

Aunque aquí sólo voy a referirme a tres de ellas, el número de biografías que en los últimos meses han visto la luz es ciertamente relevante, hasta el punto de que los lectores podrían llegar a sospechar que se trata sólo de una moda. Es cierto que las efemérides siempre han resultado más propicias a la cantidad que a la calidad. No conviene, con todo, generalizar, y quizá las tres obras que aquí se reseñan son buena muestra de lo improcedente que resulta, en temas de juicio, no matizar.

Los tres autores tienen una sólida formación filológica, con publicaciones que ocupan, en todos los casos, un lugar relevante en la historiografía literaria actual; por otro lado, los tres pertenecen a una misma generación, de modo que su disposición existencial, sus referentes culturales, no pueden diferir en lo sustancial, aun en el caso de que ideológicamente no coincidan. La solvencia de cada uno de ellos, suficientemente contrastada, está fuera de toda duda. Y, con tales mimbres, no podía, en ninguno de los casos, salir un cesto malo.

Documentos y conjeturas

Dada la formación histórico-literaria y filológica de los autores reseñados, la fuente de la que todos ellos se nutren son los documentos cervantinos (principalmente custodiados en el Archivo General de Simancas, en Valladolid, y en el de Indias, en Sevilla). Tales documentos, en su mayor parte, nos son bien conocidos al menos desde los años cincuenta del siglo XX (salvo excepciones, entre las que sobresale la copia manuscrita de la Epístola a Mateo Vázquez, la «Aprobación» del Quijote de Antonio de Herrera y Tordesillas, y algún otro documento de carácter administrativo relacionado con asuntos familiares o con su trabajo de comisario de abastos en tierras de Andalucía).

Estos documentos, que hoy se hallan al alcance de cualquier lector interesadoEl gran repertorio documental lo reúne Krzysztof Sliwa en Documentos cervantinos. Nueva recopilación, Nueva York, Peter Lang, 2001; en los últimos años son limitadas las aportaciones documentales: Emilio Maganto Pavón, en La familia Villafranca y Miguel de Cervantes, Universidad de Alcalá de Henares, 2014, se ocupa de la familia materna de Isabel de Cervantes; José Cabello Núñez, archivero de La Puebla de Cazalla, aporta cuatro documentos que tienen que ver con el trabajo de Miguel de Cervantes por los pueblos de Andalucía y que abren espacio a la conjetura sobre cuál pudo ser la relación del escritor con Magdalena Enríquez, mujer casada a la que el autor del Quijote autoriza a cobrar su salario como comisario de abastos., constituyen un corpus con muy rica información, y lógicamente en ella se sustentan las tres obras que analizamos. Metodológicamente no podía ser de otro modo. Las tres obras hacen suyos postulados que ya José María MohedanoJosé María Mohedano, reseña de Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, tomos I y II, Anales Cervantinos, núm. 1 (1951), pp. 372-376. planteaba en 1951 y que luego Jean Canavaggio, otro ilustre biógrafo, ha repetido en varias ocasiones: «Lo que necesitamos es una vida de Cervantes escrita con criterio estrictamente científico. Es decir, que año por año –como ya hizo Cotarelo en sus Efemérides cervantinas– diga lo que se sabe, lo que se ha escrito; que analice, juzgue y pondere el valor de los datos y de las deducciones. En una palabra, que sepamos a qué atenernos y que se nos diga qué hay de fantasía y de verdad en el inmenso cúmulo de publicaciones sobre Cervantes». Criterio científico, ponderación de los datos y limitación de la fantasía. ¿Quién, en los tiempos que corren, podría defender algo diferente? «Queremos describir el itinerario personal de Cervantes al hilo de la documentación –no de la ficción, tampoco de la simple imaginación– planteando en cada caso una contextualización adecuada y mirada rigurosa, intentando no proyectar nuestros propios prejuicios». Así presenta su trabajo Jorge García López (p. 26). Y planteamientos muy parecidos pueden seguirse en Jordi Gracia y en José Manuel Lucía Mejías.

