RESEÑAS

Frío, frío

Geoffrey Parker
El siglo maldito. Clima, guerras y catástrofes en el siglo XVII
Barcelona, Planeta, 2013
Trad. de Victoria Gordo del Rey y Jesús Cuéllar
1.485 pp. 39,50 €

El 30 de enero de 1649 fue decapitado en Londres el rey Carlos I Estuardo. Un pintor victoriano llamado Ernest Crofts (1847-1911) realizó de aquellos hechos dos magníficos lienzos en el más puro estilo historicista. El primero de ellos recoge el paso del cortejo que acompañó al rey hasta el cadalso atravesando Saint James’s Park hacia Whitehall, donde sería públicamente ejecutado muy cerca de la actual King Charles Street. El segundo muestra la llegada del ataúd real a la capilla de San Jorge, en Windsor, horas después de consumado el magnicidio.

Hacía frío en Londres aquel día. Más que el primero de los dos cuadros, lo testimonia el segundo, en el cual los fieles de Carlos caminan sobre la nieve que cae en copos abundantes sobre sus hombros. Crofts parece haber querido acentuar el efecto introduciendo un par de capas rojas entre el negro dominante. Ernest Crofts no ha merecido tener entrada en la Web Gallery of Art. Pero jamás se le hubiera ocurrido pensar que las escenas de aquella fría mañana que procuró captar en los dos cuadros referidos pudieran ser invocadas un siglo después como muestras de los pavorosos efectos que el clima pudo llegar a tener sobre los habitantes del planeta en aquel «siglo maldito».

De la eventual influencia del cambio climático en sucesos de orden político como el que acaba de mencionarse trata el último libro de Geoffrey Parker, al cual sus editores españoles han otorgado un plus de dramatismo trocando el título original (War, Climate Change and Catastrophe in the Seventeenth Century) por el más sonoro de El siglo maldito. Clima, guerras y catástrofes en el siglo XVII. Parker culmina con él una aventura iniciada hace ahora treinta y cinco años con la publicación de una antología de textos sobre la crisis general en el siglo XVII que editó en colaboración con Lesley M. Smith. He vuelto a leer la Introducción que ambos suscribieron entonces. Hay ya en ella un pergeño del libro de ahora. Entonces se cerraba la presentación del volumen con una frase de Voltaire que ahora se repite: «Tres cuestiones ejercen una constante influencia en las mentes de los hombres: el clima, el gobierno y la religión»; para luego añadir: «Es el único modo de explicar el enigma de este mundo». Las 1.485 páginas de este Siglo maldito parecen haber sido concebidas para otorgar al clima un papel homólogo al de la política y la religión.

No se podrá negar que la apuesta es muy arriesgada. Es fácil admitir el establecimiento de conexiones causales inmediatas entre guerras y/o sublevaciones y su razón política o religiosa; y, así, etiquetamos unas guerras como «de religión» y otras «de independencia», por ejemplo; incluso hay alguna tan pintoresca como la llamada «guerra de la oreja de Jenkins» (1739-1748), que tuvo su ratio inmediata en la sección del referido apéndice al marino inglés Robert Jenkins. Pero cuesta sin duda trabajo admitir un link semejante (la palabra forma parte del propio vocabulario de Parker) cuando se trata de vincular el o los cambios climáticos con las numerosas, dramáticas y, en algún caso, trascendentales conmociones bélicas de la década de 1640, sin ir más lejos. La cosa cambia cuando vamos a las catástrofes: no nos cuesta admitir el cambio o cambios climáticos como explicación de acontecimientos tales como las crisis alimenticias, las secuelas epidémicas que de ellas pudieran seguirse, la consiguiente regresión demográfica, etcétera. Circunscrito al ámbito de las condiciones de vida materiales, el nexo no parece impertinente. Es más: cuando se predica que, en historia, es inútil tratar de adivinar qué es lo que vendrá a continuación de una particular serie de hechos, o si cabe esperar resultados semejantes tras antecedentes perfectamente homologables, la respuesta será siempre no, salvo en el caso de las catástrofes demográficas y/o epidémicas, un buen número de las cuales obedece a un esquema tan mecánico como el del motor de cuatro tiempos: alteración climática → disminución de la producción agraria → aumento del precio de los alimentos → hambre → restricción de la natalidad → declive demográfico → aparición de epidemias…, y a esperar que el ciclo se invierta.

