RESEÑAS

Pequeño gran París

Justo Navarro
Petit Paris
Barcelona, Anagrama, 2019
240 pp. 17,90 € COMPRAR ESTE LIBRO

Después de veinte años de auge sostenido, creo que ya puede afirmarse que la aceptación de la actual novela negra no es sólo una cuestión de modas, de circunstancias sociales o de corrientes de opinión. Como el siglo, el género ha alcanzado su mayoría de edad y ha ido ganándose el respeto de la comunidad lectora y de una crítica literaria que, hasta hace poco, lo consideraba un subgénero. Ya han quedado atrás los tiempos en que la palabra «policíaca» caía a plomo sobre una novela, la desprestigiaba automáticamente y concitaba el abucheo general.

La actual novela negra despierta un interés generalizado y ha llevado a reflexionar sobre él a filósofos como Slavoj Žižek, quien en La permanencia en lo negativo se pregunta: «¿El noir es un género en sí mismo o un tipo de distorsión anamórfica que influye sobre diferentes géneros? Desde el principio, el noir no se ha limitado a las historias de detectives rudos: pueden identificarse fácilmente repercusiones de temas noir en comedias, westerns, dramas políticos y sociales, etc.» Žižek no da una respuesta a su propia pregunta, pero el hecho mismo de plantearla ya indica la importancia que le otorga.

A mi entender, dos son las causas de este cambio. Por un lado, la notable calidad de escritores que la practican y expanden sus límites, bien aceptando los esquemas clásicos, bien introduciendo innovaciones; unas veces concentrando su interés en el malestar individual, otras asumiendo la denuncia social para mostrar a la sociedad los rasgos más oscuros de su rostro que no quiere ver.

Por otro lado, al género lo han favorecido las incursiones de consolidados novelistas que, provenientes de otros temas y estéticas, han incursionado en él, lo han polinizado cuidando las palabras y han elevado su nivel estilístico, quizá la asignatura pendiente de un género que había dado a luz a estupendos personajes (C. Auguste Dupin, Hercule Poirot, Philip Marlowe, Adam Dalgliesh, Pepe Carvalho, Quirke, Lisbeth Salander), pero que no siempre había alcanzado un estilo a la misma altura.

A Justo Navarro (Granada, 1953) puede incluírsele en este segundo grupo: muy bien valorado como poeta y novelista, practica además la traducción, el periodismo, el ensayo y la crítica literaria. Petit Paris es su segunda novela negra protagonizada por el comisario Polo, un título con un tintineo irónico por contraste con el de su anterior entrega, Gran Granada (2015), y con la autoproclamada grandeur de la France, aquí sometida al yugo alemán. La historia está ambientada en el París de 1943 ocupado por los nazis, aunque también refleja la posguerra española y el aislamiento internacional del régimen de Franco. Petit Paris comienza cuando Salas Martialay, un jerarca granadino del régimen franquista que basa su fortuna en las industrias tabaquera y azucarera –intervenidas estatalmente por la dictadura y otorgada su gestión y sus privilegios a los gerifaltes del régimen–, encarga al comisario Polo que recupere cuatro lingotes de oro que le robó un amigo que ahora, bajo otro nombre, ha sido localizado casualmente en París al aparecer en una fotografía tomada en un ring de boxeo.

Hasta aquí, nada nuevo, salvo que en España seguía vigente la obligación de entregar el oro al Estado y el encargo que recibe Polo, por tanto, es clandestino. No irá a París como comisario para un trabajo oficial, sino como detective privado para resolver un encargo particular. El matiz es importante en estos últimos años en que los detectives privados han desaparecido de la novela negra y la mayoría de los investigadores son miembros de los cuerpos de seguridad del Estado.

Cuando Polo llega a la capital francesa, el supuesto ladrón ha muerto aplastado por un tren y no está claro si se trata de un suicidio o de un asesinato. Enseguida se producen otras muertes, pero la acción no es ese agujero negro que en muchos de estos relatos se traga a los demás componentes de la narración. Aquí la novela también avanza mediante los recuerdos y reflexiones de los personajes, no menos necesarios, y entre alusiones a las batallas que en Rusia y en el Mediterráneo van modificando el rumbo de la guerra. Los hechos históricos se entretejen con la ficción para consolidarla. Las fechas y lugares de las operaciones bélicas son rigurosamente exactas, así como la ubicación de las calles parisienses, los modelos de coches, la música que sonaba en los clubes, las marcas de tabaco o de bebidas, los titulares de periódicos de la época o los tipos de pistola habituales entonces. Es una novela negra con espacio y tiempo, es decir, con geografía e historia, muy lejos de los rutinarios misterios de la habitación cerrada, pero la soberbia documentación de época no presume con la exhibición de datos, sino que brilla de manera indirecta con excelentes imágenes que reflejan el clima moral del momento: «En aquellos días era difícil sentarse a una partida de póquer en la que por lo menos uno de los jugadores no hubiera matado a alguien».

