Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

¿Por qué avanza la derecha en Estados Unidos? (y 5)

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Donald Trump perdió la elección presidencial de noviembre 2020 a pesar de haber conseguido once millones más de votantes de los que le habían dado su sorprendente victoria en 2016. ¿Qué había sucedido para que Joe Biden, su contrincante en esta ocasión le propinara tan rotunda golpiza, con una ventaja de siete millones de votos? Luego de la algarada de 6 de enero 2021 es fácil llegar a la conclusión de que un sujeto así no merecía ganar. Pero la elección había finalizado dos meses antes. Y la personalidad de Trump no había cambiado mucho desde que bajara la escalera mecánica de la Trump Tower en 16 de junio 2015 para anunciar su candidatura a la nominación republicana. Ya para entonces era bien sabido que se derretía hablando de su serie televisiva The Apprentice; que era un personaje atrabiliario y pagado de sí mismo; vamos, alguien que cualquier persona sensata trataría de evitar si se lo encontraba en la barra de un bar porque irremisiblemente iba a largar esto -lo que fuere- lo arreglaba yo en cinco minutos. Por si acaso, él lo repetía en Twitter varias veces al día.

La cuestión, empero, es que, sí, Estados Unidos tenía muchas cosas que arreglar y que a su manera narcisista, atorrante y ridícula Trump tuvo respuestas que convencieron a buena parte del electorado conservador. Esa es mi gran diferencia con Matthew Continetti cuyo libro sobre la derecha americana he glosado con tanto interés. Volveré a eso al final de este blog.

Pero antes, ¿por qué me intereso por la derecha USA?

Porque cuanto más leo los medios de nuestro país tanto más me reafirmo en que la atención, no escasa, que prestan al que aún es el país hegemónico en el mundo lleva las anteojeras que imponen los medios de solera americanos que, a su vez, tapan la trayectoria desatinada del Partido Demócrata.

Empecemos, pues, por ahí, por su estrategia política.

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A finales de los 1960s, Kevin Phillips, un reputado analista político republicano se jugó su carrera intelectual a la carta de predecir el resurgimiento de su partido para presidir una larga etapa de gobierno (The Emerging Republican Majority. Arlington Books: Nueva York 1969). Ganó. Entre Nixon y el segundo Bush -cuarenta años en total- sólo en doce estuvo el gobierno en manos demócratas: cuatro durante el paréntesis incoloro, inodoro e insípido de Carter y ocho fueron los más enjundiosos de Bill Clinton.

Phillips basaba sus pronósticos en la llamada estrategia sureña. «Mantener que los republicanos puedan hacerse con el voto de los negros es hablar por no callar […] pero sería miope por [nuestra] parte tratar de debilitar la Ley del Derecho al Voto de 1965. Cuantos más negros se registren para votar a los demócratas en el Sur, antes los abandonarán los blancos segregacionistas para pasarse a los republicanos. Y ahí es donde están los votos» decía Phillips sin cortarse al NYT (Nixon’s Southern Strategy It’s All in the Charts. 17/5/1970). Hemos perdido el Sur por toda una generación es la reflexión que se atribuye al presidente Johnson tras la aprobación de la ley. Sea o no fidedigna, era acertada.

En 2002 John B. Judis y Ruy Teixeira, dos conocidos consultores demócratas (The Emerging Democratic Majority. Scribner: Nueva York 2002) aventuraban lo propio para sus colores. La nueva mayoría demócrata se apoyaría en la transición a la economía postindustrial de los 1990s y en la creciente diversidad étnica de la sociedad americana. A los grupos que tradicionalmente habían votado al Partido Demócrata –clases medias y bajas urbanas y suburbanas, mujeres, trabajadores sindicados, negros, homosexuales, intelectuales– se añadirían los profesionales: ingenieros, médicos, enfermeros, trabajadores informáticos y demás. En el pasado estos subgrupos habían tenido la misma orientación política que los pequeños empresarios, pero cada vez más dependían de grandes empresas burocráticas de servicios y habían perdido su autonomía.