Sin embargo, lo que resulta fácil –y de sentido común– defender en el plano teórico, no es tan sencillo de llevar a la práctica. Los documentos existentes, en su casi totalidad, tienen interés –digámoslo así– para determinados momentos de la vida pública o profesional de Cervantes. No obstante, lo que afirmé en 2005, en mi ensayo biográfico sobre el autor del Quijote, sigue siendo válido hoy: aun siendo muchos, los documentos cervantinos reeditados en 2005 por Krzysztof Sliwa (la partida de bautismo, las declaraciones de los testigos de la Información de Argel, algunos contratos, los cientos de papeles que contienen las cuentas emanadas del ejercicio de comisario de víveres para la Armada desempeñado por Cervantes, los papeles del proceso por el caso de Ezpeleta y muy poco más) nos sirven para «dibujar, con trazo grueso, ciertos hitos de la cronología cervantina, pero […] en modo alguno nos dejan acceder a lo que hubo de ser la “particular historia” de la vida cotidiana de Cervantes».

El pensamiento y la ideología de Cervantes, su sentimentalidad, se nos pierde en el fárrago (por otro lado, valiosísimo) de la documentación. Y esta carencia es la que abre un espacio a la interpretación, en el que resulta casi imposible evitar la tentación de la conjetura.

Además, también con la documentación conviene ser prudente, pues no todos los documentos (ya no hablo de tantas falsificaciones como proliferaron en el siglo XIX) tienen igual valor ni todos admiten una lectura literal. Es más, en algún caso, como la Información de Argel, conviene saber que se trata de un documento de parte, en el que las preguntas (sin duda redactadas por el propio Miguel de Cervantes) están induciendo y orientando las respuestas. Y lo mismo ocurre con muchos otros documentos. Con Cervantes conviene tener muy en cuenta que él es el primer biógrafo de sí mismo (los prólogos de sus libros son ejemplo de ello) y que su vida, más o menos ficcionalizada, se convierte en materia con la que se construyen bastantes personajes de su obra de ficción (teatro o novela).

Si la teoría, desde hace años, está muy clara («hay que andar con pies de plomo cuando se invoca la ficción cervantina para alumbrar trechos de su biografía», Jorge García López, Cervantes. La figura en el tapiz, p. 56), la práctica no resulta tan sencilla. Conviene recordar un hecho sobre el que también insistí en su día: «Cervantes, en diferentes momentos de su vida, necesitó construirse un yo, para reconocerse como individuo y para ofrecerse a la mirada de los otros. Y esta necesidad no afecta sólo a las obras de ficción, sino que también se deja sentir en muchos de los documentos sobre los que la crítica positiva ha construido el discurso de su vida».