En cuanto a los personajes, por este París de 1943, que ya nota en los tobillos del Mediterráneo el mordisco de los aliados, deambulan esa decena de figuras que necesita toda novela negra, ni demasiados para no dispersar la intriga, ni demasiado pocos para empobrecerla, a los que su autor mueve por las calles y estaciones con precisión topográfica o detiene en bares y hoteles donde beben cubas de ginebra con Dubonnet, el energético combinado que aparece en la cita inicial de Cole Porter, calificado como «la fuente de la juventud», y con el que la reina madre de Inglaterra se conservó en forma hasta los ciento un años.

Entre ellos, destaca el comisario Polo, un ingeniero de telecomunicaciones que ya había aparecido en Gran Granada, novela que desconozco, aunque, como es habitual en las series policíacas, no creo que su lectura sea necesaria para comentar esta segunda entrega a la luz de la primera. Desde su altura –dos metros–, Polo es «todo ojos para abarcar el mundo visible e invisible, todo oídos para percibir sus voces». Culto, políglota, educado en un colegio religioso en Zamora, amable, no fumador en un ambiente en el que fuman todos, hombres y mujeres, funcionario leal durante cuarenta años de servicio, ha sido condecorado consecutivamente «por el rey, el presidente de la República y el caudillo». Con más de sesenta años, le «quedan dos días» para jubilarse.

En la novela se mezclan chatarreros con espías, jóvenes viudas de guerra con cantantes francesas, diplomáticos con policías españoles alemanizados que, con la colaboración de la Gestapo, detienen a exiliados republicanos. Todos –casi todos– son extranjeros en una ciudad que no es la suya y que termina rechazándolos: Polo va desde la gran Granada al petit París en busca de un hombre que ha robado cuatro quilos de oro y una pistola –dinero y sangre– y regresa con las manos vacías, pero al menos con la verdad de lo sucedido. Finalmente, la violencia no se debe a razones políticas: la ambición y la traición personal son el fulcro donde se apoya el misterio.

El mejor personaje de la novela es París, un París nebuloso que recuerda al de la Trilogía de la Ocupación, de Patrick Modiano, y en cierto modo a la Viena de El tercer hombre. Para comprobar si una ciudad es un personaje sustancial de una novela y no sólo un escenario, basta con cambiar su nombre y sus lugares más representativos por los de otra ciudad y ver si la novela funciona del mismo modo. Si es así, sólo se trata de un decorado. Pero aquí París no podría ser sustituida por ninguna otra sin que la historia resultara diferente. Durante su escritura, sospecho que su autor tenía visible en la pared el plano de la capital francesa, del mismo modo que Joyce tenía sobre la mesa el plano de Dublín mientras escribía Ulises.

En el texto abundan magníficas imágenes, a las que la querencia de Justo Navarro por la expresión poética les encuentra un feliz y original acomodo en un género de otra matriz y alejado a priori de tentaciones líricas. Aquí y allá aparecen brillantes comparaciones: «servilletas blancas como mitras de obispo sobre los platos», o «la cara era más grande que la cabeza», para describir a un torturado. Personificaciones: «un vino poco amable». Precisión y variedad de adjetivos, utilizados con un gran talento asociativo y en el lugar donde rinden todo su significado: las «erres mutantes» del fonema francés. Riqueza de matices para describir las percepciones sensoriales, las apariencias de personas o cosas: los olores, las luces, el color o la textura de la piel femenina. Y, en especial, minuciosas enumeraciones de objetos, de metales, de profesiones y hasta de las partículas y huellas acumuladas en los cristales de unas gafas, enumeraciones que no son un simple rimero de datos, sino un recurso muy expresivo para crear atmósferas y para definir a los personajes por los objetos de que se rodean, al poseedor por sus posesiones.

Así, tanto si un lector se inicia en la escritura de Justo Navarro con esta última novela como con los poemas de Un aviador prevé su muerte (1986), el punto de llegada es el mismo: los dos géneros son pruebas de un mismo nivel de compromiso estilístico y de una misma densidad de significado. Petit Paris es una novela, en fin, en la que la creación de ambientes, la documentación de la época y el virtuosismo del estilo destacan por encima del relato. Aunque utiliza una estructura conocida y de probada eficacia –la del personaje a quien se le encomienda una misión en un lugar lejano, marcha a cumplirla y regresa sin el resultado previsto, aunque con una mayor sabiduría–, aquí, sin embargo, en el desenlace no conocemos ni el pensamiento ni la evolución de Polo, que ni se eleva por encima de la miseria moral de la dictadura ni se implica en ella, y queda en una vaga indefinición. También se echa de menos un mayor desarrollo de Paolo Corpi o Matthias Bohle, el fugitivo a quien todos buscan y del que todos hablan, pero de quien finalmente no se vislumbra ese análisis moral que ha sustentando excelentes novelas negras. Se diría que, de tanto incidir en la atmósfera, el ambiente y la época, los personajes han perdido nitidez en su perfil.

Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008), Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009) y Mistralia (Barcelona, Tusquets, 2015). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005), Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013) y La hoguera de los inocentes. Linchamientos, cazas de brujas y ordalías (Barcelona, Tusquets, 2018).

03/06/2019

 
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