RESEÑAS

De corrupción, negocio y política. Cambó en Argentina

Borja de Riquer
Cambó en Argentina
Barcelona, Edhasa, 2016
512 pp. 29 €

De Francesc Cambó y Batlle, albacea político de Enric Prat de la Riba y líder indiscutible del nacionalismo conservador catalán, sabemos mucho. Es uno de los hombres públicos de la primera mitad del siglo XX que cuenta con un mayor número de aproximaciones biográficas. Historiadores de diversas generaciones le han dedicado su atención. Ocurre, además, que para la comprensión del personaje y su época siempre pueden releerse las páginas −de encargo, sí-, pero no por ello menos brillantes– que le consagrara Josep Pla.

La potente personalidad de Cambó despertó en su tiempo sentimientos contrapuestos de repudio y/o de seducción. De hecho, sigue concitándolos. Cambó apasiona en la medida que estuvo presente en multitud de espacios y obtuvo éxitos y fracasos de primer orden en la práctica totalidad de ellos. Más allá de la política, fue abogado de mérito, coleccionista de arte y mecenas de la cultura y el mundo editorial catalán, hombre de negocios y partícipe en algunas de las iniciativas empresariales españolas más fructíferas, y de mayor proyección internacional, de la época. Son, todas ellas, cosas sabidas. De la vida privada se conoce menos. Cambó hizo de la discreción un principio de relación con la sociedad de su tiempo. Biógrafos e historiadores han tenido que sobrellevar dicha reserva íntima. Cambó fue de esos hombres interesados en diferenciar vida de obra y en considerar que era esta última la merecedora de la atención pública.

No nos son desconocidos, tampoco, los avatares de la Compañía Hispano Americana de Electricidad (CHADE) ni el papel central que Cambó desempeñó en la misma. Estos son los dos temas –hombre público y compañía eléctrica– de los que trata el último libro dedicado por Borja de Riquer a Cambó. La obra cuenta con un subtítulo que encauza la lectura: negocios y corrupción política. La de Riquer es, por supuesto, una interrogación desde el hoy. También es una requisitoria que parte de una concepción a propósito de qué emponzoña a qué cuando hablamos de política y de negocio.

Fundada en 1920, la CHADE heredó la presencia en el sector del transporte urbano y la energía que a finales de la primera década del siglo XX tenía en Argentina la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad. Esta, promovida por AEG y Siemens y el holding belga SOFINA, aportaría a la futura CHADE una posición consolidada en el Río de la Plata y, entre otros activos decisivos para sus ulteriores éxitos, a una de las personalidades más apreciables de esta historia: Dannie Heineman, la perfecta encarnación del denostado ideal-tipo de capitalista cosmopolita –y, para más inri, judío– de los decenios de entreguerras. El tránsito de la Compañía Alemana Transatlántica de Electricidad a la Compañía Hispano Americana de Electricidad fue posible gracias a un complejo artificio financiero y societario que tenía la finalidad de preservar la seguridad jurídica de unos bienes particulares que podían ser reclamados para hacer frente a las compensaciones de guerra que recaían sobre el Estado alemán después de Versalles. La compañía consolidaría su posición dominante en el mercado energético bonaerense y tendría, gracias a la eficacia de la gestión empresarial, a las sucesivas ampliaciones de capital y a la multiplicación de la demanda de fuerza eléctrica en una Argentina expansiva, un crecimiento exponencial.

Los inicios de la CHADE fueron percibidos por Cambó como una doble oportunidad: para España, nación que «nunca […] se había encontrado en una situación tan favorable para convertirse en una potencia financiera internacional», y para él mismo y sus más estrechos colaboradores. Como aseguró a Joan Ventosa, su socio más cercano, de cerrarse el parlamento y verse liberados de la obligación de participar en gobiernos nacionales o de concentración, podían «hacer cosas extraordinarias y crearnos una situación internacional de primer orden». La obra política se constituye, en la primera posguerra mundial, en un riesgo para el pleno desarrollo de las potencialidades de enriquecimiento y prestigio que procura el negocio.