Más allá de las lógicas cautelas, las preguntas que el biógrafo está obligado a plantearse, y que la documentación no resuelve, son muchísimas. ¿Cuál fue la formación de Cervantes? ¿Es el autor del Quijote ese Miguel de Cervantes contra el que Felipe II dicta una providencia en septiembre de 1569? ¿Cervantes pasa a Italia con la comitiva de Acquaviva en 1569 o con las fuerzas del tercio de Moncada, que –con destino a Italia– se reúnen en las playas barcelonesas en la primavera de 1571? ¿Salir tan bien librado de castigo en su cautiverio se explica suficientemente por el hecho de ser una «mercancía» de alto valor? ¿Cuál es la opinión de Cervantes sobre determinadas políticas y personalidades del momento? ¿Cómo evoluciona su opinión sobre Felipe II? ¿Y, sobre el cardenal Espinosa, sobre Mateo Vázquez o sobre Ascanio Colonna? ¿Qué representa cultural y políticamente el grupo de escritores –Láinez, Padilla, López Maldonado, Gálvez de Montalvo– en el que Cervantes parece integrado desde su juventud? ¿Cómo fueron sus relaciones con Rodrigo Calderón? ¿De qué manera interpreta nuestro autor el decreto de expulsión de los moriscos? ¿Qué hizo Cervantes, además de escribir, de 1601 a 1604? ¿Cómo fueron sus relaciones familiares con Catalina Palacios y su familia? ¿Qué extremos alcanza su relación con Antonio de Herrera? ¿Quién le abre las puertas del conde de Lemos después del fallido intento de incorporarse a su comitiva? ¿Qué representa, en su forma de ganarse la vida, la frecuente relación con prestamistas, asentistas y pequeños banqueros? ¿Cómo evoluciona su pensamiento en materia religiosa, militar, administrativa y política, a lo largo de su vida? Estas interrogantes, apenas un breve ejemplo de muchas otras que ahora no merece la pena desgranar, demuestran cómo, ante el silencio de la documentación, al biógrafo, por mucho que haga su trabajo con el freno pisado a fondo, puede resultarle imposible evitar la tentación de acudir a las obras de ficción en busca de respuestas. De hecho, a pesar de los alegatos pro documentum de los biógrafos (algo que se ha convertido en un tópico ya enojoso por repetido, e impertinente por innecesario), no es difícil encontrarnos en el discurso biográfico de las tres obras que comentamos fórmulas como «podemos imaginarnos», «da la impresión de» o «no sería sorprendente que». Y en la misma línea se halla el frecuente recurso al «quizás», que remite fatal e inevitablemente a la conjetura.

Es claro que, metodológicamente, para un filólogo (y los tres autores de las obras que reseñamos lo son), no es de recibo dar respuesta a las interrogantes que plantea la vida del autor a partir de las acciones o los personajes de sus ficciones¿Cómo no estar de acuerdo con la afirmación de Jorge García López de que «La documentación extraliteraria, bien contextualizada [...] debe tener más valor que los rasgos de una ficción que se mueve bajo una lógica propia y diferente de la del documento» (p. 24)? El problema es que el documento (en el caso de Cervantes) también se presta a la interpretación y, en última instancia, los documentos constituyen, en palabras del propio García López, «una montaña de datos» que no alcanzan a «colmar un océano de lagunas» en el que se nos pierde Cervantes (p. 14). De hecho, el propio Jorge García López, a pesar de las prevenciones y protestas en contra, no puede evitar la tentación de echar mano de la ficción, en cada uno de los capítulos, de las «referencias desparramadas en sus relatos» para dar cuenta de «una buena parte de sus andanzas» (p. 72).. Y, desde luego, nos equivocaríamos si quisiéramos trasladar a Cervantes todo lo que se predica del cristiano Pérez de Biezma, en la «historia del capitán cautivo» o del soldado Saavedra, en El trato de Argel; y erraríamos si identificásemos las opiniones del narrador de La gitanilla con las del propio Cervantes. Pero, ¿acaso el Cervantes autorretratado en el prólogo de las Novelas ejemplares o en la Información de Argel no es sino uno más de los personajes creados en su obra de ficción? Creo que afirmar lo contrario es una ingenuidad, pero más allá de tal constatación, el problema es que al biógrafo de Cervantes, si quiere dar voz a todo lo que la documentación no alcanza o que la documentación mediatiza, le resulta imposible ignorar las creaciones literarias cervantinas, aunque sólo sea para poner sobre la mesa distintas hipótesis. La conjetura es inevitable. El único problema de la conjetura es que el biógrafo pretenda venderla como verdad.

De hecho, las tres biografías aquí comentadas (y todas las que conozco), a pesar de las cautelas manifestadas y procuradas, no pueden evitar el recurso a la ficción para intentar responder a muchas de las interrogantes a que la documentación no llega. Y es en este espacio, en los silencios de la documentación, donde cada una de las biografías reseñadas asienta su propuesta diferenciada. La documentación de la que parten, bien conocida desde hace bastantes años, es la misma; la metodología de las tres tampoco presenta diferencias notables. Si cada una pone en pie una imagen diferente del Miguel de Cervantes histórico, ninguna de ellas niega lo que en las otras dos se afirma. Al contrario, leídas en paralelo, las tres se reafirman y complementan.