Por otra parte, contaban los factores demográficos. Las nuevas e importantes minorías étnicas –latinos, asiáticos– se sentirían mejor representadas por los demócratas. Y espacialmente, la nueva política postindustrial estaba estrechamente ligada a grandes regiones metropolitanas, centros de producción intelectual con sus correspondientes suburbios y exurbios. A lo largo de los 2010s todas esas corrientes estaban llamadas a unirse en sólidas mayorías demócratas para el colegio electoral que proclama a los presidentes americanos.

La profecía está aún por materializarse. La coalición social que apoyó tenazmente a los demócratas en tiempos de FDR y su New Deal cuenta con menos intereses comunes entre sus componentes de lo que Judis y Teixeira suponían.

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Eso a lo que llamamos ciencias sociales adolece de una profunda inestabilidad argumental. De entre las regularidades entre fenómenos que examinan hay, sin embargo, algunas más firmes que otras. Con todos mis respetos hacia los –ólogos de cualquier prefijo que se tercie, las más creíbles provienen de aquellos campos cuyos oficiantes no necesitan adornarse con tal sufijo: demógrafos, economistas, historiadores, filósofos. Los demás, entre los que por mi trabajo he tenido que contarme, somos poco más que cuentistas ocasionalmente entretenidos. Los politólogos, por ejemplo, se ufanan de sus previsiones electorales, aunque casi siempre sean desatinadas.

Las elecciones, allí donde las hay y son escrupulosas, como en Estados Unidos, las gana quien consigue el apoyo de un mayor número de votantes de 18 años y más. Cuáles sean las características de ese demos es crucial. La más importante, también la más estable, es la división por sexos -mujeres y hombres; lo de los/las trans no son más que constructos sin base biológica- que habitualmente se equilibran en torno a 50% con una pequeña desviación positiva (51/49) hacia las mujeres. En principio, a igualdad de incentivos por razón de sexo, las elecciones las ganarían las candidaturas apoyadas por las mujeres. Pero los incentivos nunca alcanzan ese equilibrio perfecto.

En sociedades racialmente diversas como Estados Unidos el siguiente factor que da carácter estable al cuerpo electoral es su composición étnica. Allí donde haya un grupo claramente dominante en número serán sus componentes quienes decidan hacia donde se inclina el fiel de la balanza. En Estados Unidos lo hay, pero la forma en la que lo articula la Oficina del Censo es artificiosa y resbaladiza.

En 1610, cuando llegaron a las costas de Virginia, los pobladores de Jamestown, la primera colonia, eran 350. En 2020 la población de Estados Unidos había subido a 331 millones. El aumento de población inicial -hasta los 1820s- provino de las islas británicas y de la trata trasatlántica de esclavos. No hay cifras exactas sobre su proporción relativa porque cuando en esas fechas empezaron los recuentos demográficos, la importación de esclavos había sido ya ilegalizada.

La inmigración en gran escala comenzó a mediados del XIX con la Guerra Civil y la expansión de los ferrocarriles. Ahora sus principales lugares de procedencia eran Irlanda, Gran Bretaña y Alemania. El número de inmigrantes siguió subiendo hasta finales del siglo. Había llegado la hora de que los europeos del sur y del este, que constituyeron mayorías distintas. En la primera década del siglo XX el total de inmigrantes subió a un millón anual y la población total alcanzó cien millones en los 1910s. Los doscientos se rebasaron en los 1960s, cuando las llegadas masivas de hispanos/latinos y algunas minorías asiáticas relevaron a la anterior mayoría de inmigrantes europeos. En 2020, recordemos, el total de la población había subido a 331 millones.

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La Oficina USA del Censo clasifica étnicamente ese número en una serie de categorías donde los respondientes se autositúan. En el censo 2020 las más importantes eran sólo blancos (76,3%); sólo negros/afroamericanos (13,4%); asiáticos (5,9%); dos o más razas (2,8%). Hay otra más que es causa frecuente de incertidumbre: hispanos/latinos (18,5%), que, dice la Oficina del Censo, pueden ser de cualquier raza y, por tanto, ya se han contado en alguno de los grupos anteriores. Si se excluye a los blancos hispanos/latinos el porcentaje de los sólo blancos decae hasta 60,1% de la población.

