RESEÑAS

Un español de más

En el centenario de Julián Marías

VV. AA.
Centenario del nacimiento de Julián Marías
Madrid, FUNDES, 2014
Cuenta y Razón, segunda etapa, núm. 30
188 pp.

El centenario del nacimiento de Julián Marías (1914-2005) ha pasado extraña y completamente inadvertido, siendo los españoles tan aficionados como somos a este tipo de efemérides que suelen servir para desagraviar mínimamente al agasajado por la escasa atención que se le prestó en vida. Con rara unanimidad, apenas rota por el número monográfico que le ha dedicado Cuenta y Razón, la revista que Marías fundó en 1981, el centenario del filósofo vallisoletano ha registrado un silencio estruendoso. Acaso sirva de mínima disculpa el hecho de que su larga vida ha permitido que su rastro sea todavía muy reciente como para ser recordada con tintes de reviviscencia, pero no me parece que ese sea consuelo suficiente como para ocultar la extraña anomalía que supone echar tan prontamente en el olvido las ideas y el denodado trabajo de un pensador tan escasamente extraño a los quehaceres y preocupaciones más comunes de sus contemporáneos y connacionales.

El número monográfico de Cuenta y Razón con ocasión del centenario que ahora reseñamos, ha tenido el acierto de analizar desde distintas perspectivas su trabajo y sus preocupaciones, haciéndolo, sobre todo, desde el recuerdo, todavía muy vivo en todos los que han conocido a Marías, cuyos textos parten siempre de la impronta del trato personal. No se trata, pues, ni se pretende, de un trabajo estrictamente analítico, sino de un temprano y merecido homenaje al fundador de la revista. La compilación no se limita, sin embargo, a ofrecer un carácter testimonial, puesto que incluye trabajos de índole y calidad académica, como los de Helio Carpintero, Javier Zamora, Adela Cortina, Juana Sánchez-Gey, Harold Raley, Olegario González de Cardedal, Ángel Sánchez de la Torre, Alfonso Basallo, Juan Pablo Fusi o Jesús Conill, junto a otros más personales, desde semblanzas personales a pequeños apuntes de circunstancia, como el estupendo retrato que hace Antonio Bonet Correa del caótico, pero ordenado, lugar de trabajo del filósofo, hasta incursiones en temas aparentemente marginales en la obra de Marías, como su pensamiento económico, su integridad personal o su faceta como crítico de cine, que José Luis Garci compara con la de Atticus Finch, el protagonista de Matar a un ruiseñor, la inolvidable película de Robert Mulligan sobre el libro de Harper Lee, o sus relaciones con la geografía, la arquitectura o el espíritu militar. En conjunto, la obra ofrece una imagen viva y cercana del pensador, y aporta elementos de juicio que deberán ser tenidos en cuenta por la cercanía que todos los autores acreditan respecto a su vida y trabajos.

Hace unos años, un hijo del filósofo, el escritor Javier Marías, señaló, en un resonante artículo en el diario El País, la rara tendencia de los españoles a un peculiar monoteísmo que impedía que prestásemos atención a más de una persona o una institución dentro de un determinado género. Acaso haya sido esta una de las poderosas razones que impidieron que Marías alcanzase la estimación merecida: su subordinación, por lo demás voluntaria y un punto ingenua, al magisterio de su gran maestro, del divino Ortega. Mala costumbre es dedicarse a la comparación cuando mejor sería subrayar la calidad del fruto y la fuerza de la escuela, pero, en cualquier caso, Marías hubo de soportar, en primera fila, el extraño escamoteo al que se ha visto sometida en la universidad y en la vida intelectual española la filosofía orteguiana, una peripecia que ha sido muy bien analizada en el reciente libro de José Luis Moreno PestañaJosé Luis Moreno Pestaña, La norma de la filosofía. La configuración del patrón filosófico español tras la Guerra Civil, Madrid, Biblioteca Nueva, 2013.. Marías obtuvo, desde este punto de vista, un doble ninguneo intelectual y académico: el de no ser el dios de la saga y el que ha merecido la saga misma. De ser certera esta consideración, ello afectaría no sólo al relativo olvido del centenario, sino a la entera recepción de su extensa obra por la sociedad española. Centrémonos, no obstante, en su figura olvidando tanto como se pueda esa peculiar circunstancia.