La figura en el tapiz

Siguiendo el orden con que llegaron a mis manos, comenzaré con Cervantes. La figura en el tapiz, de Jorge García López, quien plantea su trabajo desde la voluntad de corregir el anacronismo de ciertas exégesis (José Ortega y Gasset, Américo Castro, etc.) demasiado ancladas en condicionantes del momento en que las mismas fueron escritas. Algo, por cierto, que no sé si es posible. ¿Edward C. Riley, Jean Canavaggio, Francisco Rico o el propio García López –autoridades que con justicia se citan como referentes válidos– han dado con el secreto de una escritura sub specie æternitatis, que ni Ortega ni Castro alcanzaron? Creo que toda escritura, toda opinión, es indefectiblemente hija de su tiempo. Y tampoco se escapa de ello esta biografía. Dicho lo cual, la pretensión confesada de esta biografía –y, a mi entender, su mayor aportación– se cifra en «poner el recuento biográfico en contacto con los ambientes intelectuales de su tiempo» (p. 23), lo que se traduce en una propuesta, a mi modo de ver, certera: sustraer la lectura de Cervantes de un supuesto «anacrónico humanismo quinientista» e iluminarla desde el nuevo clima intelectual que representa Justo Lipsio (o, entre nosotros, Pedro de Valencia); clima que se concretaría en la «relativización de los valores y dogmas del humanismo erasmista» (p. 32). Don Quijote vendría a ser, en la lectura propuesta por García López, la parodia de un humanismo desfasado, desde la que Cervantes se rebela contra «un mundo construido por el libro» y una «percepción sensorial» poco fiable (p. 177). Es un acierto crítico enfocar desde esta perspectiva a Cervantes. Hace ya casi veinte años que yo mismo, apelando a Descartes, propuse una lectura de las novelas de Cervantes como un discreta manera de poner en cuestión todas las verdades recibidas mediante la «invención» de vidas cuyo discurso niega la herencia libresca recibida, o la pone en entredicho. Cervantes –afirmaba yo entonces, y así lo sigo creyendo– es tan filósofo como Descartes, sólo que el alcalaíno piensa con vidas (su definición de la novela como género equidistante de la filosofía y de la murmuración, a la vez que alejado de la predicación, apunta en esta dirección) y, al hacerlo así, sus relatos están muy cerca, en cuanto mirada moral sobre la realidad, del ensayismo de Montaigne.

Por lo demás, Cervantes. La figura en el tapiz está al día e incorpora algunas importantes aportaciones de la bibliografía última, sobre todo –pues no es este espacio para ser exhaustivo– en relación con los círculos literarios por los que se mueve el autor del Quijote (José Montero Reguera«Historia, política y literatura en La Galatea de Miguel de Cervantes», en Inmaculada Báez y María Rosa Pérez, Romeral. Estudios filológicos en homenaje de José Antonio Fernández Romero, Vigo, Universidad de Vigo, 2002, pp. 329-342., Patricia Marín CepedaPatricia Marín Cepeda, Cervantes y la corte de Felipe II. Escritores en el entorno de Ascanio Colonna (1560-1608), Madrid, Polifemo, 2015.); su formación cerca de López de Hoyos (Alfredo AlvarJuan López de Hoyos y la enseñanza humanistas en el siglo XVI, Madrid, La Esfera de los Libros, 2014.); la influencia de la cultura y sociedad argelina en el talante cervantino (Francisco Márquez VillanuevaMoros, moriscos y turcos de Cervantes, Barcelona, Bellaterra, 2010.); la determinación de autoría respecto a ciertas obras de dudosa atribución (José Luis Gonzalo Sánchez-MolerLa Epístola a Mateo Vázquez, Alcalá de Henares, Biblioteca de Estudios Cervantinos, 2010. o Patricia Marín Cepeda«Cuatro personajes en busca de autor para la Topografía e historia general de Argel: Haedo (arzobispo de Sicilia), Haedo (abad de Frómista), Sosa y Cervantes», en Javier Blasco, Patricia Marín Cepeda y Cristina Ruiz Urbón, Hos ego versiculos feci… Estudios de atribución y plagio, Madrid, Iberoamericana/Vervuert, 2010, pp. 103-140.); la contextualización de la obra cervantina en el escepticismo de los siglos XVI y XVII (Jorge García López); la dedicación del autor del Quijote a trabajos de imprenta cerca de Robles y, muy especialmente, a la edición de Diego Hurtado de Mendoza (Luis Alberto Blecua«La epístola “Al lector” a la edición de las Obras de Hurtado de Mendoza: ¿Un viejo-nuevo texto cervantino? », Ínsula, núm. 700-701 (2005), pp. 2-6.).

