RESEÑAS

Los magos de Oz

Amos Oz y Fania Oz-Salzberger
Los judíos y las palabras
Madrid, Siruela, 2014
Trad. de Jacob Abecasís y Rhoda Henelde Abecasís
220 pp. 19,95 €

El hecho de que la Biblia hebrea, el cimiento de la religión judía, sirva también al islam como la palabra de Dios debería dar que pensar a los israelíes nacionalistas que la utilizan para justificar su derecho a la totalidad de Palestina. Los judíos y las palabras, que glosa aspectos de los textos bíblicos y talmúdicos, evita la trampa del nacionalismo religioso. Explica esos textos en términos profanos al tiempo que acepta su relevancia, tanto para la tradición cultural judía como para la sociedad israelí contemporánea. De hecho, los autores, un famoso novelista israelí y su hija (una historiadora profesional) no son religiosos y se muestran solidarios con las dificultades que afligen a los refugiados palestinos. 

La reputación de Israel se ha visto cada vez más afectada por su desigual conflicto con los palestinos que, a pesar de los ataques terroristas, se han convertido en la parte desvalida y victimizada para buena parte de la opinión pública. Los judíos y las palabras elude la problemática relevancia política de Israel en la actualidad«Este libro no trata de temas de actualidad. No estamos presentando nuestra visión de la historia y la continuidad judía para influir en el conflict israelí-palestino de nuestros días» (p. 112).. Se centra, en cambio, en las tradiciones culturales judías –la Biblia y los milenios de comentarios sobre ella– en relación con su contenido social, ético y literario. Trata de la tradición bíblica no, como lo harían los judíos ortodoxos, como un código divino para la vida cotidiana y una justificación para las reivindicaciones geopolíticas, sino como un texto con una importancia cultural duradera, como la Ilíada o el Bhagavad-Gita o las Analectas de Confucio. Para los autores, se trata de un denominador cultural común que ha moldeado la manera de pensar e interactuar de las comunidades judías durante milenios.

Ofrecen, por tanto, una celebración profana de una tradición teológica que la hace accesible a los no creyentes, judíos y no judíos por igual, al mismo tiempo que plantean una línea divisoria cultural entre israelíes religiosos y profanos que se encuentra pobremente entendida fuera de Israel. De hecho, Los judíos y las palabras puede verse como parte de la Kulturkampf que libran hoy encarnizadamente en Israel los creyentes y los no creyentes.

Los judíos y las palabras es también un aldabonazo en la lucha de las feministas israelíes en pos de una mayor igualdad de géneros en un país cuyos cimientos religiosos fueron y han seguido siendo arcaicamente patriarcales. El capítulo de treinta y ocho páginas sobre las «Mujeres con voz» examina tanto la importancia de las mujeres en la Biblia hebrea como el papel de las mujeres judías cultas en la dilatada tradición de los comentarios bíblicos. Después de presentar una fascinante argumentación según la cual la autora del Cantar de los Cantares es una mujer, citan a Maimónides, que calificó a las mujeres en las calles y no en la casa como «una deshonra». Sobre esto, los autores comentan (p. 68):

Discúlpanos, Maimónides. Y en ella [la Biblia] hay muchísimas mujeres que cantan fuera, en el exterior, delante de públicos mixtos. Miriam canto, tocó el tambor, y posiblemente también danzó delante de un pueblo entero. Débora entonó su propio himno desde la misma sede del gobierno, formando dúo con su jefe del Estado Mayor. Hanna tal vez ofrendara su poético agradecimiento al Todopoderoso estando sola en su hogar, pero obviamente llegó a los medios y ocupa una buena parte de I Samuel 2. Estas damas, y tal vez nuestra rapsoda Avishag, así como las tres hijas de la familia cantora de Hemán, no son más que la punta del iceberg. Hay muchas más. «Todas las mujeres» de la generación del Sinaí, nos cuenta el Éxodo, siguieron a Miriam, regocijándose y haciendo sonar el tambor.

En contraste con este papel festivo de las mujeres bíblicas, los autores admiten que, en la Biblia y en la tradición literaria judía posbíblica, «las mujeres figuran [a menudo] marginadas, silenciadas, acordonadas», tal como deseaba aparentemente Maimónides. Esa tradición, escriben, «puede ser justamente tildada de machista de acuerdo con los estándares actuales». Sin embargo, insisten:

La Biblia. No el Talmud, ni la literatura rabínica, ni cualquier literatura judía anterior al siglo XIX. La Biblia sí está llena de personalidades femeninas poderosas, activas, con voz, locuaces, individualizadas, únicas en su categoría.