En 1925, con la Dictadura de Primo de Rivera cercenando posibilidades y obligaciones políticas y, por lo demás, con la compañía sólidamente implantada, Cambó sustituye al recién fallecido Claudio López Bru, marqués de Comillas, en la presidencia del consejo de administración. Cuatro años más tarde toma la palabra en el acto inaugural de las instalaciones de la factoría de Puerto Nuevo. El acto contó con la presencia de las más conspicuas autoridades. Al fin y al cabo, desde los terrenos en que se asentaba la fábrica hasta los permisos que garantizaban el mercado de consumo eléctrico a la CHADE habían sido obtenidos comprando voluntades políticas y periodísticas, así como movilizando clientelas vecinales afines. La empresa, gracias a los cuadros instalados en la capital rioplatense por Cambó y Heineman, había entrado en contacto con las autoridades locales, accedido de manera muy directa a la presidencia de la República –empezando por la del radical Marcelo T. Alvear− y aportado recursos a campañas electorales varias. Había, en suma, asentado su preeminencia sobre hipotéticos competidores mediante un juego de influencias y favores, de concesiones y tratos con la autoridad política. En el curso de su intervención de 1929, Cambó omitió todo elemento malquisto y se centró en destacar que la compañía contaba con capitales procedentes de multitud de naciones y que en su Consejo «estaban representados los principales estados de Europa y uno de América». En otras palabras, que creando riqueza en Argentina figuraba una corporación que habría logrado que se sentaran «por primera vez ante la misma mesa los representantes de los pueblos que después de la guerra quedaron vencidos o vencedores». Su alocución ponía el acento en la afirmación de una respuesta específica, y cooperativa, a los problemas de la relación entre iniciativa empresarial y Estado, una cuestión central en el debate sobre la naturaleza y el futuro de las economías capitalistas en esos años.

La convicción de Cambó era la de que el brío del capitalismo obraba en beneficio de la paz y del progreso de la humanidad y que el mercado era vector de beneficio empresarial y de prosperidad general. El mercado creaba riqueza allí donde la política o las pasiones nacionalistas generaban conflictos hasta provocar crisis de civilización. Era una certeza –la formulada en ese momento inaugural– que no parece que le abandonara nunca del todo, aunque fuera preciso adaptarla a las cambiantes circunstancias de un tiempo acelerado. La mantuvo ante al avance de los frentes populares, los progresos de las alternativas fascistas o, incluso, el alzamiento militar en la España del verano de 1936 y la forja del Nuevo Estado.

El optimismo de la primavera de 1929 no se vio alterado ni por las coyunturas críticas abiertas en el otoño de ese mismo año ni por los efectos de las prontas denuncias por corrupción política,  que se convirtieron en un quebradero de cabeza a partir del cuestionamiento de las concesiones obtenidas en 1936. Ello ocurrirá, precisamente, en el momento en que la perspectiva de argentinizar la compañía se abría como una posibilidad para unos capitales amenazados por la guerra civil en España, por el riesgo de incautación (republicana) o de renovadas exigencias de financiación (nacionalista). Las concesiones, nos recuerda Riquer, afectaban a los argentinos en tanto que consumidores (tarifas altas, servicios deficientes…) y en tanto que ciudadanos (concesiones públicas alejadas del interés de la nación, incumplimiento de las obligaciones fiscales, puesta en almoneda de la soberanía nacional). La apreciación de que las concesiones habían ido aparejadas a prácticas de corrupción cuajó en una opinión pública atenta a unos medios periodísticos que conformaban, sin ningún género de dudas, una esfera de debate ciudadano densa y activa.

Con independencia de que el nombre de la compañía –como CHADE o en su ulterior derivación como CADE, tras la caída de esa H fundamento de tanta sospecha– pasase a ser una suerte de epítome de corrupción política, la red de connivencias hacía difícil la concreción de alguna medida que fuese a corregir las concesiones. Habrá que esperar unos años, hasta los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. En junio de 1943, las fuerzas armadas del país austral interrumpían el orden constitucional. Ni era la primera vez ni sería la última. Las motivaciones y los argumentos para justificar la toma del poder no variaban de las que se registraban en otras latitudes en unos años en los que el militarismo aparecía como una alternativa en absoluto desprovista de sentido y de racionalidad a las disfuncionalidades de los regímenes liberales.

