RESEÑAS

Avisos para navegantes

Steven Levitsky, Daniel Ziblatt
Cómo mueren las democracias
Barcelona, Ariel, 2018
Trad. de Gemma Deza Guil
335 pp. 22,90 € COMPRAR ESTE LIBRO

En la historia de las últimas décadas, varios son los momentos en que novelistas, politólogos o catedráticos de Derecho Constitucional, por citar sólo algunos de los interesados en el tema, han sentido la obligación cívica de avisar sobre los peligros que corría la democracia. Las convulsiones y tragedias provocadas por los totalitarismos en los años veinte y treinta del siglo XX, por ejemplo, están en el origen de dos notables novelas norteamericanas. Una, debida a la pluma del premio Nobel de Literatura en 1930, Sinclair Lewis, lleva el transparente titulo Eso no puede pasar aquí (1935). Otra, es la del recientemente fallecido Philip Roth, La conjura contra América (2004). Ambas, utilizando personajes reales junto a otros sólo parcialmente ficticios, evocan la misma terrible posibilidad: que los Estados Unidos de América, a semejanza de los fascismos europeos con Hitler o Mussolini, pudieran convertirse en trasuntos locales de la misma especie. Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, autores de Cómo mueren las democracias, no hacen mención de la primera, pero sí de la segunda, poniendo su trama ‒la posibilidad de que Charles Lindbergh, el famoso aviador estadounidense de origen alemán y simpatías prohitlerianas, llegara a la presidencia de Estados Unidos‒ en el terreno de la especulación contemporánea, alimentada, como es evidente, por dos factores concurrentes. De un lado, como bien puede adivinarse, por la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca. Del otro, por la simultánea proliferación de fórmulas populistas en otras partes del mundo, desde la Rusia de Putin, la Turquía de Erdogan o la Hungría de Orbán, a los casos de Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua, Morales en Bolivia y Maduro en Venezuela, ejemplos de una amplia deriva antidemocrática allí donde parecía que la libertad ‒siempre en la memoria El final de la Historia, de Francis Fukuyama‒ había generado raíces permanentes. Todo ello, naturalmente, sin dejar de lado la persistencia totalitaria en la Cuba del poscastrismo, en la China siempre comunista o en la aberración atómico-dictatorial de Corea del Norte. Esas mismas preocupaciones ‒que, por supuesto, tienen amplio eco en la abundante literatura anti-Trump de carácter más o menos escandaloso que está proliferando en los últimos meses‒ se encuentran también en dos textos recientes de Timothy Snyder. On Tyrany (2017), un breve opúsculo a la manera de los antiguos panfletos políticos, es, sin utilizar el nombre, un agrio reproche al actual presidente estadounidense, y The Road to Unfreedom (2018) constituye un preocupado recorrido por el camino que, como el mismo título sugiere, está apartándonos de la libertad.

La tesis fundamental de este reciente aviso sobre las democracias y su deterioro radica en una constatación: no son estos tiempos en los que golpes de Estado violentos acaban con las instituciones constitucionales, sino más bien los de su lenta, a veces imperceptible, pero no por ello menos contundente, degradación. El final, como bien puede imaginarse, es el mismo. La muerte de la democracia. En el texto, bien elaborado e investigado, y escrito con fluidez, aunque no siempre bien traducido, Levitsky y Ziblatt recorren incidentalmente un amplio espectro de casos y cosas, que van desde las causas de la Guerra Civil española hasta la implantación de la autocracia de Chaves/Maduro en Venezuela, recordando en otros lugares los casos de Fujimori en Perú, Erdoğan en Turquía, Orbán en Hungría y Perón en Argentina.