Si alguna objeción puede ponérsele a esta biografía (además de ciertas discrepancias menores respecto a las categorías genéricas propuestas para leer el Quijote o el Persiles), tiene que ver más con la construcción del relato que con la información. Me refiero a la integración (o, mejor, ausencia de integración) de lo que se predica de las obras cervantinas con el discurrir de la vida del biografiado. La narración biográfica se interrumpe para dejar espacio al ensayo crítico e histórico-literario sobre la obra. Falla la argamasa que suelde.

La conquista de la ironía

Al contrario de lo que sucede en el caso anterior, el ensayo de Jordi Gracia resuelve perfectamente la integración de vida y obra. Su título es descriptivo y elocuente: Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía. Basta recordar el subtítulo del Cervantes de Jorge García López, La figura en el tapiz, para entender que lo que en este último tiende a la foto fija, en la pluma –brillante pluma¬– de Jordi Gracia se convierte en registro de una evolución y una transformación. A través de las páginas de esta «conquista de la ironía», el lector ve (creo que no es exagerado el verbo) crecer a Miguel de Cervantes; evolucionar desde un juvenil idealismo (alimentado en ese modelo de poeta y soldado que se convierte en arquetipo con Garcilaso y que luego tantos otros –Francisco de Aldana, pero también Cervantes– pretendieron imitar) a una actitud de desengaño desapasionado, cuyo avance tiene claros hitos en el discurrir de la vida cervantina (cautiverio; desatención de sus pretensiones militares, primero, y administrativas, luego; los sinsabores del viaje al monte de la fama; los puntuales apuros económicos; los desencuentros familiares con su hija Isabel, por ejemplo; los problemas con la justicia).

Si las tres biografías aquí reseñadas merecen reconocimiento, la de Jordi Gracia lo merece en un alto grado. El secreto de su éxito reside, en gran parte, en la focalización de su relato, escrito desde «un punto de vista emplazado –afirma Jordi Gracia– en la cabeza del escritor, como si dispusiésemos de una cámara subjetiva que lo atrapase en sus virajes y en sus revueltas»; pero una «cámara subjetiva» que, abierta a la «imaginación moral, que enfoca más lejos o más cerca […], sospecha, explora y pregunta, pero no ficcionaliza ni fantasea» (p. 14).

Se trata de un planteamiento que se traslada puntualmente a la escritura y que da un rendimiento extraordinario. Jordi Gracia no es un cervantista oficial; sin embargo, su Miguel de Cervantes es la mejor biografía de cuantas han visto la luz en los últimos tiempos; la más puesta al día, la más segura y la más completa. Al menos ninguna otra le lleva ventaja. Conoce puntualmente la documentación existente (incluso la más especializada y reciente) y la analiza con rigor y penetración, lo que le permite presentar, sobre distintos momentos de la vida de Cervantes, ángulos que generalmente han pasado desapercibidos al analista.

