¿Qué hora es en Pekín?

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Buena parte de la literatura económica y geopolítica que aparece en todos los medios de comunicación coincide en que estamos ante la hora de China. Los más porfiados son los chinos especialmente ahora que el país conmemora el centenario del Partido Comunista Chino, cuya fecha exacta de fundación es el próximo 23 de julio, aunque sus dirigentes hayan adelantado sus fastos al día 1.

Siguiendo al secretario general del Partido, el camarada Xi Jinping, todos los medios comunistas insisten en que desde hace cien años «el socialismo y China no se han defraudado mutuamente». El socialismo -la verdadera y justa causa de toda la humanidad- colorea a la nueva era con sus más brillantes tonos y ésta invita al socialismo científico a coronar las más difíciles cumbres y a triunfar en las más portentosas gestas. La bandera del socialismo de rasgos chinos guía el rejuvenecimiento de la nación hacia un futuro como no habrá otro y tan radiante en sus grandes portentos que impresionará al mundo y alcanzará los más altos ideales del comunismoLos pasados 7 y 8 de junio el Diario del Pueblo, el órgano oficial del Partido, publicó un comentario en dos partes bajo ese título. Lo que sigue está tomado de la versión recogida por Sinocism, un confidencial dedicado al seguimiento de la política y la economía de China. El comentario subrayaba que la fe en el comunismo y en el socialismo de rasgos chinos componen el alma política de los comunistas. Los cien años de lucha del Partido y sus grandes éxitos son el más sólido cimiento de las «cuatro autoconfianzas». A saber: en el camino a seguir, en las teorías que lo alumbran, en su sistema político; y en su cultura https://www.researchgate.net/publication/338322586_The_Four_Self-Confidences_New_Horizon_of_Socialism_with_Chinese_Characteristics..

Algo menos ditirámbico en la forma pero con parejo brío en el fondo se manifestaba hace poco James Kynge, el redactor jefe para China del Financial Times, que veía en el crecimiento de su economía durante los últimos cuarenta años, en el tamaño de sus mercados, en sus grandes empresas, en sus hazañas de exploración espacial y en sus gastos de defensa otras tantas muestras de su tendencia a convertirse en el centro de la economía y la política mundiales o, al menos, de un gran espacio geopolítico que aceptaría su hegemonía. China está marcándole ya la hora al mundo.

Tal vez dependa del huso horario.

Porque en un trabajo reciente para Foreign Affairs el reloj de Daniel Rosen, un socio de Rhodium GroupRhodium Group https://rhg.com/what-we-do/ es una compañía independiente de estudios e investigación de datos económicos y políticos. Según su website sus trabajos se orientan a explicar a los dirigentes del sector privado y del público las grandes tendencias globales., daba una hora distinta. «Xi ha intentado impulsar la agenda diseñada por Deng en 1978 y por sus todos antecesores y ha fallado a todas luces. Las consecuencias de ese fracaso están a la vista. Desde que Xi se hizo con los controles, la deuda total ha subido del 225% del PIB a un mínimo de 276%. En 2012 se necesitaban seis yuanes de nuevo crédito para generar un yuan de producto; en 2020 habían subido a casi 10. El ritmo de crecimiento del PIB se redujo desde una media de 9,6% en los años anteriores a Xi a menos de 6% en los meses anteriores a la pandemia. El crecimiento de los salarios y de la renta de los hogares también. Y mientras que el crecimiento de la productividad -la capacidad para crecer sin necesidad de trabajo o recursos adicionales- aportaba alrededor de la mitad de la expansión económica china en los 1990s y un tercio en la década siguiente, la estimación actual es de sólo un sexto sobre un crecimiento anual del 6%. Todos esos datos apuntan a una pérdida de dinamismo económico».

Es una conclusión no muy distinta de la que apuntaban Matthew Klein y Michael Pettis hace un año y recogida aquí. Si acaso, más pesimista. Pero a eso nos referiremos luego. Por ahora recuperemos el argumento de los precursores de Rosen.

La economía china ha asegurado a su pueblo una larga etapa de crecimiento y, también, un notable aumento del nivel de vida. Pero, hasta el momento, pivota sobre una abrumadora primacía de la inversión en capital físico, relativamente independiente de la productividad. De perpetuarse este modelo, a China le resultará muy difícil salir de la llamada trampa de las rentas mediasEl Banco Mundial clasifica a todos los países del mundo en cuatro grupos de renta per cápita ajustados anualmente por su inflación y otros factores (crecimiento económico, tasa de cambio, variaciones demográficas) y medidos en dólares. En julio 2020 eran los siguientes: rentas bajas (<$1036); rentas medio-bajas ($1036-4045); rentas medio-altas ($4046-12535); y rentas altas (>$12536). Se llama trampa de las rentas medias a la situación de aquellos países que no consiguen pasar al grupo superior a lo largo de un número de años. Una estimación de 2012 apuntaba que un país de rentas medio-bajas tendría que mantener un crecimiento de 4,7% anual en su renta per cápita durante 28 años hasta alcanzar una renta medio-alta; entre los países de rentas medio-altas se necesitarían 14 años y un crecimiento anual de 3,5% para convertirse en otros de rentas altas https://www.adb.org/sites/default/files/publication/29804/economics-wp-306.pdf. Si aplicamos esa pauta, China (que se convirtió en un país de rentas medio-altas en 2015), debería llegar al grupo de rentas altas antes de 2029..

