RESEÑAS

Los ensayos de Johnson

Samuel Johnson
Ensayos literarios. Shakespeare, Vidas de poetas y The Rambler
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2015
Trad. de Gonzalo Torné de la Guardia, Antonio José Rodríguez Soria y Ernesto Castro Córdoba
580 pp. 27,50 €

La obra del Dr. Johnson últimamente llega de manera un tanto desorganizada, pero en ediciones excelentes (no nos referimos a ediciones más antiguas, que cumplieron su cometido, aunque ofreciendo una versión parcial e incompleta del autor). A punto estuvo Johnson de convertirse en una máquina de responder ingeniosidades, por obra de James Boswell, principalmente, como Quevedo lo fue de hacer chistes apócrifos. En realidad, Johnson es algo más que un personaje peculiar y erudito que escribía obras que no eran especialmente divertidas, que recorría las tabernas de Londres en compañía de un escocés bastante metomentodo y que oficiaba simultáneamente de admirador y de biógrafo. Con fama de tacaño, porque lo había pasado mal en su juventud y porque sabía que si se tienen mil libras y se gastan diez chelines, ya no se tienen mil libras (evidencia que jamás tuvo en cuenta, para su incomodidad y problemas derivados, Mr. Micawber), Johnson figura como el primer lexicógrafo inglés, autor él solo del diccionario de esa lengua (razón por la que Chesterton decía que no debe contradecirse a Johnson porque no se puede contradecir un diccionario), además de ensayista, crítico literario, editor y poeta en un siglo antipoético. No falta quien lo considera el mayor escritor inglés después de Shakespeare. Su novela Rasselas, escrita en circunstancias sombrías (para pagar el entierro de su madre), pudo haber inaugurado una suerte de exotismo en la literatura inglesa, pero no alcanza la ligereza de Candide de Voltaire (porque Johnson no era precisamente ligero) ni la plenitud del «cuento oriental» de Vathek de William Beckford. La Abisinia del relato procede de su versión del viaje del padre Jerónimo Lobo, superado más adelante por los cinco grandes volúmenes de James Bruce, en los que algunas descripciones verdaderamente bárbaras como las de los abisinios comiendo a mordiscos vacas vivas llegan hasta Kafka (que tal vez haya conocido el libro de Bruce sobre las fuentes del Nilo o tal vez no). Hoy se lo considera como el gran crítico inglés, y, fundamentalmente como el gran crítico de Shakespeare, a quien, no obstante, puso objeciones. William Hazlitt, a su vez, le hizo a Johnson críticas muy serias:

El Prefacio del Dr. Johnson a su edición de Shakespeare parece un laborioso intento de sepultar méritos característicos de su autor bajo una losa de pesada fraseología y de sopesar sus excelencias y defectos en la misma balanza, atiborrado de «hinchadas figuras y sonoros epítetos».

Como crítico se lo sitúa al lado de John Dryden y de Samuel Taylor Coleridge; para algunos, está por encima. Para T. S. Eliot, que varía sus opiniones sobre él,

lo que Dryden escribió sobre poesía despierta mayor interés que lo que escribió Johnson. En sus ensayos críticos estaba perfilando las reglas que habían de seguir dos generaciones futuras; Johnson, en cambio, es retrospectivo.

Y respecto a Johnson, Harold Bloom es categórico:

Johnson, más que Coleridge o Hazlitt, A. C. Bradley o Harold Goddard, me parece el mejor intérprete de Shakespeare en inglés.

En años recientes han aparecido dos ediciones de esa obra capital de las letras inglesas, La vida de Samuel Johnson, de James Boswell, libro de extraordinaria fama, mientras que su autor, Boswell, la tuvo muy mala por obra de Thomas Macaulay y otros, y el delicioso Viaje a las Islas Occidentales de Escocia, viaje «de cercanías» en el que recorre tierras próximas aunque muy atrasadas y bravas, mientras el capitán Cook, pongo por caso, recorría los Mares del Sur. Bien es verdad que de los «viajes de cercanías» no pueden esperarse grandes percances, como el que le costó la vida a Cook, aunque sí incomodidades sin cuento, la incomprensión de los nativos y, sobre todo, la sorpresa que provoca encontrar modos de vida tan diferentes y primitivos a muy poca distancia de Londres.

El volumen de Ensayos literarios de Johnson publicado por Galaxia Gutenberg es una edición oportuna, ya que ofrece una selección de la obra crítica del escritor inglés más prestigioso de su época y algunos atisbos de su labor periodística. El libro se divide en tres partes: los escritos sobre Shakespeare, una selección de Vidas de los poetas ingleses y, la más breve, otra antología de Ensayos en los periódicos. Esta tercera parte debería tener mayor atractivo para nosotros, ya que se trata de la menos conocida; pero también, por su carácter periodístico, local y de su época, y aun moral, es la que menos prende la atención, al menos la del lector más interesado en la literatura en general que en el Dr. Johnson.

