Prólogo en forma de epílogo y viceversa

El robot caprichoso

Shinichi Hoshi

Gijón, Satori ediciones, 2024

Traducción de Michiko Owada y Salvador Rodríguez Artacho

155 págs.

Acababa de sobrevolar la bahía de Sídney. Allí abajo estaba ese seductor edificio. A pesar de haber apreciado en su interior, atrapado cómodamente en una de las butacas, la proyección del largometraje de Milos Forman Amadeus en versión concierto en directo, nada se comparaba a su observación desde un despejado cielo bajo el algo ensordecedor pero ronroneante y placentero ruido de las aspas del helicóptero. Algo así tendría que hacerse en la bahía de Málaga y que su figura se convirtiera en tan icónica que resultara seña inequívoca de identidad, incluso si ello provocara que el monumento superara a la ciudad. Un Bilbao con el Guggenheim. Pero no cualquier cosa, pues esas son decisiones de un solo disparo.

Al caer más la tarde, con el recuerdo del vuelo tripulado aún en mi cabeza —pronto los paseos para observar el náutico edificio del danés Jørn Utzon se harán con drones robotizados, pensaba— acabé como sin desearlo en la librería japonesa Kinokuniya del 500 de George Street, en Sídney. Curioseaba entre las estanterías. Como en ocasiones anteriores, buscaba un libro sencillo, breve. Que tuviera ya alguna traducción al inglés, al francés o al alemán para poder comparar.

Entonces no lo sabía, pero el 30 de diciembre de 1997, mientras me encontraba en Japón disfrutando de la beca Monbusho, fallecía el autor del libro que entonces, justo 20 años más tarde, tenía entre las manos. Con que me hubiera tomado la pastilla adecuada creada por el doctor F., lo habría recordado sin dificultad, pero en aquel momento no lo hilvané. Era imposible saber que existía sin haber leído el libro. Tampoco en el vuelo había detectado ningún pájaro dirigiéndose al sol. Pero sí me extrañó distinguir desde la cabina unas aves que parecían moverse como si hubieran sido adiestradas —tal vez con algún tipo de comida— y que portaban —para mi sorpresa— diamantes en sus patas. Y otras que insistían en apretar con su pico el botón de la puerta del piloto.

En definitiva, era un libro que me llamó poderosamente la atención. Acertaron sin duda en enfatizar la portada con el dibujo de un robot con tan abierta y expresiva, casi insultante, forma de robot. Botones, cabeza cuadrada, cable, luces… Solo de aspecto humanoide por su estructura de cabeza, tronco y extremidades y, si acaso, los elementos humanos de los sentidos. En la versión inglesa aparecían cuatro robots, a cada cual más enigmático. A fuerza de crear robots con forma humana nos dirigimos a crear humanos con componentes de robots. Eso sí, no lograremos crear robots con alma. O tal vez sí.

Shinichi Hoshi (星 新一, Hoshi Shin’ichi) parecía haber escogido un título comercialmente llamativo. Era perfecto. Daba la impresión de haber sido pintado por niños. Reconozco que no lo conocía en aquel entonces. Luego supe que lo apodaban el God of short shorts.Han llevado sus historias a la televisión y a representaciones teatrales. Incluso, hay un premio de relatos cortos que lleva su nombre. El título del libro en japonés era Kimagure robot (きまぐれロボット); y el de la versión inglesa The capricious robot, aunque también se lo conoce como The whimsical robot.

Tan pronto como lo tuve en mis manos me dio que pensar. Debía de ser el destino. Desde que acudí a la conferencia anual de la International Bar Association en Boston en 2013 —mismo evento que me llevó a Australia cuatro años después— los robots y la Inteligencia Artificial (parece que debemos ponerlo en mayúscula, IA) se me antojaban ubicuos. Verbigracia, en una de las conferencias organizadas por aquella IBA de Boston de 2013 Richard Susskind ya nos dijo en la Facultad de Derecho de Harvard que la gente acabaría divorciándose con una máquina expendedora que emitiría el acuerdo de divorcio tras introducirle los datos. O participando en conferencias del Grupo Japón de la Universidad de Zaragoza centradas en la robótica. Incluso ahora pienso que es plausible que hoy se sostenga que el majestuoso y singular edificio al que me refería antes podría diseñarlo una buena aplicación de arquitectura dotada de IA. Una inteligencia que no es inteligente.

