Nunca ayudes a una extraña
José María Guelbenzu
Barcelona, Destino, 2014
456 pp. 20 €

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La rapidez de reflejos de la novela negra para mostrar los cambios y fenómenos sociales también se aprecia en el progresivo aumento de mujeres detectives frente a la tradicional hegemonía masculina. Desde el Dupin de Edgar Allan Poe a los actuales Quirke, Montalbano o Wallander, pasando por Sherlock Holmes o Philip Marlowe, en la profesión detectivesca los hombres han sido protagonistas casi absolutos. Miss Marple era una excepción, y aun así queda como a la sombra de Hercule Poirot dentro de la obra de Agatha Christie. Sin embargo, con el aumento de la igualdad entre los géneros, y con la incorporación de la mujer a oficios generalmente reservados a los hombres, no son extrañas las mujeres detectives actuales, al menos en castellano: Petra Delicado (Alicia Giménez Bartlett), Clara Deza (Mercedes Castro), Amaia Salazar (Dolores Redondo), María Ruiz (Berna González Harbour), Norma Forrester (Teresa Solana)… Y Mariana de Marco, que tiene la peculiaridad de ser una detective creada por un hombre.

Nunca ayudes a una extraña, la séptima entrega de la serie de José María Guelbenzu, comienza, como suele suceder, con la pronta aparición de un cadáver (p. 24). Aparentemente, se trata de un suicidio, aunque no están muy claras las circunstancias. La muerte, pues, no se ha producido en brazos del lector, con lo que ya está generado el suspense. A partir de este grado cero de la trama, comienza a subir la temperatura, por usar un término muy apropiado para el género. El relato avanza mediante la alternancia de dos voces narrativas. Por un lado, la de Javier Goitia, periodista de investigación en paro, que intenta resolver el caso con dos objetivos: verse libre de las sospechas que lo implican y atraer la atención de la juez Mariana de Marco. El periodista es elegido por Guelbenzu para contar en primera persona el contrapunto de la historia, tal como él mismo le dice a la juez: «yo sólo soy el cronista de la heroína» (p. 406). La segunda voz es la del narrador omnisciente. Punteados entre ambas, se insertan algunos correos electrónicos que la juez envía a una amiga, poniéndola al día de lo que le sucede.

Mariana de Marco es descrita por distintos personajes y en distintas situaciones: por Javier Goitia cuando la ve en un tren, corriendo por la playa en ropa deportiva y en el juzgado; es descrita por el narrador omnisciente; es descrita por el inspector Alameda; es descrita por Manolo, un camarero. De todas esas miradas convergentes sale un retrato muy completo. Irónica, heterodoxa, independiente, decidida, culta y atractiva, la juez es una mujer admirable y libre que rompe con las convenciones de la tribu, que no se deja someter al poder masculino ni en el ámbito personal ni en el profesional. Contradiciendo la idea que tenemos de los jueces como seres imperturbables, lejanos e inaccesibles, Mariana de Marco aparece como una persona sujeta a las mismas debilidades y pasiones que cualquier otra.

Si, para Mariana de Marco, los caminos de la ley deben ser rectos, la realidad sobre la que se trazan es un laberinto, de modo que el avance no resulta fácil. Así, la investigación va estrechando círculos concéntricos sobre la víctima y las circunstancias de su muerte. En cada vuelta va observándose con mayor nitidez a la víctima y su entorno, el de una burguesía tradicional y señorona, a la que siempre le sale algún hijo respondón y trabucaire, la oveja negra familiar. El progresivo enfoque está bien pautado por Guelbenzu y, así, el lector asiste al retrato de familias ricas y poderosas que esconden secretos, «acostumbradas a no dar explicaciones a nadie y probablemente a exigirlas de todos» (p. 184). Unas familias cuya solera también se aprecia en los nombres sólidos, antiguos, de sus miembros: Constantino, Fulgencio, Concepción, Gonzalo, Dorinda, Rufino.

El aire de G. –trasunto de Gijón–, la ciudad del Cantábrico donde se ambienta la historia, está muy bien captado. Guelbenzu tiene de ella un profundo conocimiento visual y humano, se mueve dentro con soltura y hasta la metaforiza con brillantez: «S… era una dama y a su lado, G… parecía una señorita formal» (p. 193). Sin embargo, la novela muestra algunos puntos débiles. No es verosímil que a un implicado en un caso se le permita entrar hasta el despacho de la juez que lo instruye para hablar con ella sobre la investigación, ni que la juez acepte su cercanía, le otorgue un papel instrumental y lo utilice de trampolín para investigar, por más que se sienta atraída por él. Hay también algunos titubeos e improvisaciones en el desarrollo de la acción. El propio coprotagonista, Javier Goitia, es consciente de esos avances atropellados, porque afirma: «Yo, que soy bastante lanzado a la hora de seguir a una presa, reconozco que me he equivocado a menudo; no con respecto a la presa, sino precipitando acciones que luego se vuelven contra la investigación misma» (p. 262).

Guelbenzu ha entrado en la novela negra desde una posición aventajada: la que le concede su prestigiosa trayectoria. Liberado de toda presión o necesidad de demostrar nada, su estilo es muy correcto y solvente, como no puede ser menos en un escritor tan brillante. Pero un excesivo relax genera una prosa algo despresurizada que pierde altura, evita riesgos y desciende hasta donde no hay turbulencias, que no provoca sorpresas ni corta el aliento, como hacen los mejores textos. Guelbenzu no permite que los diálogos salgan de cauce, ni que los personajes lancen decimonónicamente interjecciones, pero, en su afán por la naturalidad, a veces la prosa se banaliza o se avillana con tópicos o frases convencionales, como «Tenemos un as en la manga: el inspector Alameda» (p. 273) o «tenía más cojones que el caballo de Espartero» (p. 435). Su escritura, en otros tiempos más densa y compacta, se ha aligerado en exceso en la escritura de género.

Antes de esta última entrega de la serie, habían llegado a mis manos otros dos títulos: aquel estupendo debut, No acosen al asesino, con el retrato de un grupo de burgueses en una colonia de veraneantes, entre los cuales se comete un asesinato: la novela no pierde interés aunque se conozca al autor desde el principio. Y Un asesinato piadoso. En las tres obras, Guelbenzu proyecta el suspense hacia delante, provocando la avidez del lector por conocer el desenlace, el quién del crimen. Pero, como en las buenas novelas negras, también proyecta el suspense hacia atrás, para despertar el anhelo por conocer las causas y los sentimientos que originaron el delito, los porqués. Y a veces, como en esta última ocasión, allí abajo, en los sótanos del pasado, duermen los monstruos.

Eugenio Fuentes es autor de un volumen de cuentos, Vías muertas (1997), otro de artículos periodísticos, Tierras de fuentes (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010) y de los ensayos literarios La mitad de Occidente (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2003) y Literatura del dolor, poética de la bondad (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013). Su detective privado Ricardo Cupido ha protagonizado sus novelas La sangre de los ángeles (Alba, Barcelona, 2001), Las manos del pianista (Barcelona, Tusquets, 2003), Cuerpo a cuerpo (Barcelona, Tusquets, 2007), El interior del bosque (Barcelona, Tusquets, 2008) y Contrarreloj (Barcelona, Tusquets, 2009). Es autor también de Venas de nieve (Barcelona, Tusquets, 2005), Si mañana muero (Barcelona, Tusquets, 2013) y Mistralia (Barcelona, Tusquets, 2015).

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