Hacia el futuro (2060) está prevista una notable variación porcentual: sólo blancos (44,3%); hispanos/latinos de cualquier raza (27,5); negros/afroamericanos (15%); asiáticos (9,1%); dos o más razas (6,2). Pero en esta estimación no aparece el porcentaje de hispanos/latinos que se definirán como sólo blancos en esa fecha y precisamente por esa omisión se ha extendido la idea de que los votantes blancos acabarán por ser otra minoría.

La raza, como el sexo no define el comportamiento electoral de cada uno de los miembros de esos grupos, pero es indudable que la blanca ha pesado y sigue pesando sobre el conjunto más que otras etnias, aunque parezca llamada a perder importancia. Pero el asunto de los votantes hispanos/latinos que se definen como blancos no es baladí. En el censo 2020 su porcentaje podía calcularse en un 16% del total (eso es lo que parece deducirse restando de blancos -76,3%-, que incluía a los blancos hispanos/latinos, el de solo blancos -60,1-). Si en 2060 ese porcentaje se mantuviera (lógicamente debería crecer) el número total de solo blancos en esas fechas estaría aún cerca de 60% de la población.

Para hacerlo más sencillo, llamemos B al conjunto esperable de blancos de todas clases y B1 a B menos el porcentaje de blancos hispanos/latinos. En 2020 B suponía tres cuartas partes de la población y B1 tres quintos. Con los datos previstos para 2060 B llegaría aún a tres quintos y B1 a poco menos de la mitad de la población.

Población (residentes de cualquier nacionalidad en territorio USA en una fecha determinada) y electorado (nacionales americanos mayores de 18 años por nacimiento u opción) no coinciden necesariamente. Menos aún la fidelidad de cada grupo étnico a los partidos que aspiran a representarlos. Pero, en general, el tamaño de esos grupos étnicos y su grado de fidelidad partidista tienen una importancia decisiva en los procesos electorales. Hasta los 1960s los blancos y los negros/afroamericanos eran los dos grandes grupos de votantes. En razón a su peso enormemente desigual, el equilibrio interno de fuerzas entre los blancos era el factor decisivo. Ganase quien ganara, los blancos disponían.

Si a lo largo del próximo medio siglo B ve reducidas sus dimensiones hasta las previstas para B1, los blancos habrán dejado de ostentar ese privilegio. Para decirlo con el vocabulario de la ideología identitaria que ha ido ganando audiencia en los medios audiovisuales de solera y en las plataformas sociales, el electorado USA habrá ganado en variedad. La América blanca está en trance de desaparición como principal grupo poblacional, ergo cultural y político, y tendrá que renunciar a su hegemonía política. Blancos, os queda un par de trancos.

Desde la aprobación de las leyes de derechos civiles en los 1960s, el grupo étnico de los negros/afroamericanos ha mantenido una abrumadora fidelidad hacia el partido demócrata, con porcentajes de voto tan altos (en torno a 90%) como irrelevantes para decidir las elecciones por sí solos. Sus miembros sólo avanzaban lo que conseguían arrancar de los líderes demócratas blancos.

El partido solía introducir en sus plataformas electorales propuestas atractivas para los negros, pero sin permitir que sus representantes más radicales le marcasen el camino. En la campaña electoral de 1992 Bill Clinton lo dejó muy claro al pararle los pies a Sister Souljah, una conocida activista y cantante de hip-hop que había defendido la violencia de los negros en los disturbios raciales de Los Ángeles aquel año. Sus declaraciones, dijo Clinton, eran equiparables a las que, al otro lado del espectro, cabía esperar de los agitadores del Ku Klux Klan.