La parte dedicada a Shakespeare incluye los tres textos fundamentales: Propuesta para imprimir las obras dramáticas de William Shakespeare, el Prefacio a Shakespeare y Observaciones generales sobre las obras de Shakespeare. La segunda de ellas ya se había publicado anteriormente, en 2003, en Acantilado. Es texto canónico importante, tanto en lo que se refiere al estudio de Shakespeare como a la ocupación de editar obras ajenas, en la que muchos editores pecan por exceso de erudición. Lo que Johnson escribe sobre las notas es perfectamente aplicable a esta época, en la que todavía abundan los editores académicos que se permiten notas a pie de página para señalar irrelevancias del tipo de «fíjense en la ironía con que responde tal personaje», cuando si el lector no es capaz de captar esa ironía por sí mismo le resultará más provechoso abandonar la lectura. A pesar de su conocido carácter atrabiliario, es generoso con los críticos y editores anteriores, citando, por ejemplo, un texto de Dryden que es una síntesis de Shakespeare muy breve, muy concreta y generalmente aceptada:

Shakespeare fue, de entre los poetas modernos y posiblemente entre los antiguos quien tuvo un alma más amplia y universal. Todas las imágenes de la naturaleza estaban ya en él y las extraía con más fortuna que esfuerzo; cuando describe algo, no sólo lo vemos, sino que lo experimentamos. Aquellos que le acusan de falta de estudios le hacen el mejor de los elogios: era docto de nacimiento, no necesitaba de las lentes de los libros para leer la naturaleza; miraba en su interior y allí la encontraba.

Johnson, por su parte, escribe:

La naturaleza no brinda conocimiento, sólo puede ayudar a combinar y emplear las imágenes que el estudio y la experiencia procuran. Por muchas dotes naturales que tuviera Shakespeare, no podía transmitir más de lo que previamente había adquirido; debía, al igual que el resto de los mortales, aprender sus ideas de manera gradual y, en consecuencia, se volvió, como cualquiera, más sabio cuanto más viejo; representó mejor la vida cuanto más la conoció, e instruyó de forma más eficaz cuanto más instruido estuvo él mismo.

William Hazlitt reprocha a Johnson que su juicio sobre Shakespeare no haya sido favorable y hace una observación que más bien juzga a Johnson que a sus juicios sobre otros poetas:

No diremos que, para ser un crítico, un hombre deba necesariamente ser poeta; pero, para ser un buen crítico, no debe ser un mal poeta.

Sobre la calidad de Johnson como poeta, o la falta de ella, nada puedo decir. Valga la apreciación de Bloom:

Johnson habría sido un gran poeta, pero opinaba que la poesía inglesa había alcanzado su perfección formal con Alexander Pope, lo que, desde un punto de vista neoclásico, es cierto. Como crítico, Johnson colocaba a Shakespeare y Milton a la altura de Homero, pero no los veneraba tanto como a Pope.

En la actualidad nadie lee a Pope, y puede que tampoco a Johnson como poeta, mientras que sí se continúa leyendo a Homero, Shakespeare y Milton, por lo que puede que el juicio de Hazlitt fuera certero.

Su conjunto crítico más importante, junto con los estudios sobre Shakespeare, son las Vidas de los poetas ingleses, que obedeció al encargo de un grupo de editores-libreros que le solicitaron los prólogos para la edición de cuarenta y ocho poetas. A Johnson, que ya era un crítico reconocido, le pareció bien la idea: aumentó el número de poetas a cincuenta y dos, y solicitó por el trabajo una cantidad moderada, doscientas guineas, que los propios editores aumentaron a trescientas, habida cuenta que se trataba de una obra de éxito asegurado. El proyecto iniciaba la edición por Chaucer, pero Johnson impuso, en cambio, que el primer poeta fuera Abraham Cowley, cuya biografía, según Boswell, era en su opinión la mejor de todas. Se le reprocha, sin embargo, la biografía de John Milton: según Thomas de Quincey, Johnson «fue el peor enemigo al que el gran Milton y su causa fueron llamados a enfrentarse». En 1779, a los dos años del encargo, aparecen las veintidós primeras biografías. De los cincuenta y dos prefacios, Johnson se atuvo a prologar de manera breve y concisa, según lo convenido con los editores, veintitrés biografías: las restantes son más extensas o más breves según sus preferencias o sus antipatías. La de Milton es de las más extensas, según quienes disienten de lo que en ella se escribe, para alegar contra él; en cambio, las de John Gay o William Collins son muy breves.

Hasta el momento, la edición más completa de las Vidas en español es la publicada por Cátedra (1988), que incluye a nueve poetas, de Cowley a Thomas Gray. La de Galaxia Gutenberg, habida cuenta que se trata de una selección dentro de un volumen de «ensayos selectos», incluyendo a siete poetas, es suficientemente extensa. Cowley, Milton, Swift, Pope y Thomas Gray figuran en ambas.

La tercera parte del libro es la breve selección de ensayos pertenecientes a The Rambler, The Adventurer y The Idler, que Harold Bloom considera como obras maestras de la literatura sapiencial. Johnson tenía el propósito de que su última obra fuera su faceta de conversador, como bien lo demuestra en el libro de Boswell, por lo que no es extraño que derivara hacia el periodismo y se sintiera a gusto, porque, en fin de cuentas, en el periodismo es donde el autor tiene a su lector más cerca, hasta el extremo que casi entabla un diálogo con él y, en ocasiones, lo entabla efectivamente.

Los Ensayos literarios de Samuel Johnson ofrecen los variados perfiles de un autor grande a través de sus textos más permanentes. El resto de su obra queda muy apegado al siglo XVIII, pero su manera de enfocar la crítica influyó de manera decisiva en la crítica posterior, y aún hoy sus comentarios se leen con agrado y con provecho. Según Harold Bloom, «Johnson sigue pareciéndome el mejor de todos los críticos literarios». Sus contemporáneos, aunque sin la perspectiva de dos siglos, opinaban más o menos lo mismo.

Ignacio Gracia Noriega es escritor. Su último libro es Las burbujas de la tierra. En torno a William Shakespeare (Madrid, Cátedra, 2016).

*José Ignacio Gracia Noriega murió poco después de escribir esta reseña para RdL. Nuestro recuerdo y homenaje a un viejo amigo y colaborador de la revista. 

19/09/2016

 
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