Pero el análisis centra su atención en la democracia en Estados Unidos y el daño que en ella puede provocar la presidencia de Donald Trump. Desde una perspectiva cuidadosamente elaborada, en la que se evitan denuncias airadas o escenarios catastrofistas, reconociendo, incluso, que los problemas por los que atraviesa la «democracia en Estados Unidos», aunque sólo sea por citar oblicuamente a Tocqueville, no han comenzado con Trump y que tienen fecha de aparición anterior, los autores proceden a una tarea delicada y necesaria: identificar los elementos cuya pervivencia es imprescindible para la continuación del sistema y los modos y maneras en que están siendo conculcados. Para ello recurren también a un conveniente recordatorio, tanto más importante cuan breve es el texto de la Constitución estadounidense. Y ello es que en una democracia no todo está literalmente previsto en la ley, sino que se presume la existencia de una serie de normas y comportamientos no escritos que equivalen a la demanda de una elemental dignidad en los comportamientos de los agentes públicos, sin la cual el sistema deja de ser inteligible y viable. Y que debieran traducirse en dos reglas universales: «la tolerancia mutua y la contención institucional» (p. 240).

En ese trabajo de identificación radioscópica de los elementos esenciales de la democracia, Levitsky y Ziblatt se han basado en La quiebra de las democracias, un libro publicado en 1978 por el insigne sociólogo español Juan Linz, cuya inspiración reconocen agradecida y explícitamente, y resumen en cuatro apartados los que el español señalaba como motivos de preocupación en el caso de ser evidentes en la conducta de algún político que: 1) Rechaza, ya sea de palabra o mediante acciones, las reglas democráticas del juego; 2) Niega la legitimidad de sus oponentes; 3) Tolera o alienta la violencia; o 4) Indica su voluntad de restringir las libertades civiles de sus oponentes, incluidos los medios de comunicación (p. 32). Levitsky y Ziblatt amplían y detallan los componentes posibles de cada una de las cuatro eventuales violaciones hasta componer un detallado mosaico para la reflexión comparativa. Analizando sus hechos y sus dichos desde que ocupó la Casa Blanca, aplican el detallado juicio a Donald Trump, y el veredicto no puede ser más contundente: «Ningún otro candidato presidencial importante, ni siquiera Nixon, ha demostrado en público un compromiso tan endeble con los derechos constitucionales y las normas democráticas. Trump era precisamente el tipo de figura que tanto temían Hamilton y otros fundadores cuando concibieron la presidencia de Estados Unidos» (p. 80). Y más adelante añaden: «Aunque el presidente Trump no desmantele directamente las instituciones democráticas, su vulneración de las normas sin lugar a duda las corroerá» (p. 225). Y, a modo de recapitulación, concluyen: «Escribir este libro nos ha recordado que la democracia estadounidense no es tan excepcional como a veces creemos. No hay nada en nuestra Constitución ni en nuestra cultura que nos inmunice contra la quiebra democrática» (p. 237). Afirmación esta que bien pudiera aplicarse sin restricciones ni cortapisas a todas las democracias que en el mundo son. Y, naturalmente, aun teniendo en cuenta las diferencias de sistemas constitucionales, a la española.

Y es que, en efecto, resultaría tentador aplicar la metodología Linz/Levitsky/Ziblatt para investigar si el momento democrático español, ciertamente no exento de problemas e interrogantes, puede acreditar las calidades de los que muchos presumen y otros someten a drástica duda. En la irremediable ausencia del que fuera maestro de la sociología española, y con la modesta pretensión de adelantar impresiones leves, aquellas que permite una recensión, vienen a la memoria y a la pluma dos afirmaciones. La primera es que, con independencia del tratamiento que pueda tener en el marco constitucional español el golpismo separatista catalán, quienes alardean de él y quienes se apoyan en él caben perfectamente en la caracterización más estricta de las violaciones a las que se hace referencia en Cómo mueren las democracias. En estadio corregido y aumentado: si se lee el texto con atención y se comparan adecuadamente las circunstancias, bien se comprenderá que los separatistas catalanes han llevado la sinrazón de sus pretensiones hasta extremos en los que, sin exageración, se perfila una realidad totalitaria en sus diversos aspectos de exclusión política, social y racial, más allá incluso de sus evidentes violaciones constitucionales y legales. El breve opúsculo citado de Timothy Snyder contiene párrafos que, evocando la teatralidad de las manifestaciones del nazismo hitleriano, pueden ser tomadas por descripciones literales de las que actualmente organizan los separatistas catalanes. No sería hoy desmesurado afirmar que la democracia agoniza en Cataluña.