Cuando, finalmente, me hice con los dos ejemplares (versiones en inglés y en japonés) se me acercó un señor japonés. Me obsesionaba verificar siempre el tono de la tez japonesa. Recuerdo vagamente que era tenue. Su cara no era, desde luego, morada. No me sorprendió encontrarme con un cliente nipón en Australia, al ser Kinokuniya, pero sí su respetuoso atrevimiento, casi osado, a hablarme, como corroborando mi creencia de que hay dos tipos de japoneses: los que no han vivido o viajado asiduamente al extranjero y los que sí. Debía pertenecer, sin miedo a equivocarme, a la segunda categoría por esa timidez compulsiva que brillaba por su ausencia.

—Llévese ese —me indicó señalando el libro que tenía entre las manos—. Le va a gustar.

No me incomodó en absoluto su intromisión. Fue honestamente sincera. Y se dirigió a mí en un más que correcto inglés. Pero sí me molestó, ligeramente, que no se dirigiera a mí en japonés. Ahora que lo recuerdo, pudiera ser que me hablara mientras estaba dormido. Con esos ojos, uno nunca sabe. Desconfiemos de aprender algo sin esfuerzo, si bien no descarto que un implante nos permita en unos años interactuar con el cerebro.

Por ponerle un pero, me disgustaba que el libro no tuviera furigana1, lo que me dificultaría su lectura. Pero una ojeada a su interior me reveló que no parecía esconder una excesiva dificultad en sus kanjis. Sin venir muy a cuento el hombre me dirigía miradas extrañas. No dudaba de que fuera japonés, pero sí de que dominara la compostura y etiquetas propias de su idiosincrasia. Recuerdo con nitidez que la conversación no quedó ahí, pero no lo entendía bien. No paró hasta que me dijo, una por una, extrañas frases que podrían parecer inconexas.

—Hay gente perversa que desconoce que una bodega —dijo— puede albergar objetos que no son lo que aparentan y salvar vidas. La avaricia rompe el saco y puede fracturar el hielo, por muy grueso que este sea.

Sacó incluso un ratón del bolsillo que, según dijo, le había salvado la vida.

No quise desmerecerle. Tampoco era para tanto si los perros ya por instinto predicen terremotos. Su siguiente frase fue señalando la portada. Tan cerca puso el dedo que casi la rozaba.

—No conviene hacer perfectas las máquinas. Será nuestro final.

«¡Qué tontería!», me dije. Es precisamente lo que necesitamos. La máquina no tiene que descansar, ni menos aún equivocarse. Lo he visto este mismo fin de semana en «plato», el robot que recogía la vajilla del desayuno en el hotel Méridien Étoile de París y que deambulaba por el amplio salón como uno más de sus clientes o de sus camareros ante la indiferencia de unos y otros. ¡Qué obsesión hay por introducir en el robot el componente humano de la equivocación y el error! Si ya somos condescendientes con el fallo humano, ¿por qué no aceptarlo en la máquina? Los daños y perjuicios que se causen quedarán cubiertos por el seguro. No puede perderse de vista que todos los inventos tienen su momento, es decir, son innovadores en su contexto, pero superados en el tiempo de la inventiva y la innovación resultan obsoletos o hasta provocan la carcajada. Y por no hablar de aquellos aparatos que, cumpliendo perfectamente su misión, mueren de éxito. O los que fracasan por los efectos no deseados. Y, para inteligentes, los gatos. Esos sí que son especie dirigente.

Parecía, por un instante, que la mirada la tuviera perdida. Pero no, simplemente se percató de que también tenía en la otra mano el ejemplar en inglés y, señalando su portada —nuevamente casi con un leve roce— abundó:

—¿A quién hemos de reconocer el éxito? ¿A la máquina por ser tan eficiente y perfecta en su ejecución o a su creador? —Además, prosiguió—: El más útil de los inventos deviene inútil si para sacarle utilidad requieres de más esfuerzo que lo que reporta de beneficio.

Su conversación parecía franca, pero me continuaba pareciendo misteriosa. Elevó la mirada esta vez hacia otra sección de libros de la tienda y me preguntó:

—¿Qué pasaría si la siguiente nave extraterrestre que llegue a la tierra para tener su primer y único encuentro con nuestra civilización lo tuviera con una máquina creada por el hombre en lugar de con un humano?