Por otra parte, su conocimiento de la obra cervantina (poesía, teatro y novela) es también el conocimiento de un lector inteligente. Sobre todo, en este punto, destacaré su habilidad para reconocer en los textos literarios (en las Novelas ejemplares, en el Viaje del Parnaso o en los dos Quijotes) las brechas y las suturas textuales de su génesis por donde se cuela a borbotones la vida del autor. Así, es la suya una biografía en la que vida y obra se retroalimentan y se complementan como la urdimbre y la trama de un tejido. Por ejemplo, las Novelas ejemplares se publican en 1613, pero resulta un error analizarlas como conjunto en ese momento de la biografía cervantina, pues las inquietudes que en ellas animan (su discurso, sus temas y rasgos formales) remiten por lo menos a cuatro momentos biográficos diferentes, y cada uno tiene su afán, sus preocupaciones y sus urgencias vitales, sin que la escritura pueda evitar registrar los cambios –clima moral, estado de ánimo, grado de desengaño– que conllevan. La decisión de analizar las obras cervantinas en la diacronía de su génesis resulta un gran acierto. Desde luego, Jordi Gracia dista mucho de recurrir a la ficción para llenar las lagunas del documento. Pero no reniega de la ficción como material para alimentar la «imaginación moral» que nutre la «cámara subjetiva» en que pretende ir copiando la vida narrada. La ficción no sustituye nunca al documento, pero en la pluma (bien templada) de este biógrafo sirve para dotar al documento de aliento vital y ayuda a poner en pie un Cervantes al que vemos crecer, dudar, decepcionarse, refugiarse en la ironía; y, en fin, lo vemos conquistar, gracias a la ironía, un modo de canalizar la derrota de su juvenil idealismo y, así, conjurar el escepticismo y desengaño que la resaca de la vida ha ido trayendo a sus costas. Jordi Gracia sabe hacernos ver cómo Cervantes va evolucionando, de la ilusión al desengaño, y en este logro el tratamiento de las creaciones literarias cervantinas resulta fundamental.

El acierto de encarar la biografía como un proceso (cuyos principales hitos marcan la evolución desde el ideal al desengaño) le permite construir un relato en el que el ritmo narrativo acompaña siempre al ritmo vital de biografiado. «Narrar», no «pintar», es el verbo que con mayor frecuencia y con mejor pulso conjuga esta biografía. Así, el retrato se hace dinámico y la biografía deja de ser un álbum de fotos fijas para pasar a ser una imagen en movimiento, con la inestabilidad cambiante de todo lo vivo.

La voz del biógrafo (que sabemos informada y penetrante) nunca se interpone de forma significativa entre el lector y el personaje. Nunca estorba, imponiéndose doctoral o autoritaria, sino que acompaña, en complicidad, el discurrir del personaje en el contexto que sirve de marco a su vida, sin pretender nunca «narrar un Cervantes inobjetable y universal que no existe» (p. 18).

La juventud de Cervantes

La tercera de las obras reseñadas, fruto también de este año de conmemoración cervantina, lleva la firma de José Manuel Lucía Megías y, con el título La juventud de Cervantes. Una vida en construcción, se presenta como la primera parte de un trabajo más amplio. Se trata, como en los casos anteriores, de una labor excelente en documentación, que se singulariza por la riqueza del material iconográfico aportado. No en balde, su autor es el responsable del riquísimo, y útil, «Banco de Imágenes del Quijote» (QBI).

Como en los casos anteriores, el título resulta también elocuente y apropiado al contenido que el lector va encontrar en sus páginas. En efecto, el subtítulo de «vida en construcción» se ajusta a la concepción del género de la biografía, pues toda biografía es una construcción, pero esta verdad resulta especialmente rotunda en el caso de Cervantes. Es tal el cúmulo de ideas y noticias heredadas sobre el alcalaíno que narrar su vida, en ciertos momentos, se parece mucho a la tarea de ese arqueólogo que, para rescatar los cascotes de unas vasijas, precisa ir limpiando de sedimentos inservibles cada uno de los restos encontrados. Esta es, en mi opinión, una de las singularidades del trabajo que Lucía Megías entrega a los lectores: primero, perseguir al Cervantes real, debajo del personaje de ficción que el propio autor del Quijote se inventa para presentarse ante el tribunal de la historia; y, luego, perfilar su retrato limpiándolo de las mitificaciones y mistificaciones que desde el siglo XVIII han ido acumulando generaciones sucesivas de biógrafos. En definitiva, el mayor trabajo del biógrafo («comprender –según Lucía Megías– cómo se ha ido construyendo el Miguel de Cervantes mito», p. 14) será el de colocar al lector en el camino del Cervantes persona, oculto bajo «rostro de papel» del Cervantes personaje y del Cervantes mito.