Los autores continúan en otros capítulos esta detallada lectura textual de la Biblia para revelar no verdades divinas, sino más bien las mentalidades de sus antiguos autores y las de los estudios talmúdicos que la interpretaron. Tras ocuparse sutil y animadamente de textos religiosos bíblicos y posbíblicos procedentes de todo el espectro de la tradición litúrgica judía, su comentario más repetido es que a lo largo de los siglos, desde el exilio de las figuras más destacadas de Jerusalén impuesto por los romanos hace casi dos milenios, los judíos de la Diáspora han contado únicamente con sus libros (principalmente religiosos) para darles sentido como pueblo, y que existieron en una interacción constante, aunque a veces acerba, con sus textos sagrados.

Lo cual no equivale a decir que Los judíos y las palabras vea la tradición judía como sui generis. Oz y Oz se refieren repetidamente a la interacción del pensamiento judío, especialmente en la Diáspora antigua y medieval, con la cultura mesopotámica, griega, romana y árabe, y en el mundo moderno con numerosas corrientes del pensamiento y la literatura europeos.

En contraposición a los xenófobos lingüísticos, los autores subrayan el proceso incesante de préstamos entre lenguas: «relaciones de toma y daca con otras culturas. Esto es de lo que trata toda cultura […]. E incluso las culturas cerradas meramente niegan la verdad del intercambio (p. 149). «Todas nuestras lenguas y culturas existentes son unas constantes ladronas» (p. 164). El Edén del libro del Génesis, subrayan, lo tomaron prestado de los acadios, la mezuzah de Persia. El hebreo antiguo, aprendemos, está plagado de palabras tomadas del egipcio, el asirio, el arameo, el persa, el griego y el latín; el hebreo de la Edad Media y la Edad Moderna muestra la influencia de las dos principales lenguas de la Diáspora: el judeoespañol y el yiddish, con su sintaxis alemana. El hebreo moderno tiene vestigios del ruso, el alemán, el polaco, el francés, el inglés y el árabe. La asociación autocomplaciente del pueblo judío con la Biblia, «El Pueblo del Libro», muy utilizada por los políticos israelíes y los profesionales de la edición, «procede», nos informan, «directamente del Corán» (p. 164)

En consecuencia, los autores prescinden abiertamente de toda la parafernalia habitual del nacionalismo cultural:

Los autores de este libro, tal vez parcialmente descendientes de aquellos emblemáticos jázaros y cosacos, no tienen nada que decir acerca de una supuesta continuidad genética, racial o étnica de los judíos. No tratamos acerca de narices. No tratamos acerca de cromosomas […] Tampoco necesitamos hipótesis de la existencia de Dios (p. 60).

No admiramos, y aun menos adoramos, a nuestros remotos antepasados. Unos cuantos antiguos atenienses están más próximos a nuestros corazones que la mayoría de los israelitas bíblicos (p. 62).

[Después de citar la importancia para ellos de Antígona, san Agustín, Don Quijote y Chéjov]: Estas fuentes no son menos fascinantes, menos atrayentes, que cualquier contenido de los libros judíos. Para nosotros, una parte del pasado judío resulta muy ajeno, mientras que algunos legados no judíos nos son claramente próximos (p. 62).

De hecho, pensamos que una docena de filósofos, dramaturgos e historiadores griegos dieron al mundo un legado escrito de mayor mérito que esos miles de talmudistas. Con todo el debido respeto al Libro de Números, la grandeza cultural no se mide por números (p. 173).

Dado el clima políticamente tóxico en Oriente Próximo, la explicación multiculturalista de la tradición judía que ofrece este libro constituye también una defensa implícita del significado cultural del propio Israel. Esto necesita entenderse en varios contextos: políticos, pero también personales.

Israel, nacido tras la destrucción de los judíos europeos como un refugio para los supervivientes, fue inicialmente apoyado por la mayor parte de europeos y americanos de resultas de la sensación de vergüenza de no haber hecho más para impedir el Holocausto. Debido a sus líderes izquierdistas originales y a su idealista sistema del kibbutz, Israel fue apoyado especialmente en 1948 por los socialistas y comunistas europeos y americanos: los primeros envíos de armas al asediado Estado judío en 1948 procedieron de Europa del Este.