No es raro que a esta secuencia se añada la aparición de tensiones sociales y/o políticas de intensidad variable, cosa que, en efecto, suele acontecer, aunque no siempre. Es precisamente en este punto cuando el automatismo de la serie desaparece. En caso de haberlas, estas eclosiones obedecen a patrones de intensidad variable, en particular por lo que hace a su extensión geográfica. Los llamados «motines de subsistencia» estallan, así, tanto en pequeñas villas como en grandes ciudades, e incluso pueden extenderse y contagiar a países enteros. Existe un innegable componente de esta clase en episodios de tal entidad, como la Revolución Francesa, o en las numerosas y simultáneas acaecidas en buena parte de Europa en 1848. Pero, de la misma manera que puede añadirse a la serie este postrero escalón, también es posible que no sea así. El factor humano puede cortocircuitar el sistema precisamente en el punto en que una secuencia de naturaleza física (climática), agraria, biológica, deja el paso franco al aludido «factor humano».

Pues bien, yo creo que el discurso de Parker se quiebra precisamente en este punto a la hora de establecer relaciones de causalidad tanto generales como particulares. En Europa se produjo durante el siglo XVII un innegable enfriamiento climático, especialmente visible en su segunda mitad. Hace ya años que se lo etiquetó como «la pequeña edad glacial». El autor arroja sobre el lector casi mil quinientas páginas de sucesos acaecidos a lo largo y ancho del planeta entre 1618 y 1688. Los más próximos en el espacio (Europa, España) nos resultan familiares. El autor sugiere que dicho cambio tuvo algo que ver con estos hechos. Pero antes de hacerlo, entre las páginas 17 y 20, parece querer precavernos sobre nuestra propia inclinación a establecer tales relaciones de causalidad entre el cambio climático en cuestión y los hechos narrados a lo largo de la mayor parte del libro que se comenta. Veamos. Primero: ya no es sólo el enfriamiento lo que cuenta, sino otra serie no especificada de «extremados acontecimientos climáticos». De este, del enfriamiento, nadie duda de que «la evidencia es tan clara como consistente», aunque luego se considere necesaria la inclusión del párrafo que transcribo en su integridad:

Este libro trata de ligar la Pequeña Edad de Hielo con la Crisis General de los historiadores, y hacerlo sin pintar la diana alrededor del agujero que ha hecho la bala, es decir, sin argüir que el enfriamiento global «debe» haber causado de alguna manera la recesión y la revolución en todo el mundo simplemente porque el cambio climático es el único denominador común plausible» [las cursivas son mías].

Dicho de otro modo: ¡sea el lector quien tienda, en su caso, las eventuales relaciones entre condiciones climáticas y secuencia histórica! Aunque no concluyen aquí las prevenciones de Parker. Tal vez consciente de los riesgos inherentes al salto mortal que propone a sus lectores, el autor extiende a mayores otra red no menos tupida que la anterior. Dado que el esquema no funciona en todos los casos, es preciso también pasar revista a las «estrategias adaptativas» responsables de hacer que no llegue a materializarse lo que, de acuerdo con la secuencia que se predica, sí debiera hacerlo; o en otras palabras: por qué no fue lo que debería haber sido. Personalmente, no considero muy convincentes los datos y argumentos desplegados al efecto en las correspondientes páginas.

Y en fin, me resisto a etiquetar de «siglo maldito» el XVII tal como lo hace esta edición española desde un original Global Crisis. Más: puesto a ello, hasta rechazo el propio concepto de crisis, que acaso tuvo sentido en el ambiente político e intelectual de la Guerra Fría (¡!), pero que a día de hoy bien merece ser rescatado ya de alguna de las dos acepciones que desde entonces lo han aherrojado. A saber: bien su connotación negativa, bien la que asimila el vocablo a pugna entre fuerzas opuestas (feudalismo versus capitalismo; corte versus país), tal como en 1954 se oponían Este y Oeste. Resulta casi ridículo tener que recordar que este es el siglo tanto de Francis Bacon como de René Descartes; de Thomas Hobbes y de Hugo Grocio; el siglo de una revolución llamada Gloriosa, de la expansión mercantil de Francia, de Inglaterra y de Holanda, o de la fundación del Banco de Inglaterra; de la introducción del cultivo del maíz y de Sir Isaac Newton.

Juan E. Gelabert es catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Cantabria. Es autor de La bolsa del rey. Rey, reino y fisco en Castilla (1598-1648) (Barcelona, Crítica, 1997), Castilla convulsa (1631-1652) (Madrid, Marcial Pons, 2001) y ha coeditado, con José Ignacio Fortea, Ciudades en conflicto (siglos XVI-XVIII) (Madrid, Marcial Pons, 2008).

29/04/2014

 
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