La pregunta me hizo reflexionar por un instante efímero. «¡Bah!», pensé. Aquí tomaríamos por loco a alguien que dijera venir de otro planeta, aunque no fuera un robot. Además, en el mundo de la robótica, los ordenadores y la IA, todo se arregla con el apagado y volver a encender al que recurren los informáticos. No obstante, algunos advierten de su irreversibilidad.

El hombre volvió a bajar la mirada. Ladeó ligeramente la cabeza y, fijando la mirada en un libro diferente de la estantería, del que solo se apreciaba su lomo —y cuyo título en japonés no recuerdo— me hizo un ademán para callar y dijo:

—Escucha, ¿no notas ese sonido que sale de los altavoces de la tienda? Alguien lo ha compuesto para provocar la reacción de los clientes. Es para que nos vayamos.

Su comportamiento me seguía pareciendo extraño, a la vez que cándido y amable. Me vino de repente a la mente —sin venir a cuento— una de esas cápsulas del tiempo en las que guardaría un ejemplar en cada idioma de este libro con la esperanza de que alguien los encuentre dentro de muchas civilizaciones posteriores a la mía, si la IA logra salvar al mundo en el que vivimos antes de que la IA lo destruya.

—Pues yo no lo percibo así —le respondí. Y añadí—: Al contrario, esta coda de Ryuichi Sakamoto invita a quedarse y seguir comprando libros.

De nuevo, dirigió la mirada al frente. Con gesto cansado me recomendó encarecidamente que no tratara de emular los inventos que aparecían en el libro, en especial, los que implicaran mezclar plantas entre sí, ni probar medicinas producidas por uno mismo —ni abusar de ellas—. Menos aún creer que a un magnífico y revolucionario invento no le sucederá otro que lo minusvalore hasta, seguramente, anularlo. A la misma velocidad con que inventan la mejor de las máquinas pueden inventar otra que la neutralice y la haga inservible. Sucede hoy día con los drones y las medidas antidrones y, a su vez, las medidas antimedidas antidrones…, y así sucesivamente.

—Tampoco intentes robar los inventos ajenos a punta de cuchillo. Desconfía de los atajos. Si algo requiere su tiempo, no pretendas acelerarlo artificialmente o no será sino un trampantojo.

Y volviendo a las medicinas —siendo hijo de médicos— supuse por mí mismo que tampoco era bueno tomarse una medicina cuyo fin fuera provocar una enfermedad en lugar de curarla. Aunque la ciencia médica consista, básicamente, en infligir al cuerpo un daño controlado con el fin de sanarlo.

«¡Caramba con este locuaz japonés!», me dije. A este paso me va a hacer spoiler. Tomé un poco de distancia con una sonrisa forzada. El hombre de ojos rasgados y reverencia fácil continuó a mi lado y nuevamente señaló el libro —versión japonesa—, pero más distante que antes. Esta vez dijo:

—Es frecuente que una civilización extraterrestre haya interactuado con nosotros y nos haya dejado objetos cuyo valor aún desconocemos. Y que hayan estado aquí de incógnito.

A pesar de sus frases, su mirada no animaba a que le respondiera. Me limitaba a asentir cortésmente, en silencio, con la cabeza. Aunque de reojo miraba la portada del libro y me imaginaba lo útil que sería que un robot asistente, algo así como un robot de compañía, hubiera tomado nota de mi conversación con este entrañable hombre… Ante tanta conversación fútil, quise aportar mi granito de arena y ni corto ni perezoso le espeté:

—Pues mire, señor japonés amable y distinguido: si un topo comenzara a cavar justo en la calle en la que vivo en línea recta globo terráqueo abajo no acabaría en Australia, sino en Nueva Zelanda. Pero tendría que ser un topo robot que soportara las altas temperaturas del centro de la Tierra.