La partición de Palestina decretada por Naciones Unidas en un Estado judío y otro árabe había sido aceptada por los judíos, que declararon su nuevo Estado de Israel en mayo de 1948, pero rechazada por los árabes. La causa árabe no se vio ayudada por el hecho de que la mayoría de los Estados árabes que se unieron a los fellaheen indígenas para atacar al nuevo Estado fueran reliquias feudales conservadoras. Pero la suerte de los habitantes de los pueblos y ciudades palestinos, que se habían sublevado con frecuencia contra la creciente presencia judía en las décadas de 1920 y 1930, fue en gran medida pasada por alto por el resto del mundo.

Con el paso de los años, la corriente de simpatía fuera de Israel se ha desplazado cada vez más hacia los palestinos, que han sido vistos como la parte débil y victimizada después de que la superioridad militar israelí derrotara a los Estados árabes atacantes en 1956, 1967 y 1973. Los propios israelíes, sin embargo, pasaron a ver cada vez más la hostilidad palestina como una continuidad del antisemitismo europeo, que culminó en el genocidio nazi y que había empujado a muchos de ellos a huir a Palestina. La opinión pública israelí se volvió más inflexible en contra de las reivindicaciones palestinas. El odio ha aumentado a ambos lados con el paso de los años: grupos terroristas palestinos atacaban indiscriminadamente a civiles israelíes y colonos israelíes tomaban represalias contra los palestinos de Cisjordania.

Los gobiernos derechistas israelíes explotaron el crecimiento de la intransigencia islámica en Hamás, utilizando su victoria electoral en Gaza después de la retirada israelí en 2005 para justificar un bloqueo de Gaza y un estado continuo de temor entre la ciudadanía israelí. Hamás respondió al bloqueo con ataques con cohetes a las ciudades israelíes cercanas. Los extremistas, tanto entre los judíos como entre los palestinos, provocaron una escalada de las atrocidades.

Amos Oz se opuso a este clima de miedo y violenciaEn su ensayo reeditado en 2002, «Between Right and Right», Amos Oz ridiculiza la búsqueda pueril de Buenos y malos por parte de los intelectuales occidentales en el conflicto israelo-palestino. Defiende que ambas facciones tienen derechos legítimos a la Palestina previa a la partición, que, a pesar de la hipérbole religiosa e ideológica y el odio mutuo, el conflicto debería verse esencialmente como una disputa territorial y debería resolverse por medio de una división equitativa del territorio en dos Estados, en la línea de las fronteras de 1967 (Amos Oz, How to Cure a Fanatic, Princeton, Princeton University Press, 2012, pp. 1-40). Sin embargo, el constante avance de la extrema derecha antipalestina en Israel ha sido recientemente documentado en David Remnick, «The One State Solution», The New Yorker, 17 de noviembre de 2014.. Tanto el padre como la hija se alinean con el sector izquierdista de la sociedad israelí que busca la paz. Una mayoría en otro tiempo, se trata ahora de una minoría acosada, que lucha contra el nacionalismo virulento en organizaciones como Paz Ahora y B’tselem, la organización fundada para defender los derechos humanos de los palestinos en los territorios ocupados. No son ciegos al sufrimiento de los palestinos. Esta actitud empática se refleja en Los judíos y las palabras, en el que los autores escriben:

Al celebrar el renacimiento cultural de Israel se corre el riesgo de pasar por alto varias grandes heridas. No deseamos ni necesitamos pasar por alto estas heridas. La pérdida en que incurrieron los palestinos está poco a poco encontrando sus palabras, sus líneas de memoria. Una narrativa sobre Palestinos y Palabras ha de desarrollarse aún, no aquí, no por nosotros. Pero no somos ajenos al dolor. Sin insistir en comparaciones simplistas, aun así podemos recurrir a la familiaridad con el dolor. El punzante sentimiento de un mundo deshecho –no solo perdido, deshecho– impregna ambas calamidades, palestina y judía (pp. 132-133).

Sin embargo, las mayorías políticas en Israel apoyan al Gobierno de Netanyahu, que ignora las resoluciones de Naciones Unidas contra la colonización judía de la Cisjordania ocupada y manipula a la opinión pública en contra del extremismo islamista de línea dura que su intransigencia ha provocado.

