¡Por favor, señora Merkel, escoja!

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Recordando a Quevedo podríamos afirmar que «Toda Europa está en un tris / y a pique de dar un tras» si las actuales incertidumbres se mantienen mucho más tiempo. Me refiero a la situación financiera y económica de Grecia, así como a las ventajas o inconvenientes de un nuevo rescate por parte de sus socios en el euro, sin excluir su posible salida de la moneda única como la solución menos mala. Expliquémonos.

Grecia debe al Fondo Monetario Internacional, al Banco Central Europeo y a los restantes socios en el euro entre 320 y 330 millardos de euros. Por si ello no fuera pesado fardo, el triunfo de Syriza ha añadido nueva incertidumbre a tan aterrador panorama. Según las últimas informaciones, las renegociaciones in extremis de las deudas pendientes a corto plazo no acaban de encauzarse, pues el Gobierno heleno se niega a aceptar la imperiosa necesidad de reconocer que el programa electoral que lo aupó al poder es inviable a corto y medio plazo. Por el momento, el día 5 de junio Grecia ha debido solicitar al Fondo Monetario Internacional el reagrupamiento de los cuatro pagos previstos en ese mes, con un importe de 1.500 millones de euros, para pagarlos el día 30; y aseguran los expertos que el único precedente de tal expediente corrió a cargo de Zambia a mediados de la década de los ochenta del pasado siglo. En una palabra, puro truco para alargar las negociaciones con sus socios europeos a fin de aprovechar los posibles desacuerdos entre ellos.

Entretanto, y con el telón de fondo de viajes de aquí para allá, de visitas urgentes del primer ministro griego a Berlín y Bruselas o de reuniones no tan secretas de la canciller Angela Merkel con los presidentes de Francia, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, los mercados contienen la respiración y, como en el caso de España, los índices de cotización bajan, la deuda soberana se encarece y todo el mundo se pregunta qué puede hacerse, lo cual equivale a qué va a hacer Alemania, mientras la señora Merkel sigue dudando. Y razones para ello no le faltan; a continuación presento un compendió del angustioso dilema en que se debate.

Syriza intentó al principio insinuar la idea de algo así como una conferencia Internacional de Acreedores para renegociar las condiciones de la devolución de la deuda antes citada y de la cual los restantes países de la zona euro tienen en su poder aproximadamente un 80%: sólo a España Grecia le debe unos veintisiete millardos de euros. Según cálculos recientes, Grecia precisaría un nuevo rescate por importe de cuarenta millardos, de los cuales a nuestro país corresponderían entre seis y siete millardos. De momento, de lo único de que se ha hablado es de aliviar la carga que suponen los préstamos bilaterales europeos –56 millardos de euros– y los 146 millardos canalizados a través de Fondo de Rescate mediante la supresión de los intereses de los primeros y la prolongación en diez años de las amortizaciones de los segundos. Ahora bien, lo que estas cifras indican es que, aun cuando ya se llevó a cabo una reestructuración mediante canje de bonos por importe de doscientos millardos de euros, con un coste elevado para los tenedores de los mismos, el país heleno no podrá salir de la actual situación de deflación y elevado paro, a lo cual se une una deuda que asciende al 175% de su PIB, mientras esta no se reestructure definitivamente. Debemos, pues, compadecer a la señora Merkel, pero también recordarle que nuevos intentos de rescate únicamente supondrían elevar el coste de la crisis, crear precedentes peligrosísimos y, en definitiva, complicar la posible solución.

No hace falta alardear de adivino para descubrir que en las vacilaciones de la señora Merkel pesa, ¡y mucho!, el temor a que se instale de nuevo en buena parte de Europa el recelo ante el «poderío prusiano» y su capacidad de hacer y deshacer en el Viejo Continente. Pero entender esto no quita para que la posible parálisis sea la peor de las soluciones políticas para enfrentarse al desafío que el actual gobierno heleno está planteando al futuro de la zona euro.

Creyéndolo así, estoy convencido de que la única solución sensata –¡y, desde luego, la que desde todos los puntos de vista conviene a España, aun cuando a algunos les extrañe!– es la salida de Grecia del euro. Únicamente de esa forma el actual Gobierno de Syriza podrá comprobar cuáles son los costes y los beneficios que su programa electoral acarrean para su país, poner en práctica las recetas coherentes que la devaluación de la antigua moneda requerirían para recuperar la senda del crecimiento, y poder así renegociar la reestructuración de su deuda. Deuda que no podrá pagar: cuanto antes acepten sus acreedores esta verdad, mejor será para todos. Creo sinceramente que es lo más conveniente para el futuro del euro y para la estabilidad de los mercados, para los intereses españoles y –me atrevo a aventurar– para el futuro de los griegos.

Así pues, señora Merkel, abandone viejos fantasmas y tome cuanto antes la decisión, porque cada día que deje pasar sólo servirá para hacer que resulte más difícil y que sus consecuencias sean más costosas para todos.

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