Tras esta retahíla inconexa de frases y expresiones parecía que entre líneas asomaban ideas comunes. Como que los inventores e investigadores no ganan dinero. O que el acoso escolar o juvenil debería erradicarse. Que debemos ser pacíficos y no desconfiar de civilizaciones extraterrestres que no necesariamente van a venir a invadirnos. Que detrás de todo invento siempre hay alguien que quiere sacar provecho económico, ya que el hombre a menudo imagina cómo ganar mucho dinero. Que la tecnología siempre tiene una cara b, por ejemplo, que la energía nuclear con fines bélicos no es buena… En fin, no me arriesgaría a probar inventos de otros a modo de conejillo de indias sin estar del todo seguro de los efectos secundarios, por si acaso no alcanzo a comprender bien para lo que realmente sirven y los efectos que producen. No pocas veces quienes inventan y luego prueban artilugios nuevos hacen simulacros sin previo aviso, generando confusión y alertas innecesarias. Y, claro, cuando la alarma sea real, puede que la gente piense que es un nuevo simulacro.

Comenzaba a inquietarme un poco, pues el conspicuo y circunspecto hombre japonés de la librería Kinokuniya de Sídney no terminaba de irse. De repente, se señaló el cuello y me dijo que implantaremos aparatos en personas y animales que afectarán a nuestra voz y capacidades de canto. Añadió, sin apenas dejar tiempo para que yo opinara sobre lo que acababa de decir, que los extraterrestres llevan años observando a los humanos y sometiéndolos a pruebas para saber si catalogarnos como pacíficos o agresivos.

—Mire, buen hombre. Todos vamos a recordar dos cosas en estos tiempos que corren —le espeté de sopetón—. Una será la primera vez que conversemos con un humanoide. Uno de esos robots de mostrador a quienes nos dirigiremos para pedirle información o preguntarle alguna cosa, como ya es habitual hacer con esa herramienta nueva que usa todo el mundo y a la que solo se le saca su mejor partido si somos capaces de usar elaboradísimos prompts. Resulta muy extraño hablarle a una máquina con forma de persona. Cada vez los hacen más parecidos. Todavía los que hay hoy entran en bucle si no logran entender a la primera lo que les decimos. Pero aprenderán rápido. Llegaremos a confundirlos. Y la segunda será esa primera vez que veamos en el cielo una hilera de satélites de órbita baja como un pequeño trenecito que surca el cielo. Ya sabe, una de esas constelaciones. Lo contaremos como «la primera vez que…».

Inesperadamente algo llamó mi atención. Sin apenas pensarlo fijé la mirada en el pelo del hombre por un instantáneo brillo, entre cabellos largos y lacios. Era una antena semioculta. En ese preciso instante se oyó con estrépito el llanto de un bebé, en la otra punta de la planta de Kinokuniya. ¡Ya podían sus padres calmarlo un poco! Era muy molesto. Esto en Japón no pasa. Los padres se sentirían muy avergonzados y harían lo que fuera necesario para que dejara de llorar. Está muy mal visto romper la armonía social. Había logrado despistarme. Solo le delataba su mirada perdida y alguna frase inconexa. Y esa voz artificial tan humana. Se ve que los han esparcido por las grandes librerías para recomendar libros a los lectores.

La Inteligencia Artificial se ha vuelto omnipresente. Lo inunda todo. Se sabe que es eficaz para abortar o minimizar efectos de los ciberataques y para justo lo contrario: provocarlos, si bien Filmin ha renunciado —por ahora— a introducir el algoritmo en la plataforma, lo que es muy de agradecer. Me dijeron que todo comenzó en Japón, pero que pronto se extendió hasta Australia. Fue una exportación exitosa porque se basó en la investigación. Japón durante los últimos años ha cuidado a sus científicos e investigadores. Los ha dotado del mejor entorno posible, aunque la mayoría de esos inventores no buscan el dinero ni la fama. Simplemente ofrecen sus inventos a sus amigos o los venden por poco dinero. Esos logros técnicos y científicos se basan siempre en el sacrificio y el ahínco. No hay investigación que no haya necesitado de mucho y callado esfuerzo. Allí Mazinger Z se ha transformado en «transformer». Es un humanoide gigante de 4,5 metros de alto y 3.500 kilos. Se llama Archax y lo fabrica Tsubame Industries. Aún cuesta más de tres millones de euros, pero con el tiempo se abaratará.