Hace unos años descubrimos cómo llegó Amos Oz a su oposición crítica a los gobiernos derechistas de Israel en sus magistrales memorias, Una historia de amor y oscuridad (trad. de Raquel García Lozano, Madrid, Siruela, 2004). Oz nació en el Jerusalén de 1939 en el seno de la familia Klausner, intelectuales radicales de derecha que apoyaban incondicionalmente al Irgún, que predicaban la resistencia armada tanto a los británicos como a los árabes (antes de la guerra de 1948), al Partido Herut (después de la guerra, el precursor del Likud de Netanyahu) y al exaltado dirigente de ambos, Menájem Beguín. El ideólogo que los inspiraba era Ze’ev Jabotinsky, una admirador de Mussolini cuya ideología revisionista reclamaba un Estado judío en toda la zona del Mandato británico, que incluyera no sólo Palestina, sino también Transjordania. Así pues, el padre de Oz educó a su hijo para que viera tanto a los británicos como a los árabes como enemigos implacables, una actitud que, como recuerda Amos, impregnó sus juegos infantiles.

La herencia de la madre era diferente y se había forjado en la atmósfera izquierdista de su instituto ucranio. Desgraciadamente, tuvo pocas oportunidades de expresar sus propias actitudes, más moderadas, complacientes e izquierdistas con respecto a los «otros» árabes en la atmósfera tremendamente patriarcal de la familia Klausner, excepción hecha de los cuentos que inventaba para Amos, tal como él recuerda en Una historia de amor y oscuridadOz cita de una carta que recibió en su juventud de una amiga del colegio de su madre: «Por cierto, quiero que sepas que tu madre y yo, y otras chicas del grupo Hashomer Hatsair de Rovno, considerábamos a la pequeña burguesía lo peor que podía haber en el mundo. Todas procedíamos de casas así. Tu madre nunca fue “de derechas” […] sólo cuando entró a formar parte de la familia Klausner simuló que era uno de ellos». Hashomer Hatsair estaba fuertemente influido por el marxista Ver Borochov y, hasta la guerra de independencia de 1948, se mostró favorable a un Estado binacional. Los «revisionistas» de Jabotinsky eran sus enemigos mortales.. Tras una infancia moldeada por la ideología nacionalista de la familia de su padre, el adolescente Oz se apartó de su mayor afinidad por las inclinaciones culturales y políticas más apacibles de su madre y dejó la conservadora Jerusalén para irse a vivir a un kibbutz. Tanto las herencias del padre como de la madre eran, sin embargo, estrictamente profanas, manteniéndose al margen de cualquier tipo de religión.

Los judíos y las palabras combina la actitud no religiosa con una poderosa explicación cultural del judaísmo como un puente entre muchas culturas. El padre y la hija interpretan la Biblia de tal modo que la convierten en algo absorbente para aquellas personas laicas a las que les guste leer. La suya es una interpretación modernista, al nivel de los métodos contemporáneos en los estudios literarios e históricos. Al examinar como intemporales las discusiones entre Dios, Moisés y diversos rabíes eruditos que se encuentran recogidas en el Talmud, escriben: «Los períodos son arrojados al aire, las épocas son lanzadas y reordenadas como unos dados. El texto es lo que realmente importa. Las mentes humanas lo leen sin cesar y lo interpretan sin descanso, lo citan y lo debaten entre sí constantemente, a caballo entre el espacio y el tiempo» (p. 126).

En su esfuerzo por insuflar vida a los textos bíblicos se ven ayudados, sin duda, por el hecho de que la lengua en que leen esos textos es, una vez más, una lengua viva, la suya propia, en la que se criaron, una ventaja que comentan en detalle (pp. 158-165). Al tiempo que denigran los esfuerzos de los arqueólogos israelíes para apoyar la factualidad de los textos bíblicos con los restos materiales, ven la Biblia como «un peliagudo cóctel de hechos, de mitos y de esa clase de ficción que puede transmitir profundas verdades» (p. 111). «La grandeza del antiguo Israel», sostienen, 

no es un asunto de ciudades y reyes. La vida material puede muy bien haber sido rudimentaria, los edificios toscamente labrados y la vestimenta burda. El espléndido palacio de Salomón puede muy bien haber sido una endeble morada, una falsedad o una fábula. Para ser sincero, la antigua arquitectura judía no constituye el máximo motivo de orgullo […] Pero los textos sí son palaciegos. El Génesis, Isaías y los Proverbios son nuestras pirámides, nuestra Muralla China, nuestras catedrales góticas. Han nutrido una plétora de descendientes: desde la Mishná a la Haskalá, desde la poesía sefardí medieval a la literatura hebrea moderna, desde Gotthold Ephraim Lessing a William Faulkner, todos pudieron beber de aquellos antiguos pozos (pp. 111-112).