Desde estos presupuestos, una de las aportaciones de la biografía de Lucía Megías se concreta en el análisis de las falsificaciones documentales y de la iconografía, que, a lo largo de los siglos, han ido dando forma al mito cervantino, desde el retrato de William Kent (1738) hasta los seis falsos retratos atribuidos a Alonso del Arco, Francisco Pacheco, Diego Velázquez o Juan de Jáuregui; desde la supuesta «carta al cardenal Sandoval y Rojas» hasta El buscapié. Como complemento de esta tarea «desmitificadora», el autor de La juventud de Cervantes pasa también revista a la atención prestada, desde Martín Fernández de Navarrete en el siglo XVIII a los documentos cervantinos.

Al centrarse en la juventud cervantina, esta biografía puede prestar especial atención a la formación literaria (autodidacta) del autor del Quijote (pp. 103 y ss.); a su temprano deslumbramiento por la ficción (Juan de la Cueva); a la proximidad de un Cervantes joven, apenas salido de la adolescencia, con el círculo de escritores (Pedro Láinez, Luis Gálvez de Montalvo, Diego Hurtado de Mendoza, etc.) que congrega la Academia de la «alcobilla» del príncipe don Carlos, presidida por el duque de Alba y don Diego de Acuña; o, en fin, al carácter cortesano de sus primeras composiciones, detenidamente analizadas. No menos interés tienen las páginas dedicadas a la vida de soldado (pp. 134 y ss.), con aportaciones (iconográficas y documentales) sobre la vida en galeras, planos de batallas, operatividad de los tercios; sobre el cautiverio (pp. 194 y ss.) y sobre las actividades del corso en el Mediterráneo, con especial atención –desde una bibliografía puesta al día– al análisis de la Información de Argel y de la Epístola a Mateo Vázquez.

La biografía de José Manuel Lucía Megías, primera parte de una obra más amplia, no va más allá de 1580, pero lo que esta muestra nos hace esperar con curiosidad la segunda entrega.

La derrota del biógrafo

Con ese personaje del cuento de «loco y perro» que trae a colación Miguel de Cervantes en el prólogo a su segunda entrega del Quijote, tras lo dicho más arriba, no puedo evitar encarar a los «circunstantes”» con una pregunta: «¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?». No puedo presumir de conocer las respuestas de los lectores, pero la mía puede formularse con palabras de uno de los autores aquí reseñados: «ninguno de los lectores reales y asiduos [del autor del Quijote] va a renunciar a su Cervantes por el Cervantes de otro […]. Nada podrá suplir al Cervantes que cada cual ha visto en su obra» (Jordi Gracia, p. 18). Tal es la «derrota anunciada del biógrafo».

Javier Blasco es catedrático de Literatura Española en la Universidad de Valladolid. Sus últimos libros son Cervantes, raro inventor (Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 2005), Juan Ramón Jiménez (Madrid, Residencia de Estudiantes, 2009) y Poética de la escritura. El taller del poeta: ensayo de crítica genética (Juan Ramón Jiménez, Francisco Pino y Claudio Rodríguez) (Valladolid y Nueva York, Cátedra Miguel Delibes, 2011), Poesía no escrita (Madrid, Visor, 2013), Lasciva est nobis pagina… Erotismo y literatura española en los Siglos de Oro (Vigo, Academia del Hispanismo, 2015). Ha preparado las ediciones del Quijote apócrifo (Madrid, Biblioteca Castro, 2005) y la curiosa traducción de Ovidio (en octavas reales) de Fray Melchor de la Serna, Arte de amor (Valladolid, Agilice Digital, 2016).

05/09/2016

 
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