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Desde entonces, empero, se ha producido un cambio notable en el seno de un partido cada vez más abierto a la estrategia woke que, de ser un proyecto mayoritariamente impulsado por intelectuales y políticos negros, ha pasado a inspirar al conjunto de la militancia.

Lo de woke no tiene traducción sencilla. Es un neologismo reciente, inicialmente surgido en los 1930s entre grupos radicales negros para reclamar a sus seguidores cautela frente a las manifestaciones de discriminación racial. Stay awake o keep woke son formas derivadas del verbo wake -despertar- que, en este caso, funcionan como una consigna política: «Manteneos alerta» y que, como lo recuerda el redactor de la entrada wokism en Wikipedia no proviene directamente del inglés, sino de algo a lo que llama Inglés Vernáculo Afroamericano, al parecer una lengua distinta y chulísima por su capacidad de síntesis. «Desde los 2010s [el movimiento woke] ha vehiculado una más amplia conciencia de la existencia de desigualdades sociales como el sexismo, al tiempo que ha funcionado como una síncopa de las ideas de izquierda en políticas de identidad y de justicia social, en la teoría del privilegio blanco y en la reclamación de indemnizaciones pecuniarias para los afroamericanos por mor de su pasada esclavitud».

Algún malintencionado podría pensar que esa síncopa, como el Decálogo, se resume en dos: pagar a los descendientes actuales de aquellos esclavos -el muerto, al hoyo- y hacerlo con el dinero de los blancos, aunque muchos de sus ascendientes sólo llegaron al país un siglo después de que la economía de plantación dejara de ser parte sustancial del producto nacional y de que los esclavos fueran emancipados.

Pero aparquemos esas pequeñeces.

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El wokismo, según sus apologetas, ha conseguido traspasar sus fronteras raciales originarias para interpelar a un movimiento social mucho más amplio que, a grandes rasgos, incluiría a todos los grupos de la población estadounidense extramuros de B1. Ese en-soi sartriano se asienta aún, inexorablemente, sobre la raza o el grupo étnico y, sin la división crucial entre blancos y no blancos, no puede haber wokismo que valga. Pero, al tiempo, el porcentaje censal de negros/afroamericanos nunca ha pasado de un 15% de la población, lo que imposibilita cualquier aspiración a influir decisivamente en las grandes opciones políticas. Había, pues, que encontrar apoyos entre otros grupos raciales que, aun careciendo de la cantidad de melatonina cutánea suficiente para ser incluidos a simple vista en la negritud, tampoco pueden ser fácilmente tenidos por solo blancos. La solución más ingeniosa ha consistido integrar a los negros/afroamericanos en una dualidad menos exigente en contenido orgánico, pero aún robusta, de solo blancos y, a ojo de buen cubero, gentes de color, un salto que permite, por así decir, pasar del 15% al infinito.

Pero ningún movimiento masivo puede sostenerse sin contar con un pour-soi, ese momento en que se hace consciente de sí mismo y aspira a dotarse de dimensiones universales o, al menos, de una amplia capacidad para invitar al Otro a formar parte de un proyecto colectivo. Sartre, que nunca dejó de ser un creyente, pensaba que, para legitimarlo, bastaría con rechazar las tentaciones de la mala conciencia. Los woke que la conocen, al menos de oídas, se sienten más cercanos a la obra de Foucault, basalmente agnóstica. Al cabo, la idea crucial de que toda relación social no es más que una lucha de poder con un ganador y un perdedor, carentes ambos de legitimidad discernible, se adapta mejor a su experiencia histórica. Al negro americano la cruda realidad fáctica de su debilidad grupal -ese 15% de peso en el colectivo- se le ha presentado como una carencia ingénita para convertirse en ganador y, al tiempo, él nunca ha llegado a aceptar las razones del blanco para exhibirse como el modelo indiscutible de conducta. El agnosticismo de Foucault le venía como anillo al dedo para expresar esa contradicción.