Por lo demás, el conjunto de la «polis» española está hoy sometida a la anómala circunstancia de tener a su frente un gobierno socialista apoyado en una pequeña fracción parlamentaria a la que ayudan como aliados partidos separatistas y antisistema de raíz neoestalinista, que comparten la misma ansiosa voluntad de acabar con el marco constitucional español. Y con la misma España. Seria apresurado concluir, tal y como previenen Levitsky y Ziblatt, que ya todo está perdido, pero, también como ellos, y citando lo que recientemente escribía Alejandro Molina en Crónica Global, las barreras de contención con que se defiende el sistema comienzan a conocer acosos varios:

El presidente del Gobierno Sánchez aprobará sus presupuestos, porque concederá justito un poco menos de lo que a cambio le pidan secesionistas [vascos y catalanes] y podemitas [neoestalinistas], que ya parten de que no todo lo podrán conseguir ahora, pero que lo que obtengan ya les irá bien para juntos continuar derribando la democracia constitucional de 1978 [...]. La lógica que mueve a los tres es perversa: Sánchez cree que la estructura del edificio constitucional aguantará todo el sobrepeso que para conservar el Gobierno habrá de conceder a podemitas y secesionistas, mientras estos creen que con lo concedido harán colapsar aquella estructura.

En el caso de Podemos, Sánchez ha asumido por ellos el papel de desgastar las instituciones: comisariar RTVE [Radiotelevisión Española, de propiedad pública]; obviar al Senado [para obtener la aprobación de los presupuestos]; neutralizar al Tribunal Constitucional [...]; desprestigiar a la Fiscalía [...]; desautorizar al Poder Judicial afeándole sus sentencias [...].

En el caso de los separatistas [...] Sánchez concede no ampliar el círculo de los querellados; [...]  se desentiende de acusar a los mossos [policía regional catalana] que cooperaron en el [golpe de Estado] del 1 de octubre [...]; anuncia indultos prejudiciales insinuando la ilegitimidad de futuras condenas; permite la ocupación del espacio y edificios públicos a la simbología partidista; embrida a la Alta Inspección educativa frente al adoctrinamiento escolar; promete la proscripción ilegal del castellano de la vida pública; flirtea con la idea de un poder judicial catalán. En definitiva, a los secesionistas, sabedores de que no han podido ahora sacar a Cataluña de España, les ofrece sacar a España de Cataluña.

En esto, como en tantas otras cosas, unos verán el vaso medio lleno y otro medio vacío. Los castizos dictaminarán que ni tanto ni tan calvo. Los equidistantes denunciarán las exageraciones de unos y de otros. Pero, como indican al principio de su libro Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, la muerte de la democracia no es un evento repentino o violento, sino el resultado de una paciente y a ratos invisible tarea de desmontaje de instituciones, valores, derechos y convicciones. Y la lección que el texto transmite, a pesar de su evidente origen de estadounidenses para estadounidenses, es universal, aquí y ahora. O la ciudadana resiste y lucha por sus libertades o el futuro es de aquellos que no tienen más elemento de referencia que el usufructo permanente del poder. Llámense Trump, Putin, Erdoğan u Orbán. Y aquí pueden añadirse los nombres españoles, que naturalmente incluyen a los catalanes que uno quiera. Faltaría más.

Javier Rupérez es profesor de Seguridad y Relaciones Internacionales en el Instituto Atlántico de Gobierno, en el Centro Villanueva de la Universidad Complutense, en la Universidad CEU San Pablo. Sus últimos libros son El espejismo multilateral. La geopolítica entre el idealismo y la realidad (Córdoba, Almuzara, 2009), Memoria de Washington. Embajador de España en la capital del imperio (Madrid, La Esfera de los Libros, 2011), La mirada sin ira (Córdoba, Almuzara, 2016) y, con David Vítores, El español en las relaciones internacionales (Barcelona, Ariel/Fundación Telefónica, 2012).

14/01/2019

 
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