Agosto 2018
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RESEÑAS

La saga continúa

Lorenzo Silva
Los cuerpos extraños
Barcelona, Destino, 2014
352 pp. 18,50 €

En los últimos años, el sintagma «novela negra» ha terminado imponiéndose definitivamente sobre otros calificativos que se alternaban sin ninguna jerarquía para denominar el género: novela policíaca, de detectives, de misterio, de enigma, de suspense. Que casi haya desaparecido este último término es lógico: en el género negro, el suspense es relativo, puesto que de antemano se conoce su desenlace, es decir, que la verdad de los hechos terminará prevaleciendo sobre la mentira; que el policía o detective se impondrá sobre el delincuente y que se restablecerá el orden violentado por el delito. El suspense, pues, queda reducido al modo en que se resolverá el conflicto, con mayor o menor dificultad.

También en Los cuerpos extraños el lector sabe que el brigada Rubén Bevilacqua y la sargento Virginia Chamorro solventarán el nuevo caso que se les plantea cuando les encargan investigar el asesinato por estrangulamiento de la joven alcaldesa de una ciudad del Levante español. Ambos continúan así con ese recorrido por toda la geografía nacional que Lorenzo Silva va ofreciendo en su serie y con la que va consolidando la autoctonía de un género que hasta hace unas pocas décadas no había tenido tradición en España. En esta ocasión, aunque la acción comience fugazmente en Salamanca y continúe en Madrid, el escenario elegido es la costa levantina, donde la corrupción urbanística surgida al albur de la burbuja inmobiliaria ha sido especialmente sangrante y obscena.

El mayor mérito de la novela está, de nuevo, en la solidez y raigambre de sus dos protagonistas, bien instalados en el género, a quienes su creador insufla un sostenido aliento. Bevilacqua sigue con su afición a pintar figuras de soldaditos de plomo, con la única condición de que pertenezcan a ejércitos derrotados, y se supone que Chamorro sigue con su querencia por estudiar las estrellas, aunque aquí no se menciona. La amistad, la complicidad entre ambos ha llegado muy lejos y es muy íntima. Hace ya varios títulos que Chamorro no se ruboriza cuando su superior la llama por su nombre de pila o por algún diminutivo (Vir, Virgi). En este episodio, Bevilacqua la ve deprimida, apagada –«Con la nube negra camino. Dentro de ella, más bien» (p. 163)– y la mantiene en segundo plano de la investigación, apenas la carga con responsabilidades detectivescas. Al revelarse en el desenlace la causa de su tristeza, el personaje femenino crece, se engrandece de pronto con un apunte emotivo y dramático, con un hondo e inesperado toque de ternura que, sin ser policíaco, sí que despierta un verdadero suspense sobre lo que le sucederá en el futuro.

Sin embargo, el cariño que Lorenzo Silva parece sentir por sus dos guardias civiles corre el riesgo de incurrir en el exceso. Bevilacqua y Chamorro son íntegros, honrados, laboriosos, concienzudos y eficaces, ¡pero tal vez demasiado! En la boca de un brigada de la Guardia Civil que ronda los cincuenta años, escéptico por confesión propia y curtido en todo tipo de delitos, no resulta muy creíble este diálogo: «[…] y encima me dedico a proteger a mis conciudadanos. ¿Cabe imaginar mayor honor que ése, ser útil a tus semejantes?» (p. 28). La declaración no resulta chocante sólo porque estemos ante una novela negra, que a priori parece exigir una cierta dureza y mayores grados de acidez que otros géneros: es que también chirriaría en cualquier otra novela. Y no es que moralizar sea malo, aunque no son la integridad, la honradez, la laboriosidad, la eficacia y los buenos sentimientos los que generan de por sí buena literatura, sino el talento del autor para manejar su presencia o su carencia. Pero cuando la moral se predica en primera persona, como hace Bevilacqua, suena demasiado a autoelogio, del mismo modo que también resultan altisonantes otras afirmaciones del personaje sobre su impermeabilidad a la mentira (p. 179), a la vanidad (p. 144) o a los prejuicios sociales (p. 116), por más que en otros momentos esté conforme con realizar su trabajo de forma anónima y callada: «Soy consciente de que investigar delitos por cuenta de la ley, y no a sueldo de un millonario o de una rica heredera casquivana, como Philip Marlowe, es actividad poco propicia a los alardes creativos del investigador» (p. 61). E insiste: «[…] un ejercicio que tiene mucho más de burocrático que de aventura, física o intelectual. Por eso, me dije, nunca harían una película con nuestras andanzas, y por eso a tales efectos Hollywood prefiere buscar policías anómalos o rigurosamente imaginarios» (p. 186). A su manera, escritores moralistas también son Günter Grass o el Vargas Llosa de La ciudad y los perros, pero no van pregonándolo, no son necesariamente tan explícitos. La integridad de Bevilacqua resulta más convincente cuando los lectores la deducen de sus actos que cuando él mismo la proclama.