Se vaticina que el mal funcionamiento de la máquina llevará irremediablemente a la catástrofe. Yo no creo, sin embargo, que vayamos a destruir nuestro planeta. Como recientemente reflejaba Patrick Weidmann en la exposición Civilization de la Saatchi Gallery londinense: «Consumerism is the hardcore of our global civilization. My aim is to expose the juxtaposition between the promises of instant happiness and all kinds of accidents and unexpected disasters»2. No obstante, aunque sus creadores y acérrimos defensores aseguren que el funcionamiento automatizado es garantía de la teoría del error cero, las máquinas y los robots también fallarán y provocarán desastres y accidentes. En la introducción de los creadores de dicha exposición queda claro que nuestros robots y cíborgs empiezan a andar, hablar y pensar. Pero dejemos de engañarnos: la IA es bastante lerda. Solo mastica datos. No siente ni piensa como lo hace nuestro cerebro. ¿Podemos hacer que no sean perfectas? Si queremos crear a nuestras máquinas a imagen y semejanza del ser humano, garanticemos que cometan fallos. Alejémonos de la visión distópica de Stanley Kubrick y de las Pesadillas electromagnéticas de Juza Unno (Satori). Es mejor que los niños convivan y hasta dependan de las pantallas y demás dispositivos electrónicos desde el momento en que nacen. Y que lleven implantes electrónicos. Que no piensen por sí mismos, o se señalarán entre todos los demás que ya actúan como meras máquinas. Así lo había concebido Yukiko Motoya en su Selección automática (AlianzaLit). Solo quedará un ser humano en la tierra sin llevar el chip implantado; deberá resistir a la gran presión de ser el último hombre libre.

Llegó el momento de irse. Me acerqué a la caja a pagar mis dos ejemplares. Sé que la cajera era humana porque estornudó. ¿O será que estornudó porque era humana? Enfilé la salida no sin antes volver la vista atrás. Un empleado de la librería llevaba bajo al brazo a mi señor japonés, que mostraba un rictus congelado, directo a la sala de recarga. Al día siguiente saldría nuevamente a recomendar lecturas a los clientes de Kinokuniya. Me dicen que en poco tiempo les veremos en nuestras librerías recomendando la versión en castellano. Si se los encuentran háganles caso. Y no dejen de sonreírles. Les estimula.

Regreso a mi tierra, de la mano de Antonio Banderas. «¿Cuándo fue el momento en que te dijiste a ti misma “quiero ser actriz”?», le preguntó en el Palacio de Congresos de Oviedo en un encuentro previo a recibir el premio Princesa de Asturias. «Fue en el instituto», contestó Meryl Streep. «Era un musical y era la primera vez que hacía algo así. Hasta ese momento no había hecho más que, en quinto grado con once años, un papel en que hice de robot». Inesperadamente, todo encaja. ¡Qué tiempos aquellos en que para representar un papel de robot en el teatro necesitábamos un humano!

Salvador Rodríguez Artacho es abogado y profesor Asociado de la UNED (Departamento Derecho Constitucional). Su relación con Japón viene de haber disfrutado de las Becas del Gobierno Japonés (becas Monbusho, hoy rebautizadas Monbukagakusho) y de haber mantenido desde entonces una estrecha vinculación tanto profesional como académica con Japón. Esta ha sido su primera experiencia como traductor de literatura y de japonés, junto con su profesora Michiko Owada.

  1. Anotaciones que ayudan en la pronunciación de los textos japoneses. N. del E. ↩︎
  2. «El consumismo es la espina dorsal de nuestra civilización. Mi propósito es denunciar la yuxtaposición entre las promesas de felicidad inmediata y todo tipo de accidentes y desastres inesperados». N. del E. ↩︎
Neil Harbisson, considerado el primer cíborg humano, merced a la antena que lleva implantada en el cráneo. Wikimedia
Neil Harbisson, considerado el primer cíborg humano, merced a la antena que lleva implantada en el cráneo. Wikimedia

Ficha técnica

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Recordamos a nuestros suscriptores que, con ocasión del regreso al papel de Revista de Libros, el día 10 de diciembre, a las 19.00h., en la Fundación Ramón Areces, la escritora Elvira Navarro, el periodista cultural Jesús García Calero y el filósofo Javier Moscoso dialogarán sobre cómo se transforman los géneros literarios y cambian los lectores; sobre cómo, en nuestros tiempos, las ficciones conviven con realidades, ya sea en la historia o en la literatura, o cómo el formato, ya sea digital o material, determina nuestra relación con los libros y sus críticos.

El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

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