Shangái.

Klein y Pettis insisten en que, lejos de aumentar la productividad, el incremento de la inversión asegura su descenso. «No todas las economías pueden absorber cantidades iguales de inversión productiva. Las sociedades no son pobres porque carezcan de edificios, máquinas y otras variedades de capital físico. Por el contrario, habitualmente carecen de capital porque son pobres y son pobres porque sus instituciones les impiden absorber inversiones y trabajo de forma más productiva». Eso es precisamente lo que ha sucedido en China a lo largo de los últimos veinte años. Algunas estimaciones cifran el aumento de la productividad nacional en torno a cero. El producto agregado ha crecido sólo porque se han añadido máquinas y trabajadores al tiempo que el crédito y la deuda total seguían creciendo.

En China, quienquiera que anunciase de forma plausible su intención de contribuir a los objetivos de desarrollo del gobierno central ha tenido acceso a créditos fáciles y baratos. Y, a medida que continuaban aumentándolo y seguían con sus programas de crecimiento, las redes de intereses creados conseguían un creciente poder político y se profesaban aún más dispuestas a seguir por ese camino en el futuro. Pero, para crecer, la productividad per cápita depende de otros factores, más complejos, que China sigue ignorando.

Canadá no es más rico que Bolivia porque los canadienses tengan más recursos sino por una compleja red de instituciones que permite a sus trabajadores y a sus empresas crear valor a mucha mayor escala. «Aumentar la inversión no llevaría a Bolivia a alcanzar los mismos niveles de riqueza y productividad de Canadá sin antes transformar las instituciones formales e informales que inmovilizan a Bolivia», subraya Pettis en otro trabajo inspirado en la llamada estrategia del desequilibrio de Albert Hirschman. En cada país existe un nivel de equilibrio -nivel H le llama Pettis en deferencia hacia HirschmanAlbert Hirschman (1915-2012) opuso una fuerte resistencia a las llamadas teorías de desarrollo equilibrado que, en su opinión, querían imponer un modelo uniforme y primaban la acumulación de capital físico en todas las sociedades que buscaban salir de la pobreza. Para él, el desarrollo no dependía tanto de hallar la combinación óptima de recursos como incitar recursos y capacidades ocultas, dispersas o mal utilizadas. El impulso al desarrollo tenía que provenir de una combinación de factores adaptada a las posibilidades, a los recursos y a las instituciones culturales de cada sociedad https://documents1.worldbank.org/curated/ru/980951468338671925/pdf/wps4441.pdf.– entre capital y tecnología. Más capital generará más crecimiento real en Bolivia mientras se halle por debajo de ese nivel H, pero, una vez superado, el desarrollo no necesitará tanto de un aumento de la inversión cuanto de reformas institucionales.

Una lección que China debería aprender.

Cuando Deng impulsó la etapa de reformas el país acababa de dejar atrás cuatro décadas de guerra (con Japón desde 1937; la civil de 1945-1949, la Revolución Cultural de 1966-1975) que lo habían dejado sin capacidad inversora. Era una sociedad ampliamente educada y con una economía bien organizada, pero con infraestructuras arcaicas y una capacidad manufacturera muy baja. En términos de Hirschman, contaba con algunas instituciones que le permitían absorber inversión productiva con gran rapidez.

Así pues, la vía más rápida hacia el desarrollo en los 1980-1990s pasó por grandes y crecientes inyecciones de capital. «Pero tras haber alcanzado el más rápido crecimiento inversor de la historia, era sólo cuestión de tiempo que China llegase a su nivel H, ese momento en el que la única forma de desarrollo rápido estriba en forzar las reformas necesarias para absorber productivamente nuevas inversiones».

La estrategia, empero, de Xi Jinping y su partido ha consistido en retrasar en la medida de sus fuerzas la llegada de ese aprieto. El famoso reequilibrio de la economía china se dilata.   

El consumo privado no sólo se mantiene sistemáticamente por debajo del 40% del PIB nominal, sino que su ritmo de crecimiento anual no ha hecho más que bajar desde el 15% alcanzado en 2011. Entre 2013 y 2016 cayó a una media anual de 8% y en 2017-2018 decreció un punto más (7%).  En definitiva, la tasa de ahorro de los hogares se ha mantenido en un alarmante 36% de su renta disponible con tendencia a la baja. Se espera que en 2023 llegue a sólo un 33%.