Había un problema, empero. Pese a su atractivo para la razón pura, el agnosticismo es inviable para la práctica, que no puede subsistir sin justificar sus opciones. Había que encontrar, pues, una salida que permitiera superar los límites del grupo racial. Y se encontró una: tomar el partido de las víctimas, definidas no tanto porque pierdan, sino porque pierden siempre. Y, para el woke, en la sociedad americana los perdedores sempiternos son los negros y sus allegados, las gentes de color. Pero las filas woke también necesitarán abrirse a otros grupos de individuos que, pese a sus orígenes raciales blancos, comparten una análoga experiencia de subalternidad y discriminación y se muestran dispuestos a impedir que ése sea el destino colectivo.

Aparece así la posibilidad de la interseccionalidad, un escalón por encima de la variedad. Mientras que ésta se limita a moverse en el impreciso mundo del deseo, es decir, de una totalidad sólo imaginable, aquélla se propone crear un poderoso movimiento transversal en el que, pese a sus orígenes raciales, encuentren acomodo todos los grupos desempoderados por el dominio secular, heteronormativo, cisgenérico y transfóbico de los hombres blancos génerobinarios. A las explotadas gentes de color se les pueden sumar, pues, las mujeres blancas, oprimidas también todas ellas y desde tiempo inmemorial por las instituciones de la familia y de la educación patriarcal y, por supuesto, todos los Philippe-Égalité, así sean blancos, dispuestos a unirse a la causa del futuro perfecto. Si se suman además los defensores del planeta y de la economía ESG (ecológica; socialmente justiciera; gobernada por la burocracia) el movimiento woke será imparable.

Tal vez.

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¿Qué sucedería entonces? Movimientos de masas anteriores han distinguido entre los resultados finales de su acción y las etapas intermedias del camino. El wokismo no es una excepción. Su meta final es la desaparición de toda clase de discriminación y el fin de la cultura patriarcal que las ha mantenido a lo largo de la historia. La prueba de que eso haya sucedido será la igualdad de resultados para cada miembro individual de esa nueva sociedad con su moral Netflix.

Pero, aunque esas metas necesiten un recuerdo obligatorio para mantener el entusiasmo de sus partidarios en las fiestas de guardar, hay cotas intermedias de entre semana. Ahí las propuestas son múltiples y ambiciosas. A continuación, algunos ejemplos.

En el terreno de las instituciones políticas: elección del presidente por votación popular, no por el actual Colegio Electoral donde el peso recae sobre los estados; ampliación del número de estados de la Unión para dar entrada a dos senadores más por cada uno de los nuevos (ante todo, el Distrito de Columbia, sede del gobierno federal, y Puerto Rico, ambos con amplias mayorías demócratas); nuevas leyes electorales federales para limitar el poder decisorio de los estados; desaparición del filibuster (necesidad de alcanzar un total de 60 votos favorables para iniciar la tramitación de un proyecto de ley); cambios en el número y en el proceso de elección de los jueces de la Corte Suprema. Algunas de esas propuestas implicarían reformas constitucionales difíciles de llevar a cabo.

Economía: aumento significativo de beneficios sociales en sanidad, educación y otras ayudas (el nonato proyecto legislativo Reconstruir Mejor tenía un coste de US$2 billones); financiación de otros proyectos de gasto público (renovación de infraestructuras por US$1 billón); subida de impuestos a las grandes compañías y a las grandes fortunas; impulso a la economía ESG (ver más arriba); más poder regulatorio para las distintas burocracias públicas, federales o estatales, en sustitución de elecciones; reeducación de los funcionarios en materia de discriminación; invitación a las compañías privadas para poner en marcha acciones similares a través de sus departamentos de personal (para información más detallada cf. Stephen Soukup. The Dictatorship of Woke Capital: How Political Correctness Captured Big Business. Encounter Books: Nueva York 2021).