Si en el siglo pasado el detective era un lobo solitario que, todo lo más, compartía confidencias con un colaborador, ahora las nuevas tecnologías o los complejos análisis médicos han obligado a ampliar los equipos de investigación. Aparecen, por eso, otros personajes secundarios que complementan muy bien a la pareja protagonista: el guardia Arnau, la atractiva cabo Salgado o el ya coronel Pereira.

A un personaje-narrador así, moderado y juicioso, sin otra afición que a la cafeína, lógicamente no le cuadraría un lenguaje demasiado elaborado. Alejados de refinamientos literarios, los personajes hablan como habla la mayoría de la gente, con un vocabulario comprensible que no renuncia al uso de frases hechas, a algún oportuno proverbio. En la página 311, Bevilacqua expone su ideario: «Personalmente, prefiero evitarlos, los adjetivos. Vuelven demasiado superficial el pensamiento, con carácter general, y en lo que se refiere a los informes que me toca redactar por mi trabajo, no tienen ninguna utilidad en absoluto. Lo que se espera de mí es que sepa llenarlos de verbos y sustantivos, para lo otro ya están los abogados y los tertulianos».

Su teoría, que evoca aquella otra de Stendhal («Al componer la Cartuja, para ponerme a tono, leía de vez en cuando algunas páginas del Código Civil»), es más que discutible. En cualquier novela, utilizar únicamente verbos y sustantivos para empujar la acción sería tan absurdo como abusar de los adjetivos para ralentizarla, sería empobrecer un género que desde Rabelais, Sterne, Cervantes o Faulkner se caracteriza por la riqueza y versatilidad con que integra y aprovecha todo tipo de herramientas, todos los recursos lingüísticos que caen a su alcance. Por fortuna, Lorenzo Silva no es de esos escritores que van esquivando los adjetivos como si en ellos hubiera algo venenoso. En su discurso, y a pesar de sus propósitos, el narrador Bevilacqua los introduce con soltura («cruda» realidad, dureza «mineral», profundidad «abisal», «pelirroja flaca» […] de «insondables» ojos «azules»), aunque quizá no sea muy consciente de hacerlo, tal vez porque los que elige no resultan originales ni sorprendentes, no aportan novedades y sólo constatan lo ya sabido. Otro ejemplo: «Era una playa “agradable”, por el “suave” color “dorado” de la arena, el “azul limpio” del mar» (p. 92). Ahora bien, tal vez se trate de eso, de que el lector se sienta cómodo en la constatación de lo evidente, en lugar de provocarle la tensión y el extrañamiento de la novedad. Para bien o para mal, es una elección del escritor. En su caso, Lorenzo Silva apuesta por una escritura limpia que no tiene defectos, pero que tampoco exhibe grandes virtudes, que no distrae, pero que tampoco trastorna ni embruja.

Esta normalidad de los personajes, su equilibrio y su orden, su seny de moderada intensidad se aprecian también en la estructura: la novela tiene veinte capítulos y un epílogo, y todos los capítulos son muy similares en extensión, todos ocupan dieciséis páginas, excepto el 5 y el 18, que abarcan unas líneas más. Se repite el mismo esquema que ya apareció en las seis anteriores novelas de la serie: todas tienen veinte capítulos y todas vienen precedidas por una cita tomada del Lapidario de Alfonso X el Sabio. Se configura así una especie de molde estructural que, a tenor de los resultados, no le impone al autor un corsé rígido, porque las historias de sus novelas fluyen con soltura, aunque, claro está, corre el riesgo de dar la impresión de que siempre está escribiendo la misma novela.

Toda la acción le llega al lector explicada por diálogos bien justificados, ágiles, de interlocutores que entran y salen del escenario con coherencia, sin dejar tiempos muertos entre una y otra indagación. Por otra parte, hay un tránsito fluido, en un constante y enriquecedor vaivén, entre el relato objetivo de los hechos y las sensaciones que despiertan en la conciencia del Bevilacqua narrador. Los engranajes y procedimientos de la investigación, que en España son diferentes a los de otros países, puesto que los jueces tienen una intervención más directa, están muy bien desarrollados. Los mecanismos de la corrupción que denuncia no deben de ser muy distintos de la realidad. Lorenzo Silva le ha tomado el pulso a la época con precisión y, detrás de sus incursiones por la geografía nacional, se agazapa un amplio muestrario de las tensiones y dolorosos problemas que la estremecen y enferman, de todos los defectos, lepras y corrupciones que, cien años antes, ya le habían hecho gritar irritado a Valle-Inclán en Luces de Bohemia: «¡España es una deformación grotesca de la civilización europea!»

Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008) y Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005) y Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013).

21/10/2014

 
COMENTARIOS

Lorenzo Silva 22/10/14 16:24
Excelente reseña, un honor ser leído y comentado or tan gran escritor como Eugenio Fuentes. Sólo un detalle de contexto: la frase que cita de la página 28 no es del narrador (en el que coincido, sonaría demasiado solemne), sino del personaje hablando con su anciana madre en un contexto notoriamente desenfadado. El matiz creo que es relevante.

En todo caso, muchas gracias por la lectura.

Abrazos
Lorenzo Silva

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