El aumento de la deuda privada que ha mantenido al consumo privado en los últimos años se ha tornado en otro dolor de cabeza en la medida en que los pagos pendientes para los hogares limitarán aún más su gasto futuro. Que la deuda es una rueda difícil de frenar lo sabe perfectamente el gobierno aunque, en los últimos años, ha tratado de hacerlo. Durante los años del boom el crédito total creció por encima del 20% anual. En 2016 bajó a 15% y en 2018 sólo al 10%. De la misma forma la inversión en activos fijos declinó desde 26% en media anual entre 2005 y 2011 hasta 6% en 2018. Pero el consejo que habitualmente dispensan al gobierno las publicaciones económicas -limitar el aumento de la deuda de los hogares y acompañarlo de medidas fiscales que reduzcan sus gastos en sanidad, educación, etc.- sigue sin recibir demasiada atención.

El desequilibrio, pues, no ha aflojado y si continúa la pauta de ahorro del sector asalariado y el consumo privado sigue sin crecer en porcentaje, el exceso en la producción final no hará sino acumularse y China tendrá que traspasarlo a sus socios comerciales. En eso está.

En 2013, al poco de llegar al poder, Xi Jinping presentó su Belt&Road Initiative (BRI, también conocida entre nosotros como Nueva Ruta de la Seda) cuyo objetivo era «construir un amplio mercado unificado para usar en toda su amplitud los mercados internacionales y el doméstico; y  mediante intercambios culturales y de integración impulsar el entendimiento mutuo y la confianza entre los países miembros para iniciar una pauta nueva e innovadora de flujos de capital, stocks de talento y bases de datos tecnológicos». La diplomacia pública china se ha esmerado a lo largo de estos años en presentar al BRI como una nueva estrategia para un comercio internacional más equitativo y beneficioso para todos los participantes (win-win).

En la realidad, el papel del BRI es otro: crear nuevos y seguros mercados para la exportación de manufacturas y proyectos infraestructurales chinos en áreas de menor grado de desarrollo (en Asia, en Europa oriental, en África, en Latinoamérica) que los países avanzados, hasta hace poco los mayores destinatarios de las exportaciones chinas. Los bancos chinos harían préstamos a esos gobiernos extranjeros que, a su vez, contratarían a compañías chinas para construir puertos, ferrocarriles, redes eléctricas y otros sectores en los que la tecnología china ha alcanzado amplia experiencia y saber hacer. A lo largo de su corta historia, BRI ha generado demanda para las compañías y los trabajadores chinos, es decir, ha ayudado a exportar bienes y servicios que la escasa demanda china no podría absorber.

Por su parte el programa Made in China 2025 trataba de cuidar el otro extremo de la balanza comercial, impulsando la tecnología nacional con un programa de sustitución de importaciones. El Decimocuarto Plan Quinquenal (2021-2026) recién aprobado plantea metas aún más ambiciosas para el desarrollo autóctono del sector tecnológico.

Volvamos ahora a las reflexiones de Daniel Rosen que recogí más arriba y que no son especialmente optimistas.

«Con una deuda de empresas y hogares ya extremadamente alta China puede mantener su estabilidad económica por dos o tres años más tirando aún más del crédito si, entre tanto, los flujos globales de capital y las cadenas de valor no se colapsan. Pero si compañías e inversores extranjeros se echan a un lado o si China se ve obligada a subir agresivamente sus tasas internas de interés, la hora de la verdad puede llegar mucho antes».

Pekín no puede evitar esa transición, aunque cuenta con medios para hacerla más digerible. No son muchos, empero. Por ejemplo, podría adoptar políticas fiscales para mejorar las rentas rurales y, de paso, el consumo de muchos hogares. O podría de verdad impulsar un aumento general del consumo privado como lo propone el plan de circulación dual del nuevo plan quinquenal. Ambas cosas son posibles, pero carecen del relumbrón político que aumenta el prestigio y la hegemonía del Partido. Son, sin duda, una posibilidad, pero exigirían que Pekín obligase a las empresas, especialmente a las del sector público, a servir a los consumidores en vez de imponerles lo que pueden consumir. 

O cabría la venta de empresas públicas, que podría generar billones de dólares para pagar la deuda, crear un sistema de sanidad y sufragar una reducción de energías no renovables. Esas y otras vías de crecimiento sostenible están a su disposición, pero implicarían sacrificar el principio de que «al este, al oeste, al norte y al sur el Partido aquí nota al pielidera todo».

Y eso es algo que ni por asomo piensa insinuar Xi entre los fastos con los que China está celebrando el primer centenario de su fundación.

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