¿Cómo es posible que una obra como la de Marías, que ha reflexionado de manera tan continua como interesante sobre la vida española, haya sido objeto de una preterición y un olvido tan persistentes? Mi hipótesis es que en España padecemos de manera más aguda un problema bastante general de la sociedad contemporánea, señalado por Richard Sennett: que nuestras sociedades no gusten de conocerse, que abriguen ciertos miedos a saber sobre sí mismas, que prefieran vivir con un grado relativamente pequeño de cuestionamiento, cosa que, sin duda, las aleja del gran impulso cultural que ha creado estas mismas sociedades, prósperas, escépticas, tolerantes y que, precisamente por dejar de lado ese vector crítico, se vuelven extrañamente blandas y pueden parecer afectadas por un proceso de inevitable decadencia. Ese rechazo hacia la crítica de las sociedades capitalistas y posmodernas, que se ha vuelto general en ellas, ha debido de afectar de modo extraordinariamente efectivo a sociedades que, como la española, habían sido largamente refractarias a cualquier proceso de modernización, que sabían y querían vivir de sus añejas costumbres, vicios y virtudes. En efecto, una sociedad en la que la inteligencia no ha ocupado nunca un papel especialmente destacado, frente a realidades como el poder, el dinero, la tradición o la posición social, raramente iba a conceder un incremento de prestigio a esa clase de valores en un momento histórico en el que parecen estar por todas partes en retroceso. Un escritor, un filósofo, alguien cuya función parezca dedicada a tratar de encontrar sentido a la propia historia colectiva, estará rotundamente de más en este contexto.

Marías se ha referido en diversas ocasiones a la sociedad española no como una sociedad subdesarrollada, cosa que podía sostenerse con dificultad ya en la segunda mitad del pasado siglo, sino como una sociedad mal desarrollada, como una sociedad en la que no resulta fácil encontrar hueco para instituciones que, como la democracia, la universidad y la ciencia, han sido la clave del progreso de nuestros vecinos. No se trata, sin embargo, únicamente de que la sociedad española estuviese más o menos desvertebrada, como había denunciado Ortega en 1921, sino que nos hallamos ante un problema todavía más de fondo, un problema más cultural que estrictamente sociopolítico, como tendía a verlo inicialmente Ortega. Marías pensaba, en este punto crucial, de manera harto distinta a la de su maestro, entre otras razones porque concedía a la religión, al catolicismo que practicaba, un papel que Ortega estaba bastante más lejos de otorgar. Esta peculiaridad de Marías lo colocaba en una posición en la que se hacía todavía más fácil desenfocar el sentido de sus ideas, su figura misma, condenándola a una cierta borrosidad y a una relativa ineficacia. La figura de Marías ha sido siempre, me temo, la de alguien extrañamente de más en una sociedad uniformada de forma tan maniquea como implacable como lo es la española: un católico no escolástico sino orteguiano, un defensor de la República, hasta sus últimos días, que no era de izquierdas, un españolista sin mezcla alguna de falangismo, un tipo raro, en suma, para las entendederas más comunes.

Si se repasan con calma las actuaciones de Julián Marías, senador por designación real, en la transición democrática, y en la tramitación de la Constitución, no puede dejarse de sentir un respingo, por la contundencia de sus recomendaciones («No se debe intentar contentar a los que no se van a contentar») y la claridad de su juicio sobre el berenjenal en que nos introducíamos al admitir en el texto constitucional un término tan ambiguo e irresoluto como el de nacionalidades, contra el que Marías desgranó toda clase de argumentos sin la menor eficacia política. Estábamos en un momento en que quienes habían sido autoritarios, jamás liberales, estaban dispuestos a dejar como un nostálgico y autoritario a quien había sido consecuentemente liberal durante toda su vida. En este punto sí hay una gran continuidad entre las ideas de Marías y el empeño idéntico de su maestro durante el debate constitucional de la Segunda RepúblicaQue puede repasarse de manera sistemática en el libro de Ángel Valero Lumbreras, José Ortega y Gasset, diputado, Madrid, Congreso de los Diputados, 2013.  , recogido en textos que nadie puede leer sin algo de zozobra, al comprobar cómo las posiciones de los nacionalistas catalanes se han radicalizado nítidamente respecto a las que mantuvieron hace ochenta años.