Asuntos sociales: Diversas propuestas de Green New Deal para limitar el crecimiento económico dependiente de energías no renovables (variables en sus contenidos y fechas límite de acción, muchas en torno a 2030); prohibir, controlar y/o limitar al máximo nuevos proyectos de prospección de fuentes de energía no renovables; censura de noticias u opiniones divergentes de la línea editorial establecida en los mentideros sociales; reciente propuesta de creación de un Ministerio de la Verdad o, por su nombre burocrático, Centro Gubernamental para la Desinformación (un rótulo aún más desgraciado por sus siglas en inglés: DGB, tan cercano a KGB).

Así se resume, por ahora, la influencia woke en la práctica política del partido demócrata.

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Esas propuestas y otras orientadas a coartar el derecho constitucional de libre expresión, la libertad de mercado o el derecho de los padres a participar en los currículos de la enseñanza pública han ido a menudo acompañadas de campañas de acción directa que exceden los límites de la legalidad vigente. En el verano 2020, la despiadada muerte de George Floyd, un ciudadano de raza negra, a manos de un policía blanco desató una oleada de violencia en Minneapolis, Chicago, Portland, Seattle y otras ciudades del país, acompañada de muertes, asaltos a centros comerciales y destrucción de monumentos históricos supuestamente racistas (desde los dedicados a Colón hasta los de Lincoln pasando por Frederick Douglass -un escritor abolicionista afroamericano cuya autobiografía es un clásico de la literatura negra-).

En decenas de gobiernos municipales los concejales del partido demócrata denunciaban el racismo sistémico de la sociedad americana o presentaban mociones para dejar sin fondos públicos a los departamentos de policía, para abolirlos sin más, o para reemplazar a sus dotaciones por trabajadores sociales. NYT publicaba tribunas de opinión tituladas Sí, literalmente exigimos la abolición de la policía. Y, entre toda esa agitación, otros medios de solera elogiaban diariamente a los comandos antifa, pese a que su comportamiento era difícil de distinguir del de las SA en la Alemania pre-nazi.

Mi historia dadá preferida de aquellos tiempos sucedió en Seattle, la ciudad donde Amazon tiene su sede corporativa. En 11 de junio 2020 un grupo anarco ocupó algunos bloques de viviendas en la zona conocida como Capitol Hill y los declaró Zona Autónoma (CHAZ por sus siglas en inglés). En una de las entradas, los okupas establecieron un punto de control, ejem, policial, donde se leía «Bienvenido a CHAZ. Estás abandonando los Estados Unidos». La policía se retiró y sus sustitutos establecieron un sistema de distribución de víveres y de impuestos a los negocios del lugar y hasta hablaron de formar un gobierno. Aquel primer fin de semana la banda Marshall Law ofreció un concierto gratuito de funk-rap. También en seguida los dirigentes establecieron una página web donde se autodefinían como «comunidad emergente basada en la ayuda mutua», algo inmediatamente aclarado con una advertencia. «Aunque hemos creado un Capitol Hill Libre en nombre del pueblo de Seattle, no debemos olvidar que nos hemos establecido en suelo robado al pueblo Duwamish». No quedaba claro si se lo iban a devolver.

Lamentablemente esa oleada liberadora flaqueó en menos de un mes. CHAZ, que había pasado a llamarse CHOP (Capitol Hill Occupied Protest zone) en el entretanto y que había tenido que resolver policialmente dos homicidios allí ocurridos, fue reocupada por la policía de verdad en 2 de julio y por orden de la señora Durkan, la alcaldesa demócrata de la ciudad que definió lo ocurrido como una «asamblea ilegal», pese que al comienzo de la gesta okupa había expresado su deseo de que la zona conociese un verano de amor.

Por aquellos tiempos fue también muy celebrado por NPR (una cadena pública de radio parcialmente financiada con dinero gubernamental) un ensayo de Vicky Osterweil (In Defense of Looting: A Riotous History of Uncivil Action. Bold Type Books: Nueva York 2020) cuyo título no ocultaba nada. Era una defensa woke del pillaje al que habían sido sometidos tantos comercios privados sin otra causa que serlo. El pillaje, sostenía la autora, es algo grande porque muestra que, si nos libramos de la policía y de la opresión estatal, podemos hacernos gratuitamente con las cosas. Como los okupas del CHAZ/CHOP con el buen pueblo Duwamish, Osterweil tampoco dejaba claro a quién se refería con ese plural mayestático.