El ejecutivo surgido del golpe militar se presentó ante la ciudadanía libre de compromisos excepto aquél, genérico, de proceder a la regeneración del país y restituir al Estado nacional lo que le habría sido sustraído por plutócratas forasteros con la connivencia de políticos corruptos autóctonos. La retórica no podía ser, para la CHADE y sus gestores, más preocupante. Una de las comisiones creadas a tal efecto, la que encabezaba el coronel Matías Rodríguez Conde, tenía por objeto estudiar las concesiones a las compañías eléctricas. Rodríguez Conde asumió con entusiasmo la labor y su trabajo evidenció, en exhaustivos y contrastados informes, las prácticas corruptas. Entre los elementos militares que impulsaron la acometida figuraba el articulado por un colectivo de jóvenes oficiales nacionalistas conocido como Grupo de Oficiales Unidos. Estamos a las puertas de la entrada en escena de esa figura central en la vida argentina del siglo XX que fue Juan Domingo Perón. El hombre, por cierto, que meses más tarde, y encumbrado a la vicepresidencia de la nación, bloquearía los resultados de la labor de Rodríguez Conde y algunas de las iniciativas punitivas implementadas. Cambó y sus hombres en Argentina jugaron con habilidad sus cartas. Lo hicieron contando con las necesidades de consumo energético de una sociedad expansiva y con las gestiones de personajes, como el conde de Bulnes, que ya habían mediado entre el Nuevo Estado español y el regionalismo catalán en los tiempos del exilio genovés. También, claro está, con la peculiar relación que se establecería poco después entre Franco y Perón.

La actividad de la CHADE, bajo una u otra fórmula jurídica, se prolongó hasta su disolución, por parte del gobierno español, en 1951. El desenlace llegó tras una dura crisis vivida, coincidiendo con la muerte de Cambó, entre 1947 y 1948. Crisis en la que desempeñaron un papel determinante, y muy agresivo para con la autonomía empresarial, el ministro de Industria y Comercio, Juan Antonio Suanzes, y las avideces del naviero Juan March. Las apetencias del empresario mallorquín por la CHADE y la compañía eléctrica Barcelona Traction venían motivadas tanto por el beneficio que procuraban las empresas como por su inveterada y tortuosa animadversión hacia el dirigente de la Lliga Catalana. La cosa venía de lejos. En 1947 March no dudó en usar, en rédito propio, ante las autoridades del régimen y en tiempos de adaptación del mismo al contexto de segunda posguerra mundial, las veleidades monárquicas y de reactivación regionalista que se atribuían a Cambó. En Argentina, mientras tanto, la resolución de los últimos intereses ligados a la historia de la CHADE marcaría los sucesivos cambios de clima diplomático entre los dos regímenes y no podría darse por concluida hasta pasada la Revolución Libertadora, allá por los años de tránsito entre las décadas de 1950 y 1960.

El libro de Riquer rastrea en detalle la trayectoria superpuesta de la CHADE y de Cambó. La narración, sostenida en materiales conocidos y sobre nuevas fuentes documentales, da lugar a una pieza de obligada consulta. Lástima, llegados a este punto, que el autor haya renunciado al diálogo con una muy variada literatura científica. Por un lado, al debate con los colegas que, desde España, han abordado los años argentinos de Cambó. Por otro, con el grueso de la producción historiográfica argentina. Esta opera en las últimas décadas como un intenso y complejo campo de discusión en el que se reflexiona sobre cuestiones tales como la naturaleza del progreso nacional y la peculiar inserción del mismo en los circuitos demográficos y de capitales atlánticos y globales; sobre la macrocefalia bonaerense y la consolidación del Estado; el rol de las colectividades de emigrantes, su relación con las patrias de origen y su operatividad como lobbies, un factor nada desdeñable cuando la gran competidora de la CHADE era una empresa que se definía como italoargentina; o la transformación del orden político en el tránsito de la Argentina liberal a la del centenario. En rigor, no se explica por qué el autor ha decidido prescindir en este volumen de la posibilidad de insertar su aportación en esos y otros ámbitos. Esa labor se nos presenta, ahora, como imprescindible tanto para aclarar algunas iniciativas de los equipos directivos de la CHADE como para incorporar en plenitud a Cambó, y al modelo de empresario capitalista que encarna, a esos debates aquí someramente enunciados.

Àngel Duarte es catedrático de Historia Contemporánea en la Universitat de Girona. Sus últimos libros son El otoño de un ideal. El republicanismo español y su declive en el exilio de 1939 (Madrid, Alianza, 2008), El republicanismo. Una pasión política (Madrid, Cátedra, 2013), Héroes de la nación, apóstoles de la república. Vidas de nacionalistas catalanes (Barcelona, El Viejo Topo, 2014) y Líderes para el pueblo republicano. Liderazgo político en el republicanismo español del siglo XIX (Pamplona, Universidad Pública de Navarra, 2015).

20/02/2017

 
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