Al mismo tiempo que su compleja comprensión de la nación judía excluye el odio o la exclusión nacionalistas del «otro», se burlan de las tendencias xenófobas de los ortodoxos religiosos, que se distinguen del resto de la sociedad israelí por su vestimenta negra y sus sombreros de piel y rechazan todo aquello en lo que creen como algo ajeno a la tradición y a la «ciega obediencia a los rabinos»:

De los judíos se espera […] que no sigan el camino de los gentiles. Se nos dice que poner coronas sobre las sepulturas, o cantar el himno nacional, o disparar unas salvas en entierros militares, o hacer ondear la bandera son costumbres gentiles. Mientras tanto, ellos van por el mundo con el atuendo de la nobleza polaca del siglo XVII, cantan bellas canciones jasídicas basadas en melodías ucranianas típicas y bailan extáticas danzas populares ucranianas. Discuten, con nosotros los laicos, en el mejor de los casos utilizando la lógica de Maimónides derivada de Aristóteles, o –alternativamente– atacan la debilidad de nuestra lealtad nacional sobre la base de argumentos hegelianos, por gentileza del rabí Kook. Pero a nosotros nos exigen lealtad al manantial de origen (p. 149).

Si la comprensión tenazmente profana e intercultural de los Oz de la cultura judía se encuentra ligada a los conflictos sociales del Israel actual, las fuentes del énfasis lingüístico son múltiples. En parte, la unión de los judíos a las palabras refleja tendencias en la teoría literaria e histórica, y esta última en concreto se ha visto profundamente influida por el «giro lingüístico». Dudan, por ejemplo, de la existencia física de Job. Reconocen que esta idea no es particularmente moderna, ya que fue expresada por un talmudista del siglo IV, que afirmó que no era más que una fábula. Su idea se vio rebatida inmediatamente por otros estudiosos, pero no se eliminó del Talmud. Porque, como se sienten tentados a pensar los autores:

El Talmud anticipó y admitió nuestra premisa: las fábulas pueden contar la verdad. La ficción no es una mentirijilla. Job existió, haya o no «realmente» existido. Existe en las mentes de incontables lectores, que hablaron de él y argumentaron acerca de él durante milenios. Job, como Macbeth e Iván Karamázov, existe en tanto que verdad textual (p. 63).

En su manera de ver las cosas hay también en parte una base religiosa y filosófica, especialmente en su comprensión humanista de lo que ven como un individualismo muy arraigado en la Biblia. Se refieren, por un lado, al gran número de individuos que la Biblia menciona por su nombre para apoyar su afirmación de que los individuos eran importantes para los autores de la Biblia: «Nuestra Biblia es, por tanto, una enorme Arca de Noé, llena de hombres y mujeres que escapan del diluvio del olvido» (p. 172). Y resaltan, por otro, la importancia de un comentario mishnaico del libro del Génesis:

Por consiguiente, el hombre fue creado único en el mundo, para enseñarnos que quienquiera que destruya una sola alma [nefesh] es tenido en cuenta como si hubiera destruido un mundo entero; y quienquiera que salve una sola alma es tenido en cuenta como si salvara un mundo entero.

Este pasaje es controvertido dentro de la tradición judía, ya que aparece repetido en el Talmud babilónico con un añadido crucial, ya que se lee: «una sola alma de Israel». El conflicto entre una versión y la otra, que persiste en la actualidad, resulta especialmente importante, porque la palabra hebrea para alma (nefesh) resulta inseparable de esta existencia física en el mundo. A aquellos que refrendan hoy en Israel esta versión mishnaica se les pide, por tanto, que valoren las vidas de todos los seres humanos no judíos –palestinos o de otra raza– como poseedoras de igual valor que las de los israelíes. Esta valoración de la igualdad humana esencial constituye una de las bases del movimiento israelí que defiende los derechos de los palestinos, del que los autores son miembros destacados.

Arthur Mitzman es profesor emérito de Historia Moderna en la Universidad de Ámsterdam. Es autor de libros como La jaula de hierro. Una interpretación histórica de Max Weber (trad. de Ángel Sánchez Pascual y María Dolores Castro, Madrid, Alianza, 1976), Sociology and Estrangement. Three Sociologists of Imperial Germany (Nueva York, Knopf, 1973),  Michelet, Historian. Rebirth and Romanticism in Nineteenth-Century France (New Haven, Yale University Press, 1990) y Prometheus Revisited. The Quest for Global Justice in the Twenty-First Century (Amherst, University of Massachusetts Press, 2003).

Traducción de Luis Gago

Este artículo ha sido escrito
especialmente para Revista de Libros

12/01/2015

 

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