Y así vuelvo al libro de Matthew Continetti y acabo esta larga serie en un santiamén.

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Creo que Continetti puede estar satisfecho con su investigación. Tal vez por mi escaso conocimiento de la historia intelectual de la derecha americana, tal vez por el buen tino que despliega para organizar un abrumador volumen de información, la lectura de su libro me ha ayudado a colmar múltiples lagunas informativas.

Y, sin embargo…

Sin embargo, tengo al menos dos objeciones que se resisten a quedar en el tintero.

Ante todo, me parece que Continetti trivializa su argumento. A lo largo de las 503 páginas del libro aparecen en el escenario decenas de actores principales, gran cantidad de comparsas y múltiples decorados de fondo, pero nunca llegamos a saber cabalmente cuáles son las razones por las que determinadas políticas conservadoras tuvieron éxito o fracasaron en un momento histórico específico. Continetti ofrece muchas claves, pero, en mi opinión, se entrega a una especie de filosofía barata de la historia con una trama hecha de sucesivos momentos de apogeo y declive impulsados por una misteriosa alternancia de políticas elitistas o populistas. «En sus trabajos para cambiar a América, la derecha ha oscilado entre una estrategia elitista en contenido y apoyos y otra populista que busca el encuentro con la gente corriente y recoge sus ambiciones, sus ansiedades y sus malquerencias. Un movimiento político exitoso tiene que integrar ambos elementos: las élites y la gente. Pero sólo de forma intermitente ha conseguido alcanzar esa síntesis la derecha americana. Esa es la razón por la que sus triunfos han sido tan tenues y por la que la coalición que la ha apoyado ha resultado tan frágil» (p. 14).

Siempre he rehuido la cocina fusión porque me escama qué pueda aparecer en el plato y algo similar me sucede con la gastronomía política de Continetti. No sé de qué está hecha esa dialéctica elitismo/populismo que le inspira para hacer juicios contundentes. Nunca he conseguido hacerme una idea cabal de qué sea ese perejil de todas las, al parecer, malas salsas que es el populismo. Comprendo que pueda usarse de forma exhortativa (¡nene, caca!) y es evidente que Continetti lo hace, pero no sé qué otro uso cognitivo provechoso pueda dársele. Algo que, en política, pueda caracterizar eficazmente y a la vez a movimientos como el Rassemblement Populaire de Marine Le Pen y la France Insoumise -hoy NUPES (Nouvelle Union Populaire Écologique et Sociale)- de Jean-Luc Mélenchon es tan fiable como un duro sevillano.

Y -segunda objeción- eso es precisamente lo que, a mi entender, incapacita a Continetti para juzgar qué ha significado y puede seguir significando Donald Trump en la política americana. No pida Continetti mi apoyo para condenar políticamente al expresidente. Lo tiene. Más aún, personalmente estoy convencido de que su participación fue decisiva para alentar el asalto al Congreso del 6 de enero 2021 y de que, por tanto, Trump bordeó el dolo penal, aunque ésta sea una cuestión que exige un más completo dominio de las leyes americanas del que me adorna.

El ridículo sujeto del tupé naranja me interesa poco. Sí, por el contrario, sus 74 millones de votantes en 2020, diez más que en 2016. Y es significativo a la par que lamentable el poco espacio que Continetti les dedica en su libro. Sabemos que muchos provienen de las filas demócratas, pero no qué los llevó a adoptar su nueva condición. Sabemos que despiertan la ira y el desprecio de los medios de solera, de los verificadores de las plataformas sociales, del estamento intelectual y de muchos de los grandes beneficiarios de la economía ESG. Sabemos que son ellos quienes intentan defenderse de esa rebelión patricia de los woke que, por tantas razones, evoca el conflicto entre optimates y populares en la Roma republicana. Pero en balde esperaremos a que Continetti nos ayude a entenderlos.

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