Dada la peculiaridad española, Marías hubo de ser siempre un excéntrico, condenado a llevar una vida poco convencional, sin haber podido ejercer con plenitud su vocación universitaria, sin poder dar continuidad a lo que había recibido en aquella Facultad de Filosofía de los años treinta, cuyos méritos no tenía ningún empacho en exagerar. Tal vez esta condición le dotó de una peculiar libertad, porque, en efecto, Marías, siempre desenfilado, se ha caracterizado por decir cosas que casi nadie se atrevía a decir, por unas u otras razones. Me bastarán, únicamente, un par de ejemplos para aseverar esta singular condición de Marías. Respecto a nuestra Guerra Civil, de la que fue testigo de primera línea, escribió, muy lejos de las retóricas de la inevitabilidad, que «fue consecuencia de una ingente frivolidad»Julián Marías, España inteligible. Razón histórica de las Españas, Madrid, Alianza, 2014, p. 368., para añadir luego un sumario muy crítico de su resultado: «Los justamente vencidos, los injustamente vencedores»Ibid. 370.. No menos rotundo fue su pronunciamiento en torno a otra cuestión extremadamente polémica, cual es la de la aceptación social del aborto: «Sin excepción, lo más grave que ha acontecido en este siglo que se va acercando a su final»Julián Marías, «La cuestión del aborto», ABC, 10 de abril de 1994, p. 82..

Un observador tan persistente y agudo como Marías habría de ser visto como alguien que complica innecesariamente el panorama, desde la perspectiva de lo que Unamuno llamaría el hombre del chorizo, del público absorto en tareas tan alicortas como escasamente reflexivas, pero, a la vez, como alguien que está fuera de lugar y que no se deja encuadrar debidamente por aquellas minorías empeñadas en lograr la hegemonía cultural, aunque sea a fuer, únicamente, de mantenerla en pequeñas capillas sin vigor ni sustancia.

Marías fue, por tanto, un pensador intempestivo, sólo que su intempestividad no era de las que reciben fácilmente la homologación por parte de los respectivos mandarinatos. Su enorme obra, de más de setenta títulos, no puede reducirse, sin embargo, a esta dimensión que corresponde, más bien, a las cualidades de su entorno que a su propia inspiración. Frente a la resistencia que ofrecía la sociedad española, frente a esa extraña pasividad que, según el filósofo, nos lleva a preguntarnos más qué va a pasar que qué vamos a hacer, Marías opuso siempre una peculiar constancia en su vocación de pensador público a través de innumerables artículos, conferencias, fiel a uno de su lemas más característicos: «Por mí que no quede».

No es este el momento ni el lugar para realizar un balance de la amplia obra de Marías, pero sería injusto despachar esta breve reseña fijándonos únicamente en el tipo de figura que ofrecía en el paisaje español de nuestra época. Como filósofo, Marías continuaba a Ortega, pero no trataba de quedar reducido a comentarlo, aunque se le haya visto muchas veces de tal manera. Su obra más original se caracteriza por varias cualidades notables. En primer lugar, practicó, salvo en raras ocasiones, la cortesía filosófica de la claridad, y el público le premió con su lectura, muy abundante, por ejemplo, en el caso de su Historia de la FilosofíaPedro Schwartz ha subrayado justamente una de las carencias de este libro: su relativa desconsideración, muy orteguiana y, a la vez, muy escolástica, de la obra de los filósofos empiristas. Pedro Schwartz, «Julián Marías: la Historia de la filosofía como continuidad de una cultura», pp. 163-170 de la obra reseñada., obra de notable madurez sintética para un autor tan joven en el momento de su primera edición. En segundo lugar, su obra se centró en analizar, tan a fondo como pudo, la singularidad de la vida humana, de ahí que considerase su Antropología metafísica como su obra de mayor importancia, en la que tuvo el acierto de subrayar la importancia y la singularidad del modo de ser femenino, subrayando la escasa atención intelectual que los filósofos, tanto hombres como mujeres, pero más los varones, habían prestado a su especificidad. Fiel a esa misma intención, procuró acercar cuanto pudo la razón histórica y la comprensión biográfica, porque le parecía que la relación entre una vida y las creencias o teorías que se sustentan es algo más que una mera coincidencia («La afinidad entre una vida y una doctrina es absolutamente rigurosa»); su atención hacia este tipo de estructuras empíricas, como él las llamó, de la vida humana fue constante e hizo de él un observador penetrante de la vida cotidiana, continuando y perfeccionando una inspiración muy orteguiana, pero cultivándola desde un talante bastante distinto, menos intelectualista, menos aristocratizante, más pegado a las circunstancias y requiebros de la cultura común. No en vano, fue un excelente crítico cinematográficoPuede verse al respecto, Alfonso Basallo, «Marías, crítico de cine personalista», pp. 37-40 de la obra reseñada. Basallo es autor de una reciente tesis doctoral sobre el particular que espero pueda verse publicada prontamente. y consideraba al cine como «el arte más representativo de nuestra época».

La última característica de su obra, que puede considerarse en su conjunto como una especie de meditatio Hispaniae, es su plena convicción de que la vida española, nuestra historia, constituía una posibilidad humana extremadamente original, aunque buena parte de ella pueda parecer, por el contrario, un intento, entre chapucero e impotente, por desmentirlo. No es ninguna maldad, ni pretende ser un argumento ad hominem, sugerir que ese paradigma que afirma la distancia entre la magnitud del proyecto y las dificultades de su realización, puede resultar una buena manera de rendir homenaje al intento valiente, lúcido y sistemático de enriquecer e iluminar la vida española que significó la vida y el trabajo de Marías. Ortega escribió en alguna página de su En torno a Galileo que el futuro es siempre plural, y esa pluralidad de posibilidades españolas es la que Marías se esforzó siempre en mejorar con optimismo, pero sin dejar de comprender que «hay que hacerse a la idea, contraria al utopismo, de que hay cosas que no tienen arreglo»Julián Marías, «La maldad existe», ABC, 4 de agosto de 1994, p. 3, sin ingenuidad y sin desesperanza, pero con plena conciencia de que vivir en libertad suele significar, como dijo Friedrich Hayek, que otros puedan hacer cosas que no nos gustan.

También puede leer en la web del Colegio Libre de Eméritos Julián Marías: El oficio de comprender.

José Luis González Quirós es profesor de Filosofía en la Universidad Rey Juan Carlos. Su último libro publicado es La comprensión de la vida humana. Historia, ciencia y libertad (Madrid, Noesis, 2014).

21/10/2014

 
COMENTARIOS

Edward Baker 22/10/14 17:29
Estimado profesor González Quirós:
Es notable, como V. ha observado, la escasa atención que los españoles, tan dados a esas efemérides, han prestado a la figura de Julián Marías en su centenario. Ello se debe en parte a la peculiar situación de Marías y en parte también a la naturaleza de las mismas efemérides. Porque esta clase de celebraciones surgen casi siempre en el interior de las instituciones, cualquiera que sea su naturaleza, y suelen girar, velis nolis, en torno a los intereses institucionales. De ahí, yo creo, el escaso interés que ha suscitado el centenario de un pensador singularmente alejado de los centros de poder institucional en los que se cuece en España la cultura y en cuyo interior surgen y se consolidan las banderías.
Pero una cosa son las manifestaciones sacralizadoras y, en ocasiones, verbeneras en torno a algún notable de la vida pública que los españoles, con visible incomodidad, hacen en común, y otra cosa es la creación y la difusión de los conocimientos y de la cultura en todas sus facetas. Porque más allá de la danza macabra de los centenarios, en esa creación y en esa difusión de lo creado